Abelardo y Heloísa

Practicando uno de mis placeres cotidianos, paseo los ojos por el librero y me topo con uno de mis títulos preferidos: Cartas de Abelardo y Heloísa, en la edición de Siruela. Como casi siempre, lo abro en alguna de las páginas dobladas por la esquina superior (señal de que hay-algo-que-disfrutaré-releer). Como casi siempre, no me equivoco: “Lejos de gemir por las faltas que cometí, pienso, suspirando, en aquellas que ya no puedo cometer más”. La línea es hermosa… y si se piensa que la autora es una monja que vivió hace nueve siglos, escribiéndolas al abad de un monasterio, resulta fascinante.

Siglo XII. Francia. El reconocido doctor en filosofía Abelardo seduce a su joven alumna, hija de un amigo y quien le encargó la educación de la chica. La pasión de Abelardo es plenamente correspondida (o incluso rebasada) por Heloísa, así que los amantes se dedican a saciarla, a escondidas del tío. Cuando ella se ve embarazada huyen juntos y se casan en secreto, pero viven separados. Fulberto, pariente de Heloísa, decide vengar la  infamia: con una turba ataca de noche a Abelardo… y lo castra. Luego del dolor inicial, el eunuco se vuelve a Dios y a la teología, funda un monasterio y pide a Heloísa que se vuelva monja. Ella obedece pero a pesar de los hábitos no quiere arrepentirse, “puesto que el alma conserva el gusto del pecado y arde por sus antiguos deseos”. Hasta parece vanagloriarse de ello: “Allí hacia donde me vuelvo aparecen ante mis ojos y despiertan mi deseo. Su ilusión no respeta ni siquiera el sueño. Aun durante las solemnidades de la misa, cuando la plegaria debería ser más pura que nunca, imágenes obscenas asaltan mi pobre alma y la ocupan más que el oficio”.

Esta amante, dispuesta a defender su ardor a costa de confrontarse con su familia, con el aparato social y con la misma religión (omnipotente en su época) me emociona otra vez y me recuerda a esa otra grande que amó, Juana, “la loca”. Por ellas solas la palabra voluptuosidad merece ser sustantivo femenino…

Lesa humanidad

Cada mañana escucho el noticiero de Carmen Aristegui (lo confieso: soy “carmelita calzada”, le profeso enorme afición). Hoy reportaba la cadena perpetua dictada contra varios argentinos que durante la dictadura militar fueron responsables de la tortura y desaparición de opositores al régimen. Aristegui decía: “Se les acusa de delitos de lesa humanidad”, es decir, crímenes que ofenden o agravian al género humano en su conjunto… y me dio por pensar. Recordé la cita de Voltaire: “La vida de un hombre vale tanto como la vida de un millón de hombres”. Ni duda cabe, pero acepta un matiz: aunque algunos delitos se cometen contra una persona y son absolutamente condenables, otros tienen un efecto multiplicador. En general, la expresión “lesa humanidad” se aplica a los crímenes que se cometen desde el Estado o bajo su protección y tolerancia. Es decir que el mismo Estado que debería proteger se convierte en delincuente y atenta de manera sistemática contra la población civil por motivos políticos, raciales, religiosos o sociales. México, 2011: me suena conocido y me duele…

Gosto/gostoso

Esta es una palabra que, como diría el genial Alex Grijelmo, pertenece a la “familia” de las voces que los hispanohablantes podemos entender, aunque en estricto sentido no esté en español, sino en portugués. Y aunque me encanta su sonido, me gusta aún más el adjetivo que deriva de ella: “gostoso/a”.  Así, “um garoto gostoso” es un hombre que se antoja suculento, delicioso. Quizá la palabreja me fascine porque más de una vez he formulado ese tipo de juegos lingüísticos, que dan a una persona atributos similares a los de un platillo apetecible…

Entre mis palabras favoritas

Hace un tiempo me dio por pensar cuáles son mis palabras favoritas. Todavía no termino la lista pero ahí van algunas, con todo y las razones que las acompañan:

borborigmo: ruido de las tripas cuando hacen digestión. Me gusta que es casi una onomatopeya, la palabra misma es como lo que describe y al pronunciarla siento que algo en mi vientre se acomoda.

lavabo: su etimología es fascinante. Nace en la Edad Media: resulta que durante la misa, que se decía en latín, mientras el sacerdote se lavaba las manos recitaba un fragmento del Salmo 26 que empezaba justo diciendo: “Lavabo inter innocentes manus meas” (“Lavaré en inocencia mis manos”). La gente empezó a identificar la palangana donde el cura se lavaba las manos con la palabra y así dio en llamarle “lavabo”.

burbuja: me encanta porque es ligerita, sin ropas, sale volando.

peliagudo: según la Real Academia (DRAE) se dice del animal de pelo largo y delgado; coloquialmente se refiere a algo difícil. ¿Cuál es la relación entre el significado literal y el coloquial? No sé pero siempre he dado en pensar que cuando algo es particularmente complicado pone “los pelos de punta”, es decir, los pone puntiagudos, afilados.

Dania: anagrama de Diana, diosa romana de la cacería, y palabra que con sus vocales abiertas y su magia nombra al ser más luminoso que conozco.

Texturas, ideas, olores

Como un cuaderno de notas tomadas al vuelo, este blog es depositario de textos casi siempre relativos a las inquietudes, las texturas, los calores y los colores que me sugieren las palabras, así como entradas sin pretensión, de la más diversa índole, sobre mis intereses: libros, poesía, erotismo, fotografía, yoga, historias, arte. Algunas serán lúdicas, otras curiosas, algunas más guardarán olor a mañana de lluvia. Todas buscarán generar ecos en quien tropiece con ellas.

Y un poquito más adentro

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