Todas las entradas por Julia Santibáñez

Me da por leer y escribir. Con alta frecuencia.

CUÁNTO PESA UN MUERTO

No hablo en general, por supuesto. Los fallecidos de la historia y la geografía son apenas un número, pero quienes llamamos con la frente alta y el corazón anchurado “nuestros muertos”carajo, qué macizos cuando se van. Poco importa si fueron guapos o feos, la cantidad de disgustos acumulados, los calendarios que llenaron en su andar: nos suman kilos en las venas. “Sucedes por adentro de mi carne / y dueles en el centro de mí misma”, escribió la cubana Carilda Oliver Labra. No puede decirse mejor.

            Si fueran uno o dos podría manejarse, aprenderíamos de nuevo a hacer todo asimilando el trancazo de saberlos inalcanzables, ya con la ralentización al caminar, que ayer desconocíamos. El verdadero problema es que de pronto la nómina acumule gravedades y vacíos nuevos en el ánimo. Nadie es capaz de seguir como si nada, cuando acaban de inyectarle plomo en los tuétanos.

            Hace un año por estos días, una señora que conocí se inscribió en la lista interminable de los difuntos, siempre tantos más que los vivos, suficientes para llenar países con hileras de ataúdes puestos en pie. En esa mujer vi cómo opera el volumen sólido de la carencia. Cargó durante treinta y seis años la desaparición de su marido, aguantó cada ida al cementerio igual que las grandes. Luego se fueron sin decir adiós su mamá, varios hermanos, amigas y amigos. Aunque se le veía disminuida, toreaba el mal tiempo, pero en 2019 un infarto se llevó a uno de sus hijos. Fue la estocada final. 

            Lo que no te mata te hace más fuerte, dicen. “Durante mucho tiempo he considerado este epigrama especialmente engañoso. Hay muchas cosas que no nos matan pero nos debilitan para siempre”, escribe Julian Barnes en la rara novela Niveles de vida. Me acuerdo Utora de cómo aquella señora repetía desde la fractura interna, casi sin aire por la montaña que le cayó encima: “Se me murió mi hijo, se murió, mi hijito, se me murió, cómo va a ser”. Poco más de un año después se fue a buscarlo.

            Acudo a una metáfora: creo que nuestros muertos son polvo de ausencia, una llovizna imperceptible de cal, llovizna imparable que a diario nos mancha los hombros. Con el paso de los años el polvo va ganando espesor hasta que de golpe la espalda se dobla, vencida por tantos nombres que lleva a cuestas como bultos de cemento innegociable, endurecido. Un día, sin poder más, esa persona cruza la calle, se instala en la otra acera y en la misma tarde empieza a lloviznar sobre los suyos un polvo que al principio nadie nota.

            La señora de la que hablo es mi mamá. Hoy cómo pesa que no estén aquí sus manos y no las ponga ni una vez más en mi cabeza.

(Originalmente publicado en mi columna La Utora en el periódico mexicano La Razón; foto: thejccom).

MUJER VS. MUJER: LA OTRA VIOLENCIA DE GÉNERO

“¡Pobre Anita! La verdad es que sale gordísima, como una morsa, ¡uf! Feísima, la pobre. No se deprimió por el divorcio, sino porque todos pudimos ver sus tetas aguadas, desinfladas y caídas, sus pezones gigantescos, su celulitis, sus várices, la forma horrorosa en la que su grasa se movía”. Auch.

            Cuatro amigas están de vacaciones en la montaña. El propósito es distraer a una de ellas, Ana, cuyo exmarido acaba de difundir un video de ellos dos en la cama. Aunque las “inseparables” habitan una realidad mojigata (fueron a uno de los colegios más respetados, asisten a la misma iglesia, son buenas esposas y madres), el escándalo no lo dispara el contenido sexual de la cinta, sino que en ella Ana transgrede los deberes femeninos: aparece no-joven, gordísima, más cetáceo que persona. 

            Hablo del espléndido cuento “Soroche”, de la ecuatoriana Mónica Ojeda, incluido en Las voladoras (Páginas de Espuma, 2021). La autora desgrana el pensamiento de las personajas mientras narran algo terrible que sucedió en el viaje. Sin dar espóilers me centro en lo que opinan sobre Ana: “Tiene pocas luces, la pobre. Por eso el marido le hizo lo que le hizo: porque pudo. A mí eso no me lo habría hecho nadie… Lo que le pasó fue una prueba divina. Su pecado siempre ha sido el orgullo. No es que me alegre de su sufrimiento, pero quizá necesitaba ese baño de humildad… Si la gente me hubiera visto así me habría muerto. Claro que es diferente porque mi cuerpo está fit“. Mientras, Ana dice de sí misma: “Soy, sin lugar a dudas, la persona más vomitiva del planeta”.

            El relato se estructura en torno a la mirada: cómo se ven entre ellas y a su amiga, cómo la protagonista se observa desde afuera. Me impresiona la dosis de realidad con que la autora pinta cuán letales podemos ser las mujeres frente al espejo y entre nosotras. Estamos obligadas a lucir bien, sometidas al imperativo de ser jóvenes además de guapas: transgredir ese código social es un “escándalo del cuerpo”, apunta el sociólogo francés David Le Breton. Por eso juzgamos brutalmente la conchudez propia y ajena. 

            Los hombres se cuestionan poco la panza, la calvicie, las nalgas en negativo, mientras de este lado nos exigimos perfección en el peso, el tono muscular, el rostro, la edad. La belleza sigue siendo requisito femenino, somos junkies de mejorarnos y nos agrede si una ignora el mandato corporal impuesto a todas. Con qué derecho.

            Me pregunto por qué casi no hablamos de esto. ¿Y si encima de exigir el cese de la violencia de hombres contra mujeres, también aireamos los quejos, las autoexigencias aprendidas? ¿Si reconocemos que con frecuencia nos llevan a ejercer esa otra violencia de género: la dirigida contra nosotras mismas y contra las demás? Ya es hora de enfrentar ese paradigma poco asumido.

(Originalmente publicado en mi columna La Utora en el periódico mexicano La Razón; foto: qz.com).

MI ESTATUS EMOCIONAL EN FACEBOOK

La Utora, que durante los años setenta iba por la vida presumiendo dos coletas peinadas con limón y con encarnizado esfuerzo maternal, se fascinaba de ir al supermercado. In situ, en el pasillo de los cereales elegía para llevar entre una caja de Zucaritas o una de Corn Pops. Hasta ahí la disyuntiva. Hoy, La Utora sufre un pasmo ontológico en el súper, ante el superpasillo de los supercereales: hay light, con miel, extraproteína, sin gluten, con harta fibra, tamaño jumbo, presentación mini, en barrita. Tanta alternativa conduce a la turulatez.   

Estoy radiantemente divorciada desde hace veinte años y celebro ejercer como me apetece la vida amorosa esquivando el matrimonio, pero reconozco que manejar tantas opciones es retador. Para recordarlo está el estatus de Facebook. Ofrece estas casillas: Soltero(a), En una relación, Comprometido(a), Casado(a), En una unión civil, En una pareja de hecho, En una relación abierta, Es complicado, Separado(a), Divorciado(a), Viudo(a). ¿Estar “en una pareja de hecho” significa que por derecho y con provecho se dan libertades, aunque no se presenten a las familias? ¿“En una unión civil” es igual a “en una relación”, más departamento y perro? Las once posibilidades quedan cortas: ¿dónde nos ubicamos quienes hemos tenido relaciones intensas con un vibrador? ¿Quienes sin vínculo afectivo practicamos sexo frecuente? ¿Los poliamorosos? Pensándolo bien, con las posibilidades existentes basta y sobra. 

Si mi mamá hubiera tenido Facebook, su estatus hubiera sido ejemplo de estabilidad: a los veinte años pasó de soltera a comprometida, fue esposa treinta y tres, viuda treinta y seis. En cambio, mi estatus ha sufrido más acomodos que la Falla de San Andrés. He sido soltera, he estado comprometida, casada, separada, divorciada, he mantenido una relación, y noviazgos abiertos; sólo me falta enviudar. Hoy exploro una historia contracultural que me enorgulla. Supongo que califica bajo “es complicado”, pero coincido con la frase que atribuyen a María Zambrano: “Prefiero una libertad peligrosa que una servidumbre tranquila”. Lo cierto es que aún conservo una virginidad: no he cambiado el apartado de Facebook que me define “soltera”. Quizá sea recato o soberbia, pero no me apetece detallar al mundo los altibajos del corazón. Mi mamá podría sentirse oronda: conservo algo del pudor que me inculcó.

Nos encanta ventilar intimidades en las redes, especificar cuán felices somos, pero ¿y si el cuento de hadas estalla en pedazos (como es probable)? Por ejemplo, entre dos que se divorcian, ¿a qué hora se vale cambiar de “casado(a)” a “soltero(a)”? ¿Cuando uno se muda de casa? ¿Antes de firmar frente al juez? ¿Al minuto de salir? ¿En la borrachera subsiguiente? 

