Todas las entradas por Julia Santibáñez

Me da por leer y escribir. Con alta frecuencia.

EL YOGA, UN SÍNCOPE Y LA PLUMA

Me estoy doblando en dos (es un decir). La idea es plegarme en dos más y luego otra vez, pero soy un fallido origami de carne. La voz de la maestra en YouTube es el marco contextual de mi taquicardia.

            Soy masoquista. Llevo diez años de hacer yoga, de intentarlo, de sudar cada pestaña en la sexta postura y aventarme otras veinte, me salgan o no. Empecé con este numerito en 2011, cuando una punzada me paralizó por meses al toser o correr. Me diagnosticaron dos hernias lumbares. “Y son grandes”, dijo el ortopedista. “Haz yoga. Tal vez evitemos la cirugía”. Nunca había tenido un dolor de espalda tan fuerte. Ni tan leve. Nunca había tenido un dolor de espalda.

            Mi novio de entonces tomaba clase de Bikram Yoga, así que con shorts de lycra llegué al salón. Pensaba que iba a ser aburridísimo, no imaginaba lo retador de sostener una postura o ásana mientras ves venir un síncope. Varias veces sentí morirme pero continué yendo porque soy necia. Desjuiciada. Al principio salía furiosa, preguntándome por qué pagaba para sentirme fatal, pero a los pocos meses noté que se espaciaban los dolores, hasta desaparecer. En al menos nueve años de practicar Hatha Yoga toso, brinco y me despatarro sin acordarme de las hernias.

            La práctica se conoce en India desde hace cinco mil años. La palabra yoga puede traducirse “unión” de cuerpo y mente, porque cada postura se trata de que la cabeza y los miembros se pongan de acuerdo sin que nadie muera en el intento (hay otras opciones interesantes): aunque las piernas creen no aguantar más, la cabeza dice que sí. Que encima voy a respirar como si nada. Cuando vislumbro que coinciden siento algo parecido a la felicidad.

¿Por qué sigo practicando? Esquivé la cirugía de columna y mi cuerpo es algo fuerte e intentadamente flexible, pero además me serena (un poco), me hace bajarle al acelere (no siempre). Y el trabajo sobre el tapete aplica también en la vida diaria: si no me rajo de las duras demandas del Hatha, si poco a poco avanzo, entonces puedo con lo que el encierro implica. Durante la pandemia ha sido delicioso tener un video como guía para estirar los músculos y darle descanso a la mente. Es mi cable a tierra.

            Además, el yoga tiene puntos de contacto con la escritura. En ambos exploras tu propio terreno: a menos que te tires de cabeza a intentarlo por años, con rigor, no sabes qué puedes lograr. Y ambos te ubican en la realidad, porque si bien hay una distancia descomunal entre donde estás y adonde quieres llegar, te acercas un paso cada vez que te ejercitas. La disciplina es innegociable tanto en el Trikanasana como con las palabras.

            De modo que ahí sigo, a ver mañana hasta dónde me doblo (o no).

¿QUÉ HACEMOS CON LOS MUERTOS?

Para Rosa, en especial

Es una crisis. Una devastación. Herida abierta en canal sobre el costillar, hecha “tan callando” que no entiendes cómo fue. Nadie te preparó. Si hubo indicios, los ignoraste. Carecías de lentes adecuados. Sabes que todos pasaremos por ahí, que la gente se va. Pero no tu hermano. No tu hijo, tu madre, tu amiga. Ellos no. Como sigues aquí, resulta inexplicable la desaparición de esa vida con la cual la tuya está hecha nudo. Aunque parece complicado, “es tan fácil morir, basta tan poco”, escribió Rosario Castellanos. Y viene el frío, el miedo de no verlos más. Luego otra vez no entiendes o más bien te niegas a ese bocado de pan duro. Se atora en la garganta. Y cómo duele que el amor, el muchísimo, no pueda nada contra el vacío.

Las cosas siguen como siempre y te asombra. Incluso te choca. La gente oye música, se pelea, hace el amor; el agua sale de la llave, el día se despereza. Todo es igual y nada es exactamente igual. Entre las mujeres dani, tribu de Nueva Guinea, es habitual amputar falanges de un dedo de la mano, como símbolo de duelo por un pariente. Así tú: te arrancaron, no sé, una pierna y ahora debes aprender de nuevo a andar. Además del hueco está el enojo contra quien se fue. La pérdida de palabras compartidas.

A todos nos ha tocado cerca. “Estoy repleto de ausencias / ya no me queda lugar donde no haga falta algo”, dice el poeta uruguayo, mi amigo, Gustavo Wojciechowski. En estos meses la muerte se ha crecido, orgullosa, y los difuntos duelen más de lo normal porque la pandemia impide abrazarnos. Cómo hace falta esa parte del ritual, la compañía de los nuestros al atravesar la aduana que nos vuelve en instantes viudos de padre, huérfanas de hermana, sobrevivientes de un entrañable. No me extraña que pueblos alrededor del mundo se hayan comido a quienes se fueron, para mantenerlos vivos. Toda la aldea de los yanomami, en el Amazonas, gime, grita, da fuertes golpes al suelo ante la partida de un miembro. Luego queman el cadáver y los parientes se comen las cenizas en una sopa.

Aunque tragar los restos parezca brutal, nuestra costumbre de enterrarlos o rendirlos al fuego no es menos salvaje. Desde el escritorio alcanzo a tocar la urna con las cenizas de mi madre. Murió en octubre. A veces le hablo con cierta culpa por haberla incinerado; mi hija le da golpecitos de cariño, como si la espalda sigilosa percibiera el contacto a través de la madera.

Da click aquí para terminar de leer mi columna en el periódico La Razón.

(Imagen de Héctor Bialostozky, local.mx)

CAMARÓN EN TONO LIGHT

“Soy gitano y vengo a tu casamiento / a partirme la camisa, / la camisita que tengo”. Lo repite como si la letra entera no fuera una barbaridad: me rasgo la única camisa que tengo y con ella van mis carnes porque te he querío tanto.

Un azar feliz permite que puedan verse en Netflix tanto el documental sobre el cantaor José Monge (1950-1992), Camarón, flamenco y revolución, como la docuserie Camarón: de la isla al mito. Ambos rozan lo grande, lo neto del niño de Cádiz que cantaba como un reventar de vidrios en el corazón y era, para colmo, güerito. El apelativo que le dio fama nació de que su tío lo llamaba así, camarón, por lo blanco.

Lo que antes era música de la gitanería, raza despreciada por tantos, con su garganta adquirió orgullo, atrajo a miles y hasta Quincy Jones quiso producirlo. Se dice fácil. Al inicio grabó varios discos de flamenco estricto con Paco de Lucía, pero con La leyenda del tiempo (1979) llevó el cante más allá de sus límites: lo contagió de blues, jazz, rock; le puso versos del poeta máximo, Federico García Lorca. A los puristas les chocó y nadie sabe por qué, si el flamenco es de suyo un híbrido de elementos indios, árabes, europeos, africanos.

Tanto el documental como la serie ofrecen el lujo de verlo cantar y subrayan la estética vocal de Camarón, cómo romperse de talento en cada tema lo convirtió en mesías para su gente, cosa sagrá: las madres llevaban a sus hijos para que los tocara. Pero a ratos casi cae mal esa figura despegada del suelo, demasiado perfecta. Ahí encuentro diferencias entre ambas producciones. En seis capítulos la serie de José Escudier trata con guantes al personaje y lo desinfecta (para estar a la moda), mientras el propositivo documental de Alexis Morante, narrado por el actor calé Juan Diego, aborda tanto el gusto por el alcohol y el cigarro, como los frecuentes arponazos del artista, no como los de Ahab en pos de Moby Dick, sino de heroína: habla de sus adicciones y del intento por limpiarse, recluyéndose. Va un hecho objetivo que ningún políticamente correcto puede desmentir: a la heroína se le conoce como potro o caballo. Bueno, puesel último disco que grabó explicita “Llevo dentro de mi sangre / un potro de rabia y miel, / se desboca como un loco, / no puedo hacerme con él”. El disco se llama, oh, azares, Potro de rabia y miel.

Muerto a los 41 años, Camarón fue hijo de su etnia, su arte y su tiempo, todos propensos al exceso. Los artistas encendidos como él no lo son por consumir, sino a pesar de la adicción. ¿Para qué purificar al cantaor, esa voz que casi no se aguanta de tan honda? ¿Lo siguiente es celebrar el bienportadismo de Janis?

(Columna publicada originalmente en el diario La Razón. Imagen: Sete, Camarón. La leyenda del genio).

JOSÉ ALFREDO, AL BILLETE DE CINCO MIL

Tengo once años. Fiesta familiar, mariachi incluido. Mis papás cumplen veinticinco de casados y la neta querían contratar a Frank Sinatra, pero tuvieron que conformarse con los tres miembros de un mariachi juvenil. Ahí registro por primera vez estas palabras iluminadas: “Con dinero y sin dinero / hago siempre lo que quiero / y mi palabra es la ley. / No tengo trono ni reina / ni nadie que me comprenda, / pero sigo siendo el rey”.

Desde mi pubertad incomprendida siento que floto al repetirlas. Acabo de descubrir al filósofo bohemio, al maestro, al poeta José Alfredo. Luego aprendo que en realidad ese himno no aplica a ninguna mujer ni adolescente como yo, sino a hombres, sólo hombres, personajes desaforados de la sufrición, que viven inmersos en las canciones del ídolo, sangrantes protagonistas del más aparatoso melodrama. Aunque vayan vestidos de ejecutivos o sean amantes progres, todos guardan en el clóset el traje de charro y cada noche lo acarician. Son dignos hijos del maestro.

¿Por qué ser uno de ellos convierte a un individuo gris en héroe de película mexicana, a-lo- Pedro-Infante? Primero, por prestigio masculino: como en el cine, también afuera de la pantalla es codiciado el papel del mujeriego que ellos envidian y ellas aguantan, del semental hecho y derecho (sobre todo lo segundo), capaz de hacer que todas se sientan mujeres. Pero no todo es sexual. En la película de cualquier clon de José Alfredo el romanticismo consagra aún más, a pesar del tufo a lugar común. Él es quien, enamorado, se entrega con desesperación, hace un altar para la damisela y le ofrenda sus botas, tequila y pistola, es decir, la esencia misma de su alma prístina. Él entiende que amar es jugarse la vida, que es el colmo del desengaño. Pero igual ama.

DUEÑO DE UNA ESTRELLA

El típico guion del asunto amoroso comienza así: un buen día, sin aviso, un tipo descubre a una mujer buena (de bondad) y santa, el astro más remoto del firmamento. “Quién me manda poner los ojos en una estrella que está tan alta”, dice la canción. Así, ya hay por quién sufrir. La película arranca.

Para conquistar a la amada, él baja el sol, la luna y las estrellas (todo de utilería, claro), mientras gorgoritea: “Ando volando bajo, / mi amor está por los suelos / y tú tan alto, tan alto / mirando mis desconsuelos, / sabiendo que soy un hombre / que está muy lejos del cielo”.

Corteja a la muchacha sorteando adversidades y desaires. Menosprecia a hordas que lo rondan por sus atributos físicos. Y de los otros. “Sobra quien me quiera [pero] sólo pienso en ti, morena”, apunta otra rola. Si por error del guionista ella está con otro hombre, con voz trémula él, clon de José Alfredo, se pasa un trago de tequila (o diez) y piensa lo mismo que el prototipo de Guanajuato: “Yo no sé matar, pero voy a aprender”. A pesar de todo, la damisela tarda en hacerle caso. Él no pierde ni un ápice de entereza porque, como sentencian las melodías: “No sé ni cómo ni cuándo, pero vendrás a buscarme” porque “yo he de ser tu dueño”. Cómo no, carajo.

De pronto, un día la muñeca (algo misógino, el término) sonríe coqueta. El bohemio, ya correspondido, resulta superior a todos los demás hombres. A pesar de su imagen ruda le dirá a su amada “cositas muy bonitas” (juro que así dice la canción).

MUJERES QUE PAGAN MAL

Sin embargo, llega el momento infausto en que la damisela se transforma en una mala mujer, porque abandona al amante. Amargura, golpes de pecho y estridencias son parte de la desgarradora escena. Sólo el alcohol puede domar el suplicio. “Cuando estaba en las cantinas no sentía ningún dolor”, canta el maestro, y es que en ese templo, entre botellas, el despechado es un campeón ya sin corona, pero aún legendario.

