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Crónica del segundo día en la selva

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Todas las fotos: Julia Santibáñez

Centro Las Guacamayas en las márgenes del río Lacantún, Reserva de los Montes Azules, más selva lacandona. 1 p.m.

Ha llovido todo el día. La humedad no pide permiso para esponjarme el cabello, para ondular las hojas de Ciudad Real, libro de Rosario Castellanos que estoy leyendo. La presagiaban las más de dos horas de carretera a mitad de la selva: el cielo no dejó de llorar ni un momento. Con este tiempo es imposible tomar el paseo en lancha. Nos dedicamos entonces a disfrutar la fantástica cabaña frente al río, el sonido de la lluvia, los abrazos, la laxitud de no tener nada por hacer, porque no se puede hacer nada. Hablando de la cabaña, además de contar con la mejor vista del lugar está decorada ex profeso con muchas flores hermosas, todo sorpresa de quien más me quiere ante mi inminente cumpleaños. Imposible no sentirme reina del mundo mientras acurruco en él y me quedo dormida.

Un poco antes de las tres, el cielo abre y deja de llover. Entonces retomamos el plan inicial: nos subimos a la lancha. El río Lacantún es enorme, de unos 150 metros de ancho. En sus orillas pesadas de vegetación y orientados por César, el guía, durante tres horas vemos guacamayas, un tucán solitario, ceibas, incontables garzas, monos aulladores haciendo honor a su nombre, iguanas, un cocodrilo, varios martines pescadores. Para mí lo más destacable es el paisaje en su conjunto: transmite una paz que no es fácil explicar. Recuerdo el libro Beauty and the Soul, de Piero Ferrucci: el ser humano necesita la naturaleza, está en su código de siglos como la referencia más perfecta de belleza, proporción, orden. Entrar en contacto con ella expande el alma, da plenitud. Quizá sea por eso que estos días siento mi pisada más liviana.

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Descubrir eso que llaman “sagrado”

La busqué con toda intención. En el mapa de París localicé “iglesia de San Eustaquio” (Saint Eustache). Cuando salgo de México intento conocer templos antiguos y perderme en ellos; sin esa escala, ningún viaje está completo. Además, en casa atesoro algunas piezas de arte sacro. No profeso credo alguno, de modo que siempre me expliqué mi afición por el lado artístico. Amo la mirada ingenua y ardorosa de muchas vírgenes, la delicadeza de los querubines en las iglesias barrocas, la elocuencia de las catedrales góticas. Este templo con orígenes en el siglo XII es una maravilla. Sentada en una banca, rodeada por veladoras y el sonido del órgano impresionante, me hundo en el instante, reconfortada. Salgo preguntándome el porqué.

Luego veo a mi querida amiga Claire, quien me regala un ejemplar de Psychologies, revista a la que me unen las entrañas. Ahí encuentro esto del filósofo Regis Debray: “Independientemente de connotaciones religiosas, lo sagrado está en todas partes porque nos es psicológicamente necesario… Crea un universo particular que nos permite regenerarnos, olvidar nuestra finitud y nuestra condición mortal, nos permite confrontarnos con una dimensión superior que rebasa lo cotidiano. (En su acepción laica) lo encontramos en el monumento en memoria del 11 de septiembre en Nueva York, en el cementerio Père Lachaise en París…”.

Sí, esa búsqueda espiritual y sed de trascendencia también explica mi pasión por las iglesias. A miles de kilómetros de casa lo descubro.

París bien lo vale

 

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A mil por hora en sesiones de trabajo, con el horario cruzado y los ojos saliendo de sus órbitas por querer ver todo París, me descubro igualmente sorprendida y maravillada que hace muchos años, cuando pisé suelo galo por primera vez. Me gusta que nunca se sacie mi capacidad de asombro. Creo que puedo definir como objetivo de vida seguir siendo naive.

El laberinto de mi oreja

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El monstruo se desata/

en el laberinto de mi oreja:/

corre calle abajo/

(embriagado)/

y avasalla./

En loca carrera/

trastorna,/

fascina con el portento/

de su rabia./

Lo espera una flor incandescente./

Qué prodigio de ojos excesivos.//

 

-Julia Santibáñez