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El riesgo de escribir un poema (y hacerlo bien)

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El lunes pasado participé en el Maratón de poesía en voz alta “Palabra de lector”. Organizado por mi incansable amigo José Luis Enciso, director de Actividades culturales del Fondo de Cultura Económica, el evento fue en la librería Rosario Castellanos de la Ciudad de México, como parte de las celebraciones por el Día Internacional del Libro (jueves 23). El formato fue innovador: siete poetas invitados leímos textos propios, pero también de autores favoritos. En mi caso, intercalados con versos de mi Rabia de vida compartí poemas de Idea Vilariño, Óscar Hahn y Fabio Morábito. Los asistentes al evento participaban de igual forma: leyendo textos propios o ajenos. Qué genial manera de celebrar la poesía: en voz alta, colectivamente.

Ahí conocí el trabajo de Christian Peña, joven autor capitalino que ha ganado muchos reconocimientos, entre ellos el Premio Bellas Artes de Poesía Aguascalientes 2014 por el libro Me llamo Hokusai (FCE/ Instituto Cultural de Aguascalientes/ INBA/ Conaculta). Hoy, #MiércolesDePoesía, comparto un breve fragmento de ese libro que deslumbra por su experimentación formal y su exploración de los límites de lo poético. Da gusto el riesgo que corre y da más gusto que le salga bien. Hecho de cinco textos largos en los que se intercala prosa poética, verso, recuerdos narrados y hasta citas de otros autores, el libro es un juego afortunado con el lenguaje desde el título de cada texto. Este pasaje es parte del poema “El monte Fuji Rojo es un volcán que hace erupción en las pesadillas de un director de cine japonés y también el presagio del accidente nuclear de Fukushima en el 2011 y el mismo que despierta en las fibras de mi pulmón izquierdo y al que los médicos insisten en llamarle cordialmente adenocarcinoma”. Aquí va:

“[…] Todos los médicos son traductores: el Doctor habla, interpreta las pruebas, las palabras que son signos imposibles; en realidad, él es el verdadero crítico del texto: ‘Crees saber de qué hablo porque escuchas lo que digo, sin embargo, desconoces mi lenguaje. Mi lengua no es mi palabra. Mi lengua es lo que oculto, lo que me callo: la fecha de tu muerte, las probabilidades de vida que te quedan. Hablar así no es cosa fácil, se necesitan años de práctica y aún más años de estudios, de especializarse en decir algo sin decirlo. Si digo ‘6’, quiero decir ‘nada’; si digo ‘probablemente’, quiero decir ‘estás frito’. Lo único que te resta interpretar es el silencio. Un volcán está haciendo erupción a miles de kilómetros de este consultorio, ¿lo escuchas?’ […]”.

Salud por la voz poética de Christian Peña.

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Noche de poesía

En la mesa de presentación, desde la izquierda: Josefina Larragoiti, yo, Eduardo Casar Fotos: Fernanda Santibáñez Maldonado (alias, mi guapa sobrina)
En la mesa de presentación, desde la izquierda: Josefina Larragoiti, yo, Eduardo Casar
Fotos: Fernanda Santibáñez Maldonado (alias, mi guapa sobrina)

Pues qué digo, estoy feliz. La presentación, anoche, de mi libro de poesía Rabia de vida/ Rabia debida (Editorial Resistencia) fue todo lo rica que quería. Y mucho más.

El poeta Eduardo Casar leyó un texto espléndido, puntual y al mismo tiempo ameno, que me hizo preguntarme si de veras yo escribí esos versos que lo entusiasmaron tanto. Después guió una conversación en la que platicamos sobre el proceso creativo, el binomio disciplina-inspiración, las preferencias al escribir. Siguió la lectura de mi propio texto de presentación y al final ambos leímos algunos poemas del libro, para luego dar oportunidad a las preguntas del público, conducidas por Josefina Larragoiti, directora de la editorial. Cerramos brindando con mezcal y vino, firmando libros, celebrando una noche redonda en la que el auditorio de la librería Rosario Castellanos del Fondo de Cultura Económica estuvo casi lleno. Casar, que tiene 10 libros solamente de poesía (más varios de otros géneros), me decía temprano: “Una presentación de poesía ya es buena si tiene 30 personas”. Los hados se confabularon para que casi se triplicara esa cifra. Hubo familia, amigos antiguos y nuevos, lectores, tuiteros, seguidores de este blog y gente de prensa, más los muchos queridos amigos y seguidores que no pudieron acompañarme en presencia, pero sí en corazón. Todos reunidos en torno a un oficio tan poco fotogénico como la poesía es para echar las campanas al vuelo.

Oyendo una pregunta del público
Oyendo una pregunta del público
Vista general del auditorio
Vista general del auditorio
Mi cara lo dice todo
Mi cara lo dice todo
No se ve mi felicidad pero se la pueden imaginar
Firma de libros, ya en la librería. No se ve mi felicidad pero se la pueden imaginar.
Firme y firme
Rabia de vida flotaba en el ambiente.
Hubo mezcal y vino poéticos.
Hubo mezcal y vino poéticos.
Con la queridísima Crissanta, creadora de Salto al Reverso
Con la queridísima Crissanta, creadora de Salto al Reverso
Lector urgido de leer
Lector rabioso de leer

¿Pienso o me dejo pensar?

Hoy de madrugada, preparándome para ir a clase de yoga, encontré el universo contenido en unas pocas líneas del libro Yoga: inmortalidad y libertad, de Mircea Eliade (FCE):

“Bajo las apariencias del ‘pensamiento’ se esconde en realidad un centelleo indefinido y desordenado, alimentado por sensaciones, palabras, memorias. El primer deber del yoguin es pensar, esto es, no dejarse pensar. Por ello la práctica del yoga comienza con la concentración en un solo objeto, que obstruye el flujo mental”.

Nunca me lo había preguntado ni se me había ocurrido que existía esa diferencia no-sutil. Pensar es concentrarse a propósito en un objeto/idea, dejar de lado cualquier distracción, mientras dejarse pensar es ser tomado por pensamientos, recuerdos, reflexiones, incluso tonterías. Me la he pasado diciendo que el yoga me ayuda a “no pensar” cuando en realidad, según este concepto, me ayuda a “pensar”, es decir,
a concentrarme en la respiración, en las sensaciones de mi cuerpo, aislando por completo todo el resto del mundo. Uffff, supongo que esto es lo que se llama “una revelación”.