La imposibilidad de que una hembra deje al clon de José Alfredo ni se cuestiona. Por tanto, el coraje ante el abandono es apenas razonable. Menospreciados su insuperable amor y entrega, lo único que le queda es perderse entre tragos y atragantos y, ocasionalmente, en medio de la zozobra etílica, llevar mil serenatas. Si en el intento muere o lo matan, “me harían un favor”, apunta el poeta. Tiempo después, mucho quizá, cuando su corazón haya sanado a punta de caballitos de tequila, se burlará finamente de la ingrata, quien seguro, seguro, se arrepintió y tiene ahora que soportar su culpa.

Sobra decir que el bagaje emocional josealfrediano es binario: ama hasta la exageración o desprecia con idéntico ardor. Ese puñado de sentimientos le basta para transitar por la vida. No es que sea primitivo, no. Es excesivo, como un Dios, pero nunca concede su perdón.

AL BILLETE MÁS ALTO

Aunque desde mis once años hasta hoy algo he avanzado en mi entendimiento del protohombre llamado José Alfredo y de sus clones o aprendices, hace días tuve una visión y comprendí la pasmosa metafísica de este drama nacional.

El propio charro (el mero mero José Alfredo) se me apersonó en una nube de luz. Tambaleante y aún con el hedor que deja el alcohol rancio me hizo entender: si cayera en el olvido, junto con él se perderían también los mariachis, el cine mexicano, las puras mujeres puras que sólo viven para ser conquistadas porque nada más vale la pena, las parrandas, el tequila, vaya, hasta Chavela. ¿Dónde quedaría la identidad nacional? ¿Qué cantaríamos los mexicanos cada noche de juerga? ¿Con qué aliviaríamos las abolladuras sobre el corazón?

Ante tal amenaza de orfandad, él, un sufrido literal, abnegado de la farsa, sacrificado del cliché, sigue cumpliendo su papel inspirador: lo mueve el puro celo patrio. Por eso a 95 años de su nacimiento tiene un altar en cada cantina y en el corazón de todo mexicano que se precie. En especial, si es hombre. Y macho. Por eso, José Alfredo debería estar en el billete de cinco mil pesos que se creara a propósito suyo.  

Al fin y al cabo sigue siendo el rey.

(Publicado en el suplemento El Cultural del periódico mexicano La Razón, 16 de enero, 2021).

ME VAN A DISCULPAR

“Estoy muy contenta de que existe yo”.

Algo similar confesó un hijo de Clarice Lispector; lo leí en Por qué este mundo, biografía de la escritora. Retomo la idea porque hoy me celebro: empiezo a zancadas una nueva vuelta al sol y me van a disculpar pero estoy contenta de existir. Me gusta la persona que voy siendo. Me caigo bien.

         Costó trabajo llegar a este punto del camino. Justo por eso lo ocupo oronda, años de terapia, meditación y mucha yoga mediante. Tengo colección de vacíos, más hartas derrotas que pulsan y una lucha contra el resentimiento, pero el azar me regala las presencias de mi adolescenta, mi familia, mis fraternos no de sangre, m­is lectores. Del amor que asoma. Abrazo los muñones de sombras de quienes me faltan y sigo caminando, porque el balance es positivo: agradezco el absoluto privilegio de ser tan querida, que las palabras sean mi casa y mi oficio, que mi curiosidad por aprender se mantenga ilesa.

Aplaudo que aunque no soy nada especial, me tengo a mí misma, no soy maliciada, me complace la vida que he elegido. Eso es mucho en los tiempos que corren. De modo que sí, estoy muy contenta de que existe yo. Salud.

UN POCO DE MONSIVÁIS, PARA ABRIR BOCA

En estos primeros días del año, aletargados y empijamados, se antoja echarse en la cama (ejem, o no levantarse) para ver algo que divierta y alimente un poco las neuronas.

Por eso me atrevo a proponer este programa que conduje para TVUNAM. Se titula “Soy optimista, creo en mi mala suerte” y con él recordamos en 2020, en la televisión mexicana, los diez años de la muerte de Carlos Monsiváis, uno de los escritores nacionales más ricos y diversos de sí mismos, que tocó casi todos los géneros, opinó sobre una barbaridad de temas y nos impresionó con su agilidad mental.

Fue un placer absoluto hacer el guion y luego conducir el programa. Ojalá lo disfrutes.

CINCO LIBROS PESADOS DE 2020

Soy atascada. No hay freno que me detenga cuando se trata de leer. Muy pocas cosas me arraigan tanto a este mundo. Quiero morirme haciéndolo, porque nada me vuela la cabeza de igual manera. Eso no significa que disfrute todo, tampoco. Le doy cincuenta páginas a un autor para conmocionarme a partir de, al menos, una frase o una trama; si no sucede, esa relación no es para mí.

 Me asumo necia al resumir en cinco títulos este 2020 en el que me empiné unos ochenta libros, pero me aguijonean las ganas de compartir una mínima selección de lo que me hizo eco por dentro. Aquí van.

CUENTO. Son veinte escritoras, conozco a tres. Las restantes incluidas en Vindictas. Cuentistas latinoamericanas (UNAM / Páginas de Espuma, 2020) ni siquiera me suenan. ¿Cómo en cuatro años de licenciatura y dos de maestría en Letras jamás oí hablar de la ecuatoriana Gilda Holst, la colombiana Marvel Moreno, la puertorriqueña Rosario Ferré, la panameña Bertalicia Peralta? Propongo hacer escándalo de esta antología que incluye autoras soberbias, relegadas por el canon. Chapó.

ENSAYO. Me topé con Teoría King Kong, de Virginie Despentes (Literatura Random House, 2020) y fue un trancazo su idea de que la prostitución implica una alternativa de libertad para muchas mujeres —claro, no para quienes son víctimas de trata de personas— y que desdramatizar la violación puede darnos un poder innegociable. Así lo plantea, retomando a Camille Paglia: “Si te sucede, levántate, dust yourself, desempólvate, y pasa a otra cosa”. Un terremoto para ideas preconcebidas.

NOVELA. La hija única, de Guadalupe Nettel (Anagrama, 2020), aborda el desbarajuste emocional, la salvajería y los borbotones de luz que implican las maternidades, en especial las complicadas (¿existe alguna sencillita?). Si bien las últimas páginas me parecieron flojas, el “parasitismo de puesta” y el amor animal entre Alina e Inés estrujaron mi vulnerabilidad, los rincones de mí que ven muy poco la luz. Grande como una casa.

GÉNERO ECLÉCTICO. Comparto con Fernando Fernández vocaciones varias: la poesía, los gatos, los árboles. Y aprendo de él en cada una. No sólo por eso disfruté tanto Viaje alrededor de mi escritorio (Bonilla Artigas Editores, 2020), reunión de textos de su blog Siglo en la brisa, sino porque es como quien platica sabrosamente.

(Originalmente publicado en el periódico mexicano La Razón. Para terminar de leer da click aquí).

MI CASA, UNA BESTIA

La tenía por conocida. Por muy familiar. Falso.

Llevo diez años aquí. En julio de 2010 la casa era un mamífero dotado de costillas bien plantadas y músculos inmóviles. Antes vivía en ella una anciana, quien al no poder subir escaleras acondicionó su cuarto y baño en la planta baja. Olvidó el resto.

Cuando llegamos, la bestia casi no respiraba de puro tedio. Al principio nos miramos con recelo, midiendo las fuerzas de la contraria. Yo llevaba las de perder porque estaba en sus vísceras, una Jonás (¿Pinocha?) recostada sobre el píloro de la ballena, pero fui más hábil que el héroe bíblico: no llegué sola, sino con hija y un camión de mudanza. No iba a atacarme a traición, le tenía invadidos los adentros.

Durante este tiempo nos hemos soportado, incluso nos tenemos cariño. Ninguna hiere a la otra más de lo decente en cualquier familia. Yo he aprovechado todo hueco disponible para libros o plantas, mi adolescenta hace retumbar de música cada juntura, entre las dos armamos rompecabezas en su panza. Mi hermano y mi mamá, muertos hoy, nos visitaron muchas veces. Amigos, novios de una y otra nos han acompañado en su interior. A mi vez le conocí la humedad en alguna membrana, el escándalo de una tormenta en la cabeza, el rechinido en una pata. Supe que el hocico se le inunda a veces.

Pensé que ya no teníamos secretos pero este año, tras pasar muchísimas 24 horas encerrada, le descubrí ángulos. Por ejemplo, la luz que recibe a lo largo del día: en la mañana se difumina, como tanteando. Es una claridad ambiental. Conforme avanza la tarde se presenta más concentrada, hasta que un rayo se arrastra sobre el espinazo del animal. No sabía de esos instantes de juego.

(Texto originalmente publicado en la revista mexicana Nexos, diciembre de 2020. Para terminar de leer da click aquí).

MI DE VERAS LUGAR DE SALVACIÓN

Una anciana analfabeta y con el ojo vacío cuenta romances antiguos de guerras. De amores. Mejor dicho: no los cuenta, los canta. La mujer, poquita, reúne a chicos imantados por sus historias. Cuando fallece y la velan, una niña que solía escucharla piensa, por primera vez, que a partir de las palabras quizá el ser humano pueda triunfar sobre la muerte. Ella es, años después, Lídia Jorge, escritora portuguesa quien el sábado recibió el Premio ­FIL de Literatura en Lenguas Romances.

            En su discurso la narradora habla de María Encarnación, tocada por el fulgor poético y que, sin embargo, no conoció la felicidad de los libros. Imagina a la vieja cimbrada ante la escritura de Pessoa, Camões, Yourcenar, Dante, Cervantes, Woolf, Rulfo y Agustina Bessa-Luís, los viajes interiores que hubiera podido dar asumiendo la poesía como su forma de engañar al destino, de no sentirse por un rato la señora añosa sino alguien más, porque “¿no es acaso la literatura la prueba de que uno se puede convertir en otros a través del lenguaje? ¿Y esa fuerza de alteridad no es acaso tanto el motor de la belleza como la base de la compasión?”, se pregunta.

            Sus palabras cortan como bisturí hasta llegar a mi hueso más hondo, a la certeza que ahí tengo tatuada: la poesía y la narrativa no sólo regalan belleza, también me permiten trascender la limitada condición humana, vivir la existencia de otros. De mi enemigo incluso. Cuando leo, los encuentro demasiado similares a mí misma en el miedo, la alegría, el asombro. Imposible no darme cuenta de que soy ellos. Necesito a los demás para mirarme. José Gordon, mi amigo, lo resume con tino: “Al leer nos metemos por un instante en el incendio que ocurre dentro de la piel de otra persona”.

(Para terminar de leer la columna da click aquí).

DICCIONARIO DE PALABRAS QUE NO EXISTEN

María Luisa la China Mendoza apuntó que las “posesiones detraseriles” de su protagonista Ausencia eran de no creerse, en tanto Jorge Ibargüengoitia decía hablar “en guanajuatense distritofederalizado”. En un instante, ambos adjetivos pintan en mi cabeza rasgos delimitados. Qué lujo. No requiero descripción adicional de la virtud detraseril ni de la mezcla de expresiones de allá y aquí. Ahora recuerdo que en 2016 un italiano de ocho años, Matteo, escribió en una tarea que equis flor era “petalosa”. La maestra, fascinada ante el nacimiento de una nueva voz con todas las de la ley, convenció al niño de escribir a la Academia italiana para tener una opinión calificada. Ésta llegó: “La palabra que inventaste está bien formada, es hermosa y clara. Si muchos comienzan a usarla, podría ser incorporada al diccionario de italiano”.

            Me pasa a cada rato. Urgirme un término que debería existir, pero no ha sido inventado. Hace días quise aludir a un tipo a quien la mala suerte zarandea. Algo así como el Coyote del Correcaminos, al máximo volumen. Quería comunicar todo eso en una expresión, sin perífrasis, y acuñé sobre la marcha “vieras qué malsuertado”. Y es que la lengua es el terreno más salvajemente fértil. Hace brotar cada día un número incontable de boniteces que cualquier hablante de español entiende, sin haberlas oído antes. David Toscana se lamenta del “vosótrico español” cuando aborda las chocantes traducciones de libros hechas en España y la poeta Idea Vilariño habla de ser “una mujer ansianhelante”, mientras un personaje de Fernando Vallejo sugiere con ironía atajar el crecimiento de los barrios pobres a través del procedimiento de “cianurarles el agua”. Derivan de voces existentes, a las que añadimos prefijos o sufijos para travestirlas, ubicarlas en otra categoría gramatical. Me impresiona qué bien mueven la cadera aquellas “transcurridoras nubes” de Vicente Aleixandre y cómo en el siglo XV, Rodrigo Cota pintó de golpe al hombre “excusero”.            

Quisiera inventar el Diccionario de las palabras necesarias que no existen. Este 2020 añadiría una que describa de trancazo cuánto me pesa estar ajena de mi gente, otra para contar cómo se me alegran los acentos cuando mueves así el hombro, una sola que junte en pocas letras todos los quieros expansivos que tengo por mi hermana…

(Da click aquí para terminar de leer mi columna en La Razón).