Ojalá el dios Facebook nos diera un manual de conducta. Mientras tanto, como suelo enamorarme estúpidamente, “que es la única manera de amar” (decimos Guillermo Cabrera Infante y yo), sigo persuadida de conservar anónimo mi subibaja emocional. Prefiero cantar “se me olvidó que te olvidé” a solas con mi gente.

(Originalmente publicada en mi columna La Utora, en el periódico mexicano La Razón; imagen: miracomosehace.com).

QUÉ HAY DETRÁS DE PRESENTAR UN LIBRO

Presentación híbrida de El lado B de la cultura, a través del Facebook de librerías Gandhi: Veka Duncan, Romeo Tello, Gabriel García Márquez, Tongolele y participantes, a través de pantallas; Fernando Rivera Calderón y yo, en mi casa.

Les cuento: el oficio de escritor es solitario. Los textos, al menos los míos, no se gestan entre tumultos. Quizá le achaco al trabajo mi neurosis, pero me resulta de veras imposible arrancar un poema o un ensayo teniendo junto a alguien, aunque esté en silencio. Necesito saberme aislada, acaso porque cuando escribo me escribo, dialogo, me río, pregunto, discuto. Y pues qué pena con las visitas. 

Para mí, un reventón de viernes bien puede involucrar tres diccionarios y unas pantuflas. El argentino Rodrigo Fresán, pluma contemporánea que admiro, me dijo hace años en la FIL Guadalajara: “Uno se hace escritor porque le gusta estar solo, es de las pocas formas legítimas de defender la soledad. Hasta el siglo XIX era algo noble. Hoy, si dices: ‘Quiero estar solo’, todos se preocupan, pero si añades ‘…porque tengo que escribir’ aún te lo dejan pasar”. Así tal cual.

Persigo el apartamiento por sí mismo y también porque implica la recompensa del ejercicio literario. No conozco adrenalinazo mayor que terminar una página y sentir que di forma a algo capaz de sostenerse sin muletas (aunque luego lo tire). Ahí es donde ocurre la literatura que me interesa: sin testigos. 

 La contraparte bulliciosa de esa arena en las venas viene cuando presento el volumen acompañada de los cariños briosos de familia, amigos y colegas que vencieron todo pronóstico para estar ahí. Es un rito de paso en comunidad, no es que ocurra algo en particular. Los comentadores son gente querida y tras echarle en bola buenos augurios al libraco viene la firma de ejemplares; ahí conozco a lectores que tal vez he visto en redes, pero me gusta ponerles cara. Cuánto agradezco el esfuerzo de coincidir conmigo. Luego celebramos juntos con un brindis, para acabar yéndonos a cenar un puñado de cuates. 

Disfruto que mi oficio comprenda esos equilibrios, constate mi lugar en una tribu que se reúne en torno a palabras. Y es lo mismo si festejo lanzamientos de mis personas entrañables. El autor español Matías Escalera lo dice bonitamente: “Presentar un libro es un acto de auténtica esperanza. Una valerosa afirmación del sentido de la escritura, de la amistad y del compañerismoen un mundo tan hostil al gozo gratuito de lo común y lo humano”.

 Así, lo confieso de una vez: extraño las presentaciones presenciales de libros (ingenua de mí, antes hubiera brincado por el sinsentido de una presentación-no-presencial). El sábado pasado tuve una muy chula sobre mi título reciente, El lado B de la cultura. Fue híbrida: Veka Duncan, Romeo Tello y los participantes, a través de pantallas; Fernando Rivera Calderón y yo, desde mi casa. Lo considero un augurio luminoso de estar juntos pronto. Pensándolo bien, no pido demasiado, sólo que cada par de años pueda ser la niña de la fiesta, rodeada de amigos en su patio particular, que se moja y se seca como los demás. 

(Originalmente publicada en mi columna La Utora, en el periódico mexicano La Razón).

VEINTICINCO FELICIDADES ÍNFIMAS

Me fascina oler el pan recién horneado.

“El aceite es un agua con caderas, un agua impura que conoce el deseo, el tiempo y la muerte. En lugar de avanzar fluido y sin problemas como el agua, el aceite se insinúa y se contonea. Mientras el agua, franca y anárquica, simplona y monótona, libera el mundo de todos sus secretos, el aceite es un agua que carga con un secreto, un agua que se distrajo en algún recodo y desde entonces perdió su inocencia”, escribió el poeta, el narrador Fabio Morábito en Caja de herramientas.

            El pasaje es soberbio y releerlo varias veces le otorga densidad. Me impresiona ese mirar al sesgo, ese enfocarse en lo imperceptible. Imagino a Morábito. Observa el aceite, lo observa largo tiempo mientras agita la botella, toma notas, sirve un chorrito en el cuenco de la mano. Observa. Cachondea el aceite con el dedo, rompe la superficie, observa. En un golpe de intuición le vislumbra las caderas.

            Soy coleccionista de pequeñeces, rondo lo-sin-importancia y me aferro a ello. Casi daría la vida por una nota a mano que me trae el eco de una voz extinta, un anillo específico que me abraza el dedo y una etimología cuajada de estrellas. Recuerdo ahora que cuando García Márquez escribía El otoño del patriarca en Barcelona, no avanzaba. Bloqueo total. Entonces volvió a Colombia, dijo, porque estaba olvidando el olor de la guayaba: el gesto corporó al país en el aroma de reventazón.

            En esa misma línea de placeres menores y perentorios pregunté en Twitter: “¿Qué objeto o experiencia sensorial te da bienestar?”. Llegaron más de 300 respuestas; hice una criba de vivencias que suscribo, mucho suscribo, y añadí la cuenta cuyo tuit vi primero. Aquí va la propuesta colaborativa de veinticinco felicidades ínfimas, íntimas, desesforzadas.

            No somos tan distintos y, como dice Kae Tempest, poeta, en su libro Conexión, pienso que estas ideas pueden ayudarnos a “acceder a un lugar con potencial para resonar… valorar las cosas pequeñas y que requieren tiempo. Pequeños intercambios. Intimidades genuinas… [porque] la belleza es esto”: una ducha de agua caliente @HembraDeAcero; una pintura que me toca @guilledts; el frío de la mañana al tomar café (o té) @VekaDuncan; respirar conscientemente @JBMSyS; el olor del pan recién horneado @AlcantHector; un atardecer que se incendia en naranja @ojolosoy; besos en la boca @espia_rusa; bailar @raibeniu; el pasto recién cortado @MestaAmado; descubrir una palabra @estelapmolatore; fotos del pasado @KronopioSinFama; oler un libro nuevo @atomicdarinka; caminar descalza sobre pasto @bea_livres; el ronroneo de mi gato @KarenVilleda; escribir a mano @cherman69; el sol que entra de mañana @YoLaMerita; el anillo de mi papá en mi dedo @thinkblumex; leer @leerporleer; mi música preferida @doctorsimulacro; pisar hojas secas en otoño @AdiGochez; abrazar fuerte, pegado al corazón @yamispr; el olor de mi hijo @wendygiselc; acariciar a mi mascota @Helena_Crowley; entrar a sábanas frescas @pavidonavido; el olor del pasto después de la lluvia @benistofeles

(Originalmente publicada en mi columna La Utora, en el periódico mexicano La Razón; foto tomada de laroussecocina.mx)

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EL (ÚNICO) FANATISMO QUE CELEBRO

“‘¡Muere, impío, o piensa como yo!’”, escribió Voltaire en el siglo XVIII, aludiendo a lo dicho por el buen católico que al salir de misa se arrojaba sobre su vecino, quien era creyente en otro dios. O en ninguno.

            En 2021, a nadie le basta lo que cree; ha de convertir a los demás y escucharlos reconocer su error, agradecer la luz cierta. Feministas de la segunda ola, feministas de la tercera y cuarta ola, antifeministas, protofeministas, gente de AMLO, gente antiAMLO, los que ni una ni otra, los que no cupieron: cada uno está segurísimo de poseer la verdaderísima (no hay bronca) y exige que los demás lo admitan (ahí se jodió la cosa). Hay fanáticos en todo grupo, gente tan inflamada en su dogma que es incapaz de escuchar otra alternativa: está obligada a persuadir por las buenas o las malas. Quien a pesar de todo disiente merece condena o lástima, posturas tan parecidas.

            Cuando llegué a estudiar Letras a la UNAM cargaba mi lonchera de ideas religiosas y políticas. Aunque eran ingenuas, las defendía solemne. Un día leí en La vuelta al día en ochenta mundos, de Julio Cortázar: “En su espasmódico Who’s Afraid of Virginia Woolf, Edward Albee hace decir a alguien: ‘La más profunda señal de la malevolencia social es la falta de sentido del humor. Ninguno de los monolitos ha sido capaz de aceptar jamás una broma. Lea la historia. Conozco bastante bien la historia’”. Qué bastante claridad, ante mis ojos de estudiante.  

            Como no discuto mis credos, algunos en redes me llaman tibia. Les platico: milité como creyente acérrima, me declaro agnóstica; fui de izquierda, me decepcioné; me decía no-feminista, hoy sí que lo soy. Mejor me río. Llevo años sin convencer a nadie de nada porque me es absurdo apostolar causas: sigo corrigiéndome y abrazando contradicciones. Quién sabe dónde esté mañana. O tal vez sí sé: mi único dogma inalterable desde niña es la literatura como bandera, ese abrir ventanas a otras realidades que me cuestionan y, así, me enriquecen.

              Además de regalar belleza y ayudar a vivir sabrosamente, quizá los amo porque no se imponen, no convocan a la yihad ni a las cruzadas. Perseguir no está en su definición. Si me río de la azotada Clarice Lispector, autora referencial en mi escritura, ningún cataclismo asoma. Si otro se pitorrea de don Quijote, indispensable en mi historia, y dice que era un imbécil, no me apuñala, tampoco si un tercero afirma leer es un desperdicio: ni yo ni ningún lector sentiremos el ímpetu de organizar un auto de fe para quemarlo.

            Amo la literatura que es arte y no panfleto, la que aplaude la diferencia y en lugar de asediar, mejor recibe, alimenta, duda, embellece. En un fanatismo así celebro creer. Me confirmo creer.

(Originalmente publicada en mi columna La Utora, en el periódico mexicano La Razón; ilustración tomada de etcetera.com.mx, sin nombre de autor).

LA HERMANIDAD

Llega un mensaje al celular. Es Lucy. Que me hará llegar unos mangos, ojalá estén ricos.

            Es la misma que, cuando yo iba en primaria, algunas veces me llevó a la universidad y presumió a sus compañeros “le gusta mucho leer”; me sentí importante. Quien al verme llorando por haber olvidado el traje de baño en la academia, compró otro y evité el regaño. Aquella hermana cuyo coche viejo heredé el día que se fue a estudiar al extranjero, con la que he llegado a varios aeropuertos, la que metió el hombro cuando tuve miedo de bañar a mi hija recién nacida, quien la ama tres rayitas menos que yo, la que celebra cada nuevo libro mío de poesía como si implicara el Nobel.

            Al verla encuentro rasgos míos “en la forma de las rodillas. En el arco del empeine. En la caída de los hombros”, como dice El dios de las pequeñas cosas, de la autora india Arundhati Roy. Siempre generosa, ahora que no están mis papás ni Fernando, ella representa el solo vínculo con la niñez y es mi raíz, la hermanidad superlativa, la que hubiera elegido.

            Llegar a este punto no ha sido fácil. Somos distintas, hemos tomado decisiones que apuntalan caminos divergentes y eso ha generado rivalidad, desencuentros, celos, pero el proverbio “Blood is thicker than water” aplica aquí: unos chubascos no diluyen la espesura de nuestra amistad de sangre y años compartidos. La decisión de hacernos eco. Imposible explicarme sin mi hermana, una parte importante de ella habita en mí.

            Hace varios meses le pasó cerca una bala. Una que lleva escrito cáncer. Me aterré. Sentí que no podía ayudar ni tampoco perderla, no tenía fuerzas; he apechugado con varias muertes en un par de años y no doy más por un tiempo. Además, todo a mitad de una pandemia que la ponía, nos ponía vulnerables, como a todos. En catarsis me puse a escribir. Y a reiterarle lo muchísimo que me importa, aunque siempre me falten palabras.

            Ha sufrido físicamente en distintos niveles y tampoco por ese lado he podido ayudar, sólo dar cariños, porque en realidad (lo pienso por primera vez), no conozco el dolor. Así de categórico. Me ha molestado la extracción de una muela, una descalabrada en la niñez, la cesárea mal cosida. No sé lo que es padecer a fondo algo.

            Me atrevo a escribir esta columna porque por ahora mandamos la desgracia a la otra cuadra. Digo mandamos aunque yo no haya hecho nada, pero lo que le pasa me zarandea.

            Por décadas, siempre que he volteado ella ha estado conmigo. Así que apergollada de mi hermana repito esto de Neruda: “Salud por ayer y por hoy, / por anteayer y por mañana. // Salud por el pan y la piedra, / salud por el fuego y la lluvia”.

(Originalmente publicada en mi columna La Utora, en el periódico mexicano La Razón; foto: adobestock).

EL ASOMBRO FURIOSO EN LA METÁFORA

La picadura de una abeja es “como si la cabeza de un cerillo encendido penetrara en tu piel”. La comparación resulta eficaz: el ataque del insecto se parece a una quemadura incisiva, que cala hondo. Escrita por el entomólogo Justin O. Schmidt, es citada por Pablo Boullosa en El corazón es un resorte —Taurus, 2017—, donde borda ricamente sobre por qué las metáforas no son cosa sólo de poetas. Todos necesitamos asociaciones libres de ese tipo para explicarnos el mundo y, por tanto, las creamos a cada rato (hace poco le dije a una amiga “traigo el ánimo chimuelo”, me gustó la imagen). Añade Boullosa: “Muchas veces comprendemos algo sólo cuando encontramos su semejanza con otra cosa que ya comprendíamos antes”.

Acaba de pasarme, en mi primera ida al cine en más de un año. El padre trata de un ídem viejo que va perdiendo contacto con la realidad. En un punto Anthony, es decir, el oscareado Anthony Hopkins, describe: “Siento como si estuviera perdiendo todas mis hojas… Las ramas y el viento y la lluvia. Ya no sé qué está pasando”. Para el director, guionista y dramaturgo Florian Zeller, la conexión entre elementos dispares (anciano-árbol) permite aprehender visual y corporadamente la emotividad del personaje. De hecho, esa frase resume la cinta: es la historia de un hombre decrépito y arbolado, para el cual vivir es perder sus hojas. Me recuerda estos versos del catalán Joan Margarit: “Ser viejo es que la guerra ha terminado. / Es saber / dónde están los refugios, ahora inútiles”. Otra vez veo cómo dos referentes lejanos (padre longevo-guerra) se acercan gracias a la intuición de la metáfora. Juegos de este tipo dan lustre a la realidad cotidiana, que en los tiempos que corren es poco agraciada. Desgraciada. Suelo buscar la poesía porque las metáforas me llevan a otro lugar emocional.

Los autores de canciones acuden con frecuencia a estas relaciones sensoriales. Me enfocaré en ellos. Hace días traigo pegada “Consejo de sabios”, escrita e interpretada por el grupo español Vetusta Morla. Es una historia de pareja que dice en un momento: “Tienes la forma precisa, / guardas la herencia del mármol. / Fuiste la Venus de Milo / y yo puse el mundo en tus brazos”. Cuatro líneas y esa gestualidad explican con potencia la frialdad de un truene, la atroz sensación de pérdida; en cambio, párrafos gastados del tipo “Creí en ti, qué decepción, estoy tan solo” no serían más que infumables lugares comunes.

Podría mencionar muchas metáforas de canciones que me emocionan por su asombro furioso, por cómo vinculan en los ojos de mi imaginación animales disímbolos y seres de distante código postal, pero me falta espacio. Por hoy elijo ésta, de José Alfredo: “Cuántas luces dejaste encendidas, / yo no sé cómo voy a apagarlas”. Carajo, por qué no se me ocurrió primero a mí.

(Originalmente publicada en mi columna La Utora, en el periódico mexicano La Razón; foto: inspireafire.com).

MI CORAZÓN, NIÑO GOLOSO

No tengo mesura para algunas cosas, entre ellas, el chocolate y el amor. ¿Atemperarme? No sé cómo se logra. La mujer divorciada que soy admira y compadece por partes iguales a las personas maduras que, si una vez deciden no enamorarse, logran su objetivo sin sudores, como un campeón mundial arrasaría en una competencia escolar. Es abstruso y difícil para mí: no soy atleta, hace décadas nadie me invita a una olimpiada adolescente.

            “El amor es una catástrofe espléndida: saber que te vas a estrellar contra una pared, y acelerar a pesar de todo: correr en pos de tu propio desastre con una sonrisa en los labios; esperar con curiosidad el momento en que todo se va a ir al carajo. El amor es la única decepción programada, la única desgracia previsible que deseamos repetir”, señala el protagonista de El amor dura tres años, novela de humor ácido y certero del galo Frédéric Beigbeder. Añado: conozco bien ese desastre elegido, lo he visitado con frecuencia, tanto que hace un tiempo decidí no enamorarme pero aquí estoy hecha una tonta, flotando entre baladas cursis y chistes privados, un sonoro fracaso. Vaya porcentaje de bateo.

            Roland Barthes disecciona en Fragmentos de un discurso amoroso un rasgo definitorio del amante: “[En el abrazo] estamos en la voluptuosidad infantil del adormecimiento: es el momento de las historias contadas, el momento de la voz, que viene a fijarme, a dejarme atónito… en medio de este abrazo infantil, lo genital llega infaltablemente a surgir… el adulto se sobreimprime al niño. Soy entonces dos sujetos a la vez: quiero la maternidad y la genitalidad. (El enamorado podría definirse como un niño que se tensa: tal era el joven Eros)”. El semiólogo francés da en el blanco: quien ama se mueve pendularmente entre la infantilización y la libido, es decir que tras un episodio de sexo feroz cuelgo en el baño el traje de adulta y luego, superheroína venida a menos, en vez de salvar al planeta busco cómo resolver mis necesidades de cuando jugaba con muñecas. Chale.

            No soy masoquista, así que debe haber algo más que me atrae en la “catástrofe espléndida”. Repensándolo descubro que la metáfora del amante como menor de edad implica también el juego, la sinvergüencería de los pocos años, gustar la transgresión. Es un golpe endorfínico descomunal. Así lo veo claro: a esta edad yo debería haber aprendido algo (se supone), pero mi corazón es un niño goloso que regresa al bote de caramelos cuando nadie lo ve, para llenarse la boca de colores y sorpresa; después, mientras sale corriendo, lleva la travesura hincada en la sonrisa. Desobedece, sí, aunque no por autodestructivo, no sabe ni qué es eso. Tampoco busca retar a nadie. Es de puro arriesgado que sigue su instinto. Su instinto de seis años, se entiende.

(Originalmente publicada en mi columna La Utora, en el periódico mexicano La Razón; foto: ru.freepik.com).

ENAMORARSE DE QUIEN ES EL FUEGO

“¿En serio va a regresar con él?”, pienso. Por razones ahora irrelevantes platico con una cuarentona, golpeada por su marido tantas veces que ya no sabe. Los moretones revelan la intemperie emocional donde habita. Su espalda parece una cuchara, tan curva. Tengo veintipocos años y por azar no me ha tocado esa violencia. Se supone que estoy aquí para ayudarla, sin embargo el asunto me rebasa; oírla y validar su rabia parece lo menos malo que puedo hacer.

            Luego responde mi inquietud no formulada: “Ojalá no volviera con él tras esta paliza, aunque creo que sí lo haré”, palabrea a media voz, echando la sinceridad por delante. “Cuando regreso siempre es lindo, jura que me adora y ahora sí me va a cuidar. No es cierto, pero necesito sentir amor”. Cuánta urgencia, cuánta desesperación de afecto. Debe doler más que los verdugones.

            Nina Simone, suprema cantante y pianista de concierto, se casó en 1961 con Andrew Stroud, expolicía. Según el documental What happened, Miss Simone?, dirigido por Liz Garbus, la artista escribió en su diario: “Los golpes, Andy, de veras no puedo con eso. Destruyen todo dentro de mí”. Stroud era bestial; una vez, cuando Simone guardó la nota de un fan, de castigo él la fue tundiendo de camino a casa, en el elevador, la habitación. Ya ahí puso una pistola en su cabeza y, atada, la violó. ¿Por qué ella no lo dejaba? “Estaba enamorada del fuego”, explica su hija. Coincide con esto de Alaíde Ventura, en su novela Entre los rotos: “La mirada de papá era seductora, como son todos los incendios”.

            Al aguantar crueldades, una mujer o un hombre se vuelven versiones minusculizadas de sí mismos. El desprecio provoca que su dignidad doble las rodillas y se crean incapaces de otro destino. Sólo merecen quemarse. Vinculo tanto a Dolores como a Nina con el correo que me manda G., a raíz de una columna mía; me cuenta la violencia aparatosa de su exesposo. Ella no sólo veía imposible abandonarlo, por miedo a un daño peor; el maltrato la convenció de que era culpa suya. A escondidas buscó auxilio, yendo a terapia. Poco a poco vio el vapuleo emocional. Años después se fue de casa.

            Nadie supera un romance con la lumbre sin pedir ayuda, sin romper el silencio cómplice. Se requieren dos para una historia de puñetazos: un agresor y un agredido. Si uno decide no seguir, el bucle del abuso se resquebraja, aunque tarde en caer.

            Como escritora busco palabras para entender el estado de ánimo fracturado, tanto por una patada como por la voz interior que asegura “es lo normal, la vida no se puede disfrutar”. Entonces recuerdo a Mario Benedetti: “estamos rotos pero enteros”. Eso quiero creer. Por más que se haya pulverizado la autoestima, ahí andan los pedazos, es cosa de encontrarlos. Y de renunciar al fuego.

(Originalmente publicada en mi columna La Utora, en el periódico mexicano La Razón; foto: hoydia.com.ar).

POR QUÉ PREFIERO LEER EN PAPEL

Mi ejemplar lleva una dedicatoria garabateada: “Para Julia, por el espejismo de este día. Gabriela”. Sin fecha. No sé quién fue ella ni por qué definió ese día como “espejismo”. Incluso quién sabe si tengo el volumen por azar y debería pertenecer a una tocaya mía, una que sí tiene claro de qué iba el intríngulis del triángulo Gabriela-Julia-ese día. Es una edición de Alexis o el tratado del inútil combate, novela de Marguerite Yourcenar, donde aprendí: “Los fantasmas son invisibles porque los llevamos dentro”. Ah, bárbara. Esforzándome, creo recordar a una Gabriela, maestra en prepa, y entre brumas me parece haber conocido a Yourcenar por ella, pero tal vez en todo miento.

            Eso me lleva a pensar: las páginas repasadas a lo largo de los años explican en gran medida quién soy, aunque leer nunca es un acto pasivo. Mientras camino la mirada por palabras y les doy sentido, el libro me está leyendo a mí. Dialogamos. Lo sé cuando, años después, veo mis interrogaciones a lápiz junto a “Malcolm Lowry”, autor que desconocía y ahora me vuela la cabeza con frecuencia; encuentro un subrayado que nomás ya no comparto o un comentario mío me pinta chocantísima en esa época (sólo entonces, ay). Ni el texto ni yo somos los mismos. A cada uno lo marcó el aliento del otro.

            Hay más: a los ejemplares desperdigados por mi casa no sólo los habitan anotaciones junto a historias o versos. También cargan literalmente mi biografía dispersa. La condición material de un libro le permite guardar en hoja suelta un “te ciero mucho” ilustrado por la niña que hoy es mi adolescenta, el poema que su autor me dedicó sobre las rodillas de un domingo. Si bien otro título abraza dos entradas a un concierto de Buika al que fui con Rocío y la letra de una canción escrita a mano por el compositor, no todo es dulce: algunos coleccionan mis desamoramientos, los viajes erróneos, más la servilleta de una cafetería que amaba y cerraron. Dice Alberto Manguel, sin tanteo, como sabiéndome cosas: “¿Qué son las bibliotecas sino archivos de nuestros gustos, museos de nuestros caprichos?”.

            La cualidad física de un volumen cuenta mucho para mí. Quizá por eso no le he dado el golpe a la lectura digital. Aunque entiendo las ventajas de los ebooks y su contenido es igual al de un impreso, el continente no lo es: el cuerpo de un libro conserva migajas mías y de otros, como la flor del sepelio de mi hermano o la dedicatoria de una Gabriela, incluso si ya la olvidé.

            No quiero provocar un sangraje entre partidarios de ebooks y secuaces de la lectura en papel, pero sé que una pantalla no hubiera atesorado por décadas esta firma oronda de mi papá en la primera página de Cien años de soledad. Mátenme ésa.

(Originalmente publicada en mi columna La Utora, en el periódico mexicano La Razón).

VERDE DE TODOS LOS COLORES

En otra vida fui árbol. Un cedro que con frecuencia cambiaba de lugar, por desentumirse. 

Llego a los Viveros de Coyoacán. Traigo sobrecarga de kilos emocionales, no tanto por algún desencuentro, sino por lo que me digo sobre el desencuentro. Nada nuevo: no me afecta lo ocurrido, sino la historia que armo en torno a eso.

Luego de pasear largo rato entre árboles y de abrazar algún fresno despistado, voy a la zona de venta de plantas. Aquí veo unos alcatraces de vibración serena. Allá suculentas, álamos, gardenias, helechos y profusión de orquídeas, esas flores “de origen submarino” según dijo el tabasqueño Carlos Pellicer. Salgo cargando tres nuevas bellezas; dejé los fardos negativos entre la tierra de alguna flor. Mi pelo podría llenarse de pájaros.

Cuando el mundo se pone de pie encima de mis hombros tengo dos salidas que me alivian siempre: una es leer; la otra, acercarme al mundo vegetal. Natura tiene una potencia sanadora capaz de regresarme al centro. Es como volver a casa, su armonía pone todo en el lugar preciso. Entre las jardineras del frente de mi casa y el patio tengo un olivo, un limonero, un durazno y unas cincuenta macetas, sin contar las de interior. Les hablo, las riego, las podo, las abono, he salvado a más de una de plagas siniestras. Me ablanda ser parte de la misma red de vida.

Hace poco leí algo impresionante por recomendación de Gustavo, amigo que además de amar las plantas, las ha estudiado como pocos. Aunque imaginamos un bosque como un conjunto de seres, cada uno en competencia por luz y agua, bajo tierra todos se enlazan a través de la micorriza, es decir, la sociedad que forman raíces de árboles, plantas y hongos. En muchos kilómetros cuadrados, los cientos de seres que la integran comparten agua, fósforo, carbono, además de comunicarse peligros o perturbaciones, como plagas de insectos. De alguna forma hablan para ayudarse a sobrevivir.

La doctora en ecología forestal Suzanne Simard, de la Universidad de la Columbia Británica en Canadá, estudia la asociación simbiótica en el bosque. Ha puesto en claro cómo los árboles dan y reciben nutrientes entre individuos, pero también entre especies, como abedules y abetos. Lejos de robarse sol o alimento, cada miembro enriquece a otros. Cuánto hay por aprenderles.

“Crear una flor minúscula es un trabajo de siglos”, escribió el poeta británico William Blake. Es una imagen de tremendura que resume la sabiduría vegetal. Cuando estoy entre plantas me serena su estar callado, sin aspaviento, la belleza cotidiana que regalan a cambio de algo tan brutalmente sencillo como agua y tierra. El verde de todos los colores me oxigena. Me hace bien su paciencia limpia, nutricia.

Dije que en otra vida fui cedro. O que hubiera querido serlo. “Algo en mi sangre viaja con voz de clorofila”, escribió también Pellicer. Pues así.

(Originalmente publicada en mi columna La Utora, en el periódico mexicano La Razón; la foto es mía, de algunas de mis plantas más atesoradas y mi joven olivo, al fondo).

CARTA A MI CUERPO

Disculpa, es la primera vez que te escribo y llevamos décadas de relación. Te conozco poco, si bien solamente he corrido con tus piernas. A veces de noche me pareces ligerísimo. Otras te siento inmenso, como si hubieras cenado una montaña.

            Eres boquisucio. Vergonzante. Es de mal gusto hablar de ti, de las secreciones que te son propias: sudor, caca, sangre menstrual, pedos, humedad orgásmica, mocos. No existe una policía para regular lo que te está permitido. Tampoco hace falta. Te callo con jabón, desodorantes, ducha vaginal. Sólo cuando eres aséptico me animo a salir en sociedad, de otro modo me das pena. Vaya barbaridad, mejor empiezo de nuevo.

  • Ningún hueso roto, aunque te descalabraste en la niñez.
  • Cuatro muelas menos.
  • Un corazón que busca palabras.
  • Dos operaciones: cesárea y corrección de miopía.
  • Un tatuaje.

            Soy contradictoria contigo. No te duermas, disfruta el Zoom de compromiso. Duérmete, nadie más escribe a las dos de la mañana. No puede ser, ¿otra vez tienes hambre? Acábate el plato, ni modo de tirarlo. Disfruta. Haz como que disfrutas. Uy, ese camino tampoco me gusta. Va de vuelta.

            Eres un estupendo aliado, veloz de instinto, te enfermas rara vez. Salvo el juanete y lo cegatón, no tengo mayor reclamo. Devoras quesos y postres, aguantas poco el alcohol. Resuenas bien tanto con el placer propio como con el ajeno. Tal vez lo más definitivo que has logrado fue engendrar, con el privilegio de hacerlo voluntariamente. Qué viaje exponenciado. Por un lado, el asombro de estar habitada por un peso suave, recibir golpecitos desde adentro. Por otro, punzadas en la cintura, mal cálculo e ir chocando la panza en todos lados, más prohibiciones. No tomes aspirina. Come carne. No te estreses. Haz. No hagas.

            Te apanicaba no ser capaz y aun así pariste. El ginecólogo se reía: “todas las mujeres saben dar a luz”. “Yo nunca he estado ahí, ¿y si mi cuerpo no la expulsa o, al contrario, le hace daño?”. Pariste. Mucho dolor. Curiosidad. El centro mismo de la vida. Luego amamantaste, más dolor aunque te gustó que tus pechos regalaran alimento. Nuevas prohibiciones. Miedos desconocidos.

            Por años nuestra relación fue áspera, llena de machucones, pero poco a poco vamos mejorando. Te abrazo más, te regaño algo menos, ya no impongo dietas salvajes. Compré una mecedora porque te gusta el vaivén. Y sí. Te cuesta dormir de corrido, hacer yoga te ayuda a fluir. Lloras fácil y estoy en paz con eso. Miro tus manos. Me obsesionan tus manos. Eres sencillo, en palabras de Gioconda Belli, “lo más puro que poseo. La mente en cambio está llena de vericuetos. Ése es el laberinto. Y en la vida real no hay Ariadna ni hilo de plata. Es uno y el Minotauro jadeando”.

            Todo eso lo explico yo. ¿Cómo hago para escuchar lo que quieres decir? 

(Originalmente publicada en mi columna La Utora, en el periódico mexicano La Razón; imagen: istockphoto.com).

OLVIDAR LA HERIDA ES PEOR

La periodista bielorrusa lleva todo el día compilando historias de mujeres soviéticas que lucharon durante la Segunda Guerra Mundial en la infantería o como francotiradoras. Pilotaron aviones. Dispararon artillería. Casi un millón de ellas se ofreció a integrar el Ejército Rojo; muchas no cumplían veinte años. Le cuentan que sus botas a diario se empapaban de sangre de los muertos, que vieron a una madre colgada de un manzano para huir de sus cinco hijos pidiéndole comida y ella sin tener nada para darles. Al ganar la guerra, alguna combatiente había matado a un alemán; otra, a más de setenta. Si bien estaban cansadas de odiar, les amedrentaba volver a la paz después de tanto tiempo rozando la muerte. Era habitual para ellas saber de gente pudriéndose en vida; cómo iban a adaptarse a otra cosa. Unas dicen que se esforzaron por olvidar pero en ese instante, una exsargento puntualiza: “A ver si me explico: recordar asusta, pero no recordar es aún más terrible”. Lo narra Svetlana Alexiévich, ganadora del Nobel de Literatura 2015, en La guerra no tiene rostro de mujer.

            Me impresiona. Bajo el libro a mis piernas. Según yo, en circunstancias traumáticas el olvido es un privilegio; ahora me interesa buscarle matices a ese lugar común. ¿Por qué desenterrar un daño mayor? Guardando toda proporción con casos tan brutales voy a ensayar respuestas: porque si extravío la aflicción, entonces no tuvo sentido. Porque únicamente si reconozco la desgracia honro haberla soportado. Porque seguro me falta entenderle algunos ángulos.

            En la misma geografía, en 1938, tras el fusilamiento de su marido y el encarcelamiento de su hijo bajo el régimen de Stalin, durante diecisiete meses la poeta Anna Ajmátova fue a diario a la prisión. Hacía fila para preguntar sobre el muchacho. Era una escritora forjada y un día alguien la reconoció. Cuenta en el prólogo de Réquiem: “Detrás de mí se hallaba una mujer, con los labios azules de frío, que nunca antes me había oído llamar por mi nombre. Salió del entumecimiento y me preguntó:

—¿Puede describir esto?

Y le contesté:

—Puedo”.

Evocar también sirve para quienes vienen detrás, como referencia en el camino.

            Si ahora mismo alguien pudiera borrar de mi cerebro las escaras que guarda me negaría, porque si pierdo constancia de las marcas violentas a lo largo de mi historia, corro el riesgo de pasar una vez más por esa esquina. Si oculto el dolor en un rincón oscuro es como amputarme un brazo: la suma de memorias, todas, conforma mi identidad. Perderlas implica sepultar a la que soy. De ahí lo crudo de males como el Alzheimer. Desarticulan los recuerdos y la narrativa individual del enfermo; en ocasiones parecen incluso despojarlo de su condición humana.

            Apenas caigo en la cuenta: recordar las heridas duele, pero no hacerlo debe ser todavía más terrible.

(Originalmente publicada en mi columna La Utora, en el periódico mexicano La Razón; imagen: Samuel Ashfield/ Fine Art America).

POR QUÉ NO ME VOY A CALLAR

Yo tenía ocho años. Él, dieciocho. Me obligó a hacer cosas y forzó entre mis piernas. Luego dijo que era mi culpa. Le creí, no dije nada.

Las mujeres estamos hablando de abuso sexual, violación, incesto, desaparición, feminicidio. No es divertido, señores. Odiamos lo atroz de este paisaje cotidiano y justo le ponemos palabras porque llevamos historias jodidas sobre la piel y también porque se merecen otra cosa hijas, hermanas, sobrinas, madres, amigas, desconocidas. Desde la Grecia clásica y hasta hace muy poco era normal que los hombres nos violentaran. Durante siglos fue lo esperado.

Hace un año, el 9 de marzo, miles paramos en lo laboral, nos encerramos sin Internet, no compramos nada. Luego del estruendo armado en la manifestación del día 8, el mutismo hizo tremendo eco. Ambos días dijimos nuestra rabia por esta cultura rapaz en la que una niña o mujer violada es un número. Como generaciones de feministas desde hace décadas subrayamos estar hartas del solapamiento estructural hacia quienes nos agreden. Un año después las cosas no han cambiado. Cito tres libros que leí o releí en semanas recientes:

“Aguascalientes: ‘Violó a su sobrina porque se le hizo fácil’
Campeche: ‘Violó a la niña y a la madre de ésta; dejó embarazada a la menor’.
Chiapas: ‘Muere bebé de siete meses víctima de una violación’…
Ciudad de México: ‘Invita a beber a una joven, la mata y la corta en pedazos’”. (Y así, noticias de cada estado).

