LAS FLORES GRITAN

A la memoria de Dalia Perkulis

Es monstruosa la maldad. No conoce límites ni pudor, se rebasa a sí misma, el horror absoluto. Es audaz de la forma más descolocante: busca nuevas maneras de arrancar con los dientes un pedazo de otro ser humano, masticar un poco para luego escupirlo. Degradarlo.

            Brenda tenía cuatro años. En junio la violaron y asesinaron en su casa en Chichiquila, Puebla; los atacantes son tres vecinos (el mayor, de 20 años). Durante julio, Luz Raquel Padilla Gutiérrez fue quemada viva en Zapopan, Jalisco. Su hijo, de 11 años, tiene una condición de autismo y cuando cae en crisis hace ruidos molestos para su vecino, quien la amenazó de muerte. Cuatro tipos y una mujer rociaron con alcohol a Luz Raquel en un parque y le prendieron fuego; a los 35 años murió con noventa por ciento del cuerpo carbonizado. Brenda Jazmín, de 38, buscaba a su hermano, víctima de secuestro; fue torturada y asesinada en Cajeme, Sonora, hace días. Debanhi Escobar, de 18, no murió accidentalmente en Nuevo León: cien días después se confirma que la asfixiaron.

            Tenían vida, toda la que se puede alojar en las arterias, el hígado, las pupilas, la lengua. Sobrevivieron a accidentes, enfermedades, la pandemia, pero en un instante de exterminio dejaron de ser. Ya no están ni son. No pueden. Carajo, ¿qué podían haber hecho para seguir aquí? ¿Saltarse los cuatro años, estrangular al hijo para que no incomode, olvidar al hermano, no salir jamás a una fiesta aunque tengas dieciocho?

            Me enciende los corajes la muerte ensañada, multiplicada por miles, «el poder de los pocos / y el gemir de los muchos», escribió Enriqueta Ochoa. Porque Brenda, Luz Raquel, Brenda Jazmín y Debanhi no se murieron. Las mataron. Ahora mismo leo a Judith Butler y le pongo palabras: como mujer pertenezco a una categoría asesinable. Por estar viva soy foco de acoso, violación y feminicidio, pero también por estar viva reivindico mi derecho a nombrar a las muertas, subrayar sus historias.

            Mientras busco algún modo de no bajar los brazos, no resignarme ante esta sociedad que chapotea en sangre de nosotras acudo a esto, del chileno Raúl Zurita sobre las masacres en su país. Tiene la fuerza de la poesía para expresar de manera renovada la rabia feroz. No podemos acostumbrarnos a lo pavoroso, lo tremebundo, que lastima la tierra misma: «… Las piedras gritan. Nadie, salvo las piedras son capaces de gritar así. Las flores también gritan, pero sólo cuando las dobla el viento. Oí campos enteros de flores doblarse en el viento.

            Les vaciaron los ojos ¿sabías? les arrancaron los ojos de las cuencas. Por eso en estos poemas nadie ve, sólo oye. Las flores oyen y gritan a veces al doblarse bajo el viento. Los rostros no ven. Las piedras están locas y sólo gritan.

            Nadie ve. Tal vez las cercenadas flores se aman».

(Originalmente publicado en mi columna La Utora, en el periódico La Razón; imagen: blog.timesofisrael.com).

NOSOTROS, LOS NO-HÉROES

«Felices los normales, esos seres extraños. / Los que no tuvieron una madre loca, un padre borracho, un hijo delincuente, / una casa en ninguna parte, una enfermedad desconocida, / los que no han sido calcinados por un amor devorante», escribió el cubano Roberto Fernández Retamar a mediados del siglo XX. «[Felices] los que vivieron los diecisiete rostros de la sonrisa y un poco más. / Los llenos de zapatos, los arcángeles con sombreros, / los satisfechos, los gordos, los lindos […]».

            Recuerdo ese poema al citarlo mi Alma Delia Murillo en La cabeza de mi padre, el libro salvajemente bello que explora esa lava caliente en las venas y se llama familia. Añade la autora: «Difiero en un punto esencial con Fernández Retamar, si se me permite: los satisfechos no son felices, son cómodos; y la comodidad es una enfermedad degenerativa y mortal». Ciertísimo. Tanto el poema como la apostilla me hacen pensar en nosotros, los anormales.

            Quienes asumimos serlo padecemos el raro mal de sentarnos al borde del lago por la tarde para otear la arquitectura de la luz y la belleza, como si pudiéramos erosionar la desgracia. Salvar al sol de cada noche.

            Los anormales no usamos uniformes ni somos uniformes, cada uno recluido en su cabeza inconforme.

            Los anormales pecamos de insolencia. Brincamos a la hoguera devorante tomados de la mano, seguros de la inmortalidad. Enaltecemos el azar y apretamos un pedazo de papel con el nombre que da sentido a las comisuras de este julio.

            A los anormales nunca nos contratan para hacer cuentas ni porcentajes, se nos hace engrudo la ganancia. Somos imprácticos, sólo pedimos heredar una cesta de manzanas.

            Los anormales, como «Los amorosos» de Sabines, vivimos «al día». No podemos hacer más, no sabemos.

            Nosotros, los anormales, huimos de quienes jamás se desbarrancan, porque eligen el mismo sillón cada mañana y nada les pica en el cuerpo. Ellos no aprenden a reírse de sí mismos.

            Los anormales no somos héroes, aunque nos aventuramos en callejones sin salida y aceleramos el paso justo antes de chocar de frente contra el muro de la decepción, de la costumbre, para luego empezar de nuevo, vapuleados pero ciertos: ha valido la pena.

            Los días de los anormales pasan en ocupaciones anodinas: esperar que se revelen las palabras, se rebelen, acariciar la soledad, asediar la música que vence los silencios demasiados.

            Como sabe la uruguaya anormal Cristina Peri Rossi (se describe como «la advenediza / la perturbadora / la desordenadora de los sexos»): nosotros somos quienes hablamos la lengua de los conquistadores, pero decimos «lo opuesto de lo que ellos dicen».

            A quienes somos anormales nos gusta mirar la vida muy de cerca, como dentro del autódromo de carreras. Por eso a veces nos lleva el carajo, sí, pero a veces no. Hoy no. Al contrario.

(Originalmente publicado en mi columna La Utora, del periódico La Razón; imagen: Holly Hudson, Flower Skull Print).

ESTO ES ESCANDALOSAMENTE LIBERADOR COMO MUJER

Imagen: Katarzyna Skulik, Fine Art Amerrica

Según miles de hombres mexicanos, pertenezco a un género que pueden manosear, penetrar y asesinar a voluntad, sin consecuencia. Sienten el derecho natural (avalado por la religión) de vernos como objetos. La educación heredada ha normalizado la violencia, por generaciones la ha explicado como así son ellos. Aprendemos que si alguien nos obliga a tener sexo mejor no decir nada, es la máxima vergüenza, de tan mal gusto.

            En el otro polo, la neoyorkina Camille Paglia escribió en los noventa esto revulsivo y fascinante sobre el tema: «Corre el riesgo, asume el reto [del juego sexual]: si te violan… es algo que el riesgo de la libertad lleva implícito, [la libertad que las mujeres hemos exigido. Acéptalo. Levántate, sacúdete el polvo y sigue adelante» (traducción mía). La francesa Virginie Despentes recuerda el impacto de leer ese texto tras ser abusada por tres chicos a los 17 años: «Se instala en mí una paz interior… Pensar por primera vez la violación de una manera nueva… Alguien valoraba la capacidad de recuperarse, más que explayarse en la serie de traumas… Desvalorización de la violación, de su alcance, de su resonancia… Una libertad increíble de desdramatización».

            Aunque en cierto modo la propuesta de Paglia acepta la fatalidad, coincido absolutamente con ella en lo espléndido que sería disminuir la carga destructiva de silencio que rodea el ataque sexual, derivada del puritanismo que subraya la vagina como lo único valioso de una mujer y el tesoro máximo que debe guardar. ¿Podemos desarticular la narrativa de siglos sobre el asunto, quitarle el peso de la degradación, obviar el trauma de perder la virginidad, como si viviéramos en el México porfiriano? ¿Si transmitimos a las víctimas de violencia sexual que son mucho más que esa historia, que no están condenadas a habitar un desastre continuado porque con apoyo profesional tanto el sexo como la vida pueden estar hinchados de gusto? ¿Si hablamos con las niñas del riesgo y sugerimos que si quieren abusar de ellas intenten orinarse, vomitar o gritar, además de contarlo a un adulto confiable? ¿Si les hablamos de nuestras experiencias al respecto? ¿Si enseñamos a los niños que violar mutila su dignidad humana? Es decir, ¿qué tal si suprimimos la fuerza del secreto?

            Según el sistema masculino, una mujer vulnerada carece de valor, aun ante ella misma. Sigamos luchando contra las violencias de género y usemos tanto la rabia como la fuerza de las palabras para cambiar ese marco mental, para diluir lo empequeñecedor de una violación y ser «algo más que víctimas», dice Jimena González en un poema. El silencio tanto como la vergüenza subrayan repetidamente el dolor de un ataque (lo viví a los ocho años, aquí he hablado de ello), entre otras agravantes.

            Normalicemos esta conversación. Restar culpa y sigilo al forzamiento nos dará un poder insospechado. Escandalosamente liberador.

(Originalmente publicado en mi columna La Utora en el periódico La Razón).

«¿PARA QUÉ LEER POESÍA?»

Abro Twitter y encuentro esa pregunta de un seguidor a quien no conozco. Al mismo tiempo se me ocurren ninguna más veinte respuestas, entre ellas «porque la poesía ayuda a vivir», como afirmó Eliseo Diego.

            Evito contestar a bote pronto y volteo los ojos bien hacia adentro. Me pregunto con toda la netez que me cabe en el cuerpo por qué cada día busco versos, memorizo sonetos, mantengo a la mano a mis autores indispensables. Ahí está la respuesta: lo hago porque mi historia personal, como la de todos, disimula un espacio insondable, oscurante, un precipicio de tinieblas en el que a veces cae el ánimo. Y en ese abismo existen corrientes subterráneas capaces de arrastrarme río abajo. «There are tides in the body», asentó Virginia Woolf. Ella sabía de lo que hablaba.

            Al leer un poema sólo puedo encontrar lo que ya tenía bajo la piel. Únicamente me provocan eco los acontecimientos interiores míos que se parecen a los de ella y él, quienes hace cuatro siglos o una semana garabatearon pocas líneas. Con frecuencia unos versos arrojan luz a mi despeñadero y le quitan algo de su cualidad aterradora. Poco a poco me enseñan a mirar de frente la oquedad que se llama culpa, miedo, ostracismo, tristeza, tedio, parálisis, muerte. Joan Margarit afirmaba que el trabajo del poeta infunde en la soledad de las personas un cambio que las dota de un mayor orden interior, «frente al desorden continuado de la vida». Eso. Exactamente eso. En mis daños no estoy sola, aprendo. Formo parte de la difícil humanidad y en esa medida nada de lo que me duele es nuevo. Cómo reconforta el vínculo con mi semejante, de uno a uno.

            Pero hay más. No siempre requiero empatía cuando abro un volumen. Algunos días busco un shot de belleza, la perfección compacta que aparece tan fresca y solar en la escritura de Sor Juana, Juan Gelman, Anne Sexton, Ramón López Velarde, Delmira Agustini. Es como si ahorita mismo acabaran de exprimir, para mí, ese jugo de naranja impresionante. Su escribir vicioso, color más allá del color, se mete en la sangre para siempre y la ilumina. No precisa camino de salida.

            Se cuenta que al preguntarle a Théophile Gautier para qué sirve un poema señaló: «Sirve para ser bello. ¿No es suficiente?». Si la frase puede ser apócrifa, no lo es la defensa que ese artista hizo de la estrofa soberbia, estética, esculpida como sobre mármol. La que no es un medio, sino un fin en sí mismo. El esplendor formal implica «el rasgo más altivo y delicioso» que pueda haber, escribió el francés, y eso justifica su existencia.

            Ya sé mi respuesta al mensaje de Twitter: «¿Para qué leer poesía? Para saberme no sola y además empaparme de belleza. Me parecen razones más que suficientes».

(Originalmente publicado en mi columna La Utora del periódico La Razón; imagen: behance.net).

EL MÚSCULO DE MI LEALTAD

No deja de crecerme en los adentros.

            La universidad fue decisiva en mi formación. Llegué a C. U. desmantelada, venía de un contexto opresivo: la castración sectaria como recurso para dominar. El miedo al cuestionamiento. En los cuatro años más desgreñados que puedo recordar me reconstruí mientras cursaba la licenciatura en Letras Hispánicas. En la Facultad de Filosofía y Letras, gracias a maestros, compañeros y libros solté el fardo del dogma impuesto para luego reconciliarme con la discrepancia, con el pensamiento contradictorio, nunca lineal. Me volví a hacer. Confirmé lo que sabía desde niña: lo mío era ser lectora profesional y, por extensión, escritora, porque una alta dosis de mi felicidad se soberbia en las palabras, por eso comparto su belleza superlativa. Son mi definición de cara al mundo. Tal vez lo podía haber aprendido en otro espacio, pero fue en la UNAM. Ahí me arraigué.

            De inmediato vinieron dos años de la maestría en Literatura Comparada, en los que reafirmé la devoción puma. Y aunque iba a dedicarme a la investigación, la huelga del 2000 fue un balazo entre las cejas: a la crisis personal por un divorcio le añadió incertidumbre laboral y económica. Me urgía piso sólido. Tuve que aceptar una chamba fuera del ámbito docente, pero dejé puesto un pie en C. U. En todos estos años he dado clases e impartido diplomados, edité por años una revista académica y varios libros, desde 2017 hago programas en TVUNAM, ahora mismo me privilegio de presentar en la televisora los conciertos de la OFUNAM. Tengo bien entrenado el músculo de mi lealtad universitaria.

            Lo traigo a cuento a raíz de la reciente visita de Irene Vallejo al territorio de mis afectos. En la Sala Nezahualcóyotl, donde cientos nos sacudíamos de entusiasmos, escuché a la filóloga española platicar con escritoras y académicas que admiro: Rosa Beltrán (por cierto, mi notable maestra en el posgrado), Socorro Venegas, Elsa Margarita Ramírez. Hablaron sobre el espléndido volumen El infinito en un junco. Apuntó Irene: «El libro es mucho más que un objeto, también es la suma de nosotros, comprende la comunidad de quienes lo amamos y nos apasionamos por él: lectores, bibliotecarios, promotores, profesores, todos somos parte de su resistencia. Si bien es una resistencia silenciosa, de ningún modo se encuentra en vías de extinguirse: está viva y es mucho más numerosa de lo que nos decían».

            Antes no le había puesto palabras: hoy me reconozco parte de esta cofradía libresca que rebasa fronteras tanto geográficas como temporales y resulta pasaporte de identidad. Descubrí en la universidad, gracias a ella, que la lectura es mi instrumento para aprehender el mundo. En aulas y bibliotecas encontré que los libros «nos dan una postura, una respiración distinta», como escribe Fabio Morábito.

            La UNAM no deja de crecerme en la mera médula.

(Originalmente publicado en mi columa La Utora en el periódico La Razón; imagen: px.here.com).

ESOS AMORES CAPACES DE ATURDIR

¿Uno puede sentirse «devastado de dulzura»? ¿Es como tener la certeza de que la persona que ahora acaricio es «la única criatura viva sobre la tierra» (o, al menos, la única importante para mí en la pecera), de forma que incluso me aviento la puntada de afirmar: «tu sangre es mi alimento»?

            El poeta siciliano Salvatore Quasimodo y la bailarina milanesa Maria Cumani se conocieron un día de 1936 que empezó como cualquiera. Ella tenía veintiocho años, él andaba en los treinta y cinco. Nada anunciaba terremoto, conflagración cósmica. Empezaron una historia que los llevó a amarse desde los hígados, ponerse de acuerdo y de no-acuerdo, crear cada uno en su arte gracias al halo de luz que les daba estar juntos, tanto que Quasimodo aventuró en carta a ella: «Quizá [éste] sea el punto más alto de nuestra vida». No le pregunté, pero es posible que tuviera razón.

            Es que al poeta ese amor se le agigantó entre las manos. Su pluma convirtió los besos en versos descomunales, en gestualidad sustantiva y temperatura verbal, en palabras en las que yo puedo reconocerme y también tú, porque al perdernos en la empresa del enamoramiento todos nos parecemos. De golpe, la soberbia nos define. Somos omnipotentes. Si ayer la vacilación era sello de la casa, hoy el hechizo nos afirma en la inmortalidad feroz. Cada día irradia una potencia inédita, que tal vez estaba ahí, pero no podíamos ver. Salvatore afirma con la jactancia del amante: «Internados en nuestra sangre nos nutriremos de nosotros. ¿Quién podrá vencernos?».

            Y, por supuesto, como barruntaron los trovadores del siglo XII, el ser que elegimos se vuelve nuestro dueño. Nuestra deidad particular. Quasimodo le escribe a Cumani: «¿Pasará también esta noche, dios mío, sin verte?». La minúscula del «dios mío» es importantísima. No se trata de una interjección, no es como si dijera: «¿Pasará también esta noche, uf, sin verte?». No. En el contexto del libro la minúscula indica que le está hablando a su dios individual, al suyo de sí, cuya ausencia insoporta. Y por supuesto que lo entiendo, he estado ahí: luego de rozar lo sagrado, ¿cómo aceptar el achatamiento diario? «Yo, junto a tu corazón, escucho tu nacimiento sensible, lento, pero exuberante y potentísimo… En ti espero salvarme, salvarnos». Qué grosería es el amor que aturde, que nos devasta de dulzura.

            Encuentro esta sustancia en Signo de león, libro de Salvatore Quasimodo publicado por anDante en 2021. Comprende cartas del autor a la bailarina durante dos décadas y también algunos poemas, vía directa a la belleza que habla de mí, de ti, de nosotros. La traducción sabrosa es factura de Myriam Moscona y Guadalupe Alonso, la hermosean ilustraciones de Jan Hendrix, la redondea un texto de la poeta Menchu Gutiérrez. Es de las mejores lecturas que me han habitado en meses.

(Originalmente publicado en mi columna La Utora en el periódico La Razón; collage de André Sánchez, thepluspaper.com).

AQUÍ, LA PASMOSA COMPLEJIDAD DE ESTAR VIVA

¿Una sonata puede ser peligrosa? Sí, cuando un tipo atroz la vuelve encarnación de su desequilibrio, de alterarse ante la «belleza perturbadora» de su esposa y sentir por ella el rencor recíproco que es tan común entre casados. Él mismo cuenta la historia: su mujer, madre de cinco hijos y pianista de cenas familiares, un día se entusiasma ante la idea de interpretar piezas para violín y piano con un vecino, también aficionado. Por invitación del propio marido comienzan a ensayar en casa de la pareja. Mientras él cree descubrir coqueterías entre los intérpretes, una bestia de celos le respira al oído: desarrolla por su mujer un odiamiento «como no recordaba haber experimentado nunca». Y alimenta su furia. La exacerba. Por qué no.

            Al narrar la noche en que esposa y vecino tocan la Sonata a Kreutzer, de Beethoven, el encelado pregunta a su interlocutor: «¿Conoce usted el primer presto?¿Lo conoce? ¡Uh! ¡Qué cosa tan terrible esa sonata, precisamente este presto! ¡Y qué cosa tan terrible la música en general! ¿Qué es? No comprendo… La música me hace olvidar mi situación verdadera… me transporta al estado de ánimo en que se hallaba el que la escribió. Me confundo con su alma, y paso con él de un estado a otro».

