Definición kunderiana de amor

“El amor no se manifiesta en el deseo de acostarse con alguien (este deseo se produce en relación con una cantidad innumerable de mujeres), sino en el deseo de dormir junto a alguien (este deseo se produce en relación con una única mujer)”.

-Milan Kundera

N. del E. El lector puede cambiar “mujer” por “hombre” sin afectar el sentido.

Palabras en propiedad

 

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Yo y mi obsesión por ellas… no tengo remedio. Me da por pensar que algunos autores se han vuelto dueños absolutos de ciertas voces, tanto que es imposible decirlas sin aludir a sus “creadores”. Por supuesto, el vínculo está dado por su obra, después de leer la cual no he podido librarme de sus fantasmas. Ya sé que mi lista es incompleta, por demás subjetiva y ecléctica (incorpora algunas en otros idiomas), pero no busca más que ser un recuento de voces “propiedad” de autores admirados.

Sólo los últimos dos casos son palabras inventadas, las demás se encuentran en cualquier diccionario. A propósito dejo fuera (por esta ocasión) los nombres propios, porque sería demasiado fácil acudir a Romeos, Funes, Dulcineas, señoritas Julias, Aschenbachs, Fuenteovejunas o Werthers, que en muchos casos tienen para mí una existencia más interesante que muchas personas que conozco… En fin, ahí van mis primeras 10:

  1. Tártaros: Dino Buzzati, El desierto de los tártaros.
  2. Laberinto + espejo: Jorge Luis Borges, Poesía completa.
  3. Bruno: “umbrío por la pena, casi bruno”, Miguel Hernández.
  4. Bottine/botín: Gustave Flaubert, Madame Bovary.
  5. Amorosos: “Los amorosos andan como locos/ porque están solos, solos, solos”, Jaime Sabines.
  6. Hérisson/erizo: Muriel Barbery, L’élégance du hérisson.
  7. Nevermore/nunca más: “Quoth the raven, ‘Nevermore'”, Edgar Allan Poe.
  8. Madeleine/magdalena: Marcel Proust, En busca del tiempo perdido.
  9. Nymphet/nínfula: Vladimir Nabokov, Lolita.
  10. Trilce: César Vallejo, Trilce.

Son tantas que seguro me darán para varias listas más.

El sabor de un hombre, de Slavenka Drakulic

“[El cuerpo] era el único instrumento del que disponíamos, el único instrumento para entendernos, el lenguaje del cuerpo que llega detrás, delante, al margen de las palabras, al margen del habla, que pronto nos resultó insuficiente. El cuerpo suplía nuestra carencia de lenguaje, ese algo que se nos escapaba desde el principio. El cuerpo era la única forma en la que se me abría un camino directo hasta él, hasta su oscuro interior”.

Leer El sabor de un hombre, de Slavenka Drakulic (Anagrama), alteró mis días, lo reconozco. Pocas veces me he encontrado (“me ha golpeado”, debería decir) una novela tan nítida, tan incisiva, tan temblorosamente sensible y escrita con la poesía de las entrañas. El cuerpo como protagonista absoluto de una historia de amor devorador, como un lenguaje pleno y suficiente, como la memoria más certera, el “hambre divina” por el amado llevada hasta sus últimas consecuencias, un hilo tenso resuelto de la manera más lógica… según la lógica del erotismo más extremo. La contratapa cita a un crítico de The Guardian, según el cual “la prosa de Slavenka Drakulic tiene la intensa, descarnada poesía de Marguerite Duras”. Nunca mejor dicho.

Paradojismo

Los diccionarios, siempre tan a la mano, explican la condición en la que me encuentro, que involucra afirmar y negar al mismo tiempo: “Paradoja: 4. f. Ret. Figura de pensamiento que consiste en emplear expresiones o frases que envuelven contradicción” (DRAE). Sí, asimismito: estoy contenta pero no, me parece algo bueno y al contrario, celebro y lamento.

¿Cavafis o Santibáñez?

Constantino Cavafis lo escribió hace muchos años, pero podría haber sido yo, de camino a Ítaca:

“Vuelve a menudo y tómame,

amada sensación, vuelve y tómame—

cuando del cuerpo la memoria se despierta,

y un antiguo deseo vuelve a pasar por la sangre;

cuando los labios y la piel recuerdan

y las manos sienten como que tocan otra vez.

Vuelve a menudo y tómame en la noche,

cuando los labios y la piel recuerdan…”

O también:

“[dejó] a través del tacto de sus manos

un sentimiento en la frente, en los ojos, y en los labios”.

 

Y un poquito más adentro

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