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¿Por qué las noticias sólo incluyen lo que pasa y no lo que podría pasar? Aquí le pongo remedio.

We need to talk about Kevin, de Lionel Shriver

Ésta es la novela más cruda y chocante a la que me haya enfrentado en muchos, muchos años. Debo haber tardado mes y medio en acabar sus 400 páginas porque varias veces necesité salir por aire y la dejé de lado algunos días. Y por esta “salida a tomar aire” me refiero tanto al tema (Eva, madre de Kevin, un adolescente sin mayores problemas que asesinó a compañeros de escuela y maestros, trata de entender “por qué” lo hizo) como a lo asfixiante que a veces resulta la voz narrativa (a través de cartas dirigidas a su esposo y padre de Kevin, ella narra toda la acción en retrospectiva).

Sin embargo, para mi gusto todo se ve compensado por la riqueza del personaje de Eva, la profundidad de su introspección, su asumida debilidad ante el rol materno, los instantes de humor, sus contradicciones, lo desesperante de su lamento/falta de acción ante las señales de alarma de un sociópata en desarrollo, su honestidad a ratos y su deseo de librarse de la culpa en otros. Ella es el verdadero centro de la trama aunque siempre en referencia a Kevin y es que, como ella misma dice, desde que su hijo nació ella dejó de ser “su propia creación” y se convirtió primero que nada en mamá. Del otro lado de la banqueta, por supuesto, está el propio Kevin: siniestro, crudo, atormentado pero lineal, con pocos matices. El personaje se hace odioso desde las primeras páginas y mantiene el ritmo in crescendo, con lo que la angustia del lector se suma a la angustia de Eva ante un ser esencialmente malo. Es tal la perversión del niño/muchacho que por momentos es inverosímil, pero esta aparente falla puede explicarse por el sesgo de la madre, quien en aras de abonar a ese retrato de un criminal en formación se deleita en recordar todo lo malo que hizo, sin dar tregua. Los otros personajes funcionan como contrapeso a estos dos. Franklin, esposo-padre, es títere de sus expectativas: ciego de amor ante las atrocidades de su hijo, incapaz de ver lo evidente, amante de lo “americano” y de sus valores, vive y es capaz de morir por mantener un ideal de familia. Celia, la otra hija del matrimonio, es poco creíble y sólo parece existir como elemento de contraste ante Kevin, sin vida propia.

Si bien literariamente la novela funciona, el éxito tanto de la misma como de la reciente película también evidencia que la reflexión a la que obliga resulta urgente: ¿de quién es la “culpa” de los asesinatos adolescentes estilo Columbine? ¿Se pueden evitar? ¿Cómo se forma un chico así? ¿Qué rol juegan los padres? ¿Y la sociedad, que se lava las manos y deja toda la responsabilidad en el hogar? Además, el texto lleva a cuestionar el instinto materno y el amor “natural” que une a una madre con su hijo. Desde las primeras horas con el recién nacido Eva, aparentemente funcional como esposa enamorada y empresaria pujante, se revela como una madre egoísta, fría, a quien no le gusta su hijo y más bien la decepciona. Este peso crecerá día a día conforme su vida, su relación de pareja y su trabajo se vean radicalmente trastocados por la maternidad. ¿Por qué cuesta tanto aceptar que ésta pueda ser la realidad de más de una familia? Y el ideal paterno también es totalmente cuestionado, incluso caricaturizado: el hombre que “ama” a su hijo y así justifica lo que hace, que se pone sus lentes del mundo perfecto para no ver nada mal = tener que actuar, que no asume responsabilidad por nada pero culpa a la madre por todo.

Es una gran novela, deliciosamente escrita, pero de lectura dolorosa, difícil (eso sí, no estoy segura de ver la película).

Abdominales para la mente

“Vivir las experiencias que nos ofrece la vida será obligatorio, pero sufrirlas o gozarlas es opcional. No se trata de decidir ver la vida en rosa de un día para otro, sino de trabajar sistemáticamente en debilitar esos músculos de infelicidad que tanto hemos fortalecido creyéndonos víctimas del pasado, de los padres o del entorno y paralelamente comenzar a ejercitar los músculos mentales que nos hacen absoluta y directamente responsables de nuestra felicidad”. -Matthieu Ricard

Pues sí, de eso se trata… pero hay días que cómo cuesta. Sospecho que hoy el entorno no será el más propicio para mi bienestar y por eso empecé desde temprano a hacer abdominales mentales. Espero que funcionen. Informaré los resultados.

10,220 días después

Todo fue escribir la fecha, 19 de enero, y detener la pluma en el aire. En mi historia personal no marca un día más sino el aniversario 28 del más brutal vuelco de mi vida, el del ingreso de mi papá al hospital tras un “accidente”, mismo que le provocaría un coma profundo del cual no despertó y que desembocó en su muerte, 40 días después.

Digo vuelco brutal porque me quitó el piso de debajo de los pies y me dejó suspensa en el aire a edad temprana, significó la recomposición de mi familia, se tradujo en un antes y un después en todos sentidos, me hizo conocer el miedo a no volver a reírme jamás,  se convirtió en el primer paso en un camino de introspección que sigue vigente hoy y que agradezco. Y aunque 10,220 días después estoy acostumbrada a vivir sin él, sigo extrañando a mi papá desde lo más hondo, lo necesito, me falta, pienso en él, lo admiro. Sin embargo, sin su presencia en mis años de infancia y su posterior carencia no sé explicarme quien soy hoy y quien me gusta ser. Esa cicatriz invisible que muy pocos conocen en parte me define. A ese manchón inexplicable le encontré un sentido. Por eso aunque quizá suene mal, no cuestiono la fecha ni lo que representa, no me quejo por el hueco de su abrazo: reconozco que la vida es más inteligente que yo y que así tenía que ser (pero sí, te extraño mucho, papi).

Contra el perfeccionismo (ja!)

Estoy a pocas horas de volar a Huatulco para pasar el año nuevo en pareja y, por tanto, desconectarme por unos días de este espacio. Así que me despido de los millones de lectores de este blog, que sin duda tendrán dificultades para sobrevivir sin beberse mis palabrasaflordepiel… Pero antes ahí va esto que me encontré e impunemente reduje de 10 a 5 puntos (los demás eran prescindibles).

Siendo una perfeccionista irredenta resulto al menos simpática al proponerlos, pero la realidad es que haría bien si intento aplicarlos el año que estrenaremos muy pronto (N. del E. Poner especial atención a los puntos 3 y 5):

1. Date cuenta de que lo normal es ser imperfecto.

2. Asume que no es necesario profundizar en cada tarea.

3. Comprende que hay más de una manera de hacer las cosas.

4. Arriésgate a emprender nuevas tareas por el mero placer de probar.

5. Concéntrate más en el propio proceso que en los resultados.

“Rojo” (en 26 de diciembre)

Ayer, 26 de diciembre, fui al Teatro Helénico a ver la obra de John Logan. Todo apetecía y nada decepcionó: el tema (el pintor expresionista abstracto Mark Rothko), el actor protagónico (Víctor Trujillo despojado de su peluca verde), la compañía (la mía, no la de teatro).

El tema de la creación artística es fascinante. ¿Cómo nace un cuadro en la mente de un pintor? La pregunta es más inquietante si el cuadro es abstracto. ¿Qué se busca provocar con un rectángulo negro sobre un fondo rojo? El propio Rothko/Trujillo y su asistente Ken/Alfonso Dosal lo responden en un diálogo interesante: mientras una pieza representacional (digamos, que muestra un paisaje) permanece igual si le mira durante un minuto o tres horas, un cuadro de Rothko se mueve, palpita conforme el espectador lo observa/absorbe. Y justo en esa cualidad “dinámica” pone el creador su apuesta artística: espera que el público de su obra se comprometa, entre en un diálogo con ella. ¿Pero dónde están los observadores dispuestos a ello? Ahí radica la tragedia: ni el comprador de “cuadros de chimenea” ni el que pide una pieza naranja para decorar un comedor igualmente naranja ni el que mira de reojo la pintura que cuelga en un restaurante merecen el arte… aunque puedan pagarlo.

Esa polaridad entre el “arte por el arte” y el “arte como objeto de consumo/modus vivendi” permea la obra toda y establece un contrapunto con la visión del arte pop, en boga justo en los años en que se ubica Rojo: 1958-1960. Y esa misma tensión lleva a que a más de 24 horas de haber visto la puesta en escena siga cuestionándome si es posible conciliar ambas posturas.

La dirección de Lorena Maza me pareció limpia y la actuación de Trujillo me convenció, mientras a Dosal lo sentí simplemente “cumpliendo”. Eso sí, merece un aplauso especial la selección musical y el trabajo de iluminación (sobre todo en la escena final).

Hombre solo en una barca

Dónde: Antiguo Colegio de San Ildefonso. Cuándo: un día de diciembre. Qué: exposición de esculturas hiperrealistas de Ron Mueck.

Sorprende su obsesión por reproducir cada detalle: los vellos de la barba de la cabeza gigante, los músculos de la mujer hecha a escala, los pies perfectamente imperfectos de la pareja en la cama. Pero lo que de verdad me conmueve es la poesía que destila el hombre desnudo en la barca, varado en medio de la nada, visitando una mañana fuera de lugar. Solo con la sombra de las horas, vulnerable y suspenso, esclavo de sus pocos metros de madera, mira quizá un sueño prendido de la esquina. Indiferente a todo abraza su ser recóndito. ¿En realidad soy diferente a él?