“—Yo quería también quedar embarazada. Tener una nena.
Me miró. Le esquivé los ojos.
—Yo ni loca. Desaparecen”.

“Lo vi levantar sobre su cabeza un hacha de doble filo, con la fuerza del cuerpo a punto de caer sobre su objetivo. El hacha estaba dirigida a mí. Cuando atacó, se resbaló. Salí corriendo… ¿Por qué no le conté a mi profesor sobre el terror del que había escapado?”.

Son fragmentos de la poeta mexicana Karen Villeda en Agua de Lourdes (Turner), la argentina Dolores Reyes en la novela Cometierra (Sigilo) yla ensayista estadounidense Terry Tempest Williams en Cuando las mujeres fueron pájaros (Antílope). No se trata de excepciones. Si tienes vagina sabes que en casa, en la escuela, el trabajo y la calle, en el amor y la cama es normal que un tipo te vulnere.   ¿Por qué una entre cada tres de nosotras ha sufrido algún tipo de brutalidad de género pero ningún hombre conoce a un agresor? Porque hay que guardar el secreto. Es de mal gusto contar estas cosas. Ahora queremos despedazar el silencio y gritar lo que sea necesario, vociferar muchísimamente hasta que nadie lo vuelva a ver normal. Hasta que nosotras y ustedes construyamos otra forma de vínculo.

Yo tenía ocho años. Él, dieciocho. Dice Terry Tempest: “cuando una mujer no habla, otras mujeres salen lastimadas”. Por eso no me voy a callar. No nos vamos a callar.

(Originalmente publicada en mi columna La Utora, en el periódico mexicano La Razón; imagen: projectwarriorqueen.wordpress.com).

EL YOGA, UN SÍNCOPE Y LA PLUMA

Me estoy doblando en dos (es un decir). La idea es plegarme en dos más y luego otra vez, pero soy un fallido origami de carne. La voz de la maestra en YouTube es el marco contextual de mi taquicardia.

            Soy masoquista. Llevo diez años de hacer yoga, de intentarlo, de sudar cada pestaña en la sexta postura y aventarme otras veinte, me salgan o no. Empecé con este numerito en 2011, cuando una punzada me paralizó por meses al toser o correr. Me diagnosticaron dos hernias lumbares. “Y son grandes”, dijo el ortopedista. “Haz yoga. Tal vez evitemos la cirugía”. Nunca había tenido un dolor de espalda tan fuerte. Ni tan leve. Nunca había tenido un dolor de espalda.

            Mi novio de entonces tomaba clase de Bikram Yoga, así que con shorts de lycra llegué al salón. Pensaba que iba a ser aburridísimo, no imaginaba lo retador de sostener una postura o ásana mientras ves venir un síncope. Varias veces sentí morirme pero continué yendo porque soy necia. Desjuiciada. Al principio salía furiosa, preguntándome por qué pagaba para sentirme fatal, pero a los pocos meses noté que se espaciaban los dolores, hasta desaparecer. En al menos nueve años de practicar Hatha Yoga toso, brinco y me despatarro sin acordarme de las hernias.

            La práctica se conoce en India desde hace cinco mil años. La palabra yoga puede traducirse “unión” de cuerpo y mente, porque cada postura se trata de que la cabeza y los miembros se pongan de acuerdo sin que nadie muera en el intento (hay otras opciones interesantes): aunque las piernas creen no aguantar más, la cabeza dice que sí. Que encima voy a respirar como si nada. Cuando vislumbro que coinciden siento algo parecido a la felicidad.

¿Por qué sigo practicando? Esquivé la cirugía de columna y mi cuerpo es algo fuerte e intentadamente flexible, pero además me serena (un poco), me hace bajarle al acelere (no siempre). Y el trabajo sobre el tapete aplica también en la vida diaria: si no me rajo de las duras demandas del Hatha, si poco a poco avanzo, entonces puedo con lo que el encierro implica. Durante la pandemia ha sido delicioso tener un video como guía para estirar los músculos y darle descanso a la mente. Es mi cable a tierra.

            Además, el yoga tiene puntos de contacto con la escritura. En ambos exploras tu propio terreno: a menos que te tires de cabeza a intentarlo por años, con rigor, no sabes qué puedes lograr. Y ambos te ubican en la realidad, porque si bien hay una distancia descomunal entre donde estás y adonde quieres llegar, te acercas un paso cada vez que te ejercitas. La disciplina es innegociable tanto en el Trikanasana como con las palabras.

            De modo que ahí sigo, a ver mañana hasta dónde me doblo (o no).

(Originalmente publicada en mi columna La Utora del periódico mexicano La Razón).

¿QUÉ HACEMOS CON LOS MUERTOS?

Para Rosa, en especial

Es una crisis. Una devastación. Herida abierta en canal sobre el costillar, hecha “tan callando” que no entiendes cómo fue. Nadie te preparó. Si hubo indicios, los ignoraste. Carecías de lentes adecuados. Sabes que todos pasaremos por ahí, que la gente se va. Pero no tu hermano. No tu hijo, tu madre, tu amiga. Ellos no. Como sigues aquí, resulta inexplicable la desaparición de esa vida con la cual la tuya está hecha nudo. Aunque parece complicado, “es tan fácil morir, basta tan poco”, escribió Rosario Castellanos. Y viene el frío, el miedo de no verlos más. Luego otra vez no entiendes o más bien te niegas a ese bocado de pan duro. Se atora en la garganta. Y cómo duele que el amor, el muchísimo, no pueda nada contra el vacío.

Las cosas siguen como siempre y te asombra. Incluso te choca. La gente oye música, se pelea, hace el amor; el agua sale de la llave, el día se despereza. Todo es igual y nada es exactamente igual. Entre las mujeres dani, tribu de Nueva Guinea, es habitual amputar falanges de un dedo de la mano, como símbolo de duelo por un pariente. Así tú: te arrancaron, no sé, una pierna y ahora debes aprender de nuevo a andar. Además del hueco está el enojo contra quien se fue. La pérdida de palabras compartidas.

A todos nos ha tocado cerca. “Estoy repleto de ausencias / ya no me queda lugar donde no haga falta algo”, dice el poeta uruguayo, mi amigo, Gustavo Wojciechowski. En estos meses la muerte se ha crecido, orgullosa, y los difuntos duelen más de lo normal porque la pandemia impide abrazarnos. Cómo hace falta esa parte del ritual, la compañía de los nuestros al atravesar la aduana que nos vuelve en instantes viudos de padre, huérfanas de hermana, sobrevivientes de un entrañable. No me extraña que pueblos alrededor del mundo se hayan comido a quienes se fueron, para mantenerlos vivos. Toda la aldea de los yanomami, en el Amazonas, gime, grita, da fuertes golpes al suelo ante la partida de un miembro. Luego queman el cadáver y los parientes se comen las cenizas en una sopa.

Aunque tragar los restos parezca brutal, nuestra costumbre de enterrarlos o rendirlos al fuego no es menos salvaje. Desde el escritorio alcanzo a tocar la urna con las cenizas de mi madre. Murió en octubre. A veces le hablo con cierta culpa por haberla incinerado; mi hija le da golpecitos de cariño, como si la espalda sigilosa percibiera el contacto a través de la madera.

(Originalmente publicada en mi columna La Utora en el periódico mexicano La Razón; imagen de Héctor Bialostozky, local.mx)

CAMARÓN EN TONO LIGHT

“Soy gitano y vengo a tu casamiento / a partirme la camisa, / la camisita que tengo”. Lo repite como si la letra entera no fuera una barbaridad: me rasgo la única camisa que tengo y con ella van mis carnes porque te he querío tanto.

Un azar feliz permite que puedan verse en Netflix tanto el documental sobre el cantaor José Monge (1950-1992), Camarón, flamenco y revolución, como la docuserie Camarón: de la isla al mito. Ambos rozan lo grande, lo neto del niño de Cádiz que cantaba como un reventar de vidrios en el corazón y era, para colmo, güerito. El apelativo que le dio fama nació de que su tío lo llamaba así, camarón, por lo blanco.

Lo que antes era música de la gitanería, raza despreciada por tantos, con su garganta adquirió orgullo, atrajo a miles y hasta Quincy Jones quiso producirlo. Se dice fácil. Al inicio grabó varios discos de flamenco estricto con Paco de Lucía, pero con La leyenda del tiempo (1979) llevó el cante más allá de sus límites: lo contagió de blues, jazz, rock; le puso versos del poeta máximo, Federico García Lorca. A los puristas les chocó y nadie sabe por qué, si el flamenco es de suyo un híbrido de elementos indios, árabes, europeos, africanos.

