Descubrir eso que llaman “sagrado”

La busqué con toda intención. En el mapa de París localicé “iglesia de San Eustaquio” (Saint Eustache). Cuando salgo de México intento conocer templos antiguos y perderme en ellos; sin esa escala, ningún viaje está completo. Además, en casa atesoro algunas piezas de arte sacro. No profeso credo alguno, de modo que siempre me expliqué mi afición por el lado artístico. Amo la mirada ingenua y ardorosa de muchas vírgenes, la delicadeza de los querubines en las iglesias barrocas, la elocuencia de las catedrales góticas. Este templo con orígenes en el siglo XII es una maravilla. Sentada en una banca, rodeada por veladoras y el sonido del órgano impresionante, me hundo en el instante, reconfortada. Salgo preguntándome el porqué.

Luego veo a mi querida amiga Claire, quien me regala un ejemplar de Psychologies, revista a la que me unen las entrañas. Ahí encuentro esto del filósofo Regis Debray: “Independientemente de connotaciones religiosas, lo sagrado está en todas partes porque nos es psicológicamente necesario… Crea un universo particular que nos permite regenerarnos, olvidar nuestra finitud y nuestra condición mortal, nos permite confrontarnos con una dimensión superior que rebasa lo cotidiano. (En su acepción laica) lo encontramos en el monumento en memoria del 11 de septiembre en Nueva York, en el cementerio Père Lachaise en París…”.

Sí, esa búsqueda espiritual y sed de trascendencia también explica mi pasión por las iglesias. A miles de kilómetros de casa lo descubro.

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