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Parte de guerra desde Montevideo (1)


Mi vuelo llegó a medianoche y entre el aeropuerto, el traslado y sacar la ropa de la maleta (hay que conservar la dignidad hasta el último aliento), me dormí pasadas las 2:30 de la madrugada. Hoy, el día fue de intensidades, con nueve entrevistas para medios de Montevideo sobre el Premio Benedetti y mi libro Eros una vez, publicado por el sello Seix Barral: hubo prensa escrita, radio, TV y un sitio web.

Me sorprendió que todos los entrevistadores (sin faltar uno) habían leído el libro, lo llevaban anotado, se referían a equis o zeta poema en particular. Guau, un lujo poco común.

La agenda la organizó más que espléndidamente Lucía Fuidio, de Editorial Planeta, casa matriz que publica mi libro. Es una chica profesional, cálida, organizada, todo lo que se puede pedir. Y encima me llevó a comer a un lugar tan lindo como rico: el restaurante Rara Avis, junto al teatro Solís. El cuadro lo completó Rubén, quien nos hizo favor de llevarnos y traernos por todo Montevideo sin perder el ritmo ni la música interna.

Estoy rendida, pero segura de que tengo que volver pronto a Montevideo y quedarme unos seis meses. Su gente bien lo vale.

Mañana habrá más entrevistas y (creo) un poco de tiempo libre.

Continuará…

Da click aquí para ir al video de la entrevista que me hizo María Noel para Montevideo Comm






De arriba abajo:

Con Pablo Silva, del programa La máquina de pensar, por Radio Nacional de Uruguay

Con Karen, para Televisión Nacional de Uruguay

Con Malena Rodríguez y Jaime Clara, del programa Por amor al arte de NSTV

Con Hugo Castillo, del programa Utopía, por Radio Centenario

Con Ana Inés Larre Borges, para el semanario Brecha

El Golem y la mañana guanajuatense

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Vine a ofrecer una plática sobre poesía checa, llegué ayer y hoy regreso al D.F., lo que lamento mucho porque ya me veía paseando a mi aire por los callejones de esta ciudad preciosa. Hoy, antes de que suene la alarma, me despiertan las campanadas de la iglesia que está justo frente al hotel. Por alguna razón, lo primero que me viene a la mente es que a unos pocos pasos de aquí está el bar El Golem, en referencia al personaje checo que ayer estuvimos comentando. Qué rico: amanecer en Guanajuato habiendo tenido ayer un día espléndido en todos sentidos y llenarme la boca con la música de esos primeros versos de “El Golem” de Borges que me sé de memoria:

“Si (como afirma el griego en el Cratilo)
el nombre es arquetipo de la cosa
en las letras de ‘rosa’ está la rosa
y todo el Nilo en la palabra ‘Nilo'”.

Abro la ventana y me topo con esta imagen. La mañana pinta redonda.

#CrónicaDesdeJapón Mi experiencia en el teatro Kabuki

Los tres protagonistas de la obra Otowagatake Danmari (foto: libro-programa de mano de Kabuki.za)
Los tres protagonistas de la obra Otowagatake Danmari. (Foto tomada del libro-programa de mano que compré en el teatro Kabuki-za).

Está a punto de empezar la función en el teatro Kabuki-za, en la moderna zona de Ginza, en Tokio, Japón. Estoy emocionadísima. Desde que supe que vendría a este país fue de las primeras cosas que anoté como pendiente.

Nacido alrededor de 1600, el Kabuki es una de las expresiones artísticas más fuertes de este suelo. Surgió como un teatro popular cuyas obras hablaban de guerreros samuráis, quienes estaban en la cima en la época, así como historias de la gente del campo, temas políticos y sociales. Fuertemente censurado por el shogunato en el poder, con frecuencia el Kabuki hacía una crítica velada al mismo, al abordar asuntos históricos pero cuyo contexto el público leía entre líneas. Maestros de la escena, señores de la moda y artistas geniales, los actores pronto se convirtieron en ídolos de las masas. A lo largo de los siglos y con los cambios políticos que ha vivido Japón, el Kabuki se ha mantenido como una herencia cultural importante, disfrutada tanto por japoneses como por extranjeros. Una de sus características más singulares es que en él no participan mujeres. Desde que el shogunato se los prohibió en 1692 con la excusa de cuidar la moral surgieron actores especializados en interpretar exclusivamente papeles femeninos.

Mientras espero que se levante el telón, voy a rentar por 500 yenes (unos 4 dólares), una especie de iPad que despliega los diálogos en inglés, además de las letras de las canciones y algo de información adicional sobre la obra. También me dedico a disfrutar el teatro, que es bellísimo e inmenso, con capacidad para casi dos mil personas. Trato de memorizar todo y además compro un libro-programa de mano, porque está estrictamente prohibido tomar fotos. El boleto de entrada a dos obras en un acto me costó 2,000 yenes (unos 17 dólares) pero las entradas a las obras largas y codiciadas pueden costar hasta 18,000 yenes (170 dólares) cada una.

Por fin empieza la obra. Se llama Otowagatake Danmari, que significa “El danmari en el parque Otowa”. Interpretada por primera vez en 1935, trata del discípulo de un famoso guerrero rebelde muerto en batalla, quien quiere robar del santuario de Otawa la espada y la bandera que fueron de su maestro. Para ello aprovecha el festival religioso y se disfraza de un actor que participa en la celebración. Cuando tiene los objetos huye, pero es perseguido por un guerrero y por la hija de otro guerrero, quienes tratan de recuperarlos. Entonces todos luchan, en un momento estelar del Kabuki llamado danmari. El danmari es una suerte de bellísima pelea coreografiada en cámara lenta, que supuestamente ocurre en la oscuridad, pero en escena está totalmente iluminada.

Lo primero que me fascina es la fuerza visual del Kabuki, expresada a través de maquillajes muy marcados y vestuarios fastuosos, de un total lucimiento. Además, los actores interpretan sus papeles con ademanes y gestos amplios, incluso llegando a congelarse por momentos en una pose que se llama mie, especie de foto viva que va acompañada del sonido de fuertes tambores de madera. Así se expresa de forma corporal una emoción importante en la trama. Es impresionante.

Las voces son agudas y hacen inflexiones similares a las de la ópera occidental. Además, el ritmo es muy marcado, me atrevería a llamarlo poético. Todo va acompañado de música en vivo, interpretada con instrumentos tradicionales y que tanto sube como baja, acompañando la acción en escena. De pronto oigo gritos entre el público. Por supuesto no entiendo lo que dicen, pero leí que es una costumbre animar así a los actores, como ocurriría en un concierto occidental. El conjunto es un espectáculo profundamente dramático, intenso. Además me cuesta trabajo creer que esa mujer delicadísima que veo sea un actor.

La segunda obra, Yanone, se interpretó por primera vez en 1729 pero ocurre a fines del siglo XII. Trata de un guerrero pobre que busca vengar la muerte de su padre pero al mismo se burla de sí mismo y de los dioses que lo tienen en esa situación. Recibe la visita de un amigo que le lleva regalos de buen augurio y luego se acuesta a dormir. En sueños, su hermano, que también busca justicia para su padre, le dice que fue tomado preso por su enemigo. Al despertar, el guerrero toma el caballo de un campesino y se lanza a rescatar a su hermano. Es interesantísimo el contraste entre la situación dramática del personaje en desgracia y que quiere justicia para los suyos, pero tiene un gran sentido del humor. El maquillaje aquí es aún más recargado e impactante que en la primera obra. Aunque no entiendo las palabras, me emociona igual.

Cuando salgo del teatro voy pensando que el Kabuki me resulta una experiencia intensa de esa otredad que desde mi ser occidental no entiendo, pero con la que conecto a partir de las experiencias comunes de dolor, lealtad, traición, humor, miedo. Al final, eso es el verdadero arte.

De la obra Otowagatake Danmari (Foto tomada del libro-programa de mano que compré en el teatro Kabuki-za).
De la obra Otowagatake Danmari. (Foto tomada del libro-programa de mano que compré en el teatro Kabuki-za).
De la obra Otowagatake Danmari (Foto tomada del libro-programa de mano que compré en el teatro Kabuki-za).
De la obra Otowagatake Danmari. (Foto tomada del libro-programa de mano que compré en el teatro Kabuki-za).
Guerrero protagonista de la obra Yanone. (Foto tomada del libro-programa de mano que compré en el teatro Kabuki-za).
Guerrero protagonista de la obra Yanone. (Foto tomada del libro-programa de mano que compré en el teatro Kabuki-za).
Guerrero protagonista de la obra Yanone recibiendo la visita de su amigo, músico. (Foto tomada del libro-programa de mano que compré en el teatro Kabuki-za).
Guerrero protagonista de la obra Yanone recibiendo la visita de su amigo, músico. (Foto tomada del libro-programa de mano que compré en el teatro Kabuki-za).
Yo, a la entrada del teatro.
Yo, a la entrada del teatro.

 

Da click aquí para ver un video de 4 minutos de la Unesco que ofrece un panorama general sobre el tema.

 

#CrónicaDesdeJapón En las entrañas del mercado de mariscos de Tokio

Así se corta un atún.
Así se corta un señor atún.

4:35 am. Mercado Tsukiji. Centro de Tokio, Japón. 

Luego de despertarnos a las cuatro de la mañana, mi adolescenta y yo acabamos de llegar al mercado. No es posible reservar lugares para la singular subasta de atún, así que hay que llegar temprano para ser de los 120 turistas que cada día pueden atestiguar el ritual en éste, el mayor mercado del mundo. Hasta ahí todo perfecto. El detalle es que hoy las 120 personas estaban formadas a las 3:40 am. Es decir, madrugamos de balde. Cosa bonita.

La actividad del lugar arranca alrededor de las 3 y termina a eso de las 9 a.m., de modo que la adolescenta y yo decidimos conocer de una vez la zona visitable porque, según todos los indicios, no nos la podemos perder, por lo impresionante de su tamaño y por ser parte medular de la vida de Tokio. Empezamos a caminar. El olor es poco amable y en la oscuridad decenas de bicicletas y vehículos de carga pasan volando en todas direcciones, sin orden alguno. Vale más estar atentas. No sabemos hacia dónde ir porque los letreros no tienen traducción, como la mayor parte de las cosas aquí. Con nuestro japonés elevado nos acercamos a un señor: “Buenos días, disculpe. ¿Dónde?” (suena algo así como “Koníchiwa, sumimasén. ¿Dokó?”) mientras señalamos en el mapa los puestos de comida. Apunta a la derecha. En eso se nos acerca un japonés sonriente, que nos pregunta en inglés qué buscamos. Ante nuestra respuesta se ofrece a guiarnos. “Free”, aclara. Aceptamos, aunque tengo cierto recelo de sus intenciones.

Su chamarra lleva bordado en la espalda Sushi Restaurant Miyako y viste botas de hule como todos los que trabajan aquí. Empieza a meterse por los pasillos, a enseñarnos los tipos de mariscos y a explicarnos que la mayor parte del producto llega por tierra o avión incluso desde sitios como Boston, EUA, que de aquí se distribuye a restaurantes y tiendas en todo el país. En otra sección del mercado también se vende carne, verduras, flores. Pasamos por donde están haciendo la subasta de atún. Ayer leí que un pescado grande puede costar unos 20,000 dólares (340,000 pesos mexicanos) y nuestro guía nos dice que los precios se establecen cada día a partir de la oferta y la demanda.

Con sus 230,000m2 de superficie, el mercado es un impresionante laberinto de puestos. Cada día se venden aquí unas dos mil toneladas cúbicas de camarón, pulpo, almeja, calamar, pescados varios, atunes de tamaño increíble, muchos mariscos cuyos nombres ni siquiera sé. Al pasar, el guía saluda a todos con familiaridad, es bien conocido. Nos dice que nació en este barrio. Le pregunto cómo se llama. Su nombre es Kazunari Akasu, pero podemos decirle Kaz. Me voy relajando poco a poco, nos lleva siempre por zonas transitadas y no tiene mala vibra. Es un hombre sencillo, divertido con la curiosidad de las extranjeras que se fascinan de su cultura. Él va delante y nosotras a veces nos rezagamos con algo, así que un par de veces policías nos detienen, señalando que no podemos pasar a equis zona. Kaz explica que venimos con él y entonces pasamos. Qué suerte, estamos literalmente visitando las entrañas del lugar y somos las únicas turistas. Estamos fascinadas. Kaz nos lleva incluso a la azotea del mercado, desde donde hay una vista privilegiada del mismo y también del río Sumida-gawa, a espaldas del complejo. También vamos al santuario Namiyoke Inari, dentro del mismo mercado, construido en el siglo XVII.

Ya son más de 7:30 y tenemos hambre, así que le preguntamos a Kaz dónde podemos desayunar. Dice que el restaurante donde él trabaja está lejos y además descansa hoy, así que propone uno de los locales del mercado, propiedad de un amigo suyo. Nos parece ideal. El restaurante es pequeño, caben unas 10 personas en torno a la plancha donde dos cocineros preparan el sushi, el arroz, la sopa miso. Está lleno así que debemos esperar unos 20 minutos. Por fin pasamos, pero de inmediato nos advierten que no podemos tomar fotos. Lo lamento muchísimo, porque los platos de verdad lucen fantásticos. Kaz nos enseña la auténtica manera de comer el sushi: con las manos, remojándolo un poco en la soya. Me resulta un poco brusca la experiencia de desayunar hueva de salmón, robalo, salmón, pulpo y atún crudo con un poco de arroz hervido, pero en general me gustan los sabores. Veo de reojo que la adolescenta no comparte mi opinión. Sufre para avanzar con su plato y al final le pregunta a Kaz si le ayuda con un poco. Él, por supuesto, se devora los pedazos de pescado. Luego, se limpia los dedos en un trapo que trae colgando de la cintura.

Yo pago el desayuno, 2,800 yenes por persona (unos 24 dólares), y Kaz agradece con grandes exclamaciones. Luego sugiero que me gustaría darle una propina pero se niega rotundamente. No quiero ofender, así que no insisto. Cuando llega la hora de despedirnos nos tomamos fotos con él y nos da su teléfono, para que le llamemos si necesitamos algo. Además, quiere invitarnos a comer a su restaurante. De verdad es encantador, no sabemos cómo agradecerle. Ya que vamos las dos solas, con los tenis empapados de agua que huele a pescado, la adolescenta resume el sentir de ambas: conocer a Kaz es sin duda uno de los puntos inolvidables de nuestro viaje.

Vista panorámica del mercado Tsukiji alrededor de las 5 am.
Vista panorámica del mercado Tsukiji alrededor de las 5 a.m.

 

Kaz nos presume un pulpo.
Kaz nos presume un pulpo.
Precios varios.
Así anuncian los precios en varios locales del laberinto.
Kaz insiste en que la adolescenta toque un pescado. Su cara lo dice todo.
Kaz insiste en que la adolescenta toque un pescado. La cara de ella lo dice todo.

 

Uno de los puntos inolvidables del viaje fue conocer a Kaz.
Las dos con Kaz, quien sin duda es uno de los puntos inolvidables de nuestro viaje por Japón.

#CrónicaDesdeJapón A veces, hasta yo puedo creer 

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Bajo la influencia del budismo zen, la literatura japonesa del siglo IX desarrolló una honda observación del espectáculo de la naturaleza y de sus ciclos. Las estaciones incluso fueron vistas como una expresión divina, no en el sentido occidental de la creación de un Dios que se diferencia de su obra, sino como manifestación de una divinidad vital que aparece y desaparece en ciclos de vida y muerte, de verano e invierno, de primavera y otoño. “Y cualquiera que haya visto a un japonés detenerse silencioso durante una hora a ver los cerezos en flor en primavera, o contemplar la luna llena en el cielo de otoño sabe que no se trata de una mera apreciación estética, sino de un acto de adoración” (traducción mía).

Lo leo en Japanese Death Poems. Written By Zen Monks And Haiku Poets on the Verge of Death, compilado por Yoel Hoffmann (Tuttle Publishing), libro que compré en una librería de Tokio, Japón, y que me permite entender un poco más esta cultura. En este viaje, en efecto, tuve la suerte de disfrutar esa luna espectacular de otoño, quedarme callada e incluso sentir que yo también podría creer en ella. Yo, tan poco creyente.

#LunesDeHumor Contar con los dedos en japonés está en ídem

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La comunicación no verbal es importantísima aquí en Japón y puede determinar el desenlace positivo o negativo de un intercambio. Los japoneses están siempre atentos al tono de voz y la postura, de modo que en incluso en las conversaciones telefónicas es posible ver a la gente haciendo la tradicional caravana hacia su interlocutor quien, obvio, no puede verlos. En general los japoneses consideran agresivo mirar directamente a los ojos, por lo que al hablar con ellos primero debe hacerse un fugaz contacto visual y luego dirigir la mirada a, por ejemplo, el cuello de la persona. Recibo esos tips los recibo de Kas, amigo japonés de quien comentaré más en otra entrada.

Con todo lo torpe que me siento en cada paso, una de las cosas que me ha resultado mayor motivo de confusión es la forma de contar con los dedos. En Occidente levantamos el número de dedos que corresponden al número que queremos decir. Así, un dedo corresponde al número uno. Aquí es justamente al contrario: para decir uno (Ichi) los japoneses levantan los cuatro dedos y doblan el pulgar sobre la palma de la mano. El dos (Ni) se indica con el índice y el pulgar doblados. El tres (San), con el medio, el índice y el pulgar doblados y así hasta el cinco (Go), que se indica con todo el puño cerrado. Del seis en adelante se van desdoblando los dedos de uno en uno, de manera similar a como lo hacemos los occidentales pero con una sola mano. En otras ocasiones, cuentan como en Occidente del uno al cinco y luego sobre la palma de la mano ponen los dedos adicionales, con la otra mano: un dedo sobre la palma para el seis, dos para el siete y así sucesivamente. Da click aquí para ver un video de un minuto, de mala calidad de imagen, pero que lo explica bien.

Bueno, pues en esto que parece tan sencillo ya se pueden reír de cómo me enredo y me siento en el kínder teniendo que pensar cuántos dedos mostrar. Ja. Qué bueno que no hay cámaras ocultas por aquí. 

 

#CrónicaDesdeJapón Por qué este escritor nipón rompió con el haikú

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Shuntaro Tanikawa

Acostumbrada como estoy a asociar literatura japonesa y haikú, nunca había pensado que un autor renegara de esa riquísima tradición. Pero sí, entiendo el porqué.

Ando de viaje por Japón y aprovecho la excusa para empaparme de su literatura. Traigo conmigo Dos mil millones de años luz de soledad, de Shuntaro Tanikawa, traducido al español por Cristina Rascón y publicado recientemente por la UAM. Nacido en 1931, Tanikawa es uno de los poetas nipones actuales más reconocidos, merecedor de infinidad de premios literarios y autor de más de 60 títulos. Éste fue su primer libro,  publicado cuando tenía 21 años y su país acababa de liberarse de la ocupación estadounidense. En ese contexto, se distanció de las formas tradicionales, como el haiku y el tanka, e incluso se confesó contrario a su uso, “ya que la métrica del 7 y 5 [había] sido utilizada para campañas imperialistas de exhortación a la guerra”. En consecuencia buscó nuevas formas para referirse a la realidad de un Japón post-guerra y post-bomba atómica: empleó metáforas, sonetos, referencias occidentales. En ese marco se inserta su espléndido poema “Noche de lluvia silenciosa”:

“quiero estar sentado así por mucho tiempo

mientras escucho en silencio cómo se hunden nuevos miedos y tristezas

lisonjear el olor de Dios sin creer en Dios

recoger hojas en la avenida de un país lejano

anegarme de candiles ilusorios del pasado y del futuro

creer en un sofá mullido sobre el mar azul

y     más que nada

amarme sin límites

quiero estar sentado así en secreto mucho tiempo”

El poema me llega. Lo releo y me toca más. Me sienta de golpe en el centro de un país descreído que tiembla de dolor y miedo, en el que un escritor intenta hacerse un espacio, crear un lenguaje que le ponga palabras a lo nuevo (¿no es un poco el intento de todo autor?). Luego leo la nota de la traductora: los ideogramas de la palabra hojas y del concepto palabras están relacionados. Mejor dicho, hojas es un ideograma contenido dentro de palabras. Pensar en ideogramas japoneses no es lo mío, así que busco un ejemplo en español: niño está contenido dentro de la voz niñera. Supongo que es algo así. El asunto es que una de las primeras antologías de literatura japonesa, Manyoshu, puede significar a la vez “colección de las diez mil hojas, colección de las diez mil palabras o colección de los diez mil poemas”, dice Rascón. Por eso, el verso “recoger hojas en la avenida de un país lejano” puede referirse también al “acto de crear poesía o palabras en la avenida de una región aparte, es decir, una región poética distinta a la generación de escritores que precede a Tanikawa”. Agradezco la nota, que me ayuda a entrar en las honduras del verso, entender mejor la intención de rompimiento del autor con sus antecesores, la fuerza que implica pero también la vulnerabilidad que lleva entretejida y con la que puedo conectar.

Una nota adicional sobre Rascón: además de ser escritora por derecho propio, es maestra en Política pública por la Universidad de Osaka, en Japón, y diplomada en Estudios asiáticos por la Universidad de Kansai Gadai. En sus ratos libres le da por traducir del japonés libros imperdibles, como éste, enriquecido con referencias culturales y notas de contexto histórico. De verdad, muy recomendable.

(Originalmente publicado en mi blog Deli(b)rios, en el sitio web de la revista SoHo).

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