ESTE DOMINGO, Yo…

estaré en el programa de radio La Hora Nacional (10 pm, hora de México), platicando con mis muy queridos Marisol Gasé y Pepe Gordon sobre expresiones de uso común que no sabemos de dónde vienen (como la porra “Ala bio, ala bao, ala bim bom ba” y “me cayó el veinte”) y también hablaré de mi trabajo como poeta.

Si quieres acompañarme (te hará bien y a mí me hará feliz) sintoniza cualquier estación de radio mexicana este domingo 15 de noviembre a las 10 pm: el programa se transmite en cadena nacional. También puedes escucharlo aquí: https://play.wradio.com.mx/programa/la_hora_nacional/

Ahí te espero.

POR QUÉ NOS (ME) URGE LA BELLEZA

Su existencia está troceada. Lleva tiempo quebrándose por exceso de trabajo y cada vez las partes son más chicas. Irreconocibles. Es el típico burnout. De pronto, al bucear entre algas en la costa sudafricana, donde vive, descubre un pulpo. Se pregunta qué pasaría si lo visitara a diario, para conocer su entorno; así desarrolla una relación con el invertebrado. Es el argumento de Mi maestro, el pulpo, documental de Netflix que Craig Foster protagoniza, filma y produce.

            Las imágenes bajo el agua me conmueven más de cuanto deseo explicarme. La fotografía es de una delicadeza impresionante. Además de narrar la inteligencia del animal, el filme transmite la sobrecarga sensorial a la que Foster se expone: la rara estética del pulpo, los cardúmenes exquisitos, el compás del bosque de algas. Para mí, eso incide en la mejora emocional del protagonista, porque creo en el poder sanador de lo perfecto, tanto lo que Natura brinda en estado puro como lo que alumbran artistas de todo código postal. Sé de su capacidad restauradora, gracias a ella con frecuencia agradezco estar viva. Incluso ahora, que traigo desvencijada la sonrisa. “Lamentación de Dido”, poema soberbio de Rosario Castellanos, y una orquídea concebida a fuego lento satisfacen en mí el apremio de armonía que desde hace siglos tenemos como especie metido en la sangre.

            Lo vinculo con la novela El retrato de Dorian Gray, de Oscar Wilde. En un punto, Gray está enamorado de Sybil, actriz preciosa que tiembla “como un narciso” cuando él, intachable, la besa. Se prenda de ella al verla interpretando a Rosalinda, en Como gustéis, de Shakespeare. Para Dorian, lo más valioso de Sybil es su genio actoral. Basil, pintor y amigo, dice de la chica: “Si ella puede dar un alma a quienes no la tienen, si puede crear sentido de la belleza en gente cuyas vidas son feas y sórdidas, merece la adoración del mundo”. Eso. Nunca son iguales la voz de Philippe Jaroussky, un amanecer lluvioso, el teatro de Shakespeare y un pulpo de textura imposible, pero causan un impacto. Ese choque de ríos caudalosos me da un alma. O me recuerda que tengo una.

(Para terminar de leer da click aquí).

¡AQUÍ ESTOY DE NUEVO!

Ha sido una larga larga ausencia de este espacio, debida a que mi teléfono se reformateó, perdí la contraseña numérica, no la pude recuperar y tuve que entrar un largo proceso que culmina hoy, cuando vuelvo a postear en este blog entrañable para mí.

Me alegra muchísimo estar de vuelta, aunque traigo una tremenda cicatriz y el pecho varios pasos empequeñecido. Ya hablaré de ello, de momento baste decir que en marzo de este 2020 se publicó la edición mexicana de mi libro de poesía Eros una vez -y otra vez- (bajo los sellos de Textofilia y Universidad Autónoma de Nuevo León). Es igual a la edición uruguaya de Eros una vez, pero contiene veinte poemas inéditos, no incluidos en aquel libro.

Se puede pedir con entrega a domicilio en Amazon México, gandhi.com.mx, educal.com.mx y mercadolibre.com.mx

Me harás muy feliz si te dejas acompañar por mis versos y me comentas qué te dicen. Va uno de los poemas del libro, para ti. Nos leemos pronto.

GOLOSINA

Mi nombre está seguro

en tu boca,

en la euforia de humedades

que lo aprieta,

donde brinca y se envuelve

en tu látigo de lengua.

Y es enredadera si lo dices,

y es aliento de canela.

De golpe muerdes sus letras:

la jalea

de mi nombre transparente

se disuelve,

ya es saliva golosina,

de puro algarabiada.

Y es enredadera si lo dices,

y es aliento de canela.

#MiércolesDePoesía La tormenta que provoca alguien que pasa por ahí

Imagen: Tanja Babic, Woman in Abstract https://www.saatchiart.com/art/Drawing-Woman-in-Abstract/1029521/3853121/view

Es día de versos. Y no cualquier día de versos. Hoy comparto uno de mis poemas favoritos en la vida, uno de los que mejor captan lo evanescente del deseo, lo brutal de sentirse gobernado por las ganas de conocer a alguien que pasa junto a nosotros, que no se da cuenta de la tempestad que se nos arma por dentro. Es, claro, del chileno Gonzalo Rojas.

Y también es un #MiércolesDePoesía singular, porque con este posteo pongo una pausa temporal a varios años de compartir versos de forma semanal. Sucede que la vida me lleva por nuevos derroteros (me hago las ilusiones de que yo la llevo a ella, ténganme piedad): el asunto es que mi tiempo libre se verá muy reducido. Como me será difícil cumplir con este compromiso de cada semana, prefiero avisarlo desde ya.

Muchas gracias por la lealtad de años: ustedes, lectores y comentadores, son lo mejor de este blog. Seguramente nos volveremos a encontrar por ahí.

Salud. Muchos saludes por ustedes, por Rojas, por los provocantes que andan las calles sin enterarse de nada, por la poesía.

A esa que va pasando ahí

“Religo lo religioso de tus piernas a la sabiduría
alta de respirarte, mi aleteante,
a ti
te lo dice la nariz que soy, mi
cartílago casi,
la costilla que alguna vez, el hueso
que seremos si somos”.

Gonzalo Rojas, “A esa que va pasando ahí”, Las hermosas, Madrid, 1999, Poesía Hiperión, 190

#MiércolesDePoesía Retrato de tu depredador

Es #MiércolesdePoesía y lo inaugura un poema de Javier Sanz, escultor español que se amista con las palabras.

Los versos tratan un tema que me obsesiona y al cual he dedicado no sé cuántos poemas: el tiempo. Es relativo, inasible y carnívoro, terminará por comerte los ojos. Por comer también los míos. Y aunque llevemos siglos tratando de descifrarlo seguimos sin saber dónde vive, en qué esquinas le gusta dar la vuelta.

Como dijo Agustín de Hipona: “Si no me preguntas qué es el tiempo, lo sé. Si me lo preguntas, no lo sé”.

Celoso de mi tiempo

“Cada vez soy más celoso de mi tiempo;
cada vez lo amo más.
No tengo más reino que un pedazo de tiempo;
cuanto menos tiempo me queda,
menos me gusta perderlo.
Paladeo mi tiempo;
paladeo mi veneno”.

#MiércolesDePoesía Dos “cualquiera” encuentran sus nombres. Y los dicen.

Entre las emociones que más asocio con la experiencia amorosa es la que sucede cuando unas letras puestas juntas, de pronto se convierten en eje de mi cosmos individual. Y entonces, con exacta coreografía, todas mis constelaciones se ponen en movimiento en torno a ese nombre. Y lo repito, asombrada. Encuentro que es polo de gravedad, no hay otro que dé sentido a las circunvoluciones.

Este poema lo dice mucho mejor que yo, por eso aquí termino e inauguro el #MiércolesDePoesía con estas líneas de Sandra Pien. No la conozco, no la conocía, pero leí estos versos en la revista Hispamérica (que bien dirige Saúl Sosnowski en Washington) y quise por un rato que fueran míos.

Salud.

Nombre

“Un hombre cualquiera
una mujer cualquiera
se reconocen al instante
tan íntimos tan próximos tan alejados.
En la afonía de un aleteo
ese hombre y esa mujer
se miran
entran al nosotros
cada uno sabe
que el otro también sabe
del rocío de la invocacion
de la emoción del camino
de perder la voz y luego encontrarla
del recuerdo de la palabra no dicha
de la seducción de la memoria de la ausencia
de ese encuentro no esperado
de ese irse del contraluz
en la callada brizna de azar.
En puntas de pie
besando la mañana
no todos se atreven.
Ellos se nombran”.

Sandra Pien, “nombre” en Hispamérica, año XLVI, número 137, 2017

#MiércolesDePoesía “Que la alabada libélula lila te salve de ti”

Los poemas se convierten en canciones o las canciones llevan poemas en los intersticios (hasta ellos, los del Nobel, lo saben). La mayor parte de las veces, la música de las palabras aporta una cadencia que vuelve indistinguibles unas y otros.

Lo digo a propósito del nuevo disco-libro El arrullo sideral, del cancionista mexicano Jaime Ades (el tino de la palabra es suyo, no mío). Incluye CD y código de descarga digital porque tiene rolas que a ratos son versos en toda ley, pero además una ilustración acompaña la letra de cada una. Así, voces y atmósferas añaden elementos al disfrute que cuaja tuétano adentro. Los chulos dibujos chulos son de Yurex Omazkin (qué genialidad de seudónimo, porDió). Al final viene el recuento en texto y fotos de lo que fue armar el rompecabezas.

Redondo, rotundo, orondo, el “libro sonoro” mueve polvos, encandila entusiasmos. Cómo no aplaudir que unos locos apuesten así por una lluvia desatada de historias, temperaturas y sugerencias.

Este poema, “La libélula lila”, es una de mis canciones favoritas: las aliteraciones provocan un cachondeo de “qué gozadera“. Por eso es el invitado del #MiércolesDePoesía.

Da click aquí para oír la canción.

“La libélula lila
Calma las cosas,
Cassandra querida, que las horas
no saben dónde ir.
La mente castiga
si fijas la vista y reanuda
la pantalla gris.
Mira,
las ondas te hablan
de otras galaxias lejanas.

Monta mi manta encendida,
Mariana escondida,
deja el cuerpo ir.
La mente no obliga a rogar de rodillas
jadeante por un día feliz.
La madrugada es muy plana
y esta noche no existe,
se ríe de ti.

Y ve a navegar,
hazte la perdida,
en bosques de altos sauces llorones.
Que el ala de la alabada libélula lila
te salve de ti […]”.

Jaime Ades, “La libélula lila”, El arrullo sideral. Libro sonoro, ilustraciones de Yurex Omazkin, Foro del Tejedor, 2017.
A la venta en Librerías El Péndulo.

 

#MiércolesDePoesía Y miércoles de ceniza de mi gata

Se fue Tami. Vivió 16 años con nosotros.

Toda blanca, muy novia siempre, guapa y altiva, ella y mi adolescenta crecieron juntas, sabían leerse. Aprendí a quererla a través de los ojos desmesurados de mi hija.

Hoy recogeremos tus cenizas, Tami, y nos acordaremos de que supiste ser, sobre todo, una gata cabal. Con este fragmento de Neruda va un “Buen viaje. Gracias por haber sido paisaje, vuelo, presentimiento”.

Oda al gato

“Los animales fueron
imperfectos,
largos de cola, tristes
de cabeza.
Poco a poco se fueron
componiendo,
haciéndose paisaje,
adquiriendo lunares, gracia, vuelo.
El gato,
sólo el gato
apareció completo
y orgulloso:
nació completamente terminado,
camina solo y sabe lo que quiere.

El hombre quiere ser pescado y pájaro,
la serpiente quisiera tener alas,
el perro es un león desorientado,
el ingeniero quiere ser poeta,
la mosca estudia para golondrina,
el poeta trata de imitar la mosca,
pero el gato
quiere ser sólo gato
y todo gato es gato
desde bigote a cola,
desde presentimiento a rata viva,
desde la noche hasta sus ojos de oro […]”.
Pablo Neruda, “Oda al gato”, en Odas elementales

“Crimen y castigo” se llamaba “Himen y castigo” (animación en video)

Para La Hora Elástica, programa de TVUNAM en el que tengo el gusto grosero de colaborar, unas manos creativas animaron un textito mío. En él juego con posibles títulos de novelas si los duendes de las erratas metieran su mano en esos fuegos, perdón, juegos.

El video dura poco más de dos minutos y es precioso. De veras.

Aquí lo dejo, para deleite de las pasas, digo, de las masas.

 

 

 

#MiércolesDePoesía Un poco de Caribe sobre la lengua

Acabo de volver de Chicago. No es fácil explicar ­­la emoción de haber participado en el Festival Poesía en Abril, organizado por DePaul University y la revista Contratiempo. Digamos que camino de puntitas por haber echado versos con poetas de Perú, Bolivia, Puerto Rico, México y Honduras, entre otros países de Hispanoamérica. No es fácil porque hay una parte que puede ponerse en palabras (cariños que se desbordan, ganas de bailar, gustos varios) pero otra más bien responde a atmósferas, enchinamientos de piel ante el hallazgo verbal de un colega, brindis que dejan un sabor de boca que va más allá de la bebida. Total, regresé un poco más enamorada de la poesía que antes.

Entre las conocencias que hice por allá figura Juana Goergen, poeta y académica en DePaul. Si ustedes la conocieran la querrían de inmediato, como me pasó a mí, pero además me regaló su Mar en los huesos (Pandora Lobo Estepario Productions) y terminó de seducirme. Es un libro de texturas sonoras, desbordado de ecos.

En una página preliminar explica que en 2011 se hizo un estudio de ADN, por petición de un amigo genetista que llevaba a cabo una investigación. El análisis arrojó porcentajes significativos “de material genético de pueblo originario taíno y de material genético africano carabalí”. Con la bandera de ese derecho de sangre escribió el libro en el que da voz a sus ancestros, a las rabias acumuladas y también a los ritmos en las caderas y el pulso.

Rojo Córdova dijo sobre Mar en los huesos: “[En él] leí torrentes de sangre tambora tocando a volumen alto la cosmogonía caribe y más tambores de allende el Atlántico tocando el clamor más triste del mundo […] Olas de energía (taína y carabalí) vueltas herida”. Bueno, pues uno de esos poemas es el invitado del #MiércolesDePoesía.

Por una vez te pido que no te preocupes por lo que no entiendes. Lee el poema en voz alta y deja que las palabras se rompan en tu boca como semillas, dejen salir el jugo amargo sobre la lengua. Vale la pena.

Guamikeni anaqui ciguato Yocahú.
Señor de tierra y mar —enemigo, que envenenó a Yocah
ú.

¿Por qué tú, Señor?                                Banequé  Bajarí

Lucero de la mañana.                              Bajacú

Animal sin pareja.                                   Baracutey

¿Por qué tú?                                             Banequé

Arco para disparar flechas.                      Bairá

Hilo para canastas.                                   Bijao

¿Por qué tú?                                               Banequé

Piedra grande.                                          Bosiba

Cordel más grueso que la cabuya.
Bayabé

Envenenado.                                                 Ciguató”

Juana Iris Goergen, Mar en los huesos, Pandora Lobo Estepario Productions, 2017

PD Dispensen el lío con los espacios entre versos. Esta máquina no entiende razones (dicen que todo se parece a su dueño. Ay).

 

 

#MiércolesDePoesía Estos versos me los llevo en la maleta

Imagen tomada de Pinterest: https://ar.pinterest.com/pin/62487513558220205/

Gente querida, me les voy a Chicago a participar en el Festival Poesía en Abril. Fui invitada por la revista Contratiempo y la Universidad DePaul para compartir mesa con poetas en cuyos versos he hundido los brazos hasta el codo.

Entre ellos estará el mexicano Homero Aridjis y la puertorriqueña Vanessa Droz, quienes serán homenajeados, y mi cuasipariente, el peruano Roger Santiváñez. Él es el invitado de este #MiércolesDePoesía, con versos de textura y temperatura, que se cortan donde conviene para ampliar el sentido, urdir la polisemia. La niña dibujada en el poema, que marca oleajes en este mediodía, viene conmigo en la maleta.

Nos leemos pronto.

4

“Hi! Me dijo una sirena niña
Echada en su tabla roja deslizán
Dose sonriente on the silk-screen

O trastocada por el refrescante dulzor
Hasta la húmeda arena perfectamente
Impresa tu silueta forma de un racimo ciprés

Nadie como tú para ser dibujada en el poema
Bañada por la verde transparencia recuerdo de
Pamela dejándose la trusa metida en el misterio

Redondo como el mundo en que agonizo
Mirando el pulcro reflejo en tus hombros
Del sol que sin roche te acaricia

Inolvidable sinrazón marcando oleajes
De ternura desasida íntimo deseo
Perdido en la tristeza del ardiente mediodía”.

 

 

Zuckerberg: cinco momentos clave de su comparecencia

La semana pasada, el CEO de Facebook se presentó ante el Congreso de los Estados Unidos. Principalmente iba a dar cuenta de la filtración de datos de 87 millones de cuentas de usuarios a la empresa Cambridge Analytica y de la intromisión rusa en el proceso electoral de ese país, mismo que llevó a Trump a la presidencia, entre otros temas.

Según medios informativos como The Guardian, El País y ABC, el evento fue (más o menos) un fiasco: en unas horas se cumplió con el trámite y, tras disculparse por sus errores y asegurar que trabaja con su equipo en mejorar la plataforma, Zuckerberg salió de ahí campante, sin compromisos serios en cuanto a la seguridad de datos de sus más de 2 mil millones de usuarios activos.

Aquí, cinco momentos emblemáticos de sus declaraciones.

  1. “Asumo mi error”

Zuckerberg inició diciendo que Facebook es una compañía “optimista”, que desde el principio se ha enfocado en lo positivo de acercar a la gente con sus seres queridos, fomentar la creación de comunidades y propiciar negocios. “Sin embargo, ahora está claro que no hicimos todo lo que deberíamos haber hecho para evitar que esta herramienta fuera usada para hacer daño”, señaló. “Esto incluye noticias falsas, intromisiones extranjeras en procesos electorales y discursos de odio, además de proteger la privacidad de la información. Luego reconoció que no “tuvieron” una visión amplia de su responsabilidad y eso fue un gran error. “Asumo mi error. Y lo lamento”, dijo.

