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Este blog respira libros. Es de libros. Sobre libros. En torno a libros.

Romeo y Julieta 2011

Fin de semana. Tarde de frío. Consenso de ver película en video. Tres demandantes cuyos gustos no coinciden: A y B aman las de terror, B y C disfrutan las de romance, A y C prefieren las históricas. Un democrático volado arroja ganadora: la viejita Romeo y Julieta, de Baz Luhrmann (1996). Arriesgada, iconoclasta y propositiva conjuga el texto de Shakespeare con una ambientación contemporánea en una relectura interesante. El resultado: complace a los tres ingirientes de palomitas con Valentina.

La riqueza de los clásicos radica justamente en su multiplicidad de lecturas, algunas más afines al gusto personal que otras, pero todas válidas. Cito de memoria (por tanto, seguramente mal) a Italo Calvino cuando en su “Por qué leer los clásicos” dice que un clásico es un libro que nunca termina de decir lo que iba a decir. En otras palabras, 50, 100 o 400 años después de su escritura, cuando algunas o prácticamente todas las referencias culturales han cambiado, sigue hablando con la misma fuerza e igual vigencia. En este caso, a una adolescente y dos adultos, cada uno con expectativas y cargas personales distintas, les mueve Julieta diciendo a Romeo:

O, swear not by the moon, the inconstant moon,

That monthly changes in her circled orb,

Lest that thy love prove likewise variable […]

Do not swear at all;

Or, if thou wilt, swear by thy gracious self,

Which is the god of my idolatry,

And I’ll believe thee.

(Y cómo no)

Celebrar los libros

El sábado pasado se festejó el Día Nacional del Libro y por alguna razón no escribí nada al respecto. Hoy celebro mis volúmenes, mi pequeña biblioteca. Títulos de poesía, de narrativa, de historia y ensayo, incluso más de 20 diccionarios pueblan mi casa y en algunos casos ocupan libreros de dos hileras en fondo. Son, en gran medida, mi objeto preciado número uno. Comencé a coleccionarlos y leerlos antes de entrar en 1991 a la licenciatura y posterior maestría en Letras: desde ahí se instalaron de manera fija en mi paisaje. He leído la mayor parte de lo que poseo, el resto espera pacientemente el momento de nuestro encuentro.

“Me, poor man, my library/ Was dukedom large enough” dice Próspero en el primer acto de “The Tempest”, de Shakespeare, idea que retoma Borges en su “Poema de los dones”: “Yo, que me figuraba el paraíso/ bajo la especie de una biblioteca”. En el primer caso, Próspero, duque de Milán, encuentra en sus volúmenes más interés y hondura que en la política, por lo que deja el gobierno en manos del traidor Antonio. En el segundo, Borges agradece la “magnífica ironía” de Dios, que mientras le da los anaqueles de títulos, le quita la vista. En cualquier caso, guardadas todas las distancias, comparto la celebración de los libros: para mí también son mi imperio, mi paraíso cotidiano. Aquí, algunas fotos de ellos…

En casa en mi vida

En la oficina, con la cabeza en proyectos, análisis, rendimientos, abro mi libreta personal buscando un dato anotado ahí. De pronto me brinca a las manos esta cita que transcribí del libro que estoy leyendo. Me pareció fascinante el concepto de “sentirse en casa en la propia vida”:

“At times, like happy children, we feel at home in our life. But at other times it is as if we were on another planet, like the man who fell to Earth. This state is about our attitude to the world we live in: what is our relationship with the people around us, the environment, the objects and circumstances of our life”. -Piero Ferrucci, Beauty and the Soul

Para mi enorme Fortuna, sí, me siento en casa en mi pedazo de mundo.

