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¿Por qué las noticias sólo incluyen lo que pasa y no lo que podría pasar? Aquí le pongo remedio.

10,220 días después

Todo fue escribir la fecha, 19 de enero, y detener la pluma en el aire. En mi historia personal no marca un día más sino el aniversario 28 del más brutal vuelco de mi vida, el del ingreso de mi papá al hospital tras un “accidente”, mismo que le provocaría un coma profundo del cual no despertó y que desembocó en su muerte, 40 días después.

Digo vuelco brutal porque me quitó el piso de debajo de los pies y me dejó suspensa en el aire a edad temprana, significó la recomposición de mi familia, se tradujo en un antes y un después en todos sentidos, me hizo conocer el miedo a no volver a reírme jamás,  se convirtió en el primer paso en un camino de introspección que sigue vigente hoy y que agradezco. Y aunque 10,220 días después estoy acostumbrada a vivir sin él, sigo extrañando a mi papá desde lo más hondo, lo necesito, me falta, pienso en él, lo admiro. Sin embargo, sin su presencia en mis años de infancia y su posterior carencia no sé explicarme quien soy hoy y quien me gusta ser. Esa cicatriz invisible que muy pocos conocen en parte me define. A ese manchón inexplicable le encontré un sentido. Por eso aunque quizá suene mal, no cuestiono la fecha ni lo que representa, no me quejo por el hueco de su abrazo: reconozco que la vida es más inteligente que yo y que así tenía que ser (pero sí, te extraño mucho, papi).

Contra el perfeccionismo (ja!)

Estoy a pocas horas de volar a Huatulco para pasar el año nuevo en pareja y, por tanto, desconectarme por unos días de este espacio. Así que me despido de los millones de lectores de este blog, que sin duda tendrán dificultades para sobrevivir sin beberse mis palabrasaflordepiel… Pero antes ahí va esto que me encontré e impunemente reduje de 10 a 5 puntos (los demás eran prescindibles).

Siendo una perfeccionista irredenta resulto al menos simpática al proponerlos, pero la realidad es que haría bien si intento aplicarlos el año que estrenaremos muy pronto (N. del E. Poner especial atención a los puntos 3 y 5):

1. Date cuenta de que lo normal es ser imperfecto.

2. Asume que no es necesario profundizar en cada tarea.

3. Comprende que hay más de una manera de hacer las cosas.

4. Arriésgate a emprender nuevas tareas por el mero placer de probar.

5. Concéntrate más en el propio proceso que en los resultados.

“Rojo” (en 26 de diciembre)

Ayer, 26 de diciembre, fui al Teatro Helénico a ver la obra de John Logan. Todo apetecía y nada decepcionó: el tema (el pintor expresionista abstracto Mark Rothko), el actor protagónico (Víctor Trujillo despojado de su peluca verde), la compañía (la mía, no la de teatro).

El tema de la creación artística es fascinante. ¿Cómo nace un cuadro en la mente de un pintor? La pregunta es más inquietante si el cuadro es abstracto. ¿Qué se busca provocar con un rectángulo negro sobre un fondo rojo? El propio Rothko/Trujillo y su asistente Ken/Alfonso Dosal lo responden en un diálogo interesante: mientras una pieza representacional (digamos, que muestra un paisaje) permanece igual si le mira durante un minuto o tres horas, un cuadro de Rothko se mueve, palpita conforme el espectador lo observa/absorbe. Y justo en esa cualidad “dinámica” pone el creador su apuesta artística: espera que el público de su obra se comprometa, entre en un diálogo con ella. ¿Pero dónde están los observadores dispuestos a ello? Ahí radica la tragedia: ni el comprador de “cuadros de chimenea” ni el que pide una pieza naranja para decorar un comedor igualmente naranja ni el que mira de reojo la pintura que cuelga en un restaurante merecen el arte… aunque puedan pagarlo.

Esa polaridad entre el “arte por el arte” y el “arte como objeto de consumo/modus vivendi” permea la obra toda y establece un contrapunto con la visión del arte pop, en boga justo en los años en que se ubica Rojo: 1958-1960. Y esa misma tensión lleva a que a más de 24 horas de haber visto la puesta en escena siga cuestionándome si es posible conciliar ambas posturas.

La dirección de Lorena Maza me pareció limpia y la actuación de Trujillo me convenció, mientras a Dosal lo sentí simplemente “cumpliendo”. Eso sí, merece un aplauso especial la selección musical y el trabajo de iluminación (sobre todo en la escena final).