            Hablo de la novela de León Tolstoi, Sonata a Kreutzer (1889), de título idéntico a la composición de Ludwig van Beethoven (1803). No espoileo nada, porque desde la página 24 el protagonista dijo «soy Posdnichev, el mismo que ha matado a su mujer», pero por favor regálate la escucha y la lectura. Si bien impresiona la tensión soberbia, el desgarro psicológico, la misoginia que ha cambiado poco en cien años, al releer la novela me deslumbra cómo el ruso interpreta en verbos y adjetivos el tsunami de emociones que provoca el compositor alemán. Qué fuerza expresiva, explosiva, implosiva. Claro, el personaje de Posdnichev justifica su brutalidad humana a partir del jugar de instrumentos, de ese perseguirse lúbrico de notas, pero es un hecho que a siglos de distancia, la música puede alojar y aloja, simultáneamente, una colina de sol y una caverna violentísima.

            Ante la cotidianeidad que desgasta, tanto la Sonata en novela como en pieza musical me instalan en el espesor de la realidad, sugieren lo que ni yo sé que me habita los flancos, «esa blasfemia / que todos escondemos / en el rincón más lóbrego del pecho», escribió Rosario Castellanos. Respirar es de una pasmosa complejidad: llevo dentro la infamia y el tumor, las fisuras por el rechazo, la belleza exacerbada, el asombro, el deseo que aniquila. No uno u otro. Todo. Al mismo tiempo. El arte de Beethoven y el de Tolstoi me son indispensables porque rozan la catástrofe vital y me recuerdan, como dice la poeta, que “mi corazón no es mi corazón, / es la casa del fuego».

(Originalmente publicado en mi columna La Utora en el periódico La Razón).

URGE CUESTIONAR (CASI TODAS) LAS MATERNIDADES

Ana Gallardo en la exposición Maternar, en el MUAC de la UNAM.

Me refiero a las que por siglos aprendimos del sistema masculino, las culpígenas, tiránicas, abrumadoras y renunciativas. La propaganda de toda mujer debe ser madre para estar completa dominó mientras nuestra opinión permanecía en la sombra; desde los setenta y en especial en este siglo XXI hemos centrado el foco en lo torcido de ese modelo impuesto.

            En la cinta Las razones del corazón (guion de Paz Alicia Garciadiego, dirigida por Arturo Ripstein), una mujer frustradísima no se cuadra ante su hija-dictadora que le exige tanto como otras niñas demandan a sus mamás normales, es decir, abnegadas. En un punto pide que se lleven a la pequeña, “antes de que me la cobre con ella, si no con quién, es el chance que me da la naturaleza, cobrarme con ella las jugadas del destino”. En igual línea va La hija oscura, de Maggie Gyllenhaal.

Es terrorífico el presupuesto poco palabreado pero no menos real de que si al criar renuncio a mi vida, la de la criatura pasa a ser mía, como cuando Mamá Elena prohíbe a Tita casarse: “por ser la más chica de las mujeres te corresponde cuidarme hasta mi muerte”, escribió Laura Esquivel. Así, cantidad de generaciones. Mucho ha cambiado, pero infinidad de nosotras no pueden desobedecer el mandato social de sacrificarse por los niños y continúan pasándoles factura
de chantaje.

Hoy, Día Internacional de la Mujer, hablemos de cómo desmontar el maternaje sacrificial. De entrega absoluta. Nocivo. Y cuánto ayuda el arte para discutir temas como el reciclaje contemporáneo de la esclavitud, es decir, «un aumento en los requisitos de la buena-madre: retorno al parto sin anestesia, alargue de la lactancia, pañal de tela, nuevo tiempo de calidad que reduce su independencia», desglosa Lina Meruane, y María Fernanda Ampuero describe a una niña que mira fascinada cómo una hámster se come a sus crías para no ser invadida: “era muy viva, no quería que crecieran en esa casa, su casa”. En la muestra Maternar, en el MUAC, una mano anónima reconoce: «[Ser madre en pandemia implica] ser la amargada porque tienes tantas responsabilidades, sólo dos manos y cansancio», mientras la artista Ana Gallardo exhibe agujas de tejer y demás objetos usados para abortar cuando el embarazo no es buena noticia, como también reconoce una personaja encinta de Socorro Venegas: «Éramos una larva, a la espera del momento en que mi habitante me rompería el cuerpo». Cuánto necesitamos airear eso que duele.

¿La maternidad únicamente implica sobrecarga, cancelar el tiempo propio, el crecimiento individual? No, claro que no. Conozco de primera mano el amor animal que desborda el cuerpo, que estira todo límite conocido, sé la plenitud y la vulnerabilidad que se crecen demasiadas, el asombro ante el ser de agua gestado al centro de una misma. Justo por eso veo necesario que empecemos a reconstruir esa narrativa desde un lugar nuevo y nuestro, gozoso, no-heroico, elegido.

(Originalmente publicado en mi columna La Utora en el periódico La Razón; foto: Julia Santibáñez de una obra de Ana Gallardo en la exposición Maternar, en el MUAC de la UNAM).

CARTA A UNA NOVELISTA DE 19 AÑOS

Mary Shelley (1797-1851)

Es de noche. Lueve sin parar. Hace poco hizo erupción el volcán Tambora, en Indonesia, y la furia geológica afecta el clima hasta el lago suizo donde vacacionas con tu pareja y amigos. Se aligeran las horas leyendo en voz alta. A tus diecinueve años, mujer bragada, aceptas el reto del poeta Lord Byron: escribir un relato de fantasmas. No sabes, cómo vas a saberlo, pero sólo tú convertirás la encomienda en una novela gótica, publicada dos años después: Frankenstein o el moderno Prometeo, de 1818

     Tampoco adivinas ser precursora de la ciencia ficción (ese término se acuñará un siglo más tarde) ni intuyes que tu obra no sólo cuenta la historia de un monstruo hilvanado por un doctor que se cree Dios. Además es una imponente alegoría del ser humano ante el Creador: la soledad desbordada, la culpa, el deseo de amar, la urgencia de ser aceptados, las contradicciones que llevamos engrapadas al ADN. Somos el ángel rebelde, el soberbio que mata a quien supone le dio vida: así compra una dosis extra de abandono. Y lo escribiste con diecinueve años.

      Te lo digo claro, Mary Shelley: me fascinas por los cuatro costados. Llevo semanas repensándote. Tus padres, el filósofo y la activista que en los 1700 tenía claros los derechos de las mujeres, no anticiparon que esa atmósfera libertaria de casa fomentaba que a los dieciséis años, incandescente, te escaparas con el escritor Percy Shelley. De haber existido Twitter, tus amigos hubieran puesto banderitas rojas a la relación: era amigo de tu padre y estaba casado. Difícil imaginar que al año siguiente darías a luz a la hija de ambos, muerta, que estrenando los diecinueve arrancarías Frankenstein y que, embarazada de nuevo, te ibas a casar con Percy. ¿Creíste en la felicidad futura? ¿Cómo era?

       Con veinticinco años te llamaron «viuda» porque Percy se ahogó en una tormenta. Cómo adivinar que con todos en contra, sexualmente libre y habiendo enterrado a tres hijos, la escritura iba a ser tu precario modo de vida hasta la muerte, a los cincuenta y tres. Aunque nada superó el éxito de tu «creatura aborrecible», hiciste novelas, cuentos, poemas y fuiste editora, sin ahuyentar jamás las deudas. ¿La vida fue buena o te quedó a deber, Mary?

       Te escribo desde 2021, cuando un ejemplar de la primera edición de tu libro, publicado anónimamente, se subastó en 1.17 millones de dólares. ¿Qué dirías al leer la noticia, si la centésima parte de eso te hubiera aliviado la vida? También te recuerdo ante la devastación por el volcán en Canarias. ¿Creerías, como yo, que quizá hoy una chava escribe la novela que siglos después iluminará nuestra complejidad, como aquel personaje que se lamenta: «Nuestras almas son formadas de extraña manera, y por frágiles ligamentos se nos destina a la ventura o a la ruina». ¿Lo creerías, Mary Shelley?

(Originalmente publicada en mi columna La Utora en el periódico La Razón; foto: Historia National Geographic).

CREO EN EL MILÍMETRO INTUITIVO

Foto: Cristina García Rodero

“Me asombra la necesidad del ser humano de creer”, afirma.

En sus fotos vibra un ruido grave y despeinado. Huele a velas. A sangre. A polvo en las pestañas. Cada imagen retrata la terrible y fascinante dignidad­ en movimiento. Aquí, viejas de negro gritan “Jesucristo vive” ante una efigie del mesías, ocho enanos posan de toreros, el chamán está a punto de hacer una incisión en la garganta de una persona para liberarla, muchachos sonrientes se apeñuscan tras la ventana de un autobús, una mujer negra desmesura los ojos durante el ritual en un río haitiano. Todas las instantáneas desbordan tensión e interrogan ese momento decisivo, donde el tiempo se detiene. En conjunto resumen el amplísimo abanico de contrastes que abarca un día en cualquier esquina del mundo. 

“Me asombra la necesidad del ser humano de creer”, afirma.

Algunas imágenes se cuajan humor, como ésta: al fondo, cuatro encapuchados religiosos cruzan los brazos porque tienen mínimos orificios para ver. En primer plano, una mujer sin capucha y en ropas color negro obligatorio mira su reloj. Mucho rezo, mucho rezo, pero es hora del almuerzo, piensa. En estas fotos percibo autenticidad. No hay preciosismo ni puesta en escena, sino una comprensión a partir de la mirada. 

“Me asombra la necesidad del ser humano de creer”, afirma.

Quise escribir sobre Cristina García Rodero por cuánto me emociona su trabajo, en especial el blanco y negro: suprimir el color evade de la realidad, obliga a concentrarme en esa rebanada de universo. Dice que se necesita tener vocación de caballo para hacer lo que hizo a partir de los setenta, o sea, recorrer por años la España oculta (título de su primer libro) enfocándose en ritos, fiestas. La fe en acción. Luego abrió el espectro a otros países. Así ha podido acercarse a la frontera entre la tragedia y lo sublime, la promesa y el absurdo, la risa y la muerte. Este octubre cumple 73 años; hace 17 es parte de la agencia Magnum, magnumphotos.com, que de inmediato remite a sus fundadores: Henri Cartier-Bresson, Robert Capa. 

“Me asombra la necesidad del ser humano de creer”, afirma (¿ya la cité?). Entre el jolgorio y la espiritualidad asoma en sus fotos ese gen distintivo de quien desea saberse perecedero, del que festeja la vida mientras teme morir, es decir, tú y yo. Cada uno elige en qué pone su fe.

Recuerdo aquella precisión de Susan Sontag: al disparar el obturador se capta un instante por sobre otros, porque encuadrar algo excluye infinidad de tomas. Aprendo del ojo de García Rodero, que condensa belleza y fuerza innegociables. Me recuerda un punto de mi propio credo: en el arte, sea fotografía o poesía, lo que de veras de veras importa es el rigor perspicaz que casi nadie nota. “Las ideas generales no significan nada. El milímetro marca la diferencia”, dijo Cartier-Bresson. Creo en ese milímetro intuitivo. 

(Originalmente publicada en mi columna La Utora en el periódico La Razón; foto: Cristina García Rodero).

ONCE FOTOS QUE AMUEBLAN MI CABEZA

Hace poco nos mudamos aquí, tengo cuatro años. Es de madrugada, papá sorprendió a un ladrón que se había metido a robar y éste huyó entre gritos. A mi hermanita y a mí nos están dando bolillo. El miedo es un pantano.

Ando por los siete. Soy dos rodillas hechas a esto: jugar carreteritas con Fernando. Ahí se ve el camino trazado con gis. Ésta es nuestra casa en Houston, donde papá es bombero.

Tengo doce, estoy en mi clase de italiano. Cuando sea grande quiero ser traductora de idiomas. Ya hablo tres.

Y catorce, diecisiete, veintiuno. No volvería a los veintiuno. La foto de mi boda con el magnate me grita que (casi) todo es un error. El barco y el naufragio.

Es tarde en la noche. Se alcanza a ver que amamanto a mi hija, de dos meses: la sacia mi cuerpo, esta fábrica de asombros. Subrayo con Daniela Rea: “Me devoras. Eres de mí. De mi leche, de mi fuerza, de mi cansancio”.

Me mudé a Tepoztlán, donde compré este terreno arbolado con el dinero que me heredó un tío de lo peorcito. Estoy dando clase de yoga. 

Cumplo cuarenta: vine a México a celebrar con familia y amigos. No me casé ni tuve hijos. Radico en Barcelona, donde soy una autora best seller, lo cual me gusta mucho y poco.

Un oftalmólogo rescató mis ojos obscenamente miopes, ya tengo vista 20/20. Es mi primera cámara profesional: boté todo, me voy a dedicar a la fotografía.

Curso el doctorado en poesía isabelina en la Universidad de East Anglia, en Inglaterra. Vivo ajenada. Busco la salida de emergencia. Quizá en México estaría mejor.

Ésta es mi oficina, donde dirijo la edición en español de una revista francesa. Es una buena chamba, me proyecta, voy seguido a Europa, pero es a costas de mis costillas, porque dejo aquí “mis capitales años desterrados”, diría Rafael Alberti. Y es que no me resta tiempo para lo indispensable: hacer escultura. 

Él es mi pareja actual. Lo capté en el estudio, en esta casa preciosa donde vivimos con mi hija, donde nos aburrimos tanto que es como tomar a diario un vaso de leche tibia. 

En este amasijo de verdades y ficción, en cualquier alternativa que explora mi cabeza sé la pregunta recurrente: ¿allá sería más feliz? ¿En ese otro espacio, en ese tiempo? ¿Viendo aquellos paisajes? Me persigue el gran quizás de Rabelais, la incertidumbre de si la verdadera vida pasa hoy a mi costado. Si me está dejando al margen. 

(Originalmente publicada en mi columna La Utora en el periódico La Razón; imagen: etsy.com).

SOY UN ELECTRÓN ACELERADO

“Si no vas tarde es porque no estás relajada”, dice Richard con dispendio de belleza mulata. Años noventa. Mi pareja y yo estamos de vacaciones al sur de Jamaica. El tour al Río Negro salía a las 10 am del hotel; llegamos 9:50, ya pasaron veinte minutos y aunque tanto el guía como unas diez personas estamos listas, algo sucede que. no. nos. vamos. La idea es volver temprano para disfrutar la playa, así que pregunto a Richard qué nos retrasa. Entonces sonríe la frase desde su delgadez soberbia: “Si no vas tarde es porque no estás relajada”. Me trastorna. Soy el conejo blanco de Alicia, reloj en mano.

Ojalá fuera serena pero no me cargaron ese chip, vivo en el país de la velocidad. Desde la prepa zambutía cada tarde de actividades: hacía teatro con el grupo escolar y con otro independiente, tomaba clases diarias de danza, leía con urgencia, coordinaba secciones de una revista cultural, donde escribía cada mes. Todo eso además de la escuela. Sigo igualita. Un día sublime de chamba involucra leer, escribir, editar, grabar televisión, dar sesión sobre el Quijote con mi amorcita, Alma Delia Murillo. Resulto una mixtura inexplicable: mi costado zen demanda silencio y soledad, pero mi polo frenético los llena de actividades. Tengo poco tiempo, quiero hacer y aprender tanto. ¿Para qué? Para hacerlo. Para saberlo.

Me acostumbré a moverme entre pistas sin perder detalle. Atiendo Zoom mientras leo un ensayo sobre la inteligencia de las aves. En lo que hago el súper escucho una ponencia de la historia del tango. Al bañarme oigo poemas de Sor Juana en descargacultura.unam. Soy un electrón acelerado, quiero aprender pero la muerte se acerca, como dice un poema de Andrew Marvell, autor del Renacimiento inglés. Según el tópico del Carpe diem, insta a su amada a no desaprovechar los días sino poner por obra sus amores, porque “at my back I always hear / Time’s winged chariot hurrying near” (“a mi espalda siempre oigo / que corre y se acerca la cuadriga del tiempo alado”).

            Por Fortuna existen momentos cuando no atiendo el reloj: al leer me concentro en las imágenes de mi cine mental, el amor me absorbe las atenciones, si escribo no pienso en nada más, practicar yoga me enfoca en el ahora, entre música y/o mis plantas trasciendo los minutos. No me sorprende que sea lo que más disfruto hacer, lo que busco como el aire porque ahí me ralentizo, creo mi ritmo particular. Peter Handke, poeta y Nobel, coincide con la maestra budista Pema Chödrön en que la duración, lo valioso,ocurre cuando uno logra estar en lo que “está haciendo, / estar ahí cuidadosamente, / atento, despacioso, / lleno de presencia de espíritu hasta las puntas de los dedos”.

Entre frenazos y arrancones oscila el viaje interior en el que vivo metida. Ustedes disculparán.

(Originalmente publicado en mi columna La Utora en el periódico mexicano La Razón; foto: freepik).

SEIS LIBROS DE 2021

No te voy a marear con 25 propuestas de títulos leídos durante el año que hoy empieza a contar como pasado. Aunque suelo ser despudorada, aquí me ciño a un número decoroso de libros que me marcaron las venas y leí de cabo a rabo. Te los recomiendo con los ojos cerrados.

1. CUENTOS TREMEBUNDOS Y BELLOS
Las voladoras, de Mónica Ojeda, Editorial Páginas de Espuma, 2021
«‘¿A qué se parece el placer de un sonido?’, le preguntó Paula poco antes de salir de casa y ella le dijo: ‘A una caricia en la nuca’. ‘A un hormiguero’. ‘A una aceleración de la sangre’”.
La autora ecuatoriana aborda la violación, la locura, la saña, el amplio espectro de la violencia, el sexo y las relaciones de género, pero esquiva el lugar común para narrar desde lugares que descolocan. Que calan hondo. Al hablar de las máximas barbaridades no se olvida de privilegiar la belleza.

2. SI PERDISTE A ALGUIEN HACE POCO
Sobre el duelo, de Chimamanda Ngozi Adichie, Penguin Libros México, 2021
«Me embarga un pasmo lleno de incredulidad porque el cartero sigue viniendo como siempre y la gente me invita a hablar en sitios y en la pantalla del móvil continúan apareciendo noticias. ¿Cómo es que el mundo sigue adelante, respirando inmutable, mientras mi alma sufre una dispersión permanente?».
En junio de 2021 murió el padre de la narradora y feminista nigeriana, pero ella se vio imposibilitada de volar al entierro, por las restricciones pandémicas. En este libro testimonial, ante cada reacción suya ante la muerte se pregunta ¿por qué? Es hondo y humano, no hay forma de escapar verse aquí.

3. LUPA SIN CONCESIONES
La azotea, de Fernanda Trías, Dharma Books + Publishing, 2020
“Sentí que éramos una familia. Las cosas estaban cambiando. Dentro de poco íbamos a ser como esas familias de la televisión, siempre felices. Nos imaginé a los tres de la mano: caminábamos y corríamos por el borde de la azotea sin miedo a caernos ni a querer saltar”.
Esta novela corta de la narradora uruguaya acerca una lupa a la llaga de la crueldad y la podredumbre familiar, de cómo una víctima migra con facilidad al lugar de victimaria. Una chava vive en un departamento ominoso con su padre y su hija pequeña: en ese microcosmos se asfixian mientras hacen como que viven. Me recuerda aquella sentencia del poeta argentino Fabián Casas: “Todo lo que se pudre forma una familia”. Impresionante.

4. PARA ENTENDER LA DESCOMPOSICIÓN DEL PAÍS
A la orilla de la carretera (Crónicas desde Chilpancingo), de Vicente AlfonsoUANL, 2021
«En el ejército, en la policía, en el narco… les da lo mismo. Te aseguro que está dispuesto a trabajar para cualquiera que le pague más de la miseria que gana… es una chamba igual que cualquier otra. Y si es una posibilidad de prosperar… No sé de qué te sorprendes. Tú y yo haríamos lo mismo si nos llegan al precio».
El periodista y escritor de Torreón no narra Chilpancingo desde el escritorio; se fue a vivir ahí, habló con la gente, visitó el SEMEFO desbordado de cadáveres que nadie reclama, investigó sobre la fosa clandestina de Colinas de Santa Fe, de donde se han desenterrado cerca de trescientos cuerpos. Este conjunto de textos ganó el Premio Bellas Artes de Crónica Literaria Carlos Montemayor; léelo y vas a darle la razón al jurado. Durísimo y estupendamente escrito por partes iguales.

5. POESÍA EN CARTAS, Y MÁS POESÍA AÚN
Signo de león, de Salvatore Quasimodo, traducción de Alonso Coratella Guadalupe y Myriam MosconaLos libros de anDante, 2021
«Sabes que algunas veces lloraría de ternura… cuando pienso en la poesía, pienso en cada una de tus células, en cada ‘sentimiento’ tuyo. ¿Como podría soñar aún con descubrir en mí nuevas palabras, nuevos misterios, sin la presencia de tu imagen, sin tu sangre en mi corazón? Aquí, en el silencio, mientras te hablo, existe incluso tu olor, tus manos se mueven junto a las mías, me respiras cerca».
El amplio espectro del amor irradia las cartas que el escritor y Nobel de literatura envió a Maria Cumani entre 1936 y 1959. Publicadas en italiano en 1989, ahora son vertidas al español con una prosa pulida, decantada, que transparenta el oficio del enamorado que antes y después es poeta. El libro incluye una selección de poemas mencionados en las misivas, un paréntesis a cargo de Menchu Gutiérrez e ilustraciones de Jan Hendrix. Una belleza por las cuatro esquinas.

6. SI ESTÁS ENFERMO O TIENES CERCA A ALGUIEN ENFERMO
Diario del dolor, de María Luisa Puga, Libros UNAM, Colección Vindictas, 2020
“Cuando voy a escribir algo nuevo, Dolor, merodeo la idea. La trato de ver desde todos los ángulos que pueda tener. Tú estás haciendo lo mismo conmigo, ¿no es cierto? Me andas merodeando para ver por dónde me llegas. Ahora te cuesta más trabajo que antes… Sé que tu estrategia es esa nueva somnolencia que me ha crecido y que detesto”.
En lugar de tratarse de una narración sobre el padecer que habitó con/en Puga durante sus últimos años, es más bien el diálogo personal de la autora mexicana con el personaje Dolor: le habla, se enoja con él y luego se reconcilia, mientras le parece que va flotando en el vacío hacia ningún lugar. Su oficio de escritora nos lleva a acompañarla en punzadas que se le untan en todo el cuerpo. Con pasajes que son poesía en prosa, lo recomiendo si tienes cerca a alguien enfermo.

LO QUE ME URRRGE DE NAVIDAD

Tecleo en mi teléfono: Sándor Márai. Le estoy recomendando a un amigo algún título del escritor húngaro, luego de que en días pasados ponderé las insuperables virtudes de su novela La mujer justa; el autocorrector cambia el nombre del autor por el anagrama Sandro María. Caray. Podría ser el apelativo artístico del hijo de Sandro de América, aquel roquero argento de los setenta.       

            El celular resulta consustancial a mi faena como escritora. Hace poco mencioné a Eric Clapton cuando texteaba con una amiga sobre las iniciativas musicales en la era Covid. La mente autónoma de mi teléfono corrigió: Eric Claxon. Imaginé un mano a mano de mis intérpretes favoritos: Paul McCormickJean-Pop Sartrey el propio Claxon. Jamás se me hubiera ocurrido de no ser por el avance sugerente de mi iPhone. 

            He notado que se engolosina en particular cuando quiero lucirme: en un grupo solemne de WhatsApp diserté sesudamente sobre Juana, la Loca, y él añadió un gesto de carácter. Puso Juana, la Coca. El cambio de una letra revela tantas sutilezas y registros que no se cree. En otro momento mencioné a la autora chilena de la canción “Gracias a la vida”, quien se suicidó poco después de escribir ese canto esperanzado. Mi teclado la llamó derechamente Violenta Parra. “Dejémonos de eufemismos, viva la paronomasia y viva la antipoesía de su pariente, Nicanor Parra”, enfatizó. Hace unos meses iba a citar en Twitter 
—con nostalgia— aquella cinta de Fellini que no he visto, pero me haría quedar bien: La nave va. El texto predictivo completó La nave del olvidorola de José José. Mi ánimo melanco ganó en matices. 

            Regreso a los libros, que son por mucho la relación más estable que he tenido en la vida. En lugar del manoseado Macondo de Gabriel García Márquez, mi aparato prefiere McOndo. Quiero patentar el nombre para una cadena de hamburgueserías e inaugurar un pueblo mágico ­—nunca mejor dicho­— a la orilla de grandes urbes con ubres, donde pululen montones de Úrsulas y Arcadios. Mi iPhone disfruta otracosear tanto a autores como obras. Siempre los mejora. Afirma que Shakespeare en realidad escribió Romeo y Julita, que el título original de la novela de Miguel de Cervantes es Qué hijote y cuando para hablar de sublimidades menciono a Antonio Machado, él resalta el desbordadismo del poeta: lo llama Antonio Manchado.

            En esta época pandémica, polémica y anémica, mi teléfono ha potenciado su filo creativo. Yo escribía sobre la cinta de Buñuel y él acuñó Viruliana en vez de Viridiana. Cuánta actualidad. Luego tuve que informarle al galán sobre el deceso de un amigo en común y deslicé un eufemismo: se lo cargó el payasoEl mensaje que llegó a ojos del amasio fue: se lo cagó el payasoCuánto ganó en esplendor. 

          Las musas qué, me urrrge pedir de navidad un par de celulares más, por si éste se me descompone.

(Originalmente publicado en mi columna La Utora en el periódico mexicano La Razón; foto: indiewire.com).

MEMORIAS DE UNA LECTORA

Me gustó la idea del colega y amigo Armando Alanís, de escribir recuerdos sobre “la cálida vida que transcurre canora” entre libros. Van algunos míos, entrañables:

1. Siendo niña descubrí a Sherlock Holmes en una edición ilustrada que aún conservo. Es lo primero que me emocionó la piel lectora. Al conocer Londres fui a rendirle tributo al 221B de Baker Street, como el musulmán debe ir a La Meca una vez en la vida.

2. Estudiaba Letras en la UNAM y algún compañero propuso ir a una lectura de poesía de Miguel Hernández. No lo había leído, pero me remeció la médula enterita: ese día fui a Gandhi a comprar sus libros. No lo suelto.

3. Entre los 11 y los 16, más o menos, me zampé todo lo encontrable de Cornell Woolrich, mi tío abuelo y autor de literatura policiaca (tanto La ventana indiscreta, de Hitchcock, como La novia vestía de negro, de Truffaut, se basan en relatos suyos). Por él me vi siendo escritora.

4. Una de mis predilectas es la uruguaya Idea Vilariño, cuya obra conocí hará quizá veinte años. Cuando visité Montevideo en 2017 acaparé en librerías todo lo que vi de ella y (asumo mi cursilería) leí poemas de Noen la Peatonal Sarandí. Me emociono de acordarme.

5. Deslumbradísima por sus cuentos de «El Aleph” y su poema “El Golem”, en la maestría ahorré largo tiempo (meses, creo) para comprar los tres tomos de las Obras completas de Jorge Luis Borges, publicadas por Emecé. Poco a poco fui leyendo ese colmo de redondura. 

6. Rozaba los treinta años la primera vez que me eché Don Quijote de la Mancha. No podía creer que fuera tan divertido. Lo imaginaba farragoso, pero a cada página me fascinaba y carcajeaba por igual. Me fascino y carcajeo por igual.

7. En secundaria me dejaron aprenderme el soneto “How Do I Love Thee” (“De qué modo te quiero”), de Elizabeth Barrett Browning. Me impresionó que las palabras crearan algo tan musical, enorme y tenue, todo al mismo tiempo. Chance de ahí me vienen el vicio y el beneficio de memorizar poemas.

8. Mientras hacía una investigación sobre mezcales quise incluir referencias literarias y leí Bajo el volcán, de Malcolm Lowry, donde es personaje relevante. Qué portento de estilo. 

9. En un autobús de León hacia la capital me acompañó Une mort très douce (Una muerte muy dulce), de Simone de Beauvoir. Mi mamá se acercaba al final; lloré por ella y por esa protagonista que sufre dolores inaguantables, pero no quiere que la duerman porque “pierde días”. Ahí está lo pertinaz de nuestra humanidad vital. Y contradictoria.

10. Por 2018, en la Feria del Libro en Veracruz me encontré con Las puertas del paraíso, del polaco Jerzy Andrzejewski, en traducción de Sergio Pitol. Dispensen sus compermisos: es de las novelas más atroces y bellas que se han escrito.

(Originalmente publicado en mi columna La Utora en el periódico mexicano La Razón; foto: istok).

CUÁNTO PESA UN MUERTO

No hablo en general, por supuesto. Los fallecidos de la historia y la geografía son apenas un número, pero quienes llamamos con la frente alta y el corazón anchurado “nuestros muertos”carajo, qué macizos cuando se van. Poco importa si fueron guapos o feos, la cantidad de disgustos acumulados, los calendarios que llenaron en su andar: nos suman kilos en las venas. “Sucedes por adentro de mi carne / y dueles en el centro de mí misma”, escribió la cubana Carilda Oliver Labra. No puede decirse mejor.

            Si fueran uno o dos podría manejarse, aprenderíamos de nuevo a hacer todo asimilando el trancazo de saberlos inalcanzables, ya con la ralentización al caminar, que ayer desconocíamos. El verdadero problema es que de pronto la nómina acumule gravedades y vacíos nuevos en el ánimo. Nadie es capaz de seguir como si nada, cuando acaban de inyectarle plomo en los tuétanos.

            Hace un año por estos días, una señora que conocí se inscribió en la lista interminable de los difuntos, siempre tantos más que los vivos, suficientes para llenar países con hileras de ataúdes puestos en pie. En esa mujer vi cómo opera el volumen sólido de la carencia. Cargó durante treinta y seis años la desaparición de su marido, aguantó cada ida al cementerio igual que las grandes. Luego se fueron sin decir adiós su mamá, varios hermanos, amigas y amigos. Aunque se le veía disminuida, toreaba el mal tiempo, pero en 2019 un infarto se llevó a uno de sus hijos. Fue la estocada final. 

            Lo que no te mata te hace más fuerte, dicen. “Durante mucho tiempo he considerado este epigrama especialmente engañoso. Hay muchas cosas que no nos matan pero nos debilitan para siempre”, escribe Julian Barnes en la rara novela Niveles de vida. Me acuerdo Utora de cómo aquella señora repetía desde la fractura interna, casi sin aire por la montaña que le cayó encima: “Se me murió mi hijo, se murió, mi hijito, se me murió, cómo va a ser”. Poco más de un año después se fue a buscarlo.

            Acudo a una metáfora: creo que nuestros muertos son polvo de ausencia, una llovizna imperceptible de cal, llovizna imparable que a diario nos mancha los hombros. Con el paso de los años el polvo va ganando espesor hasta que de golpe la espalda se dobla, vencida por tantos nombres que lleva a cuestas como bultos de cemento innegociable, endurecido. Un día, sin poder más, esa persona cruza la calle, se instala en la otra acera y en la misma tarde empieza a lloviznar sobre los suyos un polvo que al principio nadie nota.

            La señora de la que hablo es mi mamá. Hoy cómo pesa que no estén aquí sus manos y no las ponga ni una vez más en mi cabeza.

(Originalmente publicado en mi columna La Utora en el periódico mexicano La Razón; foto: thejccom).

MUJER VS. MUJER: LA OTRA VIOLENCIA DE GÉNERO

«¡Pobre Anita! La verdad es que sale gordísima, como una morsa, ¡uf! Feísima, la pobre. No se deprimió por el divorcio, sino porque todos pudimos ver sus tetas aguadas, desinfladas y caídas, sus pezones gigantescos, su celulitis, sus várices, la forma horrorosa en la que su grasa se movía». Auch.

            Cuatro amigas están de vacaciones en la montaña. El propósito es distraer a una de ellas, Ana, cuyo exmarido acaba de difundir un video de ellos dos en la cama. Aunque las «inseparables» habitan una realidad mojigata (fueron a uno de los colegios más respetados, asisten a la misma iglesia, son buenas esposas y madres), el escándalo no lo dispara el contenido sexual de la cinta, sino que en ella Ana transgrede los deberes femeninos: aparece no-joven, gordísima, más cetáceo que persona. 

            Hablo del espléndido cuento «Soroche», de la ecuatoriana Mónica Ojeda, incluido en Las voladoras (Páginas de Espuma, 2021). La autora desgrana el pensamiento de las personajas mientras narran algo terrible que sucedió en el viaje. Sin dar espóilers me centro en lo que opinan sobre Ana: «Tiene pocas luces, la pobre. Por eso el marido le hizo lo que le hizo: porque pudo. A mí eso no me lo habría hecho nadie… Lo que le pasó fue una prueba divina. Su pecado siempre ha sido el orgullo. No es que me alegre de su sufrimiento, pero quizá necesitaba ese baño de humildad… Si la gente me hubiera visto así me habría muerto. Claro que es diferente porque mi cuerpo está fit«. Mientras, Ana dice de sí misma: «Soy, sin lugar a dudas, la persona más vomitiva del planeta».

            El relato se estructura en torno a la mirada: cómo se ven entre ellas y a su amiga, cómo la protagonista se observa desde afuera. Me impresiona la dosis de realidad con que la autora pinta cuán letales podemos ser las mujeres frente al espejo y entre nosotras. Estamos obligadas a lucir bien, sometidas al imperativo de ser jóvenes además de guapas: transgredir ese código social es un «escándalo del cuerpo», apunta el sociólogo francés David Le Breton. Por eso juzgamos brutalmente la conchudez propia y ajena. 

            Los hombres se cuestionan poco la panza, la calvicie, las nalgas en negativo, mientras de este lado nos exigimos perfección en el peso, el tono muscular, el rostro, la edad. La belleza sigue siendo requisito femenino, somos junkies de mejorarnos y nos agrede si una ignora el mandato corporal impuesto a todas. Con qué derecho.

            Me pregunto por qué casi no hablamos de esto. ¿Y si encima de exigir el cese de la violencia de hombres contra mujeres, también aireamos los quejos, las autoexigencias aprendidas? ¿Si reconocemos que con frecuencia nos llevan a ejercer esa otra violencia de género: la dirigida contra nosotras mismas y contra las demás? Ya es hora de enfrentar ese paradigma poco asumido.

(Originalmente publicado en mi columna La Utora en el periódico mexicano La Razón; foto: qz.com).

MI ESTATUS EMOCIONAL EN FACEBOOK

La Utora, que durante los años setenta iba por la vida presumiendo dos coletas peinadas con limón y con encarnizado esfuerzo maternal, se fascinaba de ir al supermercado. In situ, en el pasillo de los cereales elegía para llevar entre una caja de Zucaritas o una de Corn Pops. Hasta ahí la disyuntiva. Hoy, La Utora sufre un pasmo ontológico en el súper, ante el superpasillo de los supercereales: hay light, con miel, extraproteína, sin gluten, con harta fibra, tamaño jumbo, presentación mini, en barrita. Tanta alternativa conduce a la turulatez.   

Estoy radiantemente divorciada desde hace veinte años y celebro ejercer como me apetece la vida amorosa esquivando el matrimonio, pero reconozco que manejar tantas opciones es retador. Para recordarlo está el estatus de Facebook. Ofrece estas casillas: Soltero(a), En una relación, Comprometido(a), Casado(a), En una unión civil, En una pareja de hecho, En una relación abierta, Es complicado, Separado(a), Divorciado(a), Viudo(a). ¿Estar “en una pareja de hecho” significa que por derecho y con provecho se dan libertades, aunque no se presenten a las familias? ¿“En una unión civil” es igual a “en una relación”, más departamento y perro? Las once posibilidades quedan cortas: ¿dónde nos ubicamos quienes hemos tenido relaciones intensas con un vibrador? ¿Quienes sin vínculo afectivo practicamos sexo frecuente? ¿Los poliamorosos? Pensándolo bien, con las posibilidades existentes basta y sobra. 

Si mi mamá hubiera tenido Facebook, su estatus hubiera sido ejemplo de estabilidad: a los veinte años pasó de soltera a comprometida, fue esposa treinta y tres, viuda treinta y seis. En cambio, mi estatus ha sufrido más acomodos que la Falla de San Andrés. He sido soltera, he estado comprometida, casada, separada, divorciada, he mantenido una relación, y noviazgos abiertos; sólo me falta enviudar. Hoy exploro una historia contracultural que me enorgulla. Supongo que califica bajo “es complicado”, pero coincido con la frase que atribuyen a María Zambrano: “Prefiero una libertad peligrosa que una servidumbre tranquila”. Lo cierto es que aún conservo una virginidad: no he cambiado el apartado de Facebook que me define “soltera”. Quizá sea recato o soberbia, pero no me apetece detallar al mundo los altibajos del corazón. Mi mamá podría sentirse oronda: conservo algo del pudor que me inculcó.

Nos encanta ventilar intimidades en las redes, especificar cuán felices somos, pero ¿y si el cuento de hadas estalla en pedazos (como es probable)? Por ejemplo, entre dos que se divorcian, ¿a qué hora se vale cambiar de “casado(a)” a “soltero(a)”? ¿Cuando uno se muda de casa? ¿Antes de firmar frente al juez? ¿Al minuto de salir? ¿En la borrachera subsiguiente? 

Ojalá el dios Facebook nos diera un manual de conducta. Mientras tanto, como suelo enamorarme estúpidamente, “que es la única manera de amar” (decimos Guillermo Cabrera Infante y yo), sigo persuadida de conservar anónimo mi subibaja emocional. Prefiero cantar “se me olvidó que te olvidé” a solas con mi gente.

(Originalmente publicada en mi columna La Utora, en el periódico mexicano La Razón; imagen: miracomosehace.com).

QUÉ HAY DETRÁS DE PRESENTAR UN LIBRO

Presentación híbrida de El lado B de la cultura, a través del Facebook de librerías Gandhi: Veka Duncan, Romeo Tello, Gabriel García Márquez, Tongolele y participantes, a través de pantallas; Fernando Rivera Calderón y yo, en mi casa.

Les cuento: el oficio de escritor es solitario. Los textos, al menos los míos, no se gestan entre tumultos. Quizá le achaco al trabajo mi neurosis, pero me resulta de veras imposible arrancar un poema o un ensayo teniendo junto a alguien, aunque esté en silencio. Necesito saberme aislada, acaso porque cuando escribo me escribo, dialogo, me río, pregunto, discuto. Y pues qué pena con las visitas. 

Para mí, un reventón de viernes bien puede involucrar tres diccionarios y unas pantuflas. El argentino Rodrigo Fresán, pluma contemporánea que admiro, me dijo hace años en la FIL Guadalajara: “Uno se hace escritor porque le gusta estar solo, es de las pocas formas legítimas de defender la soledad. Hasta el siglo XIX era algo noble. Hoy, si dices: ‘Quiero estar solo’, todos se preocupan, pero si añades ‘…porque tengo que escribir’ aún te lo dejan pasar”. Así tal cual.

Persigo el apartamiento por sí mismo y también porque implica la recompensa del ejercicio literario. No conozco adrenalinazo mayor que terminar una página y sentir que di forma a algo capaz de sostenerse sin muletas (aunque luego lo tire). Ahí es donde ocurre la literatura que me interesa: sin testigos. 