  1. Senadores que no tienen idea de lo que es FB

La comparecencia no pudo ir más a fondo porque cada uno de los miembros del Congreso tuvo menos de cinco minutos para hacer preguntas, con lo que no hubo grandes revelaciones. Por su parte, Zuckerberg respondía con generalidades, estirando el tiempo o diciendo que no entendía las preguntas. Pero lo que resultó risible fue atestiguar que algunos senadores parecían no tener idea del funcionamiento de la red social. Por ejemplo, uno preguntó cómo Facebook es un negocio boyante si es gratuito. Zuckerberg respondió: “Vendemos publicidad”. Y el senador dijo: “Ah, qué bien”

  1. “Nuestro error fue creerles”

En 2015, la compañía tuvo noticia de que la empresa Cambridge Analytica compró información de un desarrollador de apps en Facebook, que había obtenido datos de los usuarios. Así se filtró información personal de 87 millones de perfiles de la red social. ¿Qué hizo el CEO, según sus propias palabras? Bloqueó la app en Facebook y exigió tanto al desarrollador como a Cambridge Analytica borrar la información que poseían y dejar de usarla. “Nuestro error fue creerles. Debimos hacer una auditoría, lo dimos por caso cerrado”. Añadió que han actualizado sus políticas para que no vuelva a ocurrir algo similar. En otra intervención señaló que “esta semana” comenzaron a notificar a los usuarios afectados por ese mal uso de datos (ojo: tres años después).

Da click aquí para seguir leyendo la columna en Neurona Magazine.

#MiércolesDePoesía “El amor no te engañó. Te engañaste tú”: Sor Juana

Graffiti en la ciudad de Puebla. Tomado de http://www.otroangulo.info/libros/respuesta-a-sor-filotea-de-la-cruz-de-sor-juana-ines-de-la-cruz/

La  venturosa Juana Inés de la Cruz echa luces sobre un tema manoseado.

Ayer, 17 de abril, se conmemoraron 323 años de su muerte. Lo notable es que sus versos siguen tan frescos (no es cierto: mucho más) que la flor que abrió hace unas horas.

Este soneto suyo no es de los más conocidos. Mira el amor con agudeza: es un proceso y, por lo mismo, un día termina. Así de claro, así de transparente. Me encanta.

Salve, Sor Juana, en este #MiércolesDePoesía y en todos los demás días de la semana, cómo no.

Que consuela a un celoso, epilogando la serie de los amores

“Amor empieza por desasosiego,
solicitud, ardores y desvelos;
crece con riesgos, lances y recelos,
susténtase de llantos y de ruego.

Doctrínanle tibiezas y despego,
conserva el ser entre engañosos velos,
hasta que con agravios o con celos
apaga con sus lágrimas su fuego.

Su principio, su medio y fin es éste;
pues ¿por qué, Alcino, sientes el desvío
de Celia que otro tiempo bien te quiso?

¿Qué razón hay de que dolor te cueste,
pues no te engañó Amor, Alcino mío,
sino que llegó el término preciso?”

Sor Juana Inés de la Cruz, “Que consuela a un celoso, epilogando la serie de los amores”, Antología general de la poesía mexicana. De la época prehispánica a nuestros días, selección, prólogo y notas de Juan Domingo Argüelles, México, Océano, 2012.

El conformismo de izquierda: Gide o la política como credo religioso

http://www.cabaretvoltaire.es/index.php?id=215

“Cuando uno es miembro de una cruzada, aun cuando se trate de una cruzada destinada al fracaso, el estado de ánimo excluye toda reflexión”, dice Alberto Ruy-Sánchez al citar a Arthur Koestler. Y añade el escritor mexicano: “Queda claro que la mejor forma de propaganda es una cruzada. La guerra contra el enemigo herético o demoniaco” (p. 64). Es decir, el dogma político se equipara con el extremismo religioso en la postura acrítica que comparten.

Lo leo en su espléndido libro Tristeza de la verdad. André Gide regresa de Rusia (DeBolsillo), donde aborda la evolución del escritor francés. De ser un acérrimo defensor de oídas del socialismo, tras la visita de varios meses a la Rusia en 1936 Gide siente la obligación de escribir lo que vio: represión, chantaje, tortura, campos de concentración, artistas dóciles dirigidos por el Estado o bien desaparecidos, si no se alineaban al realismo socialista. En resumen, la fe intolerante proclamada por un mesías: Stalin.

A raíz de su libro Regreso de la URSS, que da testimonio del sinsentido, fue defenestrado por la masa creyente “dispuesta al linchamiento” y también por compañeros y amigos. Cuánto se parece a este México de campañas electorales, donde muchos asumen la convicción política como una cruzada para rescatar Tierra Santa: hay que callar (¿desaparecer?) a los no-creyentes y aun a los que dudan.

El lúcido ensayo de Ruy-Sánchez aborda el caso Gide desde la dimensión religiosa de lo político. Encuentra los puntos de contacto entre la necesidad de creer y el dogma socialista, que eliminó toda disidencia e incluyó a los intelectuales “comprometidos”, enemigos del fascismo que por consigna debían sostener al dictador. “El conformismo de izquierda”, resume con tino el autor.

El libro es poderoso, con sus 138 páginas y formato pequeño en esta nueva edición, que conserva el prólogo de Octavio Paz. Además, el título me encanta: tristeza de la verdad. Lo sustenta el epígrafe, una cita tomada del autor francés que en 1947 ganaría el Nobel de Literatura: “Es casi inevitable conocer la tristeza de la verdad cuando ella corta nuestro impulso entusiasta del día anterior, cuando es dicha y nadie quiere oírla, cuando tus amigos de ayer y tus enemigos de siempre prefieren, juntos, lincharte antes que permitir que tus dudas dialoguen con sus certezas” (p. 11).

El análisis de Ruy-Sánchez no se circunscribe a Gide, Rusia, los años 30. Es un texto necesario hoy, aquí.

 

 

#MiércolesDePoesía Decir este “te amo” es una ofensa

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Descubrí a la italiana Patrizia Cavalli gracias a Fabio Morábito, querido amigo poeta y quien la tradujo al español. Sus versos son cerillos: breves y contundentes, iluminan nuevas regiones del cuarto a oscuras en el que estamos de cotidiano.

Este poema pertenece a su libro Yo casi siempre duermo (Antología poética), traducido por Morábito. Tiene filo, es de una crueldad estupenda, como aquello de Borges: uno sabe que está enamorado cuando piensa que cierta persona es única. Por eso puede resultar afrentoso decir “te amo”: hace pensar al otro que uno lo encuentra único.

Con él va un #MiércolesDePoesía de humor oscurito.

“A veces me finjo enamorada:
¡cómo se inflama la vanidad
de mis víctimas! Un rubor oculto,
cierta apostura, muchos agradecimientos,
una evasión honesta: ‘Te lo agradezco,
pero no puedo y además
¿qué es lo que ves en mí?’. Nada,
en efecto, más que un cuello algo gastado,
cierta curva de los labios o una saliva
por un segundo olvidada entre las comisuras
de la boca y reabsorbida en el acto”.