Hombre solo en una barca

Dónde: Antiguo Colegio de San Ildefonso. Cuándo: un día de diciembre. Qué: exposición de esculturas hiperrealistas de Ron Mueck.

Sorprende su obsesión por reproducir cada detalle: los vellos de la barba de la cabeza gigante, los músculos de la mujer hecha a escala, los pies perfectamente imperfectos de la pareja en la cama. Pero lo que de verdad me conmueve es la poesía que destila el hombre desnudo en la barca, varado en medio de la nada, visitando una mañana fuera de lugar. Solo con la sombra de las horas, vulnerable y suspenso, esclavo de sus pocos metros de madera, mira quizá un sueño prendido de la esquina. Indiferente a todo abraza su ser recóndito. ¿En realidad soy diferente a él?

“La gente feliz no suele consumir”

Hoy, de manera casual, me topo con dos citas que dicen prácticamente lo mismo. Se ve que me andaban buscando y, en efecto, me echan a andar:

1. “Se ha introducido en nuestras mentes esa idea nueva de que si no consumes no eres nada. Si no consumes, tú no eres nadie. Y eres tanto más cuanto eres capaz de consumir. A partir de que el ser humano se mira a sí mismo como un consumidor, todas sus capacidades disminuyen, porque todas van a ser puestas al servicio de una mayor posibilidad de consumir” (palabras citadas en el libro José Saramago en sus palabras, publicado por Alfaguara).

2. “Serge Latouche: “La gente feliz no suele consumir”. Propone vivir mejor con menos. Profesor emérito de Economía en la Universidad París-Sud, es una de las voces mundiales del llamado movimiento por el decrecimiento” (entrevista publicada en el Diario de Navarra, http://www.diariodenavarra.es/20110211/navarra/serge-latouche-gente-feliz-suele-consumir.html?not=2011021103385837&idnot=2011021103385837&dia=20110211 ).

Me gusta recordar que en mi esencia no está consumir, que soy infinitamente más que lo que quiero/puedo comprar, que si bien en general lo disfruto, nada en mí cambiaría si un día dejara de adquirir todas las novedades del mercado. Y aunque a veces me someto dócilmente a sus dictados, otras vivo la demanda social como una exigencia feroz, de la que quisiera liberarme para conectar con la “vida simple”, inmersa en la naturaleza y lo trascendente, que miles de seres humanos disfrutaron antes de mí. En ello la yoga y la meditación son puntos de referencia que varias veces por semana (hoy a las 6 am, por ejemplo) me ubican en el “aquí, ahora” y me ponen en contacto con mi cuerpo/mi ser, el que no pasa de moda ni tiene una obsolescencia programada. La reflexión me llega como bocanada de aire fresco…

Shakespeare y el espejo

No deja de maravillarme cuántas lecturas ofrece una obra como La tempestad, de Shakespeare. Acabo de ver la puesta en escena: la había leído pero nunca visto. ¿Me gustó? No tanto, sentí desigual el ritmo y algunas actuaciones, además de que no disfruté la licencia forzada del director (así me lo aclaró el propio traductor, Alfredo Michel), de poner en boca de Calibán versos de Hamlet. Sin embargo, “EL bardo” es “EL bardo” bajo cualquier lente. La obra tiene momentos deliciosos y una buena traducción, además de una disfrutable actuación de López Tarso y del actor que interpreta al retorcido y perverso Calibán.
Una lectura que me resulta interesante y que recordé al ver al deformado personaje es la que concibe a Calibán como un símbolo de América Latina, “salvaje”, “primaria”, “sensual”, “grotesca”, en todo opuesta al “civilizado” y “culto” Próspero. Hace años asistí a un seminario organizado por la UNAM y la Universidad de Lovaina sobre este tema: la metáfora explotado/explotador, donde Calibán, despojado de su isla, dice a Próspero que aprender su lengua le permite maldecir: “You taught me language, and my profit on’t/ Is, I know how to curse. The red plague rid you/ For learning me your language!”.
Más allá de la intención (moralizante o no) de Shakespeare, la cuestión es que los latinoamericanos seguimos leyéndonos en Calibán, destacando la dicotomía que nos deja siempre en desventaja: antes frente al colonizador español y hoy, de cara a la potencia del norte. Una vez más el arte cumple como espejo que nos permite reflejarnos. Y cuestionarnos.