Errante en la sombra, de Andahazi y Le potentiel érotique de ma femme, de Foenkinos

Hace tiempo que no escribo sobre mis recientes lecturas y varias editoriales internacionales me han llamado, preocupadas porque sus volúmenes de ventas están cayendo estrepitosamente a consecuencia de mi descuido. Lo reparo, pues, y comento los dos últimos libros a los que les hinqué el diente.

Esperaba mucho del argentino Federico Andahazi, Errante en la sombra, Planeta. Hace años le leí El anatomista y Las piadosas, ambos excelentes, disfrutabilísima su clave erótica. De este volumen aplaudo el riesgo de cambio de registro (dejar los temas eróticos en los que Andahazi se mueve cómodamente para abordar ahora la vida de un tanguero ¿de ficción?: Juan Molina) y la osadía de traducir a novela el tono de un melodrama musical (los personajes empiezan a cantar a media calle y peatones, automovilistas, vendedores se suman en coreografía perfecta, para después regresar a sus actividades). Sin embargo, no me convenció el experimento. La anécdota me quedó corta, el personaje de Gardel me atrapó al principio pero luego se desdibujó, al de Juan Molina lo sentí excesivo. Además, aunque presumo de conocer términos en lunfardo porque amo el tango “clásico”,  llegó a cansarme su excesiva inclusión en la novela. En fin, que no me dejó huella.

En cuanto al francés Foenkinos, es mi primer acercamiento a su narrativa, sobre la que había leído muchos elogios. Compré en español La delicadeza, también de él, por consejo de un librero bonaerense a quien pedí me recomendara un libro “que no podía morirme sin haber leído”. Luego en París me topé con este y decidí que era mejor conocer al autor en su lengua original, así que por ahí arranqué. Es una novela divertida, sobre un hombre gris que se dedica a coleccionar lo-que-sea y luego de “rehabilitarse” de la adicción termina por coleccionar momentos de su mujer, particularmente cuando ella lava los vidrios. El personaje cita a Thomas Mann: “Quien ha contemplado la belleza está ya predestinado a la muerte” y se dice que ver a Brigitte lavando los vidrios es un propia Muerte en Venecia. La novela es divertida, permite pasar un buen rato: el “negocio” familiar de una agencia de viajes para mitómanos que quieren hacer creer a otros que estuvieron en un determinado país, la escena de Hector mostrando su sexo en una cena de amigos para cumplir la fantasía de su mujer, los trillizos que coronan la vida de un hombre que no puede con la “unicidad” son momentos ingeniosos, pero no más.

Ahí están ambas experiencias de lectura y aunque pasé sin pena ni gloria por ellas, seguiré a los dos autores: de Andahazi quiero Argentina, con pecado concebida (una historia sexual de ese país) y de Foenkinos pronto leeré la ya mencionada La delicadeza.

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