 La contraparte bulliciosa de esa arena en las venas viene cuando presento el volumen acompañada de los cariños briosos de familia, amigos y colegas que vencieron todo pronóstico para estar ahí. Es un rito de paso en comunidad, no es que ocurra algo en particular. Los comentadores son gente querida y tras echarle en bola buenos augurios al libraco viene la firma de ejemplares; ahí conozco a lectores que tal vez he visto en redes, pero me gusta ponerles cara. Cuánto agradezco el esfuerzo de coincidir conmigo. Luego celebramos juntos con un brindis, para acabar yéndonos a cenar un puñado de cuates. 

Disfruto que mi oficio comprenda esos equilibrios, constate mi lugar en una tribu que se reúne en torno a palabras. Y es lo mismo si festejo lanzamientos de mis personas entrañables. El autor español Matías Escalera lo dice bonitamente: “Presentar un libro es un acto de auténtica esperanza. Una valerosa afirmación del sentido de la escritura, de la amistad y del compañerismoen un mundo tan hostil al gozo gratuito de lo común y lo humano”.

 Así, lo confieso de una vez: extraño las presentaciones presenciales de libros (ingenua de mí, antes hubiera brincado por el sinsentido de una presentación-no-presencial). El sábado pasado tuve una muy chula sobre mi título reciente, El lado B de la cultura. Fue híbrida: Veka Duncan, Romeo Tello y los participantes, a través de pantallas; Fernando Rivera Calderón y yo, desde mi casa. Lo considero un augurio luminoso de estar juntos pronto. Pensándolo bien, no pido demasiado, sólo que cada par de años pueda ser la niña de la fiesta, rodeada de amigos en su patio particular, que se moja y se seca como los demás. 

(Originalmente publicada en mi columna La Utora, en el periódico mexicano La Razón).

VEINTICINCO FELICIDADES ÍNFIMAS

Me fascina oler el pan recién horneado.

“El aceite es un agua con caderas, un agua impura que conoce el deseo, el tiempo y la muerte. En lugar de avanzar fluido y sin problemas como el agua, el aceite se insinúa y se contonea. Mientras el agua, franca y anárquica, simplona y monótona, libera el mundo de todos sus secretos, el aceite es un agua que carga con un secreto, un agua que se distrajo en algún recodo y desde entonces perdió su inocencia”, escribió el poeta, el narrador Fabio Morábito en Caja de herramientas.

            El pasaje es soberbio y releerlo varias veces le otorga densidad. Me impresiona ese mirar al sesgo, ese enfocarse en lo imperceptible. Imagino a Morábito. Observa el aceite, lo observa largo tiempo mientras agita la botella, toma notas, sirve un chorrito en el cuenco de la mano. Observa. Cachondea el aceite con el dedo, rompe la superficie, observa. En un golpe de intuición le vislumbra las caderas.

            Soy coleccionista de pequeñeces, rondo lo-sin-importancia y me aferro a ello. Casi daría la vida por una nota a mano que me trae el eco de una voz extinta, un anillo específico que me abraza el dedo y una etimología cuajada de estrellas. Recuerdo ahora que cuando García Márquez escribía El otoño del patriarca en Barcelona, no avanzaba. Bloqueo total. Entonces volvió a Colombia, dijo, porque estaba olvidando el olor de la guayaba: el gesto corporó al país en el aroma de reventazón.

            En esa misma línea de placeres menores y perentorios pregunté en Twitter: “¿Qué objeto o experiencia sensorial te da bienestar?”. Llegaron más de 300 respuestas; hice una criba de vivencias que suscribo, mucho suscribo, y añadí la cuenta cuyo tuit vi primero. Aquí va la propuesta colaborativa de veinticinco felicidades ínfimas, íntimas, desesforzadas.

            No somos tan distintos y, como dice Kae Tempest, poeta, en su libro Conexión, pienso que estas ideas pueden ayudarnos a “acceder a un lugar con potencial para resonar… valorar las cosas pequeñas y que requieren tiempo. Pequeños intercambios. Intimidades genuinas… [porque] la belleza es esto”: una ducha de agua caliente @HembraDeAcero; una pintura que me toca @guilledts; el frío de la mañana al tomar café (o té) @VekaDuncan; respirar conscientemente @JBMSyS; el olor del pan recién horneado @AlcantHector; un atardecer que se incendia en naranja @ojolosoy; besos en la boca @espia_rusa; bailar @raibeniu; el pasto recién cortado @MestaAmado; descubrir una palabra @estelapmolatore; fotos del pasado @KronopioSinFama; oler un libro nuevo @atomicdarinka; caminar descalza sobre pasto @bea_livres; el ronroneo de mi gato @KarenVilleda; escribir a mano @cherman69; el sol que entra de mañana @YoLaMerita; el anillo de mi papá en mi dedo @thinkblumex; leer @leerporleer; mi música preferida @doctorsimulacro; pisar hojas secas en otoño @AdiGochez; abrazar fuerte, pegado al corazón @yamispr; el olor de mi hijo @wendygiselc; acariciar a mi mascota @Helena_Crowley; entrar a sábanas frescas @pavidonavido; el olor del pasto después de la lluvia @benistofeles

(Originalmente publicada en mi columna La Utora, en el periódico mexicano La Razón; foto tomada de laroussecocina.mx)

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EL (ÚNICO) FANATISMO QUE CELEBRO

“‘¡Muere, impío, o piensa como yo!’”, escribió Voltaire en el siglo XVIII, aludiendo a lo dicho por el buen católico que al salir de misa se arrojaba sobre su vecino, quien era creyente en otro dios. O en ninguno.

            En 2021, a nadie le basta lo que cree; ha de convertir a los demás y escucharlos reconocer su error, agradecer la luz cierta. Feministas de la segunda ola, feministas de la tercera y cuarta ola, antifeministas, protofeministas, gente de AMLO, gente antiAMLO, los que ni una ni otra, los que no cupieron: cada uno está segurísimo de poseer la verdaderísima (no hay bronca) y exige que los demás lo admitan (ahí se jodió la cosa). Hay fanáticos en todo grupo, gente tan inflamada en su dogma que es incapaz de escuchar otra alternativa: está obligada a persuadir por las buenas o las malas. Quien a pesar de todo disiente merece condena o lástima, posturas tan parecidas.

            Cuando llegué a estudiar Letras a la UNAM cargaba mi lonchera de ideas religiosas y políticas. Aunque eran ingenuas, las defendía solemne. Un día leí en La vuelta al día en ochenta mundos, de Julio Cortázar: “En su espasmódico Who’s Afraid of Virginia Woolf, Edward Albee hace decir a alguien: ‘La más profunda señal de la malevolencia social es la falta de sentido del humor. Ninguno de los monolitos ha sido capaz de aceptar jamás una broma. Lea la historia. Conozco bastante bien la historia’”. Qué bastante claridad, ante mis ojos de estudiante.  

            Como no discuto mis credos, algunos en redes me llaman tibia. Les platico: milité como creyente acérrima, me declaro agnóstica; fui de izquierda, me decepcioné; me decía no-feminista, hoy sí que lo soy. Mejor me río. Llevo años sin convencer a nadie de nada porque me es absurdo apostolar causas: sigo corrigiéndome y abrazando contradicciones. Quién sabe dónde esté mañana. O tal vez sí sé: mi único dogma inalterable desde niña es la literatura como bandera, ese abrir ventanas a otras realidades que me cuestionan y, así, me enriquecen.

              Además de regalar belleza y ayudar a vivir sabrosamente, quizá los amo porque no se imponen, no convocan a la yihad ni a las cruzadas. Perseguir no está en su definición. Si me río de la azotada Clarice Lispector, autora referencial en mi escritura, ningún cataclismo asoma. Si otro se pitorrea de don Quijote, indispensable en mi historia, y dice que era un imbécil, no me apuñala, tampoco si un tercero afirma leer es un desperdicio: ni yo ni ningún lector sentiremos el ímpetu de organizar un auto de fe para quemarlo.

            Amo la literatura que es arte y no panfleto, la que aplaude la diferencia y en lugar de asediar, mejor recibe, alimenta, duda, embellece. En un fanatismo así celebro creer. Me confirmo creer.

(Originalmente publicada en mi columna La Utora, en el periódico mexicano La Razón; ilustración tomada de etcetera.com.mx, sin nombre de autor).

LA HERMANIDAD

Llega un mensaje al celular. Es Lucy. Que me hará llegar unos mangos, ojalá estén ricos.

            Es la misma que, cuando yo iba en primaria, algunas veces me llevó a la universidad y presumió a sus compañeros “le gusta mucho leer”; me sentí importante. Quien al verme llorando por haber olvidado el traje de baño en la academia, compró otro y evité el regaño. Aquella hermana cuyo coche viejo heredé el día que se fue a estudiar al extranjero, con la que he llegado a varios aeropuertos, la que metió el hombro cuando tuve miedo de bañar a mi hija recién nacida, quien la ama tres rayitas menos que yo, la que celebra cada nuevo libro mío de poesía como si implicara el Nobel.

            Al verla encuentro rasgos míos “en la forma de las rodillas. En el arco del empeine. En la caída de los hombros”, como dice El dios de las pequeñas cosas, de la autora india Arundhati Roy. Siempre generosa, ahora que no están mis papás ni Fernando, ella representa el solo vínculo con la niñez y es mi raíz, la hermanidad superlativa, la que hubiera elegido.

            Llegar a este punto no ha sido fácil. Somos distintas, hemos tomado decisiones que apuntalan caminos divergentes y eso ha generado rivalidad, desencuentros, celos, pero el proverbio “Blood is thicker than water” aplica aquí: unos chubascos no diluyen la espesura de nuestra amistad de sangre y años compartidos. La decisión de hacernos eco. Imposible explicarme sin mi hermana, una parte importante de ella habita en mí.

            Hace varios meses le pasó cerca una bala. Una que lleva escrito cáncer. Me aterré. Sentí que no podía ayudar ni tampoco perderla, no tenía fuerzas; he apechugado con varias muertes en un par de años y no doy más por un tiempo. Además, todo a mitad de una pandemia que la ponía, nos ponía vulnerables, como a todos. En catarsis me puse a escribir. Y a reiterarle lo muchísimo que me importa, aunque siempre me falten palabras.

