#19septiembre Textos sobre el terremoto

Foto mía

A raíz de los recientes sismos en México, en particular del que nos cimbró los cuerpos y las certezas el 19 de septiembre, muchos hemos escrito cosas sueltas, sin mayor intención que sacar lo que se nos atora en la garganta. Aquí va lo que hemos vaciado en renglones algunos alumnos y maestros de la Escuela de Escritores. Gracias a todos por autorizar la reproducción de sus textos.

 

Claudia Shehin

“¿Cómo es que en veinte años en un mismo colchón nunca fui consciente del fastidio? Giraba, compulsivamente. ¡Qué comodidad tan incómoda! La opresión del pecho me estrujaba con fuerza contra la cama. Me levanté, di vueltas mientras secaba el sudor de mi cuerpo con la pijama. Pensaba en los que hoy pasarían una noche bajo los escombros. En el dolor físico provocado por fracciones de cemento oprimiendo extremidades de sus cuerpos. El dolor emocional sustentado por el miedo y la incertidumbre. Me recosté de nuevo. ¡Qué paz tan inquietante! Escuchaba sus gritos. Quizá nadie los escuche. Están gritando, están pidiendo y no precisamente a un dios. Nos hablan a nosotros. Nos piden una oportunidad de vivir, de aprovechar la libertad tantas veces considerada cotidiana. Para hablar el silencio, amar sin tope. ¡Una última oportunidad!

La culpa me mojó la cara. Ahogaba los chillidos para no ser escuchada. No me atrevía a corromper la calma. Tomé aire. El miedo me interrumpió. Me acosté en el piso. Me quité la pijama. Ahí, próxima al frío y a la dureza, concilié el sueño”.

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José Humberto Montes de Oca Lira

“Hoy gritas los ecos que ha esparcido la tierra
convocados a una comunión
no son los tres niños muertos
que fueron y serán ayer
son los leves aullidos de la vida
en su estado más natural
bajo tierra
los ecos que convocan a no soltar la madrugada
a responder con un mismo gesto
que representa a la vida
pendiente en un puño.

Hoy fundamos una ciudad
sobre la memoria insaciable
de los que exhalaron
los cimientos
y otorgaron su voz última
para tu reconstrucción
México
en tu sangre va el golpe que cimbrará
el centro tu historia”.

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Mireya Martínez, “Mareo”

“Empecé a escribir sobre el mareo. Hice toda una disertación sobre la sensación, el oleaje, el mar, el mareo y yo. No llegué a ninguna parte, decidí parar la escritura. Pasaron algunos días.

Ahora me siento frente al computador y me doy cuenta: no soy la misma persona de hace unos días. ¿Esa, intentando escribir, quién era? Ésta de hoy sabe del mareo, puede no saber escribir, eso es otro tema, no precisamente secundario en este caso. Saber lo equiparo a sentir, he sentido el mareo en toda su dimensión, es más, continúo sintiéndolo.

Hace una semana estaba tan atorada en la palabra, no sabía cómo salirme del estancamiento sin perderla. En algún momento debí pedir y a lo mejor la vida me dijo algo. Conociéndome un poco, no entendí nada, entonces la vida me lo gritó a su manera y puedo afirmar sin lugar a dudas: ¡Me quedó claro! La tierra me hizo un favor insospechado, muy al estilo mexicano “me soltó la rienda” (ahí tienes lo que buscas, movimiento, suave, fuerte, tremendo, leve) y ahí voy yo, en una supervivencia de la experiencia llamada mareo.

Algo interesante me ha dejado esta estancia en México: hay mareos y mareos. Los primeros corresponden a esos mareos esporádicos. Tal como llegan se van. Aparecen suavemente, ondulan, molestan, a veces simplemente me desubican. Podría llamarlos mareos idiopáticos, mis propios remezones internos, como si órganos y músculos decidieran reacomodarse sutilmente. Acostumbro darles un visto bueno, un reconocimiento del estilo. ¡Ah, ya están aquí! Me recuerdan a un niño buscando un nuevo equilibrio después de llegar al piso rodando por el tobogán.

Pero este mareo es de otro nivel, es un movimiento de reacción al temor y a la vez de advertencia. Pretende también hallar un nuevo equilibrio, más profundo, otra conciencia: Ya sabes, nada es seguro, todo se mueve, nada es definitivo”.

Foto mía

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Ana Valeria Rodríguez García, “Por una plegaria”

“Puedo ver las ruinas de una vida
Sentir el dolor de una forzada despedida
La fragilidad de la vida
Se tiñó de un rosa escarlata

Las lágrimas brotan sin sentido
Pero por una razón absoluta
Si pudiéramos cruzar miradas
Tan sólo una vez más

Ya nada tengo a mi favor
Sólo el tierno recuerdo
De las dulces memorias
Que retumban una y otra vez
A través de mí

Con la fragilidad en mis manos
Tomo una roca y la lanzo
Cada piedra es una plegaria
Por volver a mirarte”.

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Gabriel Duarte, “Escribir”

“Escribir para destruir el olvido que seremos. Escribir para darle voz al que perdió las palabras. Escribir como un acto de rebeldía. Escribir contra la estupidez. Escribir para recuperar la certeza de estar vivos. Escribir para descubrir nuevos continentes. Escribir rasgando la hoja en blanco. Escribir para amainar la soledad. Escribir con furia, con uñas, con deseo, con dientes. Escribir para trascendernos. Escribir para encontrar el sentido de nuestro andar por el mundo. Escribir sin miedo. Escribir con rabia. Escribir para no perder el aliento. Escribir con la palabra como espada. Escribir para no quedarse inmóvil y al borde del camino. Escribir contra el abandono. Escribir como un acto de justicia y no de venganza. Escribir para iluminar el camino hacia el conocimiento. Escribir para recordar que somos polvo de estrellas. Escribir porque la reverberación de nuestros pensamientos encontrará un eco en la eternidad. Escribir para sacudirse el temor. Escribir para soñar despierto. Escribir para ser parte del mundo. Escribir por convicción. Escribir contra el abandono. Escribir para no traicionarnos. Escribir para poder vernos de frente al espejo. Escribir para seguir de pie. Escribir porque a pesar de todo aún creo en los hombres. Escribir para construir con palabras un puente que nos conduzca a la verdad. Escribir empuñando el corazón y las entrañas en cada paso y en cada verso. Escribir asumiendo el compromiso de narrar nuestra visión del mundo. Escribir para no perder el asombro. Escribir contra el insomnio. Escribir porque la sangre recorre nuestro cuerpo. Escribir para ensanchar la conciencia. Escribir para no quedarnos sin labios. Escribir de cara al sol. Escribir apostándolo todo. Escribir para alcanzar la libertad. Escribir para ser parte del tiempo. Escribir para compartirnos y quedarnos en el otro. Escribir para ganarse el derecho de vivir. Escribir para edificar nuevos mundos. Escribir hasta perder el aliento y después volver a escribir. Escribir para no olvidar nuestra esencia de hombres. Escribir porque nuestro espíritu está empalabrado. Escribir, porque las manecillas del reloj no encuentran reposo, y nos recuerdan que en algún frío rincón la muerte nos espera, pero las palabras nos llenan de vida.  Escribir, amigo mío, para cambiar el mundo, porque tú ya has cambiado el  mío”.

Foto mía

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Julia Santibáñez, “19 de septiembre”

Y retiemble en su centro la tierra

“Empecinamiento del coraje,
las hambres renovadas
como bocas que abre el suelo
de memoria cabalística y cabal.

Recordamos hormiguear las calles rotas
para, necios, arrancarle
alguna hebra de entre dientes,
aunque sea una hebra, una más.

Lo que no digo es que el miedo lo llevamos
como un mudo clavel rojo en la solapa”.

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Ruth Rivera

Preludio
Al intenso trepidar de las columnas, alertar el olfato de los perros.

Tu día
Sentí que se unían el cielo y la tierra, sin miramientos. Y entre ellos, yo-tú-él-nosotros, entre los escombros. Temí la posibilidad de quedar atrapada entre sus dientes. Ella, la fiera madre, rugió con una intensidad de 7.1, reclamando a sus hijos. Al detener la sacudida, la realidad declaró que el recorrido, para algunos, terminó. Se abrió el útero para dar un nuevo alumbramiento a muchos. Junto con ellos y casi a la misma hora, te llevaste a un general. Todo un guerrero de la medicina ortopédica pediátrica. Gran amigo y maestro. Fui testigo de que exigiste buen alimento para éste, tu día.

Al trabajo después del terremoto
Mañana fría y con lluvia. Nos dirigimos al trabajo desde diferentes trincheras. Uniformados amarillos detienen el tráfico en pleno Tlalpan. Atraviesan personas que se dirigen a tiendas de campaña y lonas del otro lado de la avenida, por ahora cerrada. A unos metros sale, del hotel cercano, una camioneta blanca sin toldo y cargada de hombres. Portan chaleco naranja, casco amarillo, pantalón de mezclilla, botas y guantes de carnaza. Todos con la cara lavada y un rostro iluminado con esa esperanza de hallar más cuerpos entre los escombros del multifamiliar, al aclarar el alba. En el hospital escuché a los niños hablar asustados  de cómo se movieron con las cosas en su escuela.

Foto mía. Los globos blancos se soltarían en Iztapalapa, en memoria de los niños fallecidos en esa zona a consecuencia del sismo.

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Cristina Hid, “En la Condesa”

Hoy le regalé dos gerberas anaranjadas a Nadia. Las compré en el puesto de flores que está en la esquina de Ámsterdam y Michoacán, pasando el Superama que ahora está fuera de servicio. El encargado del puesto no está vendiendo mucho (si no es que nada).

Quería una flor, pero terminé comprándole dos. Traía sólo veinte pesos, que fue lo que me costaron las flores. Caminé hasta Avenida Nuevo León y llegué a la librería El Péndulo, donde Nadia y yo habíamos vivido juntas el temblor. Fui a darle las gracias, a regalarle las flores y, ahora sí, a comprar un par de libros que necesitaba para la escuela. Me dio gusto que se acordó perfectamente de mí. Me dijo que al terminar el caos del temblor me buscó, pero ya no me encontró. Intercambiamos nombres y sonrisas.

Aquel martes 19 de septiembre de 2017 (fecha fatídica) pregunté por un libro de uno de mis directores de cine favoritos: François Truffaut. Era un libro escrito por Truffaut sobre Alfred Hitchcock. No lo compré. Lo llevaba en la mano y estaba cerca de la caja, donde Nadia se encontraba trabajando. Me detuve a hojear un libro de todas las obras de Borges, estaba haciendo cuentas en mi cabeza para ver si lo compraba o no, cuando de pronto escuché el ahora típico grito mexicano: “¡Está temblando!”. Sentí que algo más poderoso que yo levantó “la alfombra” haciendo movimientos hacia arriba y hacia abajo, como ondas, porque el movimiento me hizo brincar, casi me tira. Me quedé pasmada y aún con el libro en la mano. Nadia ya había salido pero se regresó por mí. Sentí un fuerte jalón en el brazo y salimos hacia el callejón de Nuevo León. Un chico se puso junto a nosotras y los tres nos tomamos de los brazos para poder mantenernos en pie. Mientras temblaba ya veíamos cómo parte de un edificio sobre la calle Ozuluama se estaba cayendo. Escuchábamos sonidos espantosos, se rompieron cristales y todo rechinaba, tronaba, se estrujaba. Al voltear al cielo vi cómo los árboles se mecían. Sin gritar, se me salieron las lágrimas. La colonia Condesa siempre sale afectada cuando hay un sismo. Esta vez estaba yo ahí. Cuando pasó el movimiento, me quedé parada un momento, me fui caminando hacia mi carro y no volví a ver a Nadia.  

Estaba estacionado sobre Michoacán y Avenida México. El camino hacia el carro fue terrible: olía a polvo, la gente gritaba: “¡No fumen!” “¡Hay una fuga de gas!” “¡Apaguen sus teléfonos!” “¡Se acaba de caer un edificio!” “¡Mamá!” “¡No hay paso hacia allá!”. Vi partes de la fachada del Superama en el suelo y yo que había pensado comprar ahí algunos víveres para mi casa antes de ir a buscar los libros, pero después había cambiado de opinión.

La gente corría, lloraba, se quedaba quieta sin saber qué hacer. Todos nos volteábamos a ver con caras confusas, todos caminando hacia distintas direcciones.

Llegué finalmente a mi carro y nada le había sucedido, estaba intacto. Me fui en reversa sobre Michoacán hasta Avenida México, llegué a Sonora e Insurgentes donde el olor a gas era intenso. Me asusté mucho. Desconozco cómo logré salir de la zona para llegar a Medellín, donde ya habían cerrado el paso porque un edificio había colapsado. Entré por Zacatecas hacia Bajío, que me llevaría a Cuauhtémoc. El caos que vi durante este trayecto sólo lo puedo describir con una palabra: apocalíptico. Me estacioné sobre Bajío para buscar un baño. Entré a un local de grúas donde le dije al encargado: “No tengo idea de cuánto tarde en llegar a mi casa, necesito usar el baño, por favor”. El encargado me dejó entrar a su decadente baño, no había otro. Me las ingenié para salir a salvo de tan incómoda situación, no sin antes dar las gracias. Volví a subir a mi carro para dirigirme hacia mi casa en la colonia Narvarte. Mi casa estaba bien, mi perrita y mi gatita estaban bien. Las abracé.

Una de mis mejores amigas me mandó mensaje pidiéndome que fuera por su hijo a la guardería que estaba cerca de mi casa, que ella igualmente ya iba en camino.

Me cambié de ropa y me puse algo cómodo. Caminé sobre La Morena. Al llegar a Enrique Rébsamen (calle sobre la cual se encontraba la guardería) me dio mucha tristeza ver los edificios dañados, gente en la calle angustiada. Sentí miedo.

Camino a la guardería un chico que llegó corriendo y sudando, gritó: “¡Necesitamos ayuda! ¡Se cayó un edificio aquí en Gabriel Mancera!”. Con mucha pena y entre lágrimas le dije que lo sentía mucho, que tenía que ir a recoger al bebé de una amiga. Otras personas que estaban en la calle lo siguieron para ayudarlo. Finalmente llegué a la guardería. Me dijeron que mi amiga ya se había llevado a su hijo y que ambos estaban bien. Sentí alivio.

Mi camino de regreso fue más tranquilo, pero igualmente apocalíptico que los dos anteriores.

Llegué a mi departamento y no me quedaba mas que esperar a mi novio, quien había ido a la escuela por uno de sus hijos. Me llegaban mensajes de antiguos amigos y conocidos, estuve mandando y recibiendo mensajes durante un buen rato. Prendí la televisión por primera vez en mucho tiempo para poner las noticias. Lo que estaba sucediendo era increíble.

Hoy, después de unas semanas, regresé al Péndulo de la Condesa con el fin de ver a Nadia. Se me partió el corazón al ver que las que alguna vez fueron “mis calles” estaban vacías y desoladas. La Condesa fue mi primera casa después de mi regreso de Nueva York en 2005. Era la primera vez que rentaba yo sola. Trabajaba y vivía en la Condesa. Conocí bien sus calles, sus restaurantes, sus bares, su gente loca. En la casa viví dos años. En la oficina trabajé cinco. Eran “mis rumbos”.

El edificio que antes albergaba al Falafelito, en la esquina de Avenida México y Chilpancingo, donde comí incontables ocasiones con mis amigas y también sola, está totalmente destruido: cuelgan las ventanas, las columnas están rotas, está inclinado, lleno de hoyos. Es un peligro pasar por ahí. El edificio ya era un peligro en 1985 y el irresponsable de su dueño siguió rentando departamentos y locales todo este tiempo. Esta información la tenemos hasta ahora. Un edificio nuevo está a su lado, donde los departamentos están ya vacíos. Todos los negocios de esa calle están cerrados, incluyendo el restaurante Aimée, donde fui alguna vez desayuné con mi novio.

El Parque México (donde adopté a mi perrita hace tres años y donde la paseaba algunos fines de semana) estaba casi vacío. Cerca del sitio de taxis había unidades de bomberos estacionadas.

Pasé por el restaurante “Maque”, donde un ridículo 14 de febrero conocí a quien alguna vez fue el amor de mi vida. Él también trabajó sobre la calle de Tamaulipas. Cinco años pasamos sobre la misma calle y sin conocernos. Ahora ninguno de los dos estamos ya ahí. El restaurante donde nos conocimos afortunadamente sigue en pie y funcionando.