Père Lachaise a la manera de Millás

Conocedor de mi debilidad por los cementerios, Armando me regala esta foto que encontró, tomada en mi amada maravilla parisina: Père Lachaise. Me fascina y a la manera de Juan José Millás juego a descomponer la metáfora implícita: vida que se afirma sobre la piedra, verdor que sublima la grisura, savia que corona la rigidez, vigor que contrasta la decadencia, fragilidad que se consagra ante el tiempo. Y, sin embargo, en este juego vertical/horizontal, la piedra no sacrifica su encanto sino se enriquece con el diálogo entre contrarios…

 

Shakespeare y el espejo

No deja de maravillarme cuántas lecturas ofrece una obra como La tempestad, de Shakespeare. Acabo de ver la puesta en escena: la había leído pero nunca visto. ¿Me gustó? No tanto, sentí desigual el ritmo y algunas actuaciones, además de que no disfruté la licencia forzada del director (así me lo aclaró el propio traductor, Alfredo Michel), de poner en boca de Calibán versos de Hamlet. Sin embargo, “EL bardo” es “EL bardo” bajo cualquier lente. La obra tiene momentos deliciosos y una buena traducción, además de una disfrutable actuación de López Tarso y del actor que interpreta al retorcido y perverso Calibán.
Una lectura que me resulta interesante y que recordé al ver al deformado personaje es la que concibe a Calibán como un símbolo de América Latina, “salvaje”, “primaria”, “sensual”, “grotesca”, en todo opuesta al “civilizado” y “culto” Próspero. Hace años asistí a un seminario organizado por la UNAM y la Universidad de Lovaina sobre este tema: la metáfora explotado/explotador, donde Calibán, despojado de su isla, dice a Próspero que aprender su lengua le permite maldecir: “You taught me language, and my profit on’t/ Is, I know how to curse. The red plague rid you/ For learning me your language!”.
Más allá de la intención (moralizante o no) de Shakespeare, la cuestión es que los latinoamericanos seguimos leyéndonos en Calibán, destacando la dicotomía que nos deja siempre en desventaja: antes frente al colonizador español y hoy, de cara a la potencia del norte. Una vez más el arte cumple como espejo que nos permite reflejarnos. Y cuestionarnos.

Abelardo y Heloísa

Practicando uno de mis placeres cotidianos, paseo los ojos por el librero y me topo con uno de mis títulos preferidos: Cartas de Abelardo y Heloísa, en la edición de Siruela. Como casi siempre, lo abro en alguna de las páginas dobladas por la esquina superior (señal de que hay-algo-que-disfrutaré-releer). Como casi siempre, no me equivoco: “Lejos de gemir por las faltas que cometí, pienso, suspirando, en aquellas que ya no puedo cometer más”. La línea es hermosa… y si se piensa que la autora es una monja que vivió hace nueve siglos, escribiéndolas al abad de un monasterio, resulta fascinante.

Siglo XII. Francia. El reconocido doctor en filosofía Abelardo seduce a su joven alumna, hija de un amigo y quien le encargó la educación de la chica. La pasión de Abelardo es plenamente correspondida (o incluso rebasada) por Heloísa, así que los amantes se dedican a saciarla, a escondidas del tío. Cuando ella se ve embarazada huyen juntos y se casan en secreto, pero viven separados. Fulberto, pariente de Heloísa, decide vengar la  infamia: con una turba ataca de noche a Abelardo… y lo castra. Luego del dolor inicial, el eunuco se vuelve a Dios y a la teología, funda un monasterio y pide a Heloísa que se vuelva monja. Ella obedece pero a pesar de los hábitos no quiere arrepentirse, “puesto que el alma conserva el gusto del pecado y arde por sus antiguos deseos”. Hasta parece vanagloriarse de ello: “Allí hacia donde me vuelvo aparecen ante mis ojos y despiertan mi deseo. Su ilusión no respeta ni siquiera el sueño. Aun durante las solemnidades de la misa, cuando la plegaria debería ser más pura que nunca, imágenes obscenas asaltan mi pobre alma y la ocupan más que el oficio”.

Esta amante, dispuesta a defender su ardor a costa de confrontarse con su familia, con el aparato social y con la misma religión (omnipotente en su época) me emociona otra vez y me recuerda a esa otra grande que amó, Juana, “la loca”. Por ellas solas la palabra voluptuosidad merece ser sustantivo femenino…