Piel con forro

Sábado, 7:15 am. Me despierto o me doy cuenta de que estoy despierta, da igual. Un par de pájaros corta el silencio. Todo está en calma, incluso mi mente. Aunque afuera hace frío, las cobijas son muy acogedoras. En un par de horas me alistaré para ir a la yoga y mientras tanto disfruto mi compañía, me gusta habitar mi piel. Medito un poco, saboreo la paz como un caramelo. Luego me estiro a tomar la novela que me tiene alucinada: El sabor de un hombre, de la croata Slavenka Drakulic (Anagrama).  Su escritura es elegante, cruda, interiorista. Tras un par de páginas me encuentro con esto: “Por dentro, me sentía totalmente revestida por José. Me sentía como un abrigo forrado, como si el lado interno de mi propia piel estuviera revestido por la suya como un forro”.

Pensaba leer bastante más pero me quedo con esas líneas. Cierro el libro y me voy rumiando la poderosa imagen de una piel revestida por dentro. Yo misma adquiero otro rostro este sábado.

Ese cuadro hindú

 

Ese cuadro hindú/

la novela de Cohen/

el sillón más rojo/

la cara interna de mis muslos/

y lo frío de estos pies/

te llevan tatuado./

También cada mañana/

el mejor de los diciembres/

la voz de Sinatra/

mis mejillas y ganas/

aquel postre en Nueva York/

y los últimos cinco años./

Extrañan tanto tu olor/

que ya no aguantan.//

 

-Julia Santibáñez

Curiosidades del mundo editorial (notas desde la trinchera)

Quien lo conoce desde dentro sabe que el mundillo de las revistas se cuece aparte (¿aparte de qué? ¿aparte de dónde? ¿de parte de quién?). Así, frases que en la vida cotidiana tienen un sentido, en los pasillos de una editorial adquieren otro significado, sin perder el original. Por ejemplo, decir “pero qué mala cabeza” tendría, al menos, las siguientes acepciones:
1. El juicio del interpelado es sumamente cuestionable.
2. El susodicho tiene un fenotipo poco agraciado.
3. El título dado a un artículo no le hace justicia al contenido.

Asimismo, que alguien comente “cambiamos la fuente por orden del jefe” puede leerse como:

1. El Cupido del patio, que escupía un chorro de agua, fue reemplazado en respuesta a la intransigencia del superior.
2. El área de diseño se vio obligada a elegir otra letra para el texto por idéntica razón.

Por otro lado, “volver a hacer la secundaria” es sinónimo de:
1. Revisitar las aulas de la educación media para obtener un certificado.
2. Escribir de nuevo la introducción de un artículo.

O escuchar decir a alguien con un respiro “por fin voy a quemar los discos” puede interpretarse como:
1. Los Cd’s del interfecto serán víctima inmediata de sus aficiones piromaniacas.
2. Se trata de un diseñador en cierre de edición, que ve asomarse el final del túnel pues está por grabar la revista para su envío a la imprenta.

En fin, supongo que esta polisemia contribuye a la conocida falta de cordura de quienes nos movemos gozosamente en este mar de significados.

Un acto de amor/El acto de amor, de Howard Jacobson

Recién terminé esta novela de Howard Jacobson (Miscelánea). Es violenta, iluminadora, fascinante. La anécdota es “simple”: un anticuario de libros desea que su esposa le sea infiel, una y otra vez. Felix Quinn, protagonista, repite una frase a modo de leit motif: “Ningún hombre ha amado a una mujer sin imaginársela en brazos de otro”. Y justo porque ama a Marisa se la imagina en brazos de Marius, con lo que envuelve a ambos en su telaraña de deseo. Pero ya lo cuestiona la contraportada del título: “¿cómo se le puede llamar traición a eso, si es exactamente lo que él quiere?”.

La sensibilidad de Jacobson permea cada página mientras se pasea por las tripas recónditas de la obsesión sexual, los celos, el amor. Apoyado en un lenguaje sugerente, va mucho más allá de meramente presentar hechos. Como dice el propio Quinn sobre su esposa: “las palabras eran nuestro modo de acariciarnos”. Sí, Jacobson me acaricia mientras leo y me seduce hablándome al oído, lo que compensa los ocasionales descensos de ritmo y las reiteraciones en voz de su personaje enloquecido. No conocía al autor y vaya presentación que es este volumen. En alguna medida me sucedió con Quinn lo que hace años con el Humbert Humbert de Lolita: racionalmente me resultan chocantes, pero la magia creada por el autor me los vuelve entrañables. Como Humbert Humbert, Quinn es el narrador “pervertido” que recuerda con nostalgia el deseo totalizador de otro tiempo, con lo que se gana mi complicidad.

Una crítica: la edición en español es una buena traducción de Santiago del Rey, aunque el título pierde frente al original en inglés: Un acto de amor es sólo uno entre muchos, mientras el autor tituló su obra de forma categórica: El acto de amor (The Act of Love), el mayúsculo, el único.

El vaho muda en amnesia

Sin dejar huella, el vaho muda en amnesia/

la nube se disipa, inexorable/

huye de sí mismo aquel incienso/

es aliento la tarde sublimada./

Como ellos, el deseo no se conforma:/

delgado, sutil, evanescente,/

queriendo ser más se desdibuja.//

 

-Julia Santibáñez

Palabra del día: trabajar

Por alguna razón recuerdo esta etimología, que es una de mis favoritas por el humor que transpira.

El verbo latino original para denotar el hecho de “ocuparse en cualquier actividad física o mental” era “laborare”, pero resulta que en Roma existía un instrumento de tortura llamado “tripalium”, hecho con tres palos a los que el preso era amarrado para recibir azotes (tengo entendido que el instrumento era similar al de la imagen que ilustra esta entrada). Al ir a trabajar la gente bromeaba, igual que ahora, que iba a sufrir un tormento: “voy al tripalium”, es decir, a “tripaliare”. Así, poco a poco, la acepción se instaló en la lengua y desplazó al formal “laborare”. Esta etimología la consigna Antonio Alatorre en su genial libro Los 1001 años de la lengua española, publicado por el Fondo de Cultura Económica.

Ya decía yo…

Y un poquito más adentro

A %d blogueros les gusta esto: