CINCO (+UNO) LIBROS NOTABLES DE 2025

Va una probadita de títulos que me cambiaron la ruta. Quizá tengan algo para ti.

1. Alma Delia Murillo, Raíz que no desaparece, Alfaguara
La depurada inteligencia de los árboles asimila las atrocidades contra desaparecidos en México y la indefensión de sus familias. En ese contexto, una escritora acompaña a Ada, quien busca a su hijo y en sueños recibe instrucciones sobre dónde hallar el cuerpo, mientras lidia con el dolor “que te hizo sentir que dejabas de ser humano para convertirte en un animal herido, reventado de memoria”. La novela cuestiona con prosa feroz, diáfana, a qué sabe la herida colectiva.

2. Myriam Moscona, Ansina, Universidad Popular Autónoma del Estado de Puebla
Escritos en judeoespañol, estos poemas revelan un estadio paralelo de nuestro idioma, uno que tomó otro derrotero en 1492, cuando España expulsó a los judíos. En la diáspora a Hungría o Bélgica llevaron consigo su habla y ésta se impregnó de nuevos giros. Moscona los recupera al plasmar en alta poesía asombros del tipo “el ojo kome mas ambre / ke la tripa”. Publicado en 2015, esta reedición es una exquisitez editorial.

3. J. A. González Sainz, La vida pequeña, Anagrama
“Que no sea yo quien sea siempre yo”. Además de la primera persona, con frecuencia dominanta, soy también “lo que me da la espalda o se me esquina, lo que me pone en solfa, en entredicho, lo que se me pierde o escapa, lo escindido, lo tapado u orillado”. A contramano del ensayo grandilocuente, este libro invita a pararse ante lo ordinario, para asistir “a lo que hay ahí cada vez en un ahora”. Es sencillo sólo en apariencia. Por dentro lleva granadas de luz.

4. Kim Manresa, El otro Nobel. Los escritores más reconocidos de la literatura contemporánea en su cotidianidad, Debate
Manresa, fotoperiodista, reúne las imágenes de treinta ganadores del Nobel literario, en contextos íntimos: platicando en la cocina (Svetlana Alexiévich), en el Metro (Kenzaburo Oé), en una cafetería (Annie Ernaux). El resultado son retratos imprevisibles, divertidos, a los que acompañan breves textos de cómo fue el contacto con favoritos como García Márquez, Szymborska, Handke y Kang.

5. Marta Sanz, Amarilla, La Bella Varsovia
“[…] mi melancolía es / un golpe de amarillo”, dice la voz poética. Ese color se traduce en metáfora de quien visita el acabamiento y la amenaza de la vejez o, bien, enfrenta un error en el programa genético del ser al que ama. Pero ése es también el tono del sol y de un limón que acompaña el raro disfrute de estar vivos. El humor negro completa la riqueza cromática de estos poemas, explorantes del abismo corporal con los ojos abiertos. La poesía de Sanz alcanza aquí un punto superlativo.

+1. Bernardine Evaristo, Girl, Woman, Other, Black Cat
Novela coral sobre mujeres negras y lesbianas, marginalizadas, feministas. La escritura de Evaristo es impecable, lo mismo que su humor. Alianza la tradujo al español.

(Originalmente publicado en mi columna La Utora, en el periódico mexicano La Razón).

LA YERBABUENA DE LA LENGUA: EL NEOLOGISMO

Estoy segura de mandar en un correo “fulana, especialista de la universidad tal…”, pero a la bandeja de entrada de mi interlocutor llega: “fulana, espacialista…”. Encuentro precioso imaginar a una persona ducha en los espacios. En llenar cada uno de memoria. Acuerparlo. Incluso aborrascarlo.

            Tanto si surgen por error como si alguien las crea a propósito me parecen seductorsísimas las palabras de cuño nuevo. Las que «me cuentan lo que yo ya sabía», como afirma George Orwell sobre las mejores novelas. Pues igual. Los neologismos son voces flamantes que, sin esfuerzo, revelan algo que mi intuición ya manejaba. Por ejemplo, la escritora española Marta Sanz etiqueta a un personaje, que toca el bajo en un grupo, como «muy musiquero». Se parece a cocinero, financiero, mesero, sustantivos que nombran una ocupación. No hubiera tenido igual expresividad la frase gastada «el tipo es muy musical». Qué chiste.

            Por años he anotado en libretas infinidad de neologismos. Son gasolina para mi oficio de poeta y con frecuencia paso a jugar con ellos. En particular me interesan los espontáneos, que no precisan un diccionario. Cualquier hablante de español los entiende. En general vivo en modo escritora, alerta a pescar una voz que de pronto me llena la boca de un color yerbabuenado. A veces es justo la necesaria para algo que escribo.

            Comparto novedades en este sentido. Hace poco, en Twitter alguien lleva a «veterinar al perro»; mi amigo Eduardo Casar señala textos como «orfebrizados», de tan perfectos; oigo al pasar que un individuo «es inelegante». Por otro lado, la española Olvido García Valdés habla de «la hinchazón de lo podre». Al cortar las últimas letras de podredumbre crea algo sonoramente inmediato a una fruta que se pudre. Recuerdo aquello de Nicanor Parra: «El poeta no cumple su palabra / si no cambia los nombres de las cosas».

            Por estos días estoy trabajando un verso donde aparece un adjetivo que invento: «Estoy silencia». Me parece que el neologismo dota de fuerza a la condición de estar. Involucra un cambio del sintagma estar en silencio, donde la preposición en indica un estado físico del cual el sujeto participa. «Estar silencia» me involucra más íntegramente. Percibo que en esas dos palabras toda yo me implico, por dentro y fuera. Además altero el género de silencio, en general masculino, y así concuerda con el femenino de la voz que habla = silencia. Me fascinan las capas interpretativas que sugiere el cambio de una sola letra.

            Y apenas esta semana, mi colega y amiga Carmina traía las manos llenas de objetos. No podía buscar su celular en la bolsa. Como si nada, soltó: «Siempre me encoso». La paré en seco. Pedí que repitiera esa genialidad: «Me encoso, me lleno de cosas». En la página de mi libreta dedicada a expresiones indispensables anoto, por supuesto, encosarse.

(Originalmente publicado en mi columna La Utora, en el periódico mexicano La Razón; imagen: tuasaude.com).

NOSOTRAS MERECEMOS SER ASESINADAS (DICEN)

La primera relación de género entre humanos fue el patriarcado. Nació cuando los hombres se apropiaron de los cuerpos femeninos, como de una colonia. Es decir que no fue América el primer territorio conquistado. Ni China. Siglos antes ocurrió el dominio asalvajado, el avasallamiento, la sujeción de las mujeres, a partir de mitos fundacionales/religiosos donde ellas merecieron el correctivo de ser sometidas, hasta hoy.

            Gloso estos principios del libro La guerra contra las mujeres, de la antropóloga argentina Rita Segato, a propósito del asesinato de tres chicas en el Gran Buenos Aires. El 19 de septiembre, alguien invitó a una fiesta a Lara (de quince años), más Brenda y Morena (de veinte). Dijo que les daría 300 dólares por ir. Esa noche las torturaron a golpes y cuchillazos, hasta matarlas. Luego martirizaron sus cadáveres. La policía actuó pronto ante la denuncia por desaparición y al rastrear los celulares fue hallada una casa con los restos de las jóvenes, en pedacitos. Un detenido dijo que el triple asesinato fue visto por 45 personas, a través del grupo cerrado de una red social. El líder criminal, un narco peruano, habría dicho en la transmisión: «Así le va a quien me roba droga». Es probable que una de las muchachas tomara dinero y cocaína del menudista.

            Desgracias como ésta resultan familiares en México. Releo a Segato para poner encuadrar el tema, con su evidente sello de poder patriarcal. Se trata de feminicidios atroces, vinculados al tráfico de drogas, donde el perpetrador articula un discurso punitivo sobre los cuerpos femeninos. En una especie de show, alardea ser dueño tanto de la vida como de la muerte de ellas.

            Leo sobre el caso en el Facebook de Azteca Noticias. Los comentarios me activan la bilis, porque en vez de subrayar lo brutal de quien las ejecutó y de quienes atestiguaron sin denunciar, toda la responsabilidad es de ellas: «a una mujer de hogar no le sucede eso», «todo por la pereza de trabajar», «si fueran estudiantes o chicas trabajadoras me darían pena, pero eran prostitutas», «faltó decir si las violaron primero», «fue ajuste de cuentas, no feminicidio», «se lo merecen, por zorras», «a mí me vale verga». Aprieto los dientes. Me enrabia el juicio moral, que pone en segundo término el crimen en sí.

            Como estudia Segato desde los 90, parael patriarcado la mujer es siempre culpable de violación y feminicidio. Ella no es pura. Provoca. No se porta bien. Por eso hay que insistir «y la culpa no era mía, ni dónde estaba ni cómo vestía», detalla el performance El violador eres tú, de Las Tesis (basado en textos de Segato). Si Lara, Brenda y Morena eran prostitutas o se amistaban con malhechores, entonces no importan sus gritos de tortura a los quince y veinte años. Su carne manchada no es llorable. Nosotras siempre tenemos la culpa por indecentes, no los desgraciados que nos matan con saña.

(Originalmente publicado en mi columna La Utora, del periódico mexicano La Razón; imagen: BBC).

SAÑA CONTRA LAS MAMÁS

En la anterior columna de La Utora hablé de la primera y reciente cirugía de mi hija. Del miedo por la anestesia general, de que por Fortuna salió bien. Dije que otra vez me hice cargo de todo, tanto emocional y económicamente como de atención, porque desde hace años el padre obvió su responsabilidad. Corrijo: en estas semanas la llama cada tercer día. Señalé que existe violencia en la idea de que las mujeres cuidamos mejor a los demás. Que la biología nos capacita para ello. El agusteo de la justificación machista. Se aprende, señores. Se aprende.

            Nosotras debemos renunciar a la vida individual y, si tenemos el privilegio de seguir una vocación, ésta debe supeditarse a la crianza, de acuerdo con la mirada que millones de ellos ensalzan. Que muchas de ellas reproducen, sin tomar conciencia. Como detalla Lina Meruane, hoy atestiguamos un «exceso de obligaciones [que] no experimentaron nuestras madres (y menos nuestros padres, que no movían un dedo)». Así, hasta invadir cada esfera vital, en un grosero retroceso a conquistas logradas por el feminismo. Pienso: criar ya no implica sólo amar, alimentar, jugar con, procurar, evitar riesgos, estimular, llevar al doctor. Se añade una prolongada lactancia, la organización de cumpleaños sofisticadísimos, la presencia en festivales escolares y actividades vespertinas incompatibles con un trabajo, entre otras necesidades. ¿Quién debe cumplir con cada una? Las mamás. Claro.

            Es muy arbitraria la exigencia no escrita de dar atención a otros. Según el INEGI, de las personas que brindaron cuidados dentro del hogar en México durante 2022, sólo 24.9 por ciento fueron hombres y 75.1 por ciento, mujeres. Tendría que ser un escándalo que millones de nosotras seamos las cuidanderas primarias, debamos trabajar fuera, trabajar dentro de casa y además encargarnos de menores, padres, enfermos o ancianos.

            Además está que a los padres nadie los juzga por tener aspiraciones profesionales, pero la sociedad y los empleadores nos demandan priorizar uno u otro terreno. “¿Cómo se concilian escritura y pulsión sexual, maternidad y ambición, talento y hogar? ¿Por qué no hay épicas femeninas?”, se pregunta María Negroni. Como poeta, editora y gestora cultural no me quejo de atender a mi hija, sino de la normalización del esquema abusivo, que muchas veces deriva en agotamiento constante. Enojo. Vivir siempre al límite.

            Laura Baena, presidenta de la asociación española Yo No Renuncio, ofrece una visión que penetra con bisturí: “Lo que hacemos las madres no es conciliar, es sobrevivir a costa de nuestros propios recursos. Habrá que pararse un día y decir ‘hasta aquí’. Ese día será la revolución de las madres y entonces, sólo entonces, los gobiernos no podrán seguir mirando a otro lado”. Suscribo. Muchísimo suscribo.

            ¿A qué hora empezamos a defendernos de esta saña cotidiana? ¿Cómo tejemos más redes de apoyo para criar de forma no desangrante, sino gozosa? ¿Elegida por nosotras, no por señoros irresponsables?

(Originalmente publicada en mi columna La Utora, del periódico La Razón; imagen: today.com)

EL EJERCICIO DE CUIDAR A ALGUIEN

Miedo como de agua fría en la médula. Se rompió la nariz y entrará al quirófano en horas. Mi hija practica futbol desde hace más de una década. Es mediocampista, goleadora de las que “dejan la piel en cada partido”, dice Alfredo. Lo es. Bueno, pues su carácter combativo hoy la dejó fuera de juego.

