De la veleidad de ser árbol ambulante

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Cambió de nuevo de paisaje. Aunque otros se quedan siempre donde los ponen, éste aguanta poco. Le gusta revolotear, no se está quieto, anda de un lado al otro. Lo sembraron el invierno pasado en un camellón, pero un día sin viento agitó de más las ramas, se movió para los lados, estiró el cuello y a la mañana siguiente apareció en otro lugar, encumbrado. Nadie dijo nada.

A los pocos meses otra vez se movió. Para cuando alguien se dio cuenta ya no importaba, porque la gente de la colonia se había acostumbrado a tapar los huecos en la tierra que aparecían donde había estado. Cada vez más caprichoso, ahora le da por amanecer a diario en un sitio distinto (hoy, por ejemplo, a media calle).

14 pensamientos en “De la veleidad de ser árbol ambulante”

  1. Pues y prefiero creer que el relato es una crónica. Prefiero creer que el árbol se mueve donde quiere día a día.
    Por cierto: lo encantador de la fotografía es el camino que tuerce hacia la derecha y luego retoma a la izquierda. Eso habla muy bien de quienes circulan por allí.
    Cariños. Y Precioso post.

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      1. Sí por supuesto, de allí que “prefiero creer”. Es que está tan bien escrito el texto que dan ganas de creérselo. ¿Y por qué no? No olvides que vivimos en la tierra de lo “real maravilloso”, al decir de Carpentier.

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