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Me gustan los Bad Boys (no los Bad Hombres)

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Asumo un sesgo en mi preferencia sexual: me encantan los hombres no decentes, intensos, mal portados. En la revista S1ngular de febrero se publica este texto mío, que había titulado “Por qué me gustan los hombres rudos” y la revista llamó “¿Por qué nos encantan los Bad Boys?”. Sólo añado: sí, hay diferencia entre un Bad Boy y un Bad Hombre. El primero es un caramelo de adrenalina. El segundo, un estereotipo construido en la mente pequeñita del Mister Orange. Dicho esto, aquí va un fragmento del texto:

Hace poco descubrí mi fascinación por la zona oscurita de ciertos sujetos. Es decir, esa región masculina siempre me ha fascinado; ahora me refiero a una cierta tenebra del alma. Digo que recientemente me enteré de mi debilidad por tipos que mi hermana llamaría pésimos partidos (por indomables), pero que mi mejor amiga, aunque es gay, se come con la mirada mientras comenta: claaaro que saldría con él. Es que los hombres en estado salvaje son el colmo de atractivos.

A lo largo de los años he tenido relaciones pasajeras con señores poco recomendables, entre ellos, un cubano vividor que me recuerda la canción de Tony Zenet: “Era malo, pero palabra que fue el mejor”. Con todo, no me había dado cuenta de la adrenalina adictiva que disparan. Yo, que soy una mujer sensata (Ok, no) justo ahora ando perdida por un adolescente con canas. Y no estoy en un páramo de soledad. Millones de mujeres en el mundo nos rendimos ante un incorregible. ¿Por qué?

Es sexy a morir
El llamado bad boy es un nómada sin control. Nunca sé qué esperar de él y eso resulta un imán. Encima es seguro de sí mismo y sabe venderse: subraya su rebeldía, así que tal vez no se quite la mezclilla ni el pelo largo. O sí. James Bond es un individuo arrojado, imperdonablemente esquivo, a pesar del traje perfecto. El asunto es que, con lino o jeans, esa vena bravía lo hace muy deseable, porque me imagino que va a ser un lujo en la cama. Y lo es, siempre y cuando sea capaz de equilibrar la tosquedad con un buen shot de ternura. Si además suma inteligencia, el combo es tremendamente seductor. Mejor dicho: seductor-nivel-no-va-más.

Su magnetismo tiene sustento en razones evolutivas. Según el neurocientífico Billi Gordon, doctor de la Universidad de California en Los Ángeles y columnista de la revista Psychology Today, las abuelas de mis abuelas preferían al vigoroso Homo Erectus (ay) que al niño bueno: daba mayor garantía de tener hijos fuertes y de proveer comida, protección. Al repetir la conducta millones de veces, a lo largo de generaciones, el principio quedó grabado en mi cerebro como los surcos de un disco LP: se convirtió en instinto. Aunque yo no busque un padre para mis criaturas me sigo derritiendo por él. Viva la evolución.

Quiero descifrarlo
El espécimen con barba de varios días me resulta tan enigmático como un problema de álgebra, pero mucho más divertido. No me conformo con definirlo como alguien que desdeña las normas y tiende al riesgo. Me intriga por inescapable.

Para seguir leyendo sobre por qué un hombre poco recomendable es todo lo contrario de un vaso de leche tibia y cómo la evolución tiene más explicaciones sobre el asunto, busca el artículo en S1ngular de febrero.