Shakespeare y el espejo

No deja de maravillarme cuántas lecturas ofrece una obra como La tempestad, de Shakespeare. Acabo de ver la puesta en escena: la había leído pero nunca visto. ¿Me gustó? No tanto, sentí desigual el ritmo y algunas actuaciones, además de que no disfruté la licencia forzada del director (así me lo aclaró el propio traductor, Alfredo Michel), de poner en boca de Calibán versos de Hamlet. Sin embargo, “EL bardo” es “EL bardo” bajo cualquier lente. La obra tiene momentos deliciosos y una buena traducción, además de una disfrutable actuación de López Tarso y del actor que interpreta al retorcido y perverso Calibán.
Una lectura que me resulta interesante y que recordé al ver al deformado personaje es la que concibe a Calibán como un símbolo de América Latina, “salvaje”, “primaria”, “sensual”, “grotesca”, en todo opuesta al “civilizado” y “culto” Próspero. Hace años asistí a un seminario organizado por la UNAM y la Universidad de Lovaina sobre este tema: la metáfora explotado/explotador, donde Calibán, despojado de su isla, dice a Próspero que aprender su lengua le permite maldecir: “You taught me language, and my profit on’t/ Is, I know how to curse. The red plague rid you/ For learning me your language!”.
Más allá de la intención (moralizante o no) de Shakespeare, la cuestión es que los latinoamericanos seguimos leyéndonos en Calibán, destacando la dicotomía que nos deja siempre en desventaja: antes frente al colonizador español y hoy, de cara a la potencia del norte. Una vez más el arte cumple como espejo que nos permite reflejarnos. Y cuestionarnos.

“Dios los hace y ellos se untan”

“Entre que son perras y son malsanas…”.

“Te daría la razón, pero la extrañaría demasiado”.

“Paladar. Y legalar”.

“Ese delicado instante en el que tus principios se vuelven tus últimos”.

Tuits de Piolo Juvera

¿Puede haber algo más divertido que hacer malabares con las palabras, estirarlas como chicle, moldearlas en figuritas y al final volver a ponerlas en el cajón que les corresponde? Y vaya que Piolo es experto en esa materia (lo digo con la más sentida envidia).

La felicidad como ejercicio

“Las felicidades repetidas suelen ser fruto de una ascesis. No en el sentido cristiano de ‘privación’ sino en el sentido etimológico del término, derivado del griego askesis, que significa ‘ejercicio’. La felicidad no se decreta, no se convoca, sino que se cultiva y se construye poco a poco, a lo largo del tiempo”.

Christophe André

Me suena, me cuadra, me emociona entender la felicidad como un músculo a desarrollar, una habilidad que se puede perfeccionar. A darle, pues.

Beso que los abarca todos

Por un beso/

apostar la piel en cada espina/

prometer las horas todas/

el mar en su conjunto./

Por esa boca infinita/

ceder la espesura/

comprar siglos a buen precio/

verter el recuerdo por la borda./

Por la lengua imaginada/

urgencia de bálsamo/

malversar el rocío y la canela/

transigir la fortaleza, el precipicio/

arrancarle el alma a los desvelos/

aun ignorando si se llama/

beso lava/

beso inmune/

beso corsario/

beso apariencia/

beso absoluto//

 

-Julia Santibáñez

El árbol de la vida

Un poco por azar y otro poco por Sean Penn fui a ver “El árbol de la vida”. En las dos horas y media pasé por un abanico de emociones: me sorprendí, me gustó, me aburrí, me chocó, unos minutos incluso me dormí, me volvió a gustar y vuelta a empezar. De ritmo lento y secuencia cuya lógica a veces cuesta seguir, me quedo con dos cosas. Por un lado, la extraordinaria fotografía de Emmanuel Lubezki, sobre todo las escenas de naturaleza y los juegos abstractos de colores y texturas, sutiles y bellísimos. Por otro, con la reflexión sobre qué es lo que realmente vale la pena en el día a día. En su aparente caos, la cinta propone que sólo vivir en el presente y volcarse en el otro da sentido a la existencia. Coincido.

Y un poquito más adentro

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