Tanto el documental como la serie ofrecen el lujo de verlo cantar y subrayan la estética vocal de Camarón, cómo romperse de talento en cada tema lo convirtió en mesías para su gente, cosa sagrá: las madres llevaban a sus hijos para que los tocara. Pero a ratos casi cae mal esa figura despegada del suelo, demasiado perfecta. Ahí encuentro diferencias entre ambas producciones. En seis capítulos la serie de José Escudier trata con guantes al personaje y lo desinfecta (para estar a la moda), mientras el propositivo documental de Alexis Morante, narrado por el actor calé Juan Diego, aborda tanto el gusto por el alcohol y el cigarro, como los frecuentes arponazos del artista, no como los de Ahab en pos de Moby Dick, sino de heroína: habla de sus adicciones y del intento por limpiarse, recluyéndose. Va un hecho objetivo que ningún políticamente correcto puede desmentir: a la heroína se le conoce como potro o caballo. Bueno, puesel último disco que grabó explicita “Llevo dentro de mi sangre / un potro de rabia y miel, / se desboca como un loco, / no puedo hacerme con él”. El disco se llama, oh, azares, Potro de rabia y miel.

Muerto a los 41 años, Camarón fue hijo de su etnia, su arte y su tiempo, todos propensos al exceso. Los artistas encendidos como él no lo son por consumir, sino a pesar de la adicción. ¿Para qué purificar al cantaor, esa voz que casi no se aguanta de tan honda? ¿Lo siguiente es celebrar el bienportadismo de Janis?

(Columna publicada originalmente en el diario La Razón. Imagen: Sete, Camarón. La leyenda del genio).

JOSÉ ALFREDO, AL BILLETE DE CINCO MIL

Tengo once años. Fiesta familiar, mariachi incluido. Mis papás cumplen veinticinco de casados y la neta querían contratar a Frank Sinatra, pero tuvieron que conformarse con los tres miembros de un mariachi juvenil. Ahí registro por primera vez estas palabras iluminadas: “Con dinero y sin dinero / hago siempre lo que quiero / y mi palabra es la ley. / No tengo trono ni reina / ni nadie que me comprenda, / pero sigo siendo el rey”.

Desde mi pubertad incomprendida siento que floto al repetirlas. Acabo de descubrir al filósofo bohemio, al maestro, al poeta José Alfredo. Luego aprendo que en realidad ese himno no aplica a ninguna mujer ni adolescente como yo, sino a hombres, sólo hombres, personajes desaforados de la sufrición, que viven inmersos en las canciones del ídolo, sangrantes protagonistas del más aparatoso melodrama. Aunque vayan vestidos de ejecutivos o sean amantes progres, todos guardan en el clóset el traje de charro y cada noche lo acarician. Son dignos hijos del maestro.

¿Por qué ser uno de ellos convierte a un individuo gris en héroe de película mexicana, a-lo- Pedro-Infante? Primero, por prestigio masculino: como en el cine, también afuera de la pantalla es codiciado el papel del mujeriego que ellos envidian y ellas aguantan, del semental hecho y derecho (sobre todo lo segundo), capaz de hacer que todas se sientan mujeres. Pero no todo es sexual. En la película de cualquier clon de José Alfredo el romanticismo consagra aún más, a pesar del tufo a lugar común. Él es quien, enamorado, se entrega con desesperación, hace un altar para la damisela y le ofrenda sus botas, tequila y pistola, es decir, la esencia misma de su alma prístina. Él entiende que amar es jugarse la vida, que es el colmo del desengaño. Pero igual ama.

DUEÑO DE UNA ESTRELLA

El típico guion del asunto amoroso comienza así: un buen día, sin aviso, un tipo descubre a una mujer buena (de bondad) y santa, el astro más remoto del firmamento. “Quién me manda poner los ojos en una estrella que está tan alta”, dice la canción. Así, ya hay por quién sufrir. La película arranca.

Para conquistar a la amada, él baja el sol, la luna y las estrellas (todo de utilería, claro), mientras gorgoritea: “Ando volando bajo, / mi amor está por los suelos / y tú tan alto, tan alto / mirando mis desconsuelos, / sabiendo que soy un hombre / que está muy lejos del cielo”.

Corteja a la muchacha sorteando adversidades y desaires. Menosprecia a hordas que lo rondan por sus atributos físicos. Y de los otros. “Sobra quien me quiera [pero] sólo pienso en ti, morena”, apunta otra rola. Si por error del guionista ella está con otro hombre, con voz trémula él, clon de José Alfredo, se pasa un trago de tequila (o diez) y piensa lo mismo que el prototipo de Guanajuato: “Yo no sé matar, pero voy a aprender”. A pesar de todo, la damisela tarda en hacerle caso. Él no pierde ni un ápice de entereza porque, como sentencian las melodías: “No sé ni cómo ni cuándo, pero vendrás a buscarme” porque “yo he de ser tu dueño”. Cómo no, carajo.

De pronto, un día la muñeca (algo misógino, el término) sonríe coqueta. El bohemio, ya correspondido, resulta superior a todos los demás hombres. A pesar de su imagen ruda le dirá a su amada “cositas muy bonitas” (juro que así dice la canción).

MUJERES QUE PAGAN MAL

Sin embargo, llega el momento infausto en que la damisela se transforma en una mala mujer, porque abandona al amante. Amargura, golpes de pecho y estridencias son parte de la desgarradora escena. Sólo el alcohol puede domar el suplicio. “Cuando estaba en las cantinas no sentía ningún dolor”, canta el maestro, y es que en ese templo, entre botellas, el despechado es un campeón ya sin corona, pero aún legendario.

La imposibilidad de que una hembra deje al clon de José Alfredo ni se cuestiona. Por tanto, el coraje ante el abandono es apenas razonable. Menospreciados su insuperable amor y entrega, lo único que le queda es perderse entre tragos y atragantos y, ocasionalmente, en medio de la zozobra etílica, llevar mil serenatas. Si en el intento muere o lo matan, “me harían un favor”, apunta el poeta. Tiempo después, mucho quizá, cuando su corazón haya sanado a punta de caballitos de tequila, se burlará finamente de la ingrata, quien seguro, seguro, se arrepintió y tiene ahora que soportar su culpa.

Sobra decir que el bagaje emocional josealfrediano es binario: ama hasta la exageración o desprecia con idéntico ardor. Ese puñado de sentimientos le basta para transitar por la vida. No es que sea primitivo, no. Es excesivo, como un Dios, pero nunca concede su perdón.

AL BILLETE MÁS ALTO

Aunque desde mis once años hasta hoy algo he avanzado en mi entendimiento del protohombre llamado José Alfredo y de sus clones o aprendices, hace días tuve una visión y comprendí la pasmosa metafísica de este drama nacional.

El propio charro (el mero mero José Alfredo) se me apersonó en una nube de luz. Tambaleante y aún con el hedor que deja el alcohol rancio me hizo entender: si cayera en el olvido, junto con él se perderían también los mariachis, el cine mexicano, las puras mujeres puras que sólo viven para ser conquistadas porque nada más vale la pena, las parrandas, el tequila, vaya, hasta Chavela. ¿Dónde quedaría la identidad nacional? ¿Qué cantaríamos los mexicanos cada noche de juerga? ¿Con qué aliviaríamos las abolladuras sobre el corazón?

Ante tal amenaza de orfandad, él, un sufrido literal, abnegado de la farsa, sacrificado del cliché, sigue cumpliendo su papel inspirador: lo mueve el puro celo patrio. Por eso a 95 años de su nacimiento tiene un altar en cada cantina y en el corazón de todo mexicano que se precie. En especial, si es hombre. Y macho. Por eso, José Alfredo debería estar en el billete de cinco mil pesos que se creara a propósito suyo.  

Al fin y al cabo sigue siendo el rey.

(Publicado en el suplemento El Cultural del periódico mexicano La Razón, 16 de enero, 2021).

ME VAN A DISCULPAR

“Estoy muy contenta de que existe yo”.

Algo similar confesó un hijo de Clarice Lispector; lo leí en Por qué este mundo, biografía de la escritora. Retomo la idea porque hoy me celebro: empiezo a zancadas una nueva vuelta al sol y me van a disculpar pero estoy contenta de existir. Me gusta la persona que voy siendo. Me caigo bien.

         Costó trabajo llegar a este punto del camino. Justo por eso lo ocupo oronda, años de terapia, meditación y mucha yoga mediante. Tengo colección de vacíos, más hartas derrotas que pulsan y una lucha contra el resentimiento, pero el azar me regala las presencias de mi adolescenta, mi familia, mis fraternos no de sangre, m­is lectores. Del amor que asoma. Abrazo los muñones de sombras de quienes me faltan y sigo caminando, porque el balance es positivo: agradezco el absoluto privilegio de ser tan querida, que las palabras sean mi casa y mi oficio, que mi curiosidad por aprender se mantenga ilesa.

Aplaudo que aunque no soy nada especial, me tengo a mí misma, no soy maliciada, me complace la vida que he elegido. Eso es mucho en los tiempos que corren. De modo que sí, estoy muy contenta de que existe yo. Salud.

UN POCO DE MONSIVÁIS, PARA ABRIR BOCA

En estos primeros días del año, aletargados y empijamados, se antoja echarse en la cama (ejem, o no levantarse) para ver algo que divierta y alimente un poco las neuronas.

Por eso me atrevo a proponer este programa que conduje para TVUNAM. Se titula “Soy optimista, creo en mi mala suerte” y con él recordamos en 2020, en la televisión mexicana, los diez años de la muerte de Carlos Monsiváis, uno de los escritores nacionales más ricos y diversos de sí mismos, que tocó casi todos los géneros, opinó sobre una barbaridad de temas y nos impresionó con su agilidad mental.

Fue un placer absoluto hacer el guion y luego conducir el programa. Ojalá lo disfrutes.

CINCO LIBROS PESADOS DE 2020

Soy atascada. No hay freno que me detenga cuando se trata de leer. Muy pocas cosas me arraigan tanto a este mundo. Quiero morirme haciéndolo, porque nada me vuela la cabeza de igual manera. Eso no significa que disfrute todo, tampoco. Le doy cincuenta páginas a un autor para conmocionarme a partir de, al menos, una frase o una trama; si no sucede, esa relación no es para mí.

 Me asumo necia al resumir en cinco títulos este 2020 en el que me empiné unos ochenta libros, pero me aguijonean las ganas de compartir una mínima selección de lo que me hizo eco por dentro. Aquí van.

CUENTO. Son veinte escritoras, conozco a tres. Las restantes incluidas en Vindictas. Cuentistas latinoamericanas (UNAM / Páginas de Espuma, 2020) ni siquiera me suenan. ¿Cómo en cuatro años de licenciatura y dos de maestría en Letras jamás oí hablar de la ecuatoriana Gilda Holst, la colombiana Marvel Moreno, la puertorriqueña Rosario Ferré, la panameña Bertalicia Peralta? Propongo hacer escándalo de esta antología que incluye autoras soberbias, relegadas por el canon. Chapó.

ENSAYO. Me topé con Teoría King Kong, de Virginie Despentes (Literatura Random House, 2020) y fue un trancazo su idea de que la prostitución implica una alternativa de libertad para muchas mujeres —claro, no para quienes son víctimas de trata de personas— y que desdramatizar la violación puede darnos un poder innegociable. Así lo plantea, retomando a Camille Paglia: “Si te sucede, levántate, dust yourself, desempólvate, y pasa a otra cosa”. Un terremoto para ideas preconcebidas.

NOVELA. La hija única, de Guadalupe Nettel (Anagrama, 2020), aborda el desbarajuste emocional, la salvajería y los borbotones de luz que implican las maternidades, en especial las complicadas (¿existe alguna sencillita?). Si bien las últimas páginas me parecieron flojas, el “parasitismo de puesta” y el amor animal entre Alina e Inés estrujaron mi vulnerabilidad, los rincones de mí que ven muy poco la luz. Grande como una casa.

GÉNERO ECLÉCTICO. Comparto con Fernando Fernández vocaciones varias: la poesía, los gatos, los árboles. Y aprendo de él en cada una. No sólo por eso disfruté tanto Viaje alrededor de mi escritorio (Bonilla Artigas Editores, 2020), reunión de textos de su blog Siglo en la brisa, sino porque es como quien platica sabrosamente.

(Originalmente publicado en el periódico mexicano La Razón. Para terminar de leer da click aquí).

MI CASA, UNA BESTIA

La tenía por conocida. Por muy familiar. Falso.

Llevo diez años aquí. En julio de 2010 la casa era un mamífero dotado de costillas bien plantadas y músculos inmóviles. Antes vivía en ella una anciana, quien al no poder subir escaleras acondicionó su cuarto y baño en la planta baja. Olvidó el resto.

Cuando llegamos, la bestia casi no respiraba de puro tedio. Al principio nos miramos con recelo, midiendo las fuerzas de la contraria. Yo llevaba las de perder porque estaba en sus vísceras, una Jonás (¿Pinocha?) recostada sobre el píloro de la ballena, pero fui más hábil que el héroe bíblico: no llegué sola, sino con hija y un camión de mudanza. No iba a atacarme a traición, le tenía invadidos los adentros.

Durante este tiempo nos hemos soportado, incluso nos tenemos cariño. Ninguna hiere a la otra más de lo decente en cualquier familia. Yo he aprovechado todo hueco disponible para libros o plantas, mi adolescenta hace retumbar de música cada juntura, entre las dos armamos rompecabezas en su panza. Mi hermano y mi mamá, muertos hoy, nos visitaron muchas veces. Amigos, novios de una y otra nos han acompañado en su interior. A mi vez le conocí la humedad en alguna membrana, el escándalo de una tormenta en la cabeza, el rechinido en una pata. Supe que el hocico se le inunda a veces.

Pensé que ya no teníamos secretos pero este año, tras pasar muchísimas 24 horas encerrada, le descubrí ángulos. Por ejemplo, la luz que recibe a lo largo del día: en la mañana se difumina, como tanteando. Es una claridad ambiental. Conforme avanza la tarde se presenta más concentrada, hasta que un rayo se arrastra sobre el espinazo del animal. No sabía de esos instantes de juego.

(Texto originalmente publicado en la revista mexicana Nexos, diciembre de 2020. Para terminar de leer da click aquí).

MI DE VERAS LUGAR DE SALVACIÓN

Una anciana analfabeta y con el ojo vacío cuenta romances antiguos de guerras. De amores. Mejor dicho: no los cuenta, los canta. La mujer, poquita, reúne a chicos imantados por sus historias. Cuando fallece y la velan, una niña que solía escucharla piensa, por primera vez, que a partir de las palabras quizá el ser humano pueda triunfar sobre la muerte. Ella es, años después, Lídia Jorge, escritora portuguesa quien el sábado recibió el Premio ­FIL de Literatura en Lenguas Romances.

            En su discurso la narradora habla de María Encarnación, tocada por el fulgor poético y que, sin embargo, no conoció la felicidad de los libros. Imagina a la vieja cimbrada ante la escritura de Pessoa, Camões, Yourcenar, Dante, Cervantes, Woolf, Rulfo y Agustina Bessa-Luís, los viajes interiores que hubiera podido dar asumiendo la poesía como su forma de engañar al destino, de no sentirse por un rato la señora añosa sino alguien más, porque “¿no es acaso la literatura la prueba de que uno se puede convertir en otros a través del lenguaje? ¿Y esa fuerza de alteridad no es acaso tanto el motor de la belleza como la base de la compasión?”, se pregunta.

            Sus palabras cortan como bisturí hasta llegar a mi hueso más hondo, a la certeza que ahí tengo tatuada: la poesía y la narrativa no sólo regalan belleza, también me permiten trascender la limitada condición humana, vivir la existencia de otros. De mi enemigo incluso. Cuando leo, los encuentro demasiado similares a mí misma en el miedo, la alegría, el asombro. Imposible no darme cuenta de que soy ellos. Necesito a los demás para mirarme. José Gordon, mi amigo, lo resume con tino: “Al leer nos metemos por un instante en el incendio que ocurre dentro de la piel de otra persona”.

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DICCIONARIO DE PALABRAS QUE NO EXISTEN

María Luisa la China Mendoza apuntó que las “posesiones detraseriles” de su protagonista Ausencia eran de no creerse, en tanto Jorge Ibargüengoitia decía hablar “en guanajuatense distritofederalizado”. En un instante, ambos adjetivos pintan en mi cabeza rasgos delimitados. Qué lujo. No requiero descripción adicional de la virtud detraseril ni de la mezcla de expresiones de allá y aquí. Ahora recuerdo que en 2016 un italiano de ocho años, Matteo, escribió en una tarea que equis flor era “petalosa”. La maestra, fascinada ante el nacimiento de una nueva voz con todas las de la ley, convenció al niño de escribir a la Academia italiana para tener una opinión calificada. Ésta llegó: “La palabra que inventaste está bien formada, es hermosa y clara. Si muchos comienzan a usarla, podría ser incorporada al diccionario de italiano”.

            Me pasa a cada rato. Urgirme un término que debería existir, pero no ha sido inventado. Hace días quise aludir a un tipo a quien la mala suerte zarandea. Algo así como el Coyote del Correcaminos, al máximo volumen. Quería comunicar todo eso en una expresión, sin perífrasis, y acuñé sobre la marcha “vieras qué malsuertado”. Y es que la lengua es el terreno más salvajemente fértil. Hace brotar cada día un número incontable de boniteces que cualquier hablante de español entiende, sin haberlas oído antes. David Toscana se lamenta del “vosótrico español” cuando aborda las chocantes traducciones de libros hechas en España y la poeta Idea Vilariño habla de ser “una mujer ansianhelante”, mientras un personaje de Fernando Vallejo sugiere con ironía atajar el crecimiento de los barrios pobres a través del procedimiento de “cianurarles el agua”. Derivan de voces existentes, a las que añadimos prefijos o sufijos para travestirlas, ubicarlas en otra categoría gramatical. Me impresiona qué bien mueven la cadera aquellas “transcurridoras nubes” de Vicente Aleixandre y cómo en el siglo XV, Rodrigo Cota pintó de golpe al hombre “excusero”.            

Quisiera inventar el Diccionario de las palabras necesarias que no existen. Este 2020 añadiría una que describa de trancazo cuánto me pesa estar ajena de mi gente, otra para contar cómo se me alegran los acentos cuando mueves así el hombro, una sola que junte en pocas letras todos los quieros expansivos que tengo por mi hermana…

(Da click aquí para terminar de leer mi columna en La Razón).