Beso que los abarca todos

Por un beso/

apostar la piel en cada espina/

prometer las horas todas/

el mar en su conjunto./

Por esa boca infinita/

ceder la espesura/

comprar siglos a buen precio/

verter el recuerdo por la borda./

Por la lengua imaginada/

urgencia de bálsamo/

malversar el rocío y la canela/

transigir la fortaleza, el precipicio/

arrancarle el alma a los desvelos/

aun ignorando si se llama/

beso lava/

beso inmune/

beso corsario/

beso apariencia/

beso absoluto//

 

-Julia Santibáñez

El árbol de la vida

Un poco por azar y otro poco por Sean Penn fui a ver “El árbol de la vida”. En las dos horas y media pasé por un abanico de emociones: me sorprendí, me gustó, me aburrí, me chocó, unos minutos incluso me dormí, me volvió a gustar y vuelta a empezar. De ritmo lento y secuencia cuya lógica a veces cuesta seguir, me quedo con dos cosas. Por un lado, la extraordinaria fotografía de Emmanuel Lubezki, sobre todo las escenas de naturaleza y los juegos abstractos de colores y texturas, sutiles y bellísimos. Por otro, con la reflexión sobre qué es lo que realmente vale la pena en el día a día. En su aparente caos, la cinta propone que sólo vivir en el presente y volcarse en el otro da sentido a la existencia. Coincido.

Abelardo y Heloísa

Practicando uno de mis placeres cotidianos, paseo los ojos por el librero y me topo con uno de mis títulos preferidos: Cartas de Abelardo y Heloísa, en la edición de Siruela. Como casi siempre, lo abro en alguna de las páginas dobladas por la esquina superior (señal de que hay-algo-que-disfrutaré-releer). Como casi siempre, no me equivoco: “Lejos de gemir por las faltas que cometí, pienso, suspirando, en aquellas que ya no puedo cometer más”. La línea es hermosa… y si se piensa que la autora es una monja que vivió hace nueve siglos, escribiéndolas al abad de un monasterio, resulta fascinante.

Siglo XII. Francia. El reconocido doctor en filosofía Abelardo seduce a su joven alumna, hija de un amigo y quien le encargó la educación de la chica. La pasión de Abelardo es plenamente correspondida (o incluso rebasada) por Heloísa, así que los amantes se dedican a saciarla, a escondidas del tío. Cuando ella se ve embarazada huyen juntos y se casan en secreto, pero viven separados. Fulberto, pariente de Heloísa, decide vengar la  infamia: con una turba ataca de noche a Abelardo… y lo castra. Luego del dolor inicial, el eunuco se vuelve a Dios y a la teología, funda un monasterio y pide a Heloísa que se vuelva monja. Ella obedece pero a pesar de los hábitos no quiere arrepentirse, “puesto que el alma conserva el gusto del pecado y arde por sus antiguos deseos”. Hasta parece vanagloriarse de ello: “Allí hacia donde me vuelvo aparecen ante mis ojos y despiertan mi deseo. Su ilusión no respeta ni siquiera el sueño. Aun durante las solemnidades de la misa, cuando la plegaria debería ser más pura que nunca, imágenes obscenas asaltan mi pobre alma y la ocupan más que el oficio”.

Esta amante, dispuesta a defender su ardor a costa de confrontarse con su familia, con el aparato social y con la misma religión (omnipotente en su época) me emociona otra vez y me recuerda a esa otra grande que amó, Juana, “la loca”. Por ellas solas la palabra voluptuosidad merece ser sustantivo femenino…

Lesa humanidad

Cada mañana escucho el noticiero de Carmen Aristegui (lo confieso: soy “carmelita calzada”, le profeso enorme afición). Hoy reportaba la cadena perpetua dictada contra varios argentinos que durante la dictadura militar fueron responsables de la tortura y desaparición de opositores al régimen. Aristegui decía: “Se les acusa de delitos de lesa humanidad”, es decir, crímenes que ofenden o agravian al género humano en su conjunto… y me dio por pensar. Recordé la cita de Voltaire: “La vida de un hombre vale tanto como la vida de un millón de hombres”. Ni duda cabe, pero acepta un matiz: aunque algunos delitos se cometen contra una persona y son absolutamente condenables, otros tienen un efecto multiplicador. En general, la expresión “lesa humanidad” se aplica a los crímenes que se cometen desde el Estado o bajo su protección y tolerancia. Es decir que el mismo Estado que debería proteger se convierte en delincuente y atenta de manera sistemática contra la población civil por motivos políticos, raciales, religiosos o sociales. México, 2011: me suena conocido y me duele…

Y un poquito más adentro

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