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Parte de guerra desde Montevideo (1)


Mi vuelo llegó a medianoche y entre el aeropuerto, el traslado y sacar la ropa de la maleta (hay que conservar la dignidad hasta el último aliento), me dormí pasadas las 2:30 de la madrugada. Hoy, el día fue de intensidades, con nueve entrevistas para medios de Montevideo sobre el Premio Benedetti y mi libro Eros una vez, publicado por el sello Seix Barral: hubo prensa escrita, radio, TV y un sitio web.

Me sorprendió que todos los entrevistadores (sin faltar uno) habían leído el libro, lo llevaban anotado, se referían a equis o zeta poema en particular. Guau, un lujo poco común.

La agenda la organizó más que espléndidamente Lucía Fuidio, de Editorial Planeta, casa matriz que publica mi libro. Es una chica profesional, cálida, organizada, todo lo que se puede pedir. Y encima me llevó a comer a un lugar tan lindo como rico: el restaurante Rara Avis, junto al teatro Solís. El cuadro lo completó Rubén, quien nos hizo favor de llevarnos y traernos por todo Montevideo sin perder el ritmo ni la música interna.

Estoy rendida, pero segura de que tengo que volver pronto a Montevideo y quedarme unos seis meses. Su gente bien lo vale.

Mañana habrá más entrevistas y (creo) un poco de tiempo libre.

Continuará…

Da click aquí para ir al video de la entrevista que me hizo María Noel para Montevideo Comm






De arriba abajo:

Con Pablo Silva, del programa La máquina de pensar, por Radio Nacional de Uruguay

Con Karen, para Televisión Nacional de Uruguay

Con Malena Rodríguez y Jaime Clara, del programa Por amor al arte de NSTV

Con Hugo Castillo, del programa Utopía, por Radio Centenario

Con Ana Inés Larre Borges, para el semanario Brecha

El Golem y la mañana guanajuatense

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Vine a ofrecer una plática sobre poesía checa, llegué ayer y hoy regreso al D.F., lo que lamento mucho porque ya me veía paseando a mi aire por los callejones de esta ciudad preciosa. Hoy, antes de que suene la alarma, me despiertan las campanadas de la iglesia que está justo frente al hotel. Por alguna razón, lo primero que me viene a la mente es que a unos pocos pasos de aquí está el bar El Golem, en referencia al personaje checo que ayer estuvimos comentando. Qué rico: amanecer en Guanajuato habiendo tenido ayer un día espléndido en todos sentidos y llenarme la boca con la música de esos primeros versos de “El Golem” de Borges que me sé de memoria:

“Si (como afirma el griego en el Cratilo)
el nombre es arquetipo de la cosa
en las letras de ‘rosa’ está la rosa
y todo el Nilo en la palabra ‘Nilo'”.

Abro la ventana y me topo con esta imagen. La mañana pinta redonda.

#CrónicaDesdeJapón Mi experiencia en el teatro Kabuki

Los tres protagonistas de la obra Otowagatake Danmari (foto: libro-programa de mano de Kabuki.za)
Los tres protagonistas de la obra Otowagatake Danmari. (Foto tomada del libro-programa de mano que compré en el teatro Kabuki-za).

Está a punto de empezar la función en el teatro Kabuki-za, en la moderna zona de Ginza, en Tokio, Japón. Estoy emocionadísima. Desde que supe que vendría a este país fue de las primeras cosas que anoté como pendiente.

Nacido alrededor de 1600, el Kabuki es una de las expresiones artísticas más fuertes de este suelo. Surgió como un teatro popular cuyas obras hablaban de guerreros samuráis, quienes estaban en la cima en la época, así como historias de la gente del campo, temas políticos y sociales. Fuertemente censurado por el shogunato en el poder, con frecuencia el Kabuki hacía una crítica velada al mismo, al abordar asuntos históricos pero cuyo contexto el público leía entre líneas. Maestros de la escena, señores de la moda y artistas geniales, los actores pronto se convirtieron en ídolos de las masas. A lo largo de los siglos y con los cambios políticos que ha vivido Japón, el Kabuki se ha mantenido como una herencia cultural importante, disfrutada tanto por japoneses como por extranjeros. Una de sus características más singulares es que en él no participan mujeres. Desde que el shogunato se los prohibió en 1692 con la excusa de cuidar la moral surgieron actores especializados en interpretar exclusivamente papeles femeninos.

Mientras espero que se levante el telón, voy a rentar por 500 yenes (unos 4 dólares), una especie de iPad que despliega los diálogos en inglés, además de las letras de las canciones y algo de información adicional sobre la obra. También me dedico a disfrutar el teatro, que es bellísimo e inmenso, con capacidad para casi dos mil personas. Trato de memorizar todo y además compro un libro-programa de mano, porque está estrictamente prohibido tomar fotos. El boleto de entrada a dos obras en un acto me costó 2,000 yenes (unos 17 dólares) pero las entradas a las obras largas y codiciadas pueden costar hasta 18,000 yenes (170 dólares) cada una.

Por fin empieza la obra. Se llama Otowagatake Danmari, que significa “El danmari en el parque Otowa”. Interpretada por primera vez en 1935, trata del discípulo de un famoso guerrero rebelde muerto en batalla, quien quiere robar del santuario de Otawa la espada y la bandera que fueron de su maestro. Para ello aprovecha el festival religioso y se disfraza de un actor que participa en la celebración. Cuando tiene los objetos huye, pero es perseguido por un guerrero y por la hija de otro guerrero, quienes tratan de recuperarlos. Entonces todos luchan, en un momento estelar del Kabuki llamado danmari. El danmari es una suerte de bellísima pelea coreografiada en cámara lenta, que supuestamente ocurre en la oscuridad, pero en escena está totalmente iluminada.

Lo primero que me fascina es la fuerza visual del Kabuki, expresada a través de maquillajes muy marcados y vestuarios fastuosos, de un total lucimiento. Además, los actores interpretan sus papeles con ademanes y gestos amplios, incluso llegando a congelarse por momentos en una pose que se llama mie, especie de foto viva que va acompañada del sonido de fuertes tambores de madera. Así se expresa de forma corporal una emoción importante en la trama. Es impresionante.

Las voces son agudas y hacen inflexiones similares a las de la ópera occidental. Además, el ritmo es muy marcado, me atrevería a llamarlo poético. Todo va acompañado de música en vivo, interpretada con instrumentos tradicionales y que tanto sube como baja, acompañando la acción en escena. De pronto oigo gritos entre el público. Por supuesto no entiendo lo que dicen, pero leí que es una costumbre animar así a los actores, como ocurriría en un concierto occidental. El conjunto es un espectáculo profundamente dramático, intenso. Además me cuesta trabajo creer que esa mujer delicadísima que veo sea un actor.

La segunda obra, Yanone, se interpretó por primera vez en 1729 pero ocurre a fines del siglo XII. Trata de un guerrero pobre que busca vengar la muerte de su padre pero al mismo se burla de sí mismo y de los dioses que lo tienen en esa situación. Recibe la visita de un amigo que le lleva regalos de buen augurio y luego se acuesta a dormir. En sueños, su hermano, que también busca justicia para su padre, le dice que fue tomado preso por su enemigo. Al despertar, el guerrero toma el caballo de un campesino y se lanza a rescatar a su hermano. Es interesantísimo el contraste entre la situación dramática del personaje en desgracia y que quiere justicia para los suyos, pero tiene un gran sentido del humor. El maquillaje aquí es aún más recargado e impactante que en la primera obra. Aunque no entiendo las palabras, me emociona igual.

Cuando salgo del teatro voy pensando que el Kabuki me resulta una experiencia intensa de esa otredad que desde mi ser occidental no entiendo, pero con la que conecto a partir de las experiencias comunes de dolor, lealtad, traición, humor, miedo. Al final, eso es el verdadero arte.

De la obra Otowagatake Danmari (Foto tomada del libro-programa de mano que compré en el teatro Kabuki-za).
De la obra Otowagatake Danmari. (Foto tomada del libro-programa de mano que compré en el teatro Kabuki-za).
De la obra Otowagatake Danmari (Foto tomada del libro-programa de mano que compré en el teatro Kabuki-za).
De la obra Otowagatake Danmari. (Foto tomada del libro-programa de mano que compré en el teatro Kabuki-za).
Guerrero protagonista de la obra Yanone. (Foto tomada del libro-programa de mano que compré en el teatro Kabuki-za).
Guerrero protagonista de la obra Yanone. (Foto tomada del libro-programa de mano que compré en el teatro Kabuki-za).
Guerrero protagonista de la obra Yanone recibiendo la visita de su amigo, músico. (Foto tomada del libro-programa de mano que compré en el teatro Kabuki-za).
Guerrero protagonista de la obra Yanone recibiendo la visita de su amigo, músico. (Foto tomada del libro-programa de mano que compré en el teatro Kabuki-za).
Yo, a la entrada del teatro.
Yo, a la entrada del teatro.

 

Da click aquí para ver un video de 4 minutos de la Unesco que ofrece un panorama general sobre el tema.

 

#CrónicaDesdeJapón En las entrañas del mercado de mariscos de Tokio

Así se corta un atún.
Así se corta un señor atún.

4:35 am. Mercado Tsukiji. Centro de Tokio, Japón. 

Luego de despertarnos a las cuatro de la mañana, mi adolescenta y yo acabamos de llegar al mercado. No es posible reservar lugares para la singular subasta de atún, así que hay que llegar temprano para ser de los 120 turistas que cada día pueden atestiguar el ritual en éste, el mayor mercado del mundo. Hasta ahí todo perfecto. El detalle es que hoy las 120 personas estaban formadas a las 3:40 am. Es decir, madrugamos de balde. Cosa bonita.

La actividad del lugar arranca alrededor de las 3 y termina a eso de las 9 a.m., de modo que la adolescenta y yo decidimos conocer de una vez la zona visitable porque, según todos los indicios, no nos la podemos perder, por lo impresionante de su tamaño y por ser parte medular de la vida de Tokio. Empezamos a caminar. El olor es poco amable y en la oscuridad decenas de bicicletas y vehículos de carga pasan volando en todas direcciones, sin orden alguno. Vale más estar atentas. No sabemos hacia dónde ir porque los letreros no tienen traducción, como la mayor parte de las cosas aquí. Con nuestro japonés elevado nos acercamos a un señor: “Buenos días, disculpe. ¿Dónde?” (suena algo así como “Koníchiwa, sumimasén. ¿Dokó?”) mientras señalamos en el mapa los puestos de comida. Apunta a la derecha. En eso se nos acerca un japonés sonriente, que nos pregunta en inglés qué buscamos. Ante nuestra respuesta se ofrece a guiarnos. “Free”, aclara. Aceptamos, aunque tengo cierto recelo de sus intenciones.

Su chamarra lleva bordado en la espalda Sushi Restaurant Miyako y viste botas de hule como todos los que trabajan aquí. Empieza a meterse por los pasillos, a enseñarnos los tipos de mariscos y a explicarnos que la mayor parte del producto llega por tierra o avión incluso desde sitios como Boston, EUA, que de aquí se distribuye a restaurantes y tiendas en todo el país. En otra sección del mercado también se vende carne, verduras, flores. Pasamos por donde están haciendo la subasta de atún. Ayer leí que un pescado grande puede costar unos 20,000 dólares (340,000 pesos mexicanos) y nuestro guía nos dice que los precios se establecen cada día a partir de la oferta y la demanda.

Con sus 230,000m2 de superficie, el mercado es un impresionante laberinto de puestos. Cada día se venden aquí unas dos mil toneladas cúbicas de camarón, pulpo, almeja, calamar, pescados varios, atunes de tamaño increíble, muchos mariscos cuyos nombres ni siquiera sé. Al pasar, el guía saluda a todos con familiaridad, es bien conocido. Nos dice que nació en este barrio. Le pregunto cómo se llama. Su nombre es Kazunari Akasu, pero podemos decirle Kaz. Me voy relajando poco a poco, nos lleva siempre por zonas transitadas y no tiene mala vibra. Es un hombre sencillo, divertido con la curiosidad de las extranjeras que se fascinan de su cultura. Él va delante y nosotras a veces nos rezagamos con algo, así que un par de veces policías nos detienen, señalando que no podemos pasar a equis zona. Kaz explica que venimos con él y entonces pasamos. Qué suerte, estamos literalmente visitando las entrañas del lugar y somos las únicas turistas. Estamos fascinadas. Kaz nos lleva incluso a la azotea del mercado, desde donde hay una vista privilegiada del mismo y también del río Sumida-gawa, a espaldas del complejo. También vamos al santuario Namiyoke Inari, dentro del mismo mercado, construido en el siglo XVII.

Ya son más de 7:30 y tenemos hambre, así que le preguntamos a Kaz dónde podemos desayunar. Dice que el restaurante donde él trabaja está lejos y además descansa hoy, así que propone uno de los locales del mercado, propiedad de un amigo suyo. Nos parece ideal. El restaurante es pequeño, caben unas 10 personas en torno a la plancha donde dos cocineros preparan el sushi, el arroz, la sopa miso. Está lleno así que debemos esperar unos 20 minutos. Por fin pasamos, pero de inmediato nos advierten que no podemos tomar fotos. Lo lamento muchísimo, porque los platos de verdad lucen fantásticos. Kaz nos enseña la auténtica manera de comer el sushi: con las manos, remojándolo un poco en la soya. Me resulta un poco brusca la experiencia de desayunar hueva de salmón, robalo, salmón, pulpo y atún crudo con un poco de arroz hervido, pero en general me gustan los sabores. Veo de reojo que la adolescenta no comparte mi opinión. Sufre para avanzar con su plato y al final le pregunta a Kaz si le ayuda con un poco. Él, por supuesto, se devora los pedazos de pescado. Luego, se limpia los dedos en un trapo que trae colgando de la cintura.

Yo pago el desayuno, 2,800 yenes por persona (unos 24 dólares), y Kaz agradece con grandes exclamaciones. Luego sugiero que me gustaría darle una propina pero se niega rotundamente. No quiero ofender, así que no insisto. Cuando llega la hora de despedirnos nos tomamos fotos con él y nos da su teléfono, para que le llamemos si necesitamos algo. Además, quiere invitarnos a comer a su restaurante. De verdad es encantador, no sabemos cómo agradecerle. Ya que vamos las dos solas, con los tenis empapados de agua que huele a pescado, la adolescenta resume el sentir de ambas: conocer a Kaz es sin duda uno de los puntos inolvidables de nuestro viaje.

Vista panorámica del mercado Tsukiji alrededor de las 5 am.
Vista panorámica del mercado Tsukiji alrededor de las 5 a.m.

 

Kaz nos presume un pulpo.
Kaz nos presume un pulpo.
Precios varios.
Así anuncian los precios en varios locales del laberinto.
Kaz insiste en que la adolescenta toque un pescado. Su cara lo dice todo.
Kaz insiste en que la adolescenta toque un pescado. La cara de ella lo dice todo.

 

Uno de los puntos inolvidables del viaje fue conocer a Kaz.
Las dos con Kaz, quien sin duda es uno de los puntos inolvidables de nuestro viaje por Japón.

#CrónicaDesdeJapón A veces, hasta yo puedo creer 

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Bajo la influencia del budismo zen, la literatura japonesa del siglo IX desarrolló una honda observación del espectáculo de la naturaleza y de sus ciclos. Las estaciones incluso fueron vistas como una expresión divina, no en el sentido occidental de la creación de un Dios que se diferencia de su obra, sino como manifestación de una divinidad vital que aparece y desaparece en ciclos de vida y muerte, de verano e invierno, de primavera y otoño. “Y cualquiera que haya visto a un japonés detenerse silencioso durante una hora a ver los cerezos en flor en primavera, o contemplar la luna llena en el cielo de otoño sabe que no se trata de una mera apreciación estética, sino de un acto de adoración” (traducción mía).

Lo leo en Japanese Death Poems. Written By Zen Monks And Haiku Poets on the Verge of Death, compilado por Yoel Hoffmann (Tuttle Publishing), libro que compré en una librería de Tokio, Japón, y que me permite entender un poco más esta cultura. En este viaje, en efecto, tuve la suerte de disfrutar esa luna espectacular de otoño, quedarme callada e incluso sentir que yo también podría creer en ella. Yo, tan poco creyente.

#LunesDeHumor Contar con los dedos en japonés está en ídem

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La comunicación no verbal es importantísima aquí en Japón y puede determinar el desenlace positivo o negativo de un intercambio. Los japoneses están siempre atentos al tono de voz y la postura, de modo que en incluso en las conversaciones telefónicas es posible ver a la gente haciendo la tradicional caravana hacia su interlocutor quien, obvio, no puede verlos. En general los japoneses consideran agresivo mirar directamente a los ojos, por lo que al hablar con ellos primero debe hacerse un fugaz contacto visual y luego dirigir la mirada a, por ejemplo, el cuello de la persona. Recibo esos tips los recibo de Kas, amigo japonés de quien comentaré más en otra entrada.

Con todo lo torpe que me siento en cada paso, una de las cosas que me ha resultado mayor motivo de confusión es la forma de contar con los dedos. En Occidente levantamos el número de dedos que corresponden al número que queremos decir. Así, un dedo corresponde al número uno. Aquí es justamente al contrario: para decir uno (Ichi) los japoneses levantan los cuatro dedos y doblan el pulgar sobre la palma de la mano. El dos (Ni) se indica con el índice y el pulgar doblados. El tres (San), con el medio, el índice y el pulgar doblados y así hasta el cinco (Go), que se indica con todo el puño cerrado. Del seis en adelante se van desdoblando los dedos de uno en uno, de manera similar a como lo hacemos los occidentales pero con una sola mano. En otras ocasiones, cuentan como en Occidente del uno al cinco y luego sobre la palma de la mano ponen los dedos adicionales, con la otra mano: un dedo sobre la palma para el seis, dos para el siete y así sucesivamente. Da click aquí para ver un video de un minuto, de mala calidad de imagen, pero que lo explica bien.

Bueno, pues en esto que parece tan sencillo ya se pueden reír de cómo me enredo y me siento en el kínder teniendo que pensar cuántos dedos mostrar. Ja. Qué bueno que no hay cámaras ocultas por aquí. 

 

#CrónicaDesdeJapón Por qué este escritor nipón rompió con el haikú

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Shuntaro Tanikawa

Acostumbrada como estoy a asociar literatura japonesa y haikú, nunca había pensado que un autor renegara de esa riquísima tradición. Pero sí, entiendo el porqué.

Ando de viaje por Japón y aprovecho la excusa para empaparme de su literatura. Traigo conmigo Dos mil millones de años luz de soledad, de Shuntaro Tanikawa, traducido al español por Cristina Rascón y publicado recientemente por la UAM. Nacido en 1931, Tanikawa es uno de los poetas nipones actuales más reconocidos, merecedor de infinidad de premios literarios y autor de más de 60 títulos. Éste fue su primer libro,  publicado cuando tenía 21 años y su país acababa de liberarse de la ocupación estadounidense. En ese contexto, se distanció de las formas tradicionales, como el haiku y el tanka, e incluso se confesó contrario a su uso, “ya que la métrica del 7 y 5 [había] sido utilizada para campañas imperialistas de exhortación a la guerra”. En consecuencia buscó nuevas formas para referirse a la realidad de un Japón post-guerra y post-bomba atómica: empleó metáforas, sonetos, referencias occidentales. En ese marco se inserta su espléndido poema “Noche de lluvia silenciosa”:

“quiero estar sentado así por mucho tiempo

mientras escucho en silencio cómo se hunden nuevos miedos y tristezas

lisonjear el olor de Dios sin creer en Dios

recoger hojas en la avenida de un país lejano

anegarme de candiles ilusorios del pasado y del futuro

creer en un sofá mullido sobre el mar azul

y     más que nada

amarme sin límites

quiero estar sentado así en secreto mucho tiempo”

El poema me llega. Lo releo y me toca más. Me sienta de golpe en el centro de un país descreído que tiembla de dolor y miedo, en el que un escritor intenta hacerse un espacio, crear un lenguaje que le ponga palabras a lo nuevo (¿no es un poco el intento de todo autor?). Luego leo la nota de la traductora: los ideogramas de la palabra hojas y del concepto palabras están relacionados. Mejor dicho, hojas es un ideograma contenido dentro de palabras. Pensar en ideogramas japoneses no es lo mío, así que busco un ejemplo en español: niño está contenido dentro de la voz niñera. Supongo que es algo así. El asunto es que una de las primeras antologías de literatura japonesa, Manyoshu, puede significar a la vez “colección de las diez mil hojas, colección de las diez mil palabras o colección de los diez mil poemas”, dice Rascón. Por eso, el verso “recoger hojas en la avenida de un país lejano” puede referirse también al “acto de crear poesía o palabras en la avenida de una región aparte, es decir, una región poética distinta a la generación de escritores que precede a Tanikawa”. Agradezco la nota, que me ayuda a entrar en las honduras del verso, entender mejor la intención de rompimiento del autor con sus antecesores, la fuerza que implica pero también la vulnerabilidad que lleva entretejida y con la que puedo conectar.

Una nota adicional sobre Rascón: además de ser escritora por derecho propio, es maestra en Política pública por la Universidad de Osaka, en Japón, y diplomada en Estudios asiáticos por la Universidad de Kansai Gadai. En sus ratos libres le da por traducir del japonés libros imperdibles, como éste, enriquecido con referencias culturales y notas de contexto histórico. De verdad, muy recomendable.

(Originalmente publicado en mi blog Deli(b)rios, en el sitio web de la revista SoHo).

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#MiércolesDePoesía Iluminación en tres líneas

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La pasión de Octavio Paz por la cultura japonesa lo llevó a hacer, junto con Eikichi Hayashiya, la primera versión occidental del libro Oku no hosomichiSendas de Oku, publicado en 1957. Se trata del volumen de Matsuo Basho, el poeta más conocido de ese país, el que “todos los japoneses conocen desde la primaria y muchos tienen como libro de cabecera, oráculo manual, fuente de inspiración, guía de viaje, ejemplo de caligrafía y modelo de estilo”, dice Aurelio Asiain en Japón en Octavio Paz (Fondo de Cultura Económica).

El libro es en realidad el diario del viaje de cinco meses que hicieron, en 1689, Basho y un discípulo. Fueron al noreste del país y en el camino se encontraron con colegas, con quienes escribieron cadenas de poemas. El libro, escrito en prosa y salpicado de pequeños poemas, plantea el viaje como medio de creación, a partir de dos ideas:

  1. la poesía no es un género literario, sino una forma de conocimiento y una profesión de fe;
  2. esa fe y ese conocimiento sólo pueden realizarse cabalmente a través de la exploración del mundo y el encuentro con los otros.

Así, los poemas de Basho son cotidianos. Hablan del sol, de la lluvia, de la montaña, de la gente común. Significan mucho diciendo lo mínimo, además de dar total preponderancia tanto a la imagen visual como a la sorpresa. Este #MiércolesDePoesía, mientras estoy a horas de pasearme por Tokio y llenarme los oídos de esa lengua como de lluvia, dejo aquí tres de mis poemas favoritos de Basho, en traducción de Paz:

Este camino

nadie ya lo recorre

salvo el crepúsculo.

**

Caído en el viaje:

mis sueños en el llano

dan vueltas y vueltas.

**

Un viejo estanque:

salta una rana ¡zas!

chapalateo.

 

 

 

 

 

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Me les voy a Japón

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Estoy emocionada más allá de las palabras. Tras una serie de vuelos e infinidad de horas voy a aterrizar justo en Tokio.  Es un viaje acariciado por largo tiempo, nacido de tener abiertas todas las interrogantes y que hago con la mejor compañera del mundo mundial: mi adolescenta. Japón me atrae porque no lo conozco, no lo intuyo, no me lo imagino.

Como acostumbro antes de ir a un país desconocido, llevo semanas leyendo y empapándome de su cultura, para empezar a viajar antes de poner un pie en el avión. Entre los libros que he revisado está Japón en Octavio Paz, recopilación preparada por Aurelio Asiain y publicada por el Fondo de Cultura Económica. Ahí encuentro este fragmento, perteneciente al ensayo “Tres momentos de la literatura japonesa”: “[Japón] es un universo autosuficiente y cerrado sobre sí mismo. Organismo al que nada le falta, como esas plantas del desierto que secretan sus propios alimentos, el Japón vive de su propia substancia. Pocos pueblos han creado un estilo de vida tan inconfundible […]”.

Más adelante, Paz habla de que en el siglo V se introdujo oficialmente la escritura y que en el VIII la corte imperial se trasladó de Nara a la actual Kioto. Luego viene esta joya: “La corte constituía por sí misma un universo autónomo, en el que predominaban como supremos los valores estéticos y, sobre todo, los literarios […] la verdadera religión era la poesía y, aun, la caligrafía. Los señores se enamoraban de las damas por la elegancia de su escritura tanto como por su ingenio para versificar”.

No me la acabo con la sola idea de visitar ese país.

PD Ustedes, queridos amigos, disculparán mi ausencia de este blog por cerca de dos semanas. Espero poder subir algunas entradas desde allá, pero no puedo jurarlo. Lo que sí aseguro es que me llenaré los ojos y los sentidos de imágenes que luego compartiré desde acá. Arigato.

 

#SábadoDeMúsica Entonces andaba de viaje

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Me encanta descubrir sitios. Me raya ver otros lugares. Verme en otros lugares. La próxima semana tomo de nuevo camino y celebro la ocasión con esta Playlist colectiva, de enorme poder evocativo: la canción que me recuerda un viaje. Porque así como los olores pueden repetir momentos, las canciones te llevan a instantes, a sitios de los que tal vez no te has movido, aunque hace años no vuelvas. La mía es Please Read The Letter, de Robert Plant y Alison Krauss, que me transporta de nuevo a una carretera electrizada de romance y deseo, que quería prolongar al infinito. Más abajo vienen las canciones propuestas a través de este blog, mi Twitter @danioska y mi Facebook/JuliaSantibáñez, junto con las razones que cada uno dio para su elección. Si quieres añadir tu tema escríbelo en los comentarios para que lo suba a la Playlist de Spotify.

Ten un rico #SábadoDeMúsica.

[spotify spotify:user:1283484028:playlist:4jqvT0qT85xYsSGvPaGLrO]
  1. Viramo Spiro Asia, de Bévinda (“Iba hacia la India por segunda vez, mi primera de ‘adulto’, con mi más grande amor”).
  2. @aliasRmiranda Bajito a selva, de Rita Indiana y Los Misterios (“A Costa Rica, viaje del que nunca volví aunque no esté allá”).
  3. @gmblawyer Blackout, de Scorpions (“Mi primer viaje sin familia, con puros amigos, en la prepa. Fuimos a un campamento  a la sierra de Arteaga, a Coahuila”).
  4. José de Jesús Montoya Camionero, de Roberto Carlos (“La puse cada 15 días que viajaba con mi familia de Saltillo al D.F a ver a mis padrinos (qepd) de 1984 a 1986. Aún la pongo y lloro. Fueron mis segundos padres y en miles de veces, los primeros”).
  5. @perio_gdl Contamíname, de Ana Belén y Víctor Manuel (“Desde Guadalajara a Querétaro, Peña de Bernal, Ezequiel Montes, Tequis, San Miguel y meta en Guanajuato. Un viaje de clase mundial”).
  6. Emiliano Mares Urrutia Dust In The Wind, de Kansas (“Mi primer torneo internacional en Estados Unidos”).
  7. Myriam Hudson Feel, de Robbie Williams (“Iba llegando a Edimburgo por carretera y con mucha emoción”).
  8. Inés López de Arriaga Feel Good, de Gorillaz (“Viaje familiar, acampando desde el Cañón del Colorado hasta Aspen. Inolvidable y maravilloso”).
  9. Mónica Soto Icaza Go West, de Pet Shop Boys (“Una serie de tours en el sur de Australia. Cada vez que nos subíamos al camioncito para algún trayecto, el conductor la ponía para que todos cantáramos”).
  10. @ErickGuevara_ Highway To Hell, de AC/DC (“En carretera, en una Harley”).
  11. Alex Cisneros I Feel, de El mundo de Murphy 
  12. Gerardo Osegura Io non ti lascero mai, de Amedeo Minghi (“Luna de miel en Italia, noviembre 2014. Pinch me!”).
  13. Carolina Enríquez Joe, le Taxi, de Vanessa Paradis (“Frankfurt- Basel, septiembre de hace como 25 años. Llovía, mi primer marido al volante y en la radio a cada rato pasaban éste, el hit del momento. Cuando la escucho puedo revivir perfecto ese feliz momento con mi amor del cielo”).
  14. @jorgebird La bohème, con Charles Aznavour (“Mi padre decía que esta canción lo llevaba a su juventud. Esta vez lo quiero acompañar”).
  15. @AdrianoDeLucio Living On my Own, de Freddy Mercury (“Barcelona, 1994”).
  16. Xabier Novella Message In a Bottle, de The Police (“Primer viaje a París, de adolescente”).
  17. Arturo Erremental Mi hogar en cualquier sitio, de Antonio Vega (“Más que un viaje en particular, me recuerda el espíritu del viajante”).
  18. @quico70 Minuano, de Pat Metheny Group (“1988. Mi primer viaje a Huatulco. ¡Grabada en cassette y walkman!”).
  19. @mai_baudouin Missing, de Everything But The Girl (“Hace mucho tiempo. Boston. Mi primer viaje fuera del país sin papás… Siento que fue hace tres vidas”).
  20. @Alancena18 Mrs. Robinson, de Simon & Garfunkel
  21. @merce_vz Mustang Sally, de Wilson Pickett (“Era de un cassette que llevaba mi papá, en el avión que pilotaba y, por supuesto, la íbamos cantando. Yo tenía como 11 años”).
  22. @hmatuk Nada, tango interpretado por Rocío Dúrcal (“Mazatlán-Puerto Vallarta, por carretera”).
  23. Cristina Liceaga Nessun dolore, de Giorgia (“El día que me fui a Italia a hacer prácticas profesionales con sólo 22 añitos la escuché como loca. Empezaba una nueva etapa para mí, por primera vez estaría 4 meses separada de mi familia y yo no tenía miedo, ni dolor, si no todo lo contrario. Lo interesante es que es una rola que habla de amor, pero ese día me quedó como anillo al dedo”).
  24. Marcela Sánchez Greene Parachutes, de Coldplay (“Recorrido de Capadocia a Pamukkale. Mi primer viaje después del divorcio, inolvidable”).
  25. Mauricio Núñez Poison, de Alice Cooper (“Un viaje a Acapulco en los 90, con puro paria lujurioso. No pescamos ni un charal, por cierto”).
  26. Shira Shaman Razón de vivir, de Mercedes Sosa (“En últimas fechas tuve oportunidad de viajar y conocer pueblos y ciudades de mi amado México, convivir con su gente, cantar con adultos mayores, cargados de historias y sabiduría. Esta canción me recuerda ese viaje”).
  27. @JPablo_Preciado Rock Or Bust, de AC/DC (“Para mantener toda la energía mientras devoras kilómetros”).
  28. @maysolecita Route 66, de Depeche Mode (“¡Melbourne!”).
  29. Ginette Riquelme Rumore, de Raffaella Carrá (“Me recuerda un viaje con otras tres personas por la Isla de Chiloe, sur de Chile. El Cd lo compramos cuando rentamos el auto”).
  30. Ernesto Flores Vega Runnin’ Down A Dream, de Tom Petty (“A cualquier parte. Es la canción quintaescencial de carretera”).
  31. @nosloquedeberia Rutas argentinas, de Almendra (“En auto al sur, a cualquier sur”).
  32. Alejandro Romero Shine On You, Crazy Diamond, de Pink Floyd  (“Indispensable si es un viaje largo en automóvil e implica lluvia”).
  33. Dania Castañón Shut Up And Dance, de Walk The Moon (“Mi campamento”).
  34. Bellaespíritu Sólo se trata de vivir, de Lito Nebbia (“Sintetiza el espíritu de cada viaje, y el de la vida”).
  35. Rafael Carballo Special Needs, de Placebo (“Cuando llegué a NY a vivir. Invierno. Fue un viajesote sólo poderme instalar”).
  36. @danywino Stool Pigeon, de Kid Creole and The Coconuts (“Por Hossegor, Francia”).
  37. @erikaaponte Sugar, de Maroon 5 (“Las Vegas, a principios de año”).
  38. Maru Moreno Take My Hand, de Dido (“Fue mi compañera en un recorrido en carretera, aeroplano y barco en British Columbia, Canadá”).
  39. @michrade Tan enamorados, de Ricardo Montaner (“¡Acapulco con mi ex amor! ¡Y obvio que yo moría por el! La canté toda la carretera”).
  40. @RolonPicudo The Boys Of Summer, de Don Henley (“Me recuerda un viaje a Mazatlán en los 80 y al Sr. Frog’s. ¡Cómo bailé!”).
  41. Andrés Grillo Tras la tormenta, de Rubén Blades y Willie Colón (“La oí por primera vez en radio en París, 1995”).
  42. Norm Gabriela Sánchez Venecia tin ti, de Charles Aznavour (“Una ciudad próxima”).
  43. @elpidder Wherever I May Roam, de Metallica (“Rumbo a Tula, Tamaulipas”).
  44. Alma Delia Murillo Who’s Gonna Ride Your Wild Horses, de U2 (“Iba a la India… uf, sólo de evocarlo quiero llorar, ja”).
  45. Paola Tinoco Wild Is The Wind, de David Bowie (“Estaba en Berlín por primera vez, ouch, recuerdo que aún duele”).

Cinco cosas que sólo entiendes si has ido a Colombia

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Estas cinco cosas te van a sonar solamente si has visitado ese país delicioso. 

Acabo de estar en Bogotá, la ciudad a cuya “llovizna inclemente ” se refirió García Márquez y que hoy es una urbe vital, intensa, llena de cultura, de arte y moda. Y de colombianos(as), claro, que son su mayor atractivo. Aquí, cinco cosas que únicamente puedes entender si has estado ahí.

  1. Necesitas replantearte las fórmulas de cortesía. El asunto es que mientras en México usamos el usted como un pronombre de distancia y respeto, allá es justo lo contrario: implica cercanía, afecto, complicidad, de modo que los mejores amigos y los novios se tratan de usted. Cosa más linda.

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2. Pagar 100 mil pesos por una comida no es tan grave. El tipo de cambio del peso colombiano es muy desventajoso frente al dólar, de modo que si sacas tu teléfono iPhone y haces la conversión, resulta que esa cantidad estratosférica en realidad corresponde a 33 dólares, más o menos.

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3. “Llover todo el día” puede ser, sí, algo literal. Amanece gris y llueve. Sale el sol. A la una de la tarde llovizna. El sol ya no sale pero la calle se empieza a secar. A las seis llueve de nuevo, por qué no. Y, con suerte, en la noche vuelta a empezar. La primera vez que vine a Colombia le pregunté a un taxista por el clima y lo describió puntualmente: “No se me preocupe. Aquí llueve dos o tres veces… al día”.

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4. Sus modismos son geniales, pero a veces no entiendes nada. No cuesta ningún trabajo descifrar “ella tiene suin (swing)”,  “le traigo los fríjoles”  o “se me hizo tarde porque me embrollé“. Pero qué tal cuando alguien dice “¡qué vaina!”,eso es una verraquera/ me parece bacano” o “amanecí con un tremendo guayabo y tengo que trastear”. Respectivamente quieren decir: ¡qué lata!, eso es genial/ buenísimo, amanecí con cruda y tengo que hacer la mudanza.

Captura de pantalla 2015-08-17 a las 20.14.175. El emblemático Andrés Carne de Res, en Chía, es indefinible. Es un restaurante… bueno, pero tiene pista de baile… y además es bar. Ok, todo al mismo tiempo. Mezcla de Disneylandia para adultos y templo kitsch tremendamente disfrutable, es el sitio al que los bogotanos van a rumbear y donde también caen los turistas. Donde celebran las familias con niños, pero también el que escogen los amigotes para una despedida de soltero. Y todos son felices. Sí, es difícil de explicar y sólo si has estado ahí sabes a qué me refiero.