            Ha sufrido físicamente en distintos niveles y tampoco por ese lado he podido ayudar, sólo dar cariños, porque en realidad (lo pienso por primera vez), no conozco el dolor. Así de categórico. Me ha molestado la extracción de una muela, una descalabrada en la niñez, la cesárea mal cosida. No sé lo que es padecer a fondo algo.

            Me atrevo a escribir esta columna porque por ahora mandamos la desgracia a la otra cuadra. Digo mandamos aunque yo no haya hecho nada, pero lo que le pasa me zarandea.

            Por décadas, siempre que he volteado ella ha estado conmigo. Así que apergollada de mi hermana repito esto de Neruda: “Salud por ayer y por hoy, / por anteayer y por mañana. // Salud por el pan y la piedra, / salud por el fuego y la lluvia”.

(Originalmente publicada en mi columna La Utora, en el periódico mexicano La Razón; foto: adobestock).

EL ASOMBRO FURIOSO EN LA METÁFORA

La picadura de una abeja es “como si la cabeza de un cerillo encendido penetrara en tu piel”. La comparación resulta eficaz: el ataque del insecto se parece a una quemadura incisiva, que cala hondo. Escrita por el entomólogo Justin O. Schmidt, es citada por Pablo Boullosa en El corazón es un resorte —Taurus, 2017—, donde borda ricamente sobre por qué las metáforas no son cosa sólo de poetas. Todos necesitamos asociaciones libres de ese tipo para explicarnos el mundo y, por tanto, las creamos a cada rato (hace poco le dije a una amiga “traigo el ánimo chimuelo”, me gustó la imagen). Añade Boullosa: “Muchas veces comprendemos algo sólo cuando encontramos su semejanza con otra cosa que ya comprendíamos antes”.

Acaba de pasarme, en mi primera ida al cine en más de un año. El padre trata de un ídem viejo que va perdiendo contacto con la realidad. En un punto Anthony, es decir, el oscareado Anthony Hopkins, describe: “Siento como si estuviera perdiendo todas mis hojas… Las ramas y el viento y la lluvia. Ya no sé qué está pasando”. Para el director, guionista y dramaturgo Florian Zeller, la conexión entre elementos dispares (anciano-árbol) permite aprehender visual y corporadamente la emotividad del personaje. De hecho, esa frase resume la cinta: es la historia de un hombre decrépito y arbolado, para el cual vivir es perder sus hojas. Me recuerda estos versos del catalán Joan Margarit: “Ser viejo es que la guerra ha terminado. / Es saber / dónde están los refugios, ahora inútiles”. Otra vez veo cómo dos referentes lejanos (padre longevo-guerra) se acercan gracias a la intuición de la metáfora. Juegos de este tipo dan lustre a la realidad cotidiana, que en los tiempos que corren es poco agraciada. Desgraciada. Suelo buscar la poesía porque las metáforas me llevan a otro lugar emocional.

Los autores de canciones acuden con frecuencia a estas relaciones sensoriales. Me enfocaré en ellos. Hace días traigo pegada “Consejo de sabios”, escrita e interpretada por el grupo español Vetusta Morla. Es una historia de pareja que dice en un momento: “Tienes la forma precisa, / guardas la herencia del mármol. / Fuiste la Venus de Milo / y yo puse el mundo en tus brazos”. Cuatro líneas y esa gestualidad explican con potencia la frialdad de un truene, la atroz sensación de pérdida; en cambio, párrafos gastados del tipo “Creí en ti, qué decepción, estoy tan solo” no serían más que infumables lugares comunes.

Podría mencionar muchas metáforas de canciones que me emocionan por su asombro furioso, por cómo vinculan en los ojos de mi imaginación animales disímbolos y seres de distante código postal, pero me falta espacio. Por hoy elijo ésta, de José Alfredo: “Cuántas luces dejaste encendidas, / yo no sé cómo voy a apagarlas”. Carajo, por qué no se me ocurrió primero a mí.

(Originalmente publicada en mi columna La Utora, en el periódico mexicano La Razón; foto: inspireafire.com).

MI CORAZÓN, NIÑO GOLOSO

No tengo mesura para algunas cosas, entre ellas, el chocolate y el amor. ¿Atemperarme? No sé cómo se logra. La mujer divorciada que soy admira y compadece por partes iguales a las personas maduras que, si una vez deciden no enamorarse, logran su objetivo sin sudores, como un campeón mundial arrasaría en una competencia escolar. Es abstruso y difícil para mí: no soy atleta, hace décadas nadie me invita a una olimpiada adolescente.

            “El amor es una catástrofe espléndida: saber que te vas a estrellar contra una pared, y acelerar a pesar de todo: correr en pos de tu propio desastre con una sonrisa en los labios; esperar con curiosidad el momento en que todo se va a ir al carajo. El amor es la única decepción programada, la única desgracia previsible que deseamos repetir”, señala el protagonista de El amor dura tres años, novela de humor ácido y certero del galo Frédéric Beigbeder. Añado: conozco bien ese desastre elegido, lo he visitado con frecuencia, tanto que hace un tiempo decidí no enamorarme pero aquí estoy hecha una tonta, flotando entre baladas cursis y chistes privados, un sonoro fracaso. Vaya porcentaje de bateo.

            Roland Barthes disecciona en Fragmentos de un discurso amoroso un rasgo definitorio del amante: “[En el abrazo] estamos en la voluptuosidad infantil del adormecimiento: es el momento de las historias contadas, el momento de la voz, que viene a fijarme, a dejarme atónito… en medio de este abrazo infantil, lo genital llega infaltablemente a surgir… el adulto se sobreimprime al niño. Soy entonces dos sujetos a la vez: quiero la maternidad y la genitalidad. (El enamorado podría definirse como un niño que se tensa: tal era el joven Eros)”. El semiólogo francés da en el blanco: quien ama se mueve pendularmente entre la infantilización y la libido, es decir que tras un episodio de sexo feroz cuelgo en el baño el traje de adulta y luego, superheroína venida a menos, en vez de salvar al planeta busco cómo resolver mis necesidades de cuando jugaba con muñecas. Chale.

            No soy masoquista, así que debe haber algo más que me atrae en la “catástrofe espléndida”. Repensándolo descubro que la metáfora del amante como menor de edad implica también el juego, la sinvergüencería de los pocos años, gustar la transgresión. Es un golpe endorfínico descomunal. Así lo veo claro: a esta edad yo debería haber aprendido algo (se supone), pero mi corazón es un niño goloso que regresa al bote de caramelos cuando nadie lo ve, para llenarse la boca de colores y sorpresa; después, mientras sale corriendo, lleva la travesura hincada en la sonrisa. Desobedece, sí, aunque no por autodestructivo, no sabe ni qué es eso. Tampoco busca retar a nadie. Es de puro arriesgado que sigue su instinto. Su instinto de seis años, se entiende.

(Originalmente publicada en mi columna La Utora, en el periódico mexicano La Razón; foto: ru.freepik.com).

ENAMORARSE DE QUIEN ES EL FUEGO

“¿En serio va a regresar con él?”, pienso. Por razones ahora irrelevantes platico con una cuarentona, golpeada por su marido tantas veces que ya no sabe. Los moretones revelan la intemperie emocional donde habita. Su espalda parece una cuchara, tan curva. Tengo veintipocos años y por azar no me ha tocado esa violencia. Se supone que estoy aquí para ayudarla, sin embargo el asunto me rebasa; oírla y validar su rabia parece lo menos malo que puedo hacer.

            Luego responde mi inquietud no formulada: “Ojalá no volviera con él tras esta paliza, aunque creo que sí lo haré”, palabrea a media voz, echando la sinceridad por delante. “Cuando regreso siempre es lindo, jura que me adora y ahora sí me va a cuidar. No es cierto, pero necesito sentir amor”. Cuánta urgencia, cuánta desesperación de afecto. Debe doler más que los verdugones.

            Nina Simone, suprema cantante y pianista de concierto, se casó en 1961 con Andrew Stroud, expolicía. Según el documental What happened, Miss Simone?, dirigido por Liz Garbus, la artista escribió en su diario: “Los golpes, Andy, de veras no puedo con eso. Destruyen todo dentro de mí”. Stroud era bestial; una vez, cuando Simone guardó la nota de un fan, de castigo él la fue tundiendo de camino a casa, en el elevador, la habitación. Ya ahí puso una pistola en su cabeza y, atada, la violó. ¿Por qué ella no lo dejaba? “Estaba enamorada del fuego”, explica su hija. Coincide con esto de Alaíde Ventura, en su novela Entre los rotos: “La mirada de papá era seductora, como son todos los incendios”.

            Al aguantar crueldades, una mujer o un hombre se vuelven versiones minusculizadas de sí mismos. El desprecio provoca que su dignidad doble las rodillas y se crean incapaces de otro destino. Sólo merecen quemarse. Vinculo tanto a Dolores como a Nina con el correo que me manda G., a raíz de una columna mía; me cuenta la violencia aparatosa de su exesposo. Ella no sólo veía imposible abandonarlo, por miedo a un daño peor; el maltrato la convenció de que era culpa suya. A escondidas buscó auxilio, yendo a terapia. Poco a poco vio el vapuleo emocional. Años después se fue de casa.

            Nadie supera un romance con la lumbre sin pedir ayuda, sin romper el silencio cómplice. Se requieren dos para una historia de puñetazos: un agresor y un agredido. Si uno decide no seguir, el bucle del abuso se resquebraja, aunque tarde en caer.

            Como escritora busco palabras para entender el estado de ánimo fracturado, tanto por una patada como por la voz interior que asegura “es lo normal, la vida no se puede disfrutar”. Entonces recuerdo a Mario Benedetti: “estamos rotos pero enteros”. Eso quiero creer. Por más que se haya pulverizado la autoestima, ahí andan los pedazos, es cosa de encontrarlos. Y de renunciar al fuego.

(Originalmente publicada en mi columna La Utora, en el periódico mexicano La Razón; foto: hoydia.com.ar).

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