Cuando llegué a México me interesé mucho por la historia de la colonia, sé que una cronista escribió un libro sobre La Condesa pero no recuerdo ni el nombre de la autora, ni el del libro.

Recuerdo que cuando llegué a rentar la habitación dentro de la casa en Gómez Palacio la pinté y la arreglé con mucho amor. Ese sería mi hogar. Mi televisión sólo sintonizaba el canal 11. Me sentaba en mi silla verde y acojinada para leer. Tenía una cortina de florecitas. El perrito de mi vecina, “Ojos”, me visitaba todos los días. Desayunaba y cenaba té negro y un sándwich de crema de cacahuate con mermelada, porque no tenía dónde cocinar.

Antes de hacer mi círculo de amigos en México estaba sola. Me sentaba en el parque de la calle Parral a comer porque no quería quedarme en la oficina. No sabía socializar con gente de oficina. La zona se parecía mucho al East Village de Nueva York, donde viví por cinco años. La Condesa me recordaba a mi casa, a mi gente. En esa colonia me certifiqué como maestra de inglés y conocí a personas maravillosas, que ahora continúan siendo mis amigos.

En mi recorrido por el corazón de la Condesa noté que muchos edificios, aún en buen estado, tienen letreros de “SE RENTA”, “SE VENDE”. La gente ya no quiere estar ahí. Lo que alguna vez fue mi colonia está por experimentar una lenta decadencia y eso me parte el alma. Ahora sólo voy ahí para mis clases de yoga. Llevo ya cuatro años en el estudio. La gente de ahí también son mis amigos, como una parte de mi familia.

La colonia Condesa siempre ha formado parte de mí, desde que llegué a México hace once años. No  sé si la pueda visitar igual que antes, si pueda decirle a mis amigas que nos veamos ahí para comer, si pueda sentarme en uno de sus cafés para leer un libro. El terremoto de hace 23 días le cambió el panorama y la esencia y el alma, si es que se puede decir que una colonia tenga alma.

Nadia está bien. Yo estoy bien. Eso hay que celebrarlo”.

Foto mía

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Norma Castillo, “Catástrofe”

“Ese día, como cualquier otro, mamá me llevó a la escuela. Salimos temprano como a ella le gusta, así el tráfico de la ciudad se convierte en nuestro aliado, al permitirnos oír juntos la música que me pone de buen humor. Que me hace identificarme con su propia vida, como si por un instante tuviéramos la misma edad. Como cuando nuestras miradas se cruzan al mover nuestras cabezas parlantes. Cantantes dentro del auto. Dododo dadada is all I want to say to you…
Llegamos a la escuela. Pepe, el policía, con la sonrisa de siempre me mira a los ojos y juntos deseamos un buen día. Catalina, la niña más bonita de la escuela, ya había llegado. Me sonrió. Le gusto. Pero parece que a los diez años estoy muy chico para que ella me guste a mí.
La campana sonó y tuve que irme al salón. La clase de historia es la mejor. Imagino a los hombres que han pasado por este mundo, patinando sobre la línea del tiempo, juntos compartiendo locuras.
El recreo llegó. No tuve ganas de jugar. Me quedé pensando en el sueño de la noche anterior. La alarma sísmica suena. Todos bajan la escalera. Nosotros, los del tercer piso, nos quedamos en el salón. No hay tiempo. La maestra ordena ponerrnos bajo los escritorios. Es absurdo. El piso se mueve como una hoja de papel y yo soy un lápiz a punto de caer. Corro hacia las escaleras. Hacia arriba. La azotea. Nadie me sigue. El ruido de los pisos del edificio al caer, como un sandwich, me despierta.
El descanso terminó. Volvemos al salón. Falta poco para salir. Tengo miedo.
La alarma sísmica suena. La maestra ordena: todos al piso. Debajo de sus pupitres. El piso es de papel frágil, fácil de romper. Veo a Lázaro. Corro hacia las escaleras, la azotea es la salvación. ¡Ven!, grito. Sálvate por favor.
Catástrofe: obedecer o romper órdenes.
El ruido del edificio al caer es ensordecedor.
Mamá”.

 

Y un poquito más adentro

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