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Reitero lo que escribí hace un tiempo: el riesgo de visitar Colombia es que seguro te quieres quedar en ese suelo de gente entrañable, divertida, que va dejando huellas de sol por donde va.

#LunesDeMonos Chispazo de humor colombiano

Cartón: Picho Y Pucho y Pucheros
Cartón: Picho y Pucho y Pucheros

Una vez más, Bogotá me sedujo sin miramientos. Qué cosa de humor tiene esta gente fantástica.

Además de las arepas, el mojito de lulo y la uchuva (deliciosa fruta, que a la vista parece un tomate cherry), de la fiesta imparable y de su vida intensa, confirmo que lo mejor de la capital colombiana es la risa de su gente. Y no hablo sólo de mis amigos, Andrés y Natalia, que por deformación personal encuentro entrañables, brillantes, gente por la que valdría la pena atravesar el océano, sino del bogotano en general. La mesera del bar, por ejemplo, con su meneo distraído. O Camilo Fidel, el graffitero bacano (localismo para referirse a alguien bueno, valioso), que no perdió las anécdotas entre el aguerrido tráfico bogotano. O el grupo de chicos que se llenaban la boca de carcajadas en el emblemático restaurante-bar Andrés Carne de Res y a la menor provocación comenzaron a bailar, para ya no dar tregua a la comida, el alcohol y la rumba. Y es que ese rasgo tan de aquí me fascina. No se me olvida cómo durante el pasado Mundial de Futbol me reuní en el D.F. con amigos de Medellín para ver el partido Colombia-Brasil, que terminó con el triunfo carioca. Mucha decepción, mucha decepción, pero a los cinco minutos alguien puso vallenatos, entre todos movieron las mesas y acabaron haciendo lo que mejor saben hacer: bailar, reírse, disfrutar. Lo hacen tan sin esfuerzo que no hay forma de evitar el contagio.

Para celebrar el buen humor colombiano, aquí va un cartón de Picho y Pucho y Pucheros, publicado en la edición de agosto de la revista colombiana SoHo o, lo que es lo mismo, la madre de todas las revistas #PerdonenElExabrupto. Buen #LunesDeMonos.

Crónica de mi primer día en Bogotá. Los sabores

Foto: Kitchenconfidante.com (¡la mía salió muy mal!)
El ajíaco colombiano. Foto: Kitchenconfidante.com (¡la mía salió muy mal!)

3 p.m. Bogotá, Colombia.

Estoy en este suelo que me encanta. No quepo de felicidad.

Apenas aterricé en Bogotá empecé a salivar. Dicen que todo gusto es aprendido, que ninguno es genético. Debe ser así. Lo cierto es que se ve que mis clases de amor por la bandera amarilla han sido intensas e intensivas, porque los sabores de por acá me gustan cada vez más.

Aventé las maletas en mi cuarto del Hotel W Bogotá, el top de lo top y con una vista bellísima. Desde el piso 9 tengo la característica imagen de la ciudad, casi toda de color ladrillo y coronada por un cielo que sólo se ve aquí, cuajado de nubes. De inmediato bajé a comer con Raquel, periodista española y compañera de viaje, al restaurante Market Kitchen del hotel. Nos moríamos de hambre. Y yo, además, de antojo. Pedí de inmediato un mojito de lulo, esa fruta amarilla que solamente he probado aquí. Me encanta la mezcla del dulce lulo con la hierbabuena. Y mientras Raquel y yo vamos tejiendo una cálida conversación y una incipiente amistad, yo me regalo un ajíaco típico, especie de sopa espesa preparada con pollo, elote, distintas variedades de papa y hierbas, a la que se le añade aguacate y alcaparras, entre otras cosas. Es una maravilla.

De postre, el mesero-que-es-todo-sonrisas nos consigue un plato de frutas locales (foto abajo). Ambas celebramos el detalle. Aquí va la explicación, en el sentido de las manecillas del reloj: adentro de esas como flores está la uchuva (parece un tomate cherry, pero es muy dulce), luego la pitahaya (muy similar a las que he comido en México), lo que aquí llaman higos (amarillos y de sabor casi idéntico al de la tuna mexicana) y, al centro, la  granada (que en México conocemos como “granada china”). Riquísimas.

Para la inteligente Raquel, que por primera vez viene a este país, las frutas son toda una revelación. Para mí, esta primera comida del viaje es el bautismo que me confirma que sí: estoy en la bacana Colombia. Qué más.

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Mojito de lulo
Plato de frutas locales
Plato de frutas locales

 

Mi cuarto en el W Bogotá
Mi cuarto en el W Bogotá

La paciencia de construir una ciudad con palabras: Fabio Morábito

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Andar una ciudad para narrarla. O narrarla primero y confirmarla con los pasos que se dan. O desandarla a golpe de ficción. O erigirla con palabras, aunque no exista, pero ya existe desde que el escritor le hizo un edificio verbal. Me encantan las muchas posibilidades narrativas de las ciudades. Y también amo la literatura de viajes, entendida como aquella que ocurre en un territorio fuera de casa, real o imaginario: un mar poblado de monstruos, los pueblos argentinos que Martín Caparrós recorrió para narrar “la entelequia que es un país” en su libro El interior, la llegada a México contada por la marquesa Calderón de la Barca o el asombro de una de las Ciudades invisibles de Italo Calvino. Me apasiona que ponga a dialogar el mundo interior con el exterior, lo refleje, lo cuestione.

Fabio Morábito también parece disfrutar tanto las ciudades como la literatura de viajes. Paciente contador de historias, está a gusto en la frontera porosa donde se tocan el recuerdo, la crónica, la ficción. De modo que construye ciudades/ viajes con palabras que son todo, menos inofensivas, porque también es poeta. Y además sabe de extranjerías. De desarraigos. Aprendió a hablar en italiano, pero cuando a los 15 años llegó a vivir al D.F. adoptó el español como lengua de escritura. Es decir que temprano tuvo la inquietud de encontrar el tono preciso entre todos los posibles, de saber quién es uno en un idioma y quién, en otro.

Con ese bagaje, cuando hace tiempo vivió un año en Berlín se puso a narrar no la ciudad, sino su ciudad. Con paciencia armó los 13 cuentos del libro También Berlín se olvida como si los inscribiera en el amplio registro de la literatura de viajes. A partir de la memoria y la ficción, comunican el clima mental de recorrer calles extrañas que se vuelven un poco propias, de “calentar la pluma” sin dejar de sentirse descolocado. Con frecuencia, sus personajes no saben qué decir o hacer. Llevan a cuestas una cierta vergüenza. Como el narrador que cada madrugada llega a comprar el pan y encuentra al mismo hombre que come un croissant mientras lee el periódico. El tipo no voltea a verlo y le hace cuestionarse como escritor: “¿Qué posibilidades tenía de que alguna vez mis palabras llegaran hasta él? Ninguna, prácticamente. Tenía ahí a un lector inalcanzable, que me daría la espalda toda la vida. Me pregunto si todo lo que escribí en Berlín lo escribí para él, para conmover a esa roca impasible, y si he seguido escribiendo desde entonces para ese hombre sin rostro, ajustando cada línea con la esperanza de distraerlo de su periódico”.

Ahí está, también, el turco que se dedica a ver traseros en el lago Krumme Lanke mientras otros toman el sol y se fascina con una nudista acostada en su toalla. Entonces el narrador se vuelve cómplice: “Supe que, de vivir permanentemente en Berlín, nunca sería de aquellos que se tuestan en el verano el Krumme Lanke. Sería más bien, como el turco, un solitario fauno que espía las nalgas de las mujeres. Su conducta me pareció la más digna de todo el lago. Para él la desnudez no era, como para los nudistas de fin de semana, un segundo traje más cómodo, sino todavía algo perturbador que reseca la boca y acelera los latidos. Acechaba a su presa y cuando de regreso lo vi dormido sentí piedad por él, la piedad que me inspiran los sátiros, peludos y acalorados en la espesura, siempre solos en alguna orilla y siempre burlados por las ninfas”.

Al leer los cuentos de También Berlín se olvida me parece que algunos días el autor caminó descalzo las strasses alemanas sintiendo la vibración de cada una, y otros días las anduvo casi flotando, presintiendo. Sólo así me explico la variedad de registros. El libro fue publicado por Tusquets en 2004 y acaba de ser reeditado por Sexto Piso. En especial disfruto los cinco relatos agrupados bajo el nombre “El muro”. Con elementos de ensayo pero sin sacrificar fuerza narrativa, teje pasajes así, de “Cómo el muro nunca existió”: “En toda edificación humana hay lugar para una grieta. El Muro de Berlín no sólo no escapó a esa lógica sino que la llevó más lejos que ninguna otra construcción. Puede decirse que empezó a caer no desde que fue construido sino desde que fue concebido. Se puede afirmar incluso que nunca existió. Lo que existió fue la grieta de Berlín. Y como una grieta no puede existir sola se hizo un muro que la contuviera. Se proyectó pues la grieta y no el muro. Se proyectó el vacío y no la presencia”.

Morábito, una de las plumas más pulidas de la literatura mexicana y quien tras 45 años de vivir aquí no pierde el suave acento italiano en la voz, es comentador asiduo de hoteles y destinos en el sitio web TripAdvisor. Quizá porque ese ejercicio conjunta algunas de sus obsesiones: las ciudades que se construyen con palabras, la extranjería, los viajes que ponen a resonar el mundo interior y el exterior.

(Originalmente publicado en mi blog Deli(b)rios en el sitio web de la revista SoHo).

Lo que hago de puro insatisfecha que soy

Ilustración: Marcelo Escobar
Ilustración: Marcelo Escobar

“Es evidente que sólo viajamos los insatisfechos. Los satisfechos se quedan en su casa gozando de la satisfacción de lo que tienen. Los que viajamos somos los que pensamos que nos falta algo. Alguna vez, si me sale, escribiré el elogio del insatisfecho injustamente denostado y su muy justa queja”, dice Martín Caparrós en El Interior, que Malpaso Ediciones acaba de publicar en México.

Recién lo terminé. Ya intentaré escribir algo (“si me sale”) sobre este necesario libro de viaje, sobre su estructura desestructurante, sobre sus muchos hilos que tejen un mismo tapete con las texturas de crónica, ensayo, diario, cuento, poema, anuncio publicitario, chisme y chiste. De momento dejo esta perlita que me explica porqué me gusta tanto viajar: por puritita insatisfacción. Y añado: supongo que escribo por lo mismo. ¿Alguien no?

PD Para la Playlist colectiva, la pregunta es: ¿qué canción oyes cuando estás triste? Si quieres participar, sólo añade tu propuesta en los comentarios.

Crónica de mi visita a un cenote maya en Yucatán

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Foto: Julia Santibáñez. Aspecto desde el exterior. Me imagino lo que habrán sentido los mayas hace miles de años al toparse con un hueco de estos bajo una tierra sequísima.

Cenote Sacamucuy. Predio de la Hacienda Temozón, Municipio Abalá, Península de Yucatán. 9 am.

Estoy metida en agua, queriendo beberme en silencio la belleza descomunal de este lugar y sintiéndome la más torpe al no poder ponerle palabras. Hace tiempo no estaba en un cenote, estas cuevas subterráneas inundadas que los mayas consideraban entradas al inframundo, el auténtico útero de la Tierra. Agradezco la frescura (a estas horas, afuera el calor ya rebasa los 28º centígrados), pero sobre todo estoy emocionada. El agua es transparente y como recién nacida, raíces y lianas de árboles se estiran para beberla, peces pequeños esquivan hojas para buscar comida, golondrinas revolotean en círculos cuidando sus nidos hechos sobre la pared de piedra. Mientras, el sol se cuela entre la vegetación. Ésta es sin duda casa de los dioses, como creían los mayas.

Vine a Sacamucuy como parte del viaje de prensa al que fui invitada, junto con compañeros de otros medios, por la Hacienda Temozón convertida en hotel boutique. El cenote (palabra que parece provenir del maya dzonot,  que significaría ‘cosa honda’) está dentro del predio del hotel y éste es un paseo que se ofrece de cotidiano a los huéspedes. Llegamos aquí luego de 20 minutos de camino en un carro jalado por un burro, tal como se transportaba la gente mientras funcionaba la hacienda henequenera. Al llegar, a orillas del cenote tuvimos una clase de Chi Kung, el arte marcial que más bien parece una danza y que se centra en equilibrar la energía corporal, y luego hicimos una meditación en silencio, rota sólo por el sonido de la caracola de Reto. La experiencia fue guiada por él, un suizo entrañable que llegó a México hace unos 20 años para estudiar chamanismo. Experto en masajes, meditación y terapias alternativas, hoy es el director de spa de las cinco haciendas del grupo. Espiritual, sensible, considera que el cenote es un ser vivo, de modo que al salir del agua le da las gracias por recibirnos.

Además del magnífico paisaje que representan, antiguamente los cenotes eran lugares sagrados también porque en Yucatán no hay agua visible, es decir, no hay ríos ni lagos, sólo estos cuerpos líquidos subterráneos que significan, literalmente, la vida. Será la carga energética del sitio, la meditación que hicimos o el agradecimiento de poder disfrutar un lugar tan bello. No sé, pero siento el corazón a la intemperie.

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Foto: Marco Daniel Guzmán http://www.viajabonito.mx. El suizo-yucateco Reto hace sonar su caracola durante la meditación, junto al agua del cenote.
Fotos: Julia Santibáñez
Foto: Julia Santibáñez. Los árboles se las ingenian para alcanzar el agua y crean estos manojos de lianas y raíces.

Da click para ver el video de la vista general del cenote

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Foto: Julia Santibáñez. Durante siglos, las filtraciones de agua de lluvia a través de la roca han creado estalactitas.

Da click para ver el video de las golondrinas

 

 

Crónica de un viaje por Yucatán: lo más bonito que he visto

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Eithel, Brittany, Santiago

Hacienda Temozón, Península de Yucatán. 6 p.m.

Mis compañeros periodistas y yo tenemos una hora libre. Ellos van a nadar, a dormir, no sé qué más. Yo dejo la hacienda-hotel y salgo al pueblo, calles de tierra. Me acuerdo de mi amigo Borgeano. Disfruto como él caminar sin rumbo fijo, sin buscar nada, cediendo a la inercia. Las casas de Temozón son sencillas, los perros callejeros forman parte integral del paisaje, igual que los guajolotes que salen de un corral para picotear la hierba. Mientras me dejo llevar me agobia la presencia de propaganda política de cara a las elecciones del 7 de junio. Además de anuncios de los partidos hay expresiones espontáneas. Expresan el mismo desencanto de millones de mexicanos, aunque con estilo alternativo: “A la mierda kon la politika. Ni PRI ni PAN ni Verde”.

A mitad de una calle veo tres niños jugando arriba de un árbol. Cuando paso me miran, curiosos. Les digo “hola” y de inmediato responden con un “hola” y preguntas: ¿Por qué caminas sola? ¿Cómo te llamas? ¿Dónde vives? Nos ponemos a platicar. Son Eithel, de 11 años, Brittany, de siete (pregunté la correcta ortografía), y Santiago, de cuatro. Les doy curiosidad y me bombardean: ¿Dónde estás durmiendo? ¿Dónde están tus hijos? ¿Cómo es (la ciudad de) México? ¿Tu casa es grande? ¿Es bonita? Respondo como puedo y luego pregunto. Brita (como le llaman) me dice que es prima de Eithel y hermana de Santiago, y que los tres viven en esa casa. La entreveo por la puerta abierta: piso de cemento, hamacas, pintura viejísima en la fachada.

Brita es simpática, habla fuerte. Dice: “me gusta tu bulto”. Le agradezco, prevenida de que aquí “bulto” significa “bolso de mano”. Pregunta si se lo puede colgar. Me lo quito y se lo doy. Se lo pone, sonríe grande. Me lo regresa. Luego dice que es bonito mi reloj. Quiere agradarme pero en vez de hablar, quisiera oírlos. Cambio la conversación: les pregunto si hablan lengua maya. Los tres niegan, categóricos. Insisto: seguro saben muchas palabras, les pido que me enseñen un poco, que es un idioma precioso. Dicen que no, no saben nada. Los pongo a prueba: hoy en la mañana me enseñaron que “chel” es “güero” y “bosh” significa “moreno”. ¿Es verdad? Se ríen. “Sí, eso sí sé”, dice Brita, sonrisa desdentada. ¿Cómo se dice perro?, pregunto, aprovechando los tres que pasan a nuestro lado. “Se dice ‘pec'”. “Y gato es ‘mish'”, añade Eithel, pero no parecen interesados en seguir con el tema. Prefieren saber porqué ando sola, cuántos días voy a estar en Temozón. Contesto y entonces me presumen que conocen la hacienda: Brita fue con su escuela a nadar para el Día del Niño, Eithel ha ido a ver películas con su escuela y con Julio, su amigo e hijo del chef del hotel. Es la mejor prueba de la verdad del programa social de la Fundación Haciendas del Mundo Maya, del que ayer nos hablaron a los medios invitados a este viaje. La Fundación ha propiciado que la mayor parte del personal que trabaja en el hotel sea de la comunidad, además de que ha mejorado el nivel de vida del pueblo con programas de salud, vivienda y becas educativas, incluso al extranjero. Y las mujeres del pueblo han recibido apoyo para formar cooperativas y talleres de artesanas, comercializar sus productos y tener ingresos propios. Los niños del pueblo también ven la hacienda como parte de su realidad cotidiana. No esperaba una confirmación tan de primera mano.

Les pregunto si puedo tomarles una foto. “Sí, aquí arriba del árbol, como changos”. Tomo varias y se arrebatan el teléfono para verlas, para verse. Se ríen mucho. Atraída por el alboroto se acerca Karina, amiga de los tres, callada pero sonriente. Quieren que tome más fotos y que yo salga con ellos. Disparo, vuelven a verse y reírse. Está por anochecer y debo regresar al hotel. Mientras me despido, Brita vuelve a la carga: “Me gusta tu blusa, es bonita”. “Muchas gracias, pero ¿sabes qué es lo más bonito de todo todo?”. Me mira, inquieta. “Cómo te ríen los ojos”. Es lo más cierto que he dicho hoy.

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Crónica del primer día bajo el sol de Yucatán

Fotos: Julia Santibáñez Aqui, mecedoras en el hall principal, donde el viento aligera el calor de 35º centígrados promedio en el día.
Fotos: Julia Santibáñez. Aquí, mecedoras en el hall principal, donde el viento aligera el calor de 35º centígrados a las 11 am.

Hacienda Santa Rosa, Península de Yucatán. 11:30 de la noche.

El día estuvo de lo más variado. Lo único constante fue el calor: un promedio de 35 grados centígrados. Empezó con un delicioso huevo en camisa (una gordita de harina rellena de huevo con tomate asado y cebolla morada). Luego hicimos un recorrido por el enorme jardín botánico de la hacienda-hotel con el señor Víctor, un curandero tradicional que nos fue explicando las propiedades curativas de infinidad de plantas y luego nos dio una consulta personal para recetarnos un remedio de herbolaria. A mí me dio una mezcla de tila, mimosa y pata de zopilote para combatir el estrés y el insomnio. Con esos nombres, me encanta la posibilidad de que funcione. Siguió un masaje tradicional tan rico que al terminar le propuse matrimonio a la masajista, una yucateca de nombre Silvia, quien antes de iniciar hizo una oración en lengua maya que se me antojó mágica. No aceptó mi propuesta y tuve que conformarme con imaginarme lo que sería tener a diario sus manos. La comida, explicada por el chef mismo, fue espectacular: crema de queso relleno, pollo relleno de queso crema con hierba chaya, panacotta de leche de coco. Los sabores me sorprenden, no encuentro palabras para describirlos pero me dejan un gusto rico en la boca y la emoción.

En la tarde nos presentaron la Fundación Haciendas del Mundo Maya, programa de desarrollo comunitario sustentable del cual la hacienda forma parte. Carola, directora de la Fundación y argemex apasionada y clara, dice que llevan 12 años trabajando con varias comunidades de la zona para apoyarles en temas de vivienda, salud, educación y generación de ingresos para las mujeres, además de rescate y dignificación de las tradiciones de la comunidad. Como parte del programa (premiado internacionalmente), la Fundación ha ayudado a crear cooperativas de artesanas que trabajan la filigrana, el henequén, el bordado y la urdimbre de hamacas. Vamos a conocer los talleres y platicamos con las mujeres. Es un deleite. Nos cuentan que, hoy, 43 familias del pueblo se sostienen de los talleres, mientras ellas conservan la tradición y tienen una comercializadora que vende sus productos en México y el extranjero. Es una historia que fascinante detrás de un hotel boutique, que aplaudo de corazón. Sin duda, luego de oír sus historias de trabajo y reconocimiento encuentro más hermosas las caras redondas y morenas de estas mujeres, descendientes de los antiguos sabios mayas. Cuánto se merecen estar bien. Me compro unos aretes para apoyar el proyecto pero, sobre todo, para llevarme conmigo una parte de sus historias.
En la noche, cenando unas auténticas delicias de espaldas a una fogata, pienso que esta tierra es un verdadero derroche de cosas buenas.
La vista desde mi cuarto.
La vista desde mi cuarto.
Uno de los ángulos del cuerpo principal de la hacienda.
Uno de los ángulos del cuerpo principal de la hacienda.
Don Víctor pone a secar las curativas hojas de orégano que cultiva en el Jardín botánico de la hacienda.
Doña SIlvia, la masajista que no se quiso casar conmigo, con las hierbas del tratamiento.
Doña SIlvia, la masajista que no se quiso casar conmigo, con las hierbas del tratamiento en el spa.
Crema de chile relleno (espectacular), Pollo a la chaya, Panacotta de manjar blanco (leche de coco)
Crema de chile relleno (espectacular), Pollo a la chaya, Panacotta de manjar blanco (leche de coco)
Artesanas de filigrana de plata de la Fundación Haciendas del Mundo Maya
Artesanas de filigrana de plata de la Fundación Haciendas del Mundo Maya.
Grupo de bordadoras apoyadas por la Fundación; detalle de su trabajo.
Grupo de bordadoras apoyadas por la Fundación; detalle de su trabajo.
Así de hermosa cae la tarde en la Hacienda Santa Rosa.
Así de hermosa cae la tarde en la Hacienda Santa Rosa.
Cena en la terraza de la hacienda (desde la izq.): yo, Rodrigo, chef Néstor, Andrea, Lorena, Elda, Marco Daniel, Arturo, Claudia

 

 

Crónica de las primeras horas en el mundo maya

Foto: Julia Santibáñez El juego de luces y sombras entre el interior y la terraza.
Foto: Julia Santibáñez El juego de luces y sombras entre el interior y la terraza.
Hacienda Santa Rosa, Península de Yucatán. 3 p.m.
“Yo me quito de aquí” quiere decir “Me voy”, y “bulto” significa “bolso de mano”. Esto lo aprendo mientras como un soberbio panucho de cochinita pibil (carne de cerdo preparada con adobo) y un pescado con achiote (adobo tradicional), acompañado de arroz con chaya (especie de espinaca local). Para rematar, una crepa de papaya en dulce acompañada de queso suizo. Son platillos típicos de la cocina de Yucatán, este estado del sureste mexicano que parece otro país, por cierto bellísimo y riquísimo.
Estoy en la Hacienda Santa Rosa, a una hora de camino desde Mérida, capital del estado. Vine unos días invitada por el hotel junto con otros medios para conocer el destino y noto que los anfitriones se ven decididos a que me enamore del lugar. No creo que sea difícil: la hacienda es de 1901 y produjo henequén hasta 1950, cuando el nylon invadió el mercado. En la década de 1990 fue restaurada y acondicionada como hotel boutique. Está envidiablemente en medio de una nada deliciosa, mi cuarto tiene alberca privada y todas las comodidades que uno pueda desear. Además, hace años que yo no venía a Yucatán, tierra imantada de tradición maya desde antes de la Conquista. Pienso que voy a ser muy feliz aquí.
En un momento libre leo un par de páginas de El interior (Ediciones Malpaso), crónica de Martín Caparrós que traje al viaje. Me encuentro esto: “Siempre recuerdo lo que me dijo aquel viejo en Mandalay: que la diferencia entre un turista y un viajero es que el turista no sabe de dónde viene y el viajero no sabe adónde va”. Lástima que en general sé adónde voy. Me encantaría perderme por aquí.
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Una de las albercas del hotel.
Salbutes de pollo (izq.) y panuchos de cochinita pibil (der.)
Salbutes de pollo (izq.) y panuchos de cochinita pibil (der.)
Lectura en la hamaca de la terraza del cuarto.
Lectura en la hamaca de la terraza del cuarto.

Escribir el mundo con luces y sombras

Fotos: Sebastiao Salgado
Fotos: Sebastião Salgado

El fotógrafo brasileño Sebastião Salgado es captado por la cámara del cineasta alemán Wim Wenders y, al mismo tiempo, Salgado fotografía a Wenders. Ese ir y venir de miradas me parece uno de los momentos más simples pero poderosos de La sal de la tierra, documental sobre los 40 años de trabajo de Salgado, realizado por Wenders y por Juliano Ribeiro Salgado, hijo del artista. Premiado en Cannes, abarca desde su temprana juventud como economista y su primer proyecto fotográfico, Otras Américas (1977), hasta el más reciente: Génesis (2004-2014).

De una increíble belleza visual, la película se arma con fotos y más fotos, además de escenas testimoniales del trabajo de campo detrás de muchas, entre ellas las que ilustran esta entrada. El argumento es sencillo: el artista habla a la cámara mientras va narrando los distintos momentos de su obra y las emociones que lo han acompañado a través de años de viajar por todo el mundo. Por un lado revela lo contagioso que es el odio, el animal feroz que es el ser humano y la conclusión inescapable “Nadie merece vivir”, mientras por otro es una celebración de la belleza del planeta, en cuyo fondo se oye la voz del artista que dice: “Soy tan parte de la naturaleza como el oso o el árbol caído”. Así, en blanco y negro (tanto literal como metafóricamente hablando) La sal de la tierra toca mente y emociones sin dar concesión. Fui con mi adolescenta a ver el documental y me emocionó que saliera tan tocada por el poder de la imagen, tanto, que quiere empezar a tomar fotos “en serio”. Y es que el hecho de que alguien sea capaz de escribir el mundo con luces y sombras, como Salgado define el trabajo del fotógrafo, me parece brutalmente hermoso.

Da click aquí para ver dos tráilers del documental:

Screen shot 2015-05-05 at 8.08.39 AM

Screen shot 2015-05-05 at 8.09.30 AM

Screen shot 2015-05-05 at 8.08.04 AM

Screen shot 2015-05-05 at 11.38.45 AM

 

Screen shot 2015-05-05 at 11.50.40 AM

Screen shot 2015-05-05 at 11.46.44 AM

Versos que sin decir mi nombre hablan de mí

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Algunos lugares cargan las baterías internas. Quizá sea el aire más transparente de lo normal, la luz ligera, el paisaje perfecto, quien uno es ahí, las buenas vibras del ambiente. No sé, pero Tepoztlán es para mí ese sitio. Lo descubrí hace apenas un par de años, cuando atravesaba la etapa de mayor dolor emocional de mi vida adulta. Como por azar (aunque nada es estrictamente azaroso) se me ofreció una pequeña casa de fin de semana, con vista a la montaña de piedra. La renté, sin pensarlo mucho: por varios meses desde ahí me aferré a la seguridad inmutable del cerro del Tepozteco, a la certeza de que todo termina bien. Convertí la casita, sencilla a morir, en mi espacio de soledad, de escribir y leer. Fue la cueva austera donde pude lamerme las heridas para seguir avanzando.

Ahora empiezo una nueva etapa del camino a solas y estoy de nuevo aquí, conectando con quien soy, rodeada de libros, de cuadernos de escritura. Me pesa causar dolor a quien tanto amé. Siento nostalgia. Agradezco mucho lo vivido, lo que di y más todavía lo que recibí, pero sé que los ciclos se terminan, que vale más aceptarlo. Y en un libro comprado ayer en estas calles empedradas encuentro versos de Segovia, que sin decir mi nombre hablan de mí: “Cae la tarde flotando en la tibieza/ Como un gran trapo en unas aguas quietas”. (Tomás Segovia, “Fin de jornada”, Lo inmortal y otros poemas, Ediciones Sin Nombre/ UNAM/ Conaculta).

42 kilómetros en bici por la Oaxaca más entrañable 

Vista del valle de Oaxaca desde Dainzú
Vista del valle de Oaxaca desde Dainzú

Recorrer tal distancia por pueblos y brechas de Oaxaca se dice fácil. Hoy hice ese trayecto y sin decir que estuvo de muerte, sí reconozco que fue pesado, pero la experiencia lo valió por completo. Así lo viví.

Guiados por Pablo, amable y emprendedor oaxaqueño que ha encontrado en las bicicletas una forma de ganar dinero y además promover la cultura local, los turistas que contratamos el tour salimos del pueblo San Jerónimo Tlacochahuaya, a unos 20 minutos de la capital. Éramos Danielle y Yogun, pareja de holandeses, quien más me quiere y yo, acompañados también por Ellen, holandesa que se volvió loca por Oaxaca (y por un oaxaqueño) y vive aquí hace años. La cita fue a las 8:30 am. Primero hicimos una media hora de camino a la zona arqueológica de Dainzú, pequeña pero con una vista impresionante del valle. Luego pedaleamos hora y media por el campo, hasta el pueblo Teotitlán del Valle, famoso por sus tapetes de lana. Ahí nos recibió en su casa la señora Josefina, quien nos dio de desayunar memelas (tortillas recién hechas en comal de leña, con queso, frijoles, lechuga, grasa de cerdo y salsa) y quesadillas de quesillo con epazote, más pan del pueblo acompañado de atole (bebida caliente hecha de maíz). Delicioso de verdad, además de vigorizante.

Después doña Josefina, en un español impecable aunque su lengua es el zapoteco, nos mostró junto con su mamá, doña Hermelinda, el largo proceso de hacer tapetes de lana, negocio de la familia. Limpian la lana, la lavan, la cardan y la hacen hilo, mismo que luego pintan con tintes naturales obtenidos de insectos (grana cochinilla), frutos fermentados (granada y zapote negro), flores (cempasúchitl) y semillas (nueces fermentadas). Toda una clase de química intuitiva aplicada a los textiles. Increíble la creatividad y el duro trabajo que implica. Y luego don Porfirio, esposo de Josefina, nos enseñó cómo tejen los tapetes en el telar, en un proceso en el que para hacer un tapete mediano puede invertir dos semanas. Y todo ello para recibir unos 600 pesos (48 dólares americanos). Tremenda lección de humildad para los turistas que al ver artesanía de inmediato sentimos la tentación de regatear. Ahí compramos tapetes, morrales, mantas de lana. Luego retomamos las bicis, bajo un sol tremendo, y otras dos horas en bici nos llevaron a Tlacolula, donde visitamos el mercado local, con su caos fantástico de colores y olores. Comimos mangos, queso, chapulines y pan del pueblo, para luego visitar la iglesia barroca, cuya cúpula espectacular recuerda la de Santo Domingo, en la capital. Entonces nos despedimos y regresamos en taxi a la ciudad de Oaxaca al filo de las 3 de la tarde.

Mientras escribo esto, con las piernas cansadas y mucho sol en la piel, sigo fascinada de haber conocido un poco más de este México profundo que no sale en televisión, pero que es el que más orgullo me da. Por gente trabajadora y de ojos limpios como Pablo, Josefina, Hermelinda, Porfirio y sus hijas estoy enamorada de este país.

Doña Josefina prepara las tortillas que comeremos en el desayuno.
Doña Josefina prepara las tortillas que comeremos en el desayuno.
Desayunando en casa de doña Josefina: Oziel, Ellen, Pablo, Yogun, Danielle (y yo, detrás del lente)
Desayunando en casa de doña Josefina: Oziel, Ellen, Pablo, Yogun, Danielle (y yo, detrás del lente)
El menú: memelas hechas al momento y pan dulce del pueblo.
Doña Josefina y su mamá, doña Hermelinda (quien sólo habla zapoteco), emplean la rueca para hacer el hilo de lana.
Doña Josefina muele el insecto grana cochinilla para obtener el tinte rojo, como desde hace siglos en México.

 

Don Porfirio, con sus hilos de muchos colores, nos demuestra cómo usa el telar.
Don Porfirio, con sus hilos de muchos colores, nos demuestra cómo usa el telar.
Puesto de chile de agua en el mercado de Tlacolula
Transporte de mercancías en equilibrio en el mercado de Tlacolula
Una vendedora transporta sus mercancías a la manera tradicional en el mercado de Tlacolula.
Cúpula barroca de la iglesia de Tlacolula
La bellísima cúpula  barroca de la iglesia de Tlacolula recuerda la de Santo Domingo, en la ciudad de Oaxaca.

 

Lila Downs le da un abrazo a José Alfredo

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Da click aquí para oír la canción:

 

En unas horas estaré en Oaxaca, estado mexicano que siempre me pone feliz y nerviosa. Mi raíz por parte de padre y madre es oaxaqueña, aunque entre mis abuelos hay una mezcla de sangres inglesa y estadounidense, lo que explica al menos en parte mis claroscuros.

Para celebrar tanto el viernes como estas ansias que me brincan en el pecho aquí va una canción de mi favorita Lila Downs, artista mexicana cuya carrera lleva el sello de esa tierra y que se ha dedicado a enriquecerla. Es hija de la cantante mixteca Anita Sánchez y del director de arte escocés-americano Allen Downs, y sus canciones son una celebración de lo mexicano, con todas sus contradicciones e influencias. En esta versión norteña de “Vámonos”, incluida en Pecados y milagros (2011), Lila le da un abrazo a José Alfredo. Con los ecos de ambos me voy al aeropuerto.

Que no somos
iguales, dice la gente,
que tu vida y mi vida
se van a perder,
que yo soy un canalla
y que tú eres decente,
que dos seres distintos
no se pueden querer.

Pero yo ya te quise
y no te olvido
y morir en tus brazos
es mi ilusión.
Yo no entiendo esas cosas
de las clases sociales.
Sólo sé que me quieres
y que te quiero yo.

Y vámonos, donde nadie nos juzgue,
donde nadie nos diga
que hacemos mal.
Vámonos alejados del mundo
donde no haya justicia
ni leyes ni nada,
nomás nuestro amor.

La ingenuidad de escribir lo que pienso

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Quien más me quiere y yo caminamos por las calles coloniales de la ciudad de Guanajuato, en el estado mexicano del mismo nombre. Como estamos de vacaciones en cuerpo y alma, no tenemos rumbo fijo. Nos lleva la inercia de los pasos. Al igual que muchos destinos turísticos, Guanajuato está llena de contrastes. Es una ciudad hermosa, rebosante de historia y de cultura, aunque también de autos y turistas, como nosotros mismos. En cualquier caso, se disfruta en cada piedra.

De pronto, en el parque central, vemos a dos chicos muy jóvenes con un cartel que lanza esta pregunta: “Soy emo, y que?” (sic). Los “emos” son una tribu urbana, derivada del punk, que hace pocos años surgió en México. De postura pesimista, entre los rasgos que los caracterizan están los piercings, la ropa negra y el cabello que cubre los ojos. Pues eso: “Soy emo, y que?”, dicen. No sé qué respuesta esperan, así que mientras pienso les pido permiso de tomarles una foto. Algo dudosos, ni niegan ni aceptan. Lo hago. Parece darles lo mismo. Les preguntamos qué buscan comunicar con el cartel y contestan que la gente los agrede con frecuencia, que algunos incluso les dicen que ojalá se mueran, aunque aquí en el parque la única reacción que parecen despertar es indiferencia. “Queremos que nos respeten. Sólo eso”. Me parece una petición justa, pero creo que más bien es uno de esos gritos de identidad que todos damos de diversas maneras para que nos identifiquen con el grupo social al que queremos pertenecer pero, sobre todo, para oírnos a nosotros mismos siendo “parte de algo mayor”. La diferencia es que lo que piensan, ellos lo ponen por escrito en un gesto naïve. Quizá es la misma ingenuidad que yo misma uso al escribir lo que pienso. No somos tan distintos.