            No me inquieta la cirugía. En cambio, la anestesia general me aterra. Ya sé, ella es joven y fuerte, todo va a salir bien, repito, pero nada diluye el miedo. Nunca antes la han operado. Me asomo al precipicio del “y si…”. Disminuiría el susto si yo llevara hoy la bata azul de sanatorio.      

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Ya estamos en casa. Aunque Rodrigo, su novio, la consiente y la hace reír, mi hija lleva horas de sentirse mal, con taladros en la nariz, el paladar, la cabeza, los dientes. Se enfrenta por primera vez a un dolor físico alto. Tal vez la acobarda constatar esa capacidad del cuerpo para albergar estridencia.

            Más tarde tiene hinchados los ojos, no ve bien, así que le doy de cenar en la boca. Me descuaja recordar cuando era bebé. Cómo el asombro de irla descubriendo “llenaba de almíbar el aire”, escribe la argentina Gabriela Bejerman. Cuidarla tiene el ángulo muy gratificante de saberme protectora, incluso necesaria ahora mismo. Ofrezco las manos. Me maravilla que consigan aliviar un poco a mi «gota de miel rubia», añade Bejerman. Sigo acariciando el hueco de su clavícula. Le masajeo los pies, para ahuyentarle fríos.

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Pienso en el ejercicio de cuidar. Se dice que las mujeres nacemos con un gen que nos habilita para hacernos cargo de menores de edad, personas discapacitadas, ancianos. Con esa excusa, un sinfín de señores presume la impunidad social y se escuda tras ella. Si en la familia alguien enferma es normal que la madre, abuela o hija con un trabajo remunerado pula acrobacias entre la exigencia del hogar, la del empleo y la de ver por el paciente. Todo, en detrimento del tiempo propio o de la salud. Encima, con frecuencia carga una loza de culpa, por no esforzarse más. Perpetuado por los hombres a su conveniencia, el discurso social señala que ella nunca se cansa. Hace lo que le toca.

            Si bien cuento como un privilegio mayor atender a mi hija y ser capaz de solventar los gastos para su bienestar, me crispa la irresponsabilidad masculina.

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Cuatro de la mañana. Me despertó porque tiembla y suda. Es febrícula. Ahora ya no tengo miedo, pero su avería me deja seca la garganta. Bien o mal, hago cuanto puedo: refrescarla, dar analgésicos a su hora, dedicarle pequeñas ternuras y estar presente. Ser presencia.

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El dolor se despide lento de su cuerpo. Cada vez parece un poco más ella. Estos días reconfirman que una parte de mi hija se le cayó cuando crecía, enadentrada en mí. Aquí sigue pulsando.

(Originalmente publicado en mi columna La Utora, en el periódico mexicano La Razón; foto: freepic.es).

¿QUÉ HACEMOS CON EL ARTE RELIGIOSO?

Estoy de pie frente a La Transverberación de Santa Teresa, en la iglesia de Santa María de la Victoria, Roma. La escultura barroca de Bernini es implacable. Pega como una granada al centro del pecho. El rostro de Teresa de Jesús, la monja poeta del siglo XVI, habla de un arrobamiento completo, tanto que ni los dedos del pie se salvan. También los toca la electricidad. La mujer perdió la noción de sí, semirrecostada (¿cayendo?), mientras un ángel sostiene la flecha, causante del estrago al corazón. Cada detalle es formidable, incluso los pliegues del manto. La teatralidad de la pieza no se detiene en el discurso canónico. Lo mismo puede tratarse de un rapto divino que de un gesto de placer carnal. Misticismo y erotismo se parecen tanto que se tocan. Se traslapan. 

A veces la belleza llega a los sentidos de a poco. Como un buen vino a sorbos. A veces, tanto en Teresa como en mí ahora mismo al observar, es la punta exacta que se impone, sin que la carne pueda tensarse. Resistirla. 

Ayer me planté a ver La Piedad de Miguel Ángel en la Basílica de San Pedro, Ciudad del Vaticano. Me impresiona en su fluidez. En lo lacio del Cristo recién depuesto de la cruz. En el adoloramiento de la madre de mármol, que por nada lanza un gemido audible. Tanta perfección es casi demasiada. Ahí me entero de que al artista le encargaron la composición cuando tenía 23 años y la terminó a los 24. Cómo es posible. 

Al mismo tiempo que disfruto las piezas con vista y razón subrayo lo contradictorio de que ambas hayan sido hechas en el centro del poder eclesial. Es el mismo puño responsable de forzar por tantos siglos la visión misógina, colonialista, predadora, que ha traído daño sin cuenta a creyentes y no creyentes. No se me olvida. No me desdigo. Señalo que mientras siga de pie el sistema patriarcal que la iglesia pregona será imposible remontar la desigualdad de género, la supremacía de unos pocos sobre millones de otras y otros. 

Tampoco romantizo la experiencia. Hace mucho calor, unos 35 grados. Me duelen los pies de caminar. Somos ríos de gente y la superficialidad habla en muchos idiomas. Todo eso no estorba la emoción de ver tal cantidad de belleza toda junta.

Creo que toca hacer a un lado el referente tradicional y rancio del arte sacro, para entonces escarbar en las otras posibilidades de sentido que puede arrojar. En otros cuestionamientos necesarios. Por ejemplo, cómo desaprender “todas las capas que interesadamente [se] le han ido adhiriendo” y cómo leer ahora las piezas de temática religiosa de siglos atrás, innegables en su fuerza estética. Estoy parafraseando a la poeta Olvido García Valdés sobre Teresa de Jesús, con cuya imagen arranco esta columna.

Ahí está un reto que se me antoja interesante. 

(Originalmente publicado en mi columna La Utora, en el periódico mexicano La Razón).

INSULTAR, ESA GUSTOSIDAD

Johnny English.

De niña me dijeron «marimacha». «Cuatro ojos». Acaso fuera por mis lentes (eufemismo de perro guía) o porque me trepaba a la avalancha y las muñecas no eran para mí. Con los años, pensé, los ultrajes ganarían sofisticación, pero hace poco una persona recalcó que negarme a hacer algo contra la norma era una actitud «ridícula». Un «berrinche». Qué decepción, de vuelta a la primaria. Ojalá el interfecto hubiera descollado originalidad agria, para iluminar ángulos deleznables en mi psique.

            Me gustan las palabras. Mucho me gustan. Así, aprovecho para indagar en el origen de la afrenta. Según Guido Gómez de Silva, insultar significa «hablar o tratar con desprecio, ofender, injuriar», mientras el Breve Diccionario Etimológico de la Lengua Castellana, de Joan Corominas, señala que viene del latín saltare. Literalmente denota «saltar contra alguien; atacarlo».

            Imagínate la escena: llevas rato buscando sitio en el estacionamiento. Al fin detectas uno. Te perfilas para tomarlo y de golpe alguien te lo gana. Creciste en México, así que no gritas “¡capullo!” o “¡la concha de la lora!”. Por más bilingüe que seas, jamás te sale del alma “motherfucker!”. El agravio forma parte del bagaje léxico más propio. Expectoras sólo en el idioma auténticamente tuyo, desde los hígados, y cuando lo practicas no puedes fingir una nacionalidad. Hacerlo cura el alma. No, no la cura. Pero canaliza la irritación. Por eso prefieres el ejercicio insultológico cercano, por sobre el remoto. Conoces el terreno. Un amigo mexicano, radicado en Barcelona hace años, me cuenta que al nacer su hija se regresó a este país. No toleró imaginar a la chica, una vez adolescente, gritando: “Papá, que te den por culo”. Fue rotundo en su visión a futuro: “Prefiero que me diga: ‘Papá, chinga a tu madre’”. Claro, cuando se involucran afectos se da por indispensable el matiz autóctono.

            En el entrecejamiento han tenido amplia cancha la misoginia, el racismo, el privilegio de clase, la homofobia. No me ocupo de esa clase de ofensas, bien documentadas en el libro El arte de insultar, de Héctor Anaya. Me interesan las otras. Las de cierta jiribilla creativa. La amiga y escritora Guadalupe Alemán me hizo llegar hace tiempo esta joya de maldición: «Que tragues como buey y cagues como pajarito». Cuántas veces la hubiera debido usar. Frente a una persona singularmente insípida, el filósofo rumano Emil Cioran subraya: “Por favor, no sea usted tan mineral», en tanto Gertrude Stein masacra a su cofrade Ezra Pound al decir que sólo es «un explicador de aldea. Resulta excelente si eres una aldea, pero si no lo eres, no». Hércules Poirot, el detective creado por Agatha Christie, apunta en la novela Asesinato en el Orient Express: «Permítame decirle que no me gusta su cara». Envidia.

            He desperdiciado la existencia. Ahora buscaré denostar renacuajos y personas calamitosas con la mitad de esta elegancia. Cuánta gustosidad me aguarda.

(Originalmente publicado en mi columna La Utora, en el periódico mexicano La Razón; imagen: imdb.com).

AQUÍ SIGO, UNA DÉCADA DESPUÉS

Ésta fue una mis primeras actividades como autora que asumió el riesgo: en 2016 presenté mi libro de poesía Ser azar, en Morelia, con los colegas José Agustín Solórzano (izq.) y Roberto Jáuregui (der.).

Tengo pánico. Estoy feliz. Tras meses de intentarlo logré que me liquidaran del puesto directivo que tuve más de cuatro años en una editorial comercial. Sueldo comodísimo. Camioneta. Bono. ¿Por qué lo dejo? Porque este trabajo me indiferentiza. Quiero gastarme las pestañas en lo que amo desde chica: literatura. Poesía.

            Es julio de 2015. Mi familia repite que nadie en su juicio echa a la basura un empleo así. Olvidan que nunca he presumido juicio. Asumo que tal vez ésta sea la necedad más franca de mi vida (y no he tenido pocas), pero si apuesto todo lo sabré. Si meto el cuerpo. Comper.

*

El ánimo está descascarado. Gano una miseria como free lance. Duermo poco. Estoy vulnerable. Los ahorros adelgazan cada mes, para cubrir colegiatura y mantenernos a mi hija y a mí. Además, ella tuvo un cuadro médico difícil; el tratamiento costó más de cien mil pesos. Ya recuperada, verla germinar es la mejor noticia.

Hace un año y meses dejé todo por las letras. ¿Lo bueno? Leo por horas. Encuentro pasajes de asombro que valen un día entero, como éste, de Clarice Lispector: “[…] Su marca era el placer intenso con que miraba ahora las cosas, sufriendo estupefacta. El calor se había vuelto más bochornoso, todo había adquirido fuerza y voces más altas. […] Un ciego mascando chicle había hundido al mundo en una oscura avidez”. Otro punto positivo: acabo de publicar mi cuarto libro, Ser azar. Me alegra demasiado grande, pero como las Santibáñez comemos a diario, si para enero los ingresos no mejoran voy a regresar a la oficina y adiós, escritura.

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Diciembre, 2016. Llaman de Uruguay, que gané el Premio Internacional de Poesía Mario Benedetti, entre 400 participantes. Además de darme dinero, publicarán en el Cono Sur mi libro Eros una vez. Preguntan mi reacción. Me hubiera lucido: “Como escribió Blanca Varela, el poema es mi ‘silenciosa algarabía del corazón’”, pero respondo pedestremente: “Estoy sin palabras. Y eso no habla bien de una autora”. Luego monitoreo internet, no vaya a ser broma. Al fin, W Radio Colombia publica: “Mexicana gana el Premio Benedetti”; luego más portales lo anuncian. Me echo a llorar de muy adentro hacia afuera.

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Desde 2018 edito el suplemento sabatino El Cultural, del periódico La Razón; me invitó Roberto Diego Ortega. También coconduzco en televisión El Ombligo de la Luna, tres horas diarias en vivo sobre cultura chilanga, y hablo de literatura en el programa semanal de TVUNAM, La Hora Elástica, con mi Fernando Rivera Calderón. He publicado tres libros más. Aunque es un desmesure de trabajo, bailo de puntas por escribir. Difundir cultura.

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Junio de 2025. Con altas y bajas, estoy por cumplir diez años de testarudez, de prenderme al cuello del animal inmenso y respirante de las letras. Quién sabe qué venga, pero aquí voy a seguir. Apergollada.

(Originalmente publicado en mi columna La Utora, del periódico mexicano La Razón).

TRUMP: ANGOSTAR Y ANGUSTIAR LA INTELIGENCIA

Un treintón endeble se esconde de la pantalla en su cuarto. Ésta no sólo transmite programas, también monitorea las actividades del ocupante. Winston Smith está sentado de manera que el torso le oculta las manos, mientras redacta «crímenes de pensamiento» (frases contra el Partido). Si lo sorprenden, cualquier noche lo van a «evaporar». Como a miles.

            El Ministerio de la Verdad, su oficina, es una estructura piramidal de concreto donde se emplea la Neolengua. Ese idioma oficial, de gramática limitada, restringe la libertad de pensar críticamente: cada año recortan del vocabulario infinidad de voces. Así, pronto va a ser imposible concebir algo contrario al sistema, porque «no habrá palabras para expresarlo […] Cada año menos y menos palabras, y el rango de pensamiento, cada vez menor» (traducción mía de 1984, novela de George Orwell). En efecto, podar el diccionario quizá parezca inocuo, pero coarta la potencia de la lengua, esencia humana liberadora.

            Al inicio del primer gobierno de Donald Trump, esta novela de Orwell de 1949, publicada como un rechazo frontal contra el régimen totalitario de Stalin, apareció varias veces en la lista de bestsellers. Incluye remedos de las purgas contra los enemigos del líder, el dogma único, la imposibilidad de la opinión propia, la distorsión del lenguaje como vía de control. Sesenta y ocho años después de su publicación, miles acudieron a la fantasía de Orwell para descifrar mejor su presente. Ya se sabe: la vida copia al arte.

            Ese libro me vuelve hoy a la cabeza porque, según una investigación del New York Times (7 de marzo), este segundo mandato trumpiano ya suprimió cientos de expresiones de comunicados gubernamentales y sitios web públicos. El afeitado incluye sobre todo las del eje DEI (Diversidad, Equidad e Inclusión). Por ejemplo, las luchas de mujeres no tienen lugar. Se borraron feminismo, violencia de género, igualdad. Lo mismo voces relativas a grupos racializados, como inmigrantes, latinos, poblaciones vulnerables, comunidad indígena y las de la diversidad sexogenérica: preferencia sexual, LGBT, transexual. Tampoco aparecen discapacidad, inclusión, justicia social. Para qué nombrar lo inexistente: según Trump, en Estados Unidos sólo cuentan los hombres heterosexuales blancos. El resto es un fallo. Una molestia. Una cucaracha “en la almohada blanca”, como escribió Audre Lorde.

            Los asesores del presidente leen 1984, porque calcan ideas asentadas como crítica en la novela, del tipo «quien controla el presente controla el pasado». Además, la estructura monolítica, sin fisuras, del Ministerio de la Verdad es metáfora de 2025: existe sitio para UNA verdad. La del magnate.

            Aunque turbadora, la situación no resulta inescapable. Una forma de contrarrestarla es leer y escribir sobre las problemáticas de los grupos vulnerables, en especial latinos, que “han cruzado una frontera de carencias”, señala la poeta Consuelo Hernández. Enunciar la barbarie significa resistirla. Abrir puertas sobre las que una mano torva apresta el cerrojo.

            Nos incumbe que nadie angoste ni angustie la inteligencia. La diversidad. Son nuestras.

(Originalmente publicado en mi columna La Utora, en el periódico mexicano La Razón; imagen: amazon.com).

PALABRAS VETUSTAS Y GUAPAS

Mortificar. “1. Afligir, desazonar o causar pesadumbre o molestia. 2. Domar las pasiones castigando el cuerpo”.

Ha vuelto a pasarme, sentir la ausencia de mi madre muchas veces. Ocho veces en un instante. Cosa rara. Mor. Ti. Fi. Car. Me despierto con esa palabra suya en la lengua y no sé porqué, ni siquiera la he soñado. Yo no la uso, me sabe a la domesticación cristiana del cuerpo a través del dolor. Sólo se la he escuchado a ella, con el sentido de preocupación amorosa. En octubre serán cinco años que mamá cambió de acera, así que llevo ese tiempo sin oírla.

Qué poder evocador, el de verbos. Adjetivos. Tengo claro un mediodía de 2020. Además de mi chamba estaba terminando aquel libro y acepté un proyecto enorme de edición. Recuerdo las manos temblorosas sobre la mesa: “Estoy mortificada, hija, porque últimamente trabajas mucho. Necesitas descansar”. Las cinco sílabas hacen eco. Me llega su loción de azahar. Siento la mano suavísima. La de mi mortificona.

Pregunto en Twitter qué decían las mamás o los papás de los usuarios, voces que les gustan, aunque parecen anticuadas. Vetustas. Las respuestas me dan placer. Aquí van cinco, que ella repetía y cada vez oigo menos. Añado tanto la definición como el ejemplo de uso del Diccionario de mexicanismos. Propios y compartidos, de la Academia Mexicana de la Lengua:

  1. baquetón, na, adjetivo. Alguien flojo, desfachatado. “Tu padre es bien baquetón, no hace nada de su vida”;
  2. fufurufo, fa, adjetivo. Persona que se da importancia o actúa como si perteneciera a una clase social alta. “Su prima es bien fufurufa nomás porque su novio es rico”;
  3. morralla, sustantivo. Moneda fraccionaria; cambio. “Ya no traigo morralla para pagar el pasaje del camión”;
  4. muino, na, adjetivo. Cuando se refiere a una persona, la señala como iracunda. “Por ser tan muino, mi abuelo se quedó solo”;
  5. petaca, sustantivo. Significa al mismo tiempo “maleta” y “nalga”.

Añado una expresión, la más juguetona de cuantas pueblan el universo mundo. Creí que era un invento casero, para decir que alguien no “se acomide”. Ahora la encuentro en el Diccionario de mexicanismos: “Se usa para manifestar un reclamo a una persona perezosa: ‘Nosotros abrumados de trabajo, y tú, ¡línguili, línguili!, te la pasas hablando por teléfono’”. Otra vez, mi madre en letras. Casi veo la ceja alzada, su hombro hacia adelante.

No podemos separar las palabras de lo que evocan. Contextos. Emociones. Atmósferas. Encima son como orfebrería. Se vinculan con la tradición familiar y con la historia cultural, seamos conscientes o no. La lengua nos recuerda que también somos las expresiones en desuso que se mueren con el padre, la tía, el abuelo, la madre. Poco a poco caen en el olvido y quedan sólo en diccionarios. O ni siquiera ahí. Pero cierta mañana amanecemos con una de ellas en el gusto. Cosa curiosa. No sé. Mortificar.

(Originalmente publicado en mi columna La Utora, en el periódico mexicano La Razón; foto: freepik.es).

¿DEBERÍAN LOS HOMBRES GANAR DINERO?

¿Deberían administrarlo? ¿Estar autorizados a poseer un inmueble? ¿Una cuenta de banco? ¿Los hombres deberían votar? ¿Estudiar en la universidad? ¿Trabajar fuera de casa, si lo desean? ¿Los hombres deberían ganar más que las mujeres? ¿Ser económicamente autosuficientes?

         ¿Los hombres deberían tener derecho a salir de noche con amigos, emborracharse cuando les apetece? ¿Los hombres deberían viajar solos? ¿Deberían tener decisión sobre su cuerpo? ¿Su deseo? ¿Su paternidad? ¿Los hombres deberían opinar sobre el cuerpo de las mujeres?

            Suena absurdo preguntar, porque el sistema patriarcal está normalizado: todo lo anterior se les ha permitido siempre. En cambio, durante siglos la respuesta mayoritaria para nosotras fue: «no, ellas no deberían ganar dinero, ni poseer propiedades ni ir a la universidad». Un dato representativo: apenas en 1955 pudimos votar por primera vez en México.

Nuestra dependencia económica e intelectual de los varones los fortalece, así que la masculinidad lucha por perpetuarse. Sin embargo existen avances. En 22 estados del país el aborto es legal. Constituimos 52 % del alumnado de la UNAM, egresamos y nos graduamos más que ellos. Tenemos acceso a cuentas de banco propias, aunque en general ganamos menos por un trabajo igual -según datos de 2024, de cada 100 pesos percibidos por él, ella se lleva sólo 83.

Pero otras condiciones se han agravado en nuestra contra. “Hace medio siglo, el mayor temor de las mujeres era a ser abusadas; ahora es a que las maten”, señala con razón Marta Lamas. Nos creen de su propiedad. Lo constata la cifra oficial, de diez de nosotras asesinadas a diario en México por motivos de género. Y opinan sin pudor sobre nuestros cuerpos. Muchos hombres y algunas mujeres -entre las víctimas siempre hay cómplices del abusador- juzgan a una chica que usa ropa ajustada o bebe alcohol. Su atrevimiento merece el castigo de ser violada, acto que es “la representación cruda y directa del ejercicio del poder… anular al otro, exterminar su palabra, su voluntad, su integridad”, apunta Virginie Despentes en Teoría King Kong.

            En diciembre de 2024, como parte de la FIL Guadalajara, se llevó a cabo la mesa «Las mujeres en un mundo de violencia machista», con Rita Segato, Nuria Varela y Marina Castañeda. Ahí escuché preguntas como las que abren esta columna. Me indignó darme cuenta de que me sorprendí ante ellas. Falta tanto para desarticular el modelo y construir otra forma de relacionarnos.

            Escribe la poeta Claudia Berrueto: “desperté con el puño destrozado. / me recuerdo escuchando el sueño glacial con las plantas de los pies, / luego la ardorosa lucha contra el hielo; / mi puño tratando de romperlo desde abajo / y la rabia / -ese destierro doloroso- / irguiéndose en lo más oscuro del agua de mi sueño […]”. Sigamos golpeando el hielo desde abajo, hasta que salte en pedazos. Hasta que a nadie le parezca natural el doble rasero para medirnos.

(Originalmente publicada en mi columna La Utora, en el periódico mexicano La Razón; foto: frrepik.com)

UN CAMINO DE SUPERVIVENCIA: OÍR EL AGUA

«El rumor de la selva no se interrumpe. Es uno solo pero hecho de miles de voces. Cada una siguiendo su canto singular. [Antonio] entiende que la selva es, también, esto que está escuchando. ¿Qué? ¿Una conversación enorme? No sólo el montón de árboles y animales sino algo inmaterial entre ellos. Una relación. O muchas». Me fascina: todos los seres de la espesura están vinculados. Entretejidos.

            Desde la Conquista miramos la naturaleza como un otro, segundo en importancia, que no siente, piensa ni se comunica. Este sistema incuestionable afirma: la o el distinto amenaza. Es peligroso. Por eso debemos dominarlo. Además suma la idea de que el ser humano es corona de la creación, pero en realidad esto aplicaría sólo al hombre, único sobre quien Dios sopla aliento de vida (Génesis 2:7), mientras Eva nace de la costilla de Adán (Génesis 2:22). Es decir, el mundo fue hecho para el hombre, es suyo,puede usarlo como desee. Incluso desperdiciarlo. En esa lógica delirante y fatal estamos, con millones de hongos, insectos, animales, plantas, árboles, bosques, ríos y glaciares devastados por nuestra furia. Parece que odiáramos el planeta.

            “Somos carne de la carne de la Tierra”, dice a contracorriente la argentina Gabriela Cabezón Cámara en la Fiesta del Libro y la Rosa, que celebramos en la UNAM en días pasados. Vino a platicar con el público, con Benito Taibo y conmigo sobre cómo narrar lo diverso. Desde qué lugar emocional. Con qué palabras. Las primeras líneas de esta columna vienen de su novela Las niñas del naranjel (2023). Me interesa ese protagonista, un español del siglo XVII, que ha aprendido a observar la selva americana: «Debajo de la tierra los árboles tienen otra vida, una que no vemos, la de sus raíces entrelazadas, una red dellos que arriba son separados pero abajo juntos. Yérguense de a uno mas se sostienen de a todos. Véolos porque yo mismo estoy echando raíces».

            Desde hace algunos años encuentro con emoción este abordaje frontal en las letras hispanoamericanas, el que propone escuchar a las aves, el suelo, las plantas. Además de Las niñas del naranjel está Sólo un poco aquí (2023), de la colombiana María Ospina Pizano, centrado en la animalidad, mientras La mirada de las plantas (2022), del boliviano Edmundo Paz Soldán, pone el foco en el mundo verde. También Feral (2022), de Gabriela Jáuregui, los ensayos de Materia viva (2024), de Jorge Comensal, y los poemas de El sueño de toda célula, de Maricela Guerrero (2018), los tres mexicanos, plantean una reconexión con el mundo natural. Un vínculo interespecie. Hace poco cité aquí al botánico Stefano Mancuso, sobre el apoyo que se regalan árboles y plantas. Conviene tanto mirarlos, a diferencia del gastado binomio depredador vs presa, que nos han inoculado por siglos.

            Creo que las letras están apuntando hacia un camino de supervivencia. El de oír el agua. Y echar raíces.

(Originalmente publicado en mi columna La Utora en el periódico mexicano La Razón; imagen: pexels.com).

VINCULARNOS DE FORMA MENOS CRUEL

Ante la depredación y el exterminio bestial que dominan las noticias mexicanas vuelvo a este pasaje: «En el corazón de mi voz emergente estaba la creencia de que la naturaleza contenía el secreto de la armonía y de la unidad, no sólo afuera de nosotros sino dentro, sin separaciones». La cita es de Terry Tempest Williams, autora estadounidense cuyo presentimiento comparto.

         La cámara rápida o time lapse, técnica fotográfica que muestra el paso del tiempo, acelera las imágenes para que en segundos atestigüemos lo que en realidad toma horas o días. Gracias a este recurso podemos apreciar “cómo las plantas se mueven, en varias direcciones, sin permanecer, como se cree, inmóviles”, señala Evando Nascimento en el ensayo “La inteligencia sensible de las plantas”. Qué cosa alucinante, constatar lo imperceptible al ojo. Sigue: “Y no se trata de un simple fenómeno mecánico de crecimiento. Las raíces, por ejemplo, se expanden según células sensoriales especializadas en detectar agua y nutrientes en el entorno».

         Xavier Villaurrutia intuyó chulamente los pálpitos de los que está dotado el universo vegetal, ése que menospreciamos por sentirnos absurdamente superiores. Al hablar de la rosa, el poeta dice que “[gira] tan lentamente que su movimiento / es una misteriosa forma de la quietud”. Sería riquísimo ver flores arqueándose, pero la vista humana no es capaz de percibirlo.

         Va otro rasgo fascinante: la naturaleza forma una verdadera comunidad, que desde las raíces comparte agua, nutrientes e información. Stefano Mancuso, botánico italiano, explica en esa maravilla de libro que es La planta del mundo: «La principal fuerza que modela la vida es la colaboración entre seres vivos […] Las especies vegetales alcanzan un estado de ‘conveniencia recíproca’ mediante un lento pero constante ajuste de sus relaciones». En vez de la lucha por sobrevivir atribuida a los mamíferos, la ayuda interespecies distingue a las plantas, en general poco relevantes en nuestra sociedad.

         Mancuso y la ecóloga forestal Suzanne Simard han demostrado que los bosques no los forman seres aislados. Más bien se trata de enormes poblaciones interconectadas, a la manera de una corporatura poderosa. Ágil. Las raíces se comunican entre ellas y con los hongos que forman la micorriza para, de ese modo, optimizar la respuesta colectiva ante una plaga, la sequía o un invasor. Estos inauditos compañeros de planeta, además de crear su propio alimento, son inteligentes, porque saben resolver riesgos y aprovechar circunstancias benéficas.

         Qué revolucionario sería cambiar el paradigma social del «animalocentrismo» (voz que tomo de Mancuso). Ojalá aprendamos del apoyo mutuo que es cotidiano entre especies verdes, en lugar de centrarnos en la furiosa victoria del más fuerte y el binomio depredador-presa que se atribuye a la zoología, en vez de considerarlo el principio que naturalmente ordena las relaciones entre organismos vivos, incluido el ser humano.

         Los árboles «saben hablar», escribió Carlos Pellicer. Seria bueno conocer su forma menos cruel de vincularnos.

(Originalmente publicado en mi columna La Utora, del periódico mexicano La Razón; imagen: snapshot.canon-asia.com).

POR QUÉ ROSARIO CASTELLANOS ES MI COMPA

Rosario Castellanos, 1945.
Colección privada de Gabriel Guerra Castellanos.

Algunas lecturas me acompañan por meses aunque luego las descarto, como rosas decaídas. Otras las mantengo conmigo durante años. Y están las siemprevivas, entre ellas, Rosario Castellanos. Nació en 1925 pero su escritura huele fresca. A pasto recién cortado. Habla con palabras cotidianas y las arregla distintamente. Cuando la leí, muy joven, descubrí cosas que necesitaba decir.

Hoy la siento familiar por razones como éstas:

1. No vivió a medias. Lo hizo con intensidad y sangre, con temperaturas emocionales en las que me encuentro, desde la angustia de habitar el «lugar de las hogueras», hasta la plenitud de tener el corazón «contento y sosegado / en medio de la casa durmiendo, como aljibe / colmado».

2. Cuando a mi hermano Fernando le vino un infarto, solo, en casa, repetí esto: «Es tan fácil morir, basta tan poco. / Un golpe a medianoche por la espalda / y aquí está ya el cadáver / puesto entre las mandíbulas de un público antropófago». Atravesé aquella noche prendida de sus versos.

3. Sus amigas y amigos le fueron irrenunciables. Se enfocó en el cambio de centro de gravedad que implica moverse «del yo al nosotros». En la misma línea dijo sobre la maternidad, afán donde también me espejeo con ella: «Ninguna satisfacción mayor puede proporcionarnos un hijo que, al crecer, y al alcanzar la edad del juicio, nos absuelva».

4. Rosario creció en Chiapas, un estado de vegetación estallante, que extrañaba: Muy seguido me doblega así una planta: «Toda la primavera / ha venido a mi casa / en una flor pequeña / sólo flor y fragancia».

5. En el poema «Lamentación de Dido» retrata el desamor, «la predación, la ruina, el exterminio». En él da voz a la mitológica reina de Cartago, quien acoge al náufrago Eneas. El deseo prende entre ambos igual que en un manojo de hierba árida. Ella se entrega «con mi ceguera de raíz, con mi soterramiento de raíz, con mi lenta fidelidad de raíz», pero pronto él vuelve al mar. En líneas bellísimas, Dido corre a estorbarlo, «destrenzada y frenética». Qué cosa.

6. Me interesan sus obsesiones: la lectura, el feminismo, el cuerpo.

7. Tuvo dudas sobre su oficio. En una carta reconoce: «Mi verdadero problema es: ¿soy o no soy una escritora? ¿Puedo escribir? ¿Qué?». Ya había publicado Poemas, Balún Canán, Ciudad Real. Con ese talento lépero, tan frágil y tan sólida. Tan abrazable.  

8. Desde los 25 años cuestionó la desigualdad de las mujeres; luego, la violencia contra grupos originarios. Calco esto: «Me siento comprometida con una realidad con la cual no estoy conforme… quiero colaborar para que de alguna manera cambie”.

Imposible no sentirla una compa cercana. La más alta.

*Para conocerla más ven al Colegio de San Ildefonso antes del 24 de agosto, a visitar la exposición que preparamos en la UNAM: Un cielo sin fronteras. Rosario Castellanos: archivo inédito.

(Originalmente publicado en mi columna La Utora, en el periódico mexicano La Razón; la foto principal, arriba, pertenece a la colección privada de Gabriel Guerra Castellanos, la segunda es de Didí Gutiérrez, tomada la noche de la inauguración de la muestra y las otras dos las capté durante el montaje en San Ildefonso).

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ERES MÁS QUE ESE DESGARRO

Hace días dije en esta columna que fui violada en la infancia por Felipe Santibáñez Escobar, mi hermano, siendo él mayor de edad. En el marco del #8M me abrí entera y tuve temor de la reacción en redes. En cambio, un alud de mensajes ha rodeado con palabras suaves a la niña de ocho años, domesticada. Silenciosa a la fuerza. A ella le cuesta creer que tanta gente la escuche hoy. La acompañe. Cómo es posible. Esa Julia pequeña y la mujer actual agradecemos en el tuétano los gestos de respaldo expresados en persona, por WhatsApp, correo, Facebook, Twitter, Instagram. No se imaginan cuánto contribuyen a esta sonrisa aligerada. Más mía.

               Sé que puede ser inexplicable oírme decir estoy contenta. Lo explico: por décadas, en distintas etapas me dediqué a dolerme, a duelearme en terapia y fuera de ella. Lloré cantidad. Escribí tanto. Analicé los recuerdos desde todo ángulo posible. Acepté las cicatrices. Para mí, la novedad radica en pronunciar el nombre, cerrar el proceso abrazando a esa yo chiquita. Necesité largo tiempo para estar lista y por fin le cumplí, pero para quien se entera por primera vez resulta insólito saberme muy bien. Ahora lo estoy, por Fortuna.

               Al mismo tiempo, ha sido duro recibir docenas de comunicaciones de mujeres y algunos hombres que se identifican conmigo: “mi mamá se va a romper si se entera de que mi abuelo me tocaba”, “aunque me freno de revelarlo públicamente, me urge hablar de eso”, “yo también sufrí abuso en casa, pero no me he atrevido a confesarlo”, “me angustia denunciar a mi primo”, “jamás lo he abierto en familia, gracias por decirlo tú”, “necesito pasar de la culpa al enojo para exhibir a mi papá, quien me obligó por años”. Cala hondo la normalización, tanto del atropello en ámbitos íntimos, como del silencio que hiere a los más vulnerables. El sistema enseña a cuidar sobre todo el apellido o la iglesia o la escuela (como el Tecmilenio). No. Primero va el bienestar de los menores, también de las niñas vendidas en matrimonio hoy en México, a tipos de hasta 70 años.

               Me piden consejo, así que comento los dos apoyos que me ayudaron a tomar las riendas: 1) desgranar la infamia en un espacio seguro, como una terapia psicológica confiable, asumiendo que toma tiempo procesarla; 2) acudir a la literatura, porque conocer otros casos de trauma en los primeros años alivia la soledad. La suaviza. Recomiendo magníficos testimonios literarios recientes: Triste tigre, de Neige Sinno; Por qué volvías cada verano, de Belén López Peiró; El consentimiento, de Vanessa Springora.

               Ojalá quienes pasamos por este tipo de agresión dejemos de volver el desprecio contra nuestro propio cuerpo, «engordar veinte kilos, por ejemplo», «[sustraernos] voluntariamente al deseo» o asumirnos como «mercancía deteriorada, contaminada», apunta Virginie Despentes en Teoría King Kong.

               Tú y yo somos más que ese desgarro. Mucho más.

(Originalmente publicado en mi columna La Utora, en el periódico mexicano La Razón; imagen depositphotos)

HOY ROMPO EL PACTO DE SILENCIO

Tenía ocho años. Mi cuerpo era mío.

Para forzar el músculo entre mis piernas usaste tus dieciocho. La boca infantil fue tu objeto de placer. Y advertiste: «no digas nada, nadie te va a creer». Por largo tiempo fingí que lo olvidaba. Al fin, con veinticuatro, lo trabajé en terapia.

Tenía ocho años. Y humillación. Miedo. Desorden. Aunque varias veces me dolió tu sangre al percutir donde no debía, donde no entendía, me fue imposible acusarte. Cargué sola con esa plancha de cemento sobre el tórax.

Fui el eslabón más débil de la cadena: mamá, papá, cuatro hermanos. Yo, la menor.

Tenía ocho años. Con bota severa pisoteaste mi ingenuidad. La visible. La invisible.

Alguien tal vez habría notado que en mis ojos se alojó la turbulencia. Nadie lo vio. Replegada, me hice «tan solitaria como la hierba», en palabras de Sylvia Plath.

Tenía ocho años, me correspondía ser inabarcable. Tus planes eran otros.

Un resultado del desamparo fue encontrar los libros. Se me enadentraron, un hogar con muros de piedra. Entre ellos estuve segura, pero como escribe Diana del Ángel, «aunque sonrías […] detrás de tu sonrisa estará esa vergüenza y tu cuerpo será siempre el de esa niña, abierta a destiempo».

Tenía ocho años. Nada pudo atraerte de mí, sólo el tamaño. Y no fui la única. Quién de nosotras permaneció ilesa alrededor tuyo, si aplastarnos era tu vocación: alumnas, primas, tu hermana. Te di ocasión de disculparte, de nuevo no. Ojalá que tengas culpa. Taladrante culpa.

Con los libros vino la escritura, ensartar una palabra tras otra para poner en el mundo una mínima belleza, que antes no existía. Ese juego se volvió mi oficio. Me sentí fuerte. «Cuando estás en el infierno, no puedes escribir o contar nada: tampoco puedes dibujar o inventar, porque estás demasiado ocupado en estar en ese infierno”, dice Neige Sinno. Hoy narro esto gracias a que escapé del pisoteo y me armé de palabras. Cargo secuelas, pero rompí el círculo.

Mi cuerpo era propiedad privada. Debía serlo. Tenía ocho años.

Yo también guardé el secreto familiar. Papá murió durante mi adolescencia y nunca lo supo. Ya adulta lo hablé con mis hermanos, Fernando y Lucy. Si bien me arroparon, no hice pública la agresión para proteger a mi madre del escándalo en su casa (suena absurdo, lo es). Ahora que papá, mamá, Lucía y Fer están muertos, cuando el único familiar vivo de mi núcleo es quien me desgarró la piel y la autoestima, enmiendo el daño de la infancia. Hoy rompo el pacto de silencio para que sepas, Felipe: hay consecuencias.

Tenía ocho años. Jamás pensaste que iba a crecer.

Como reparación, esta mujer adulta acompaña a la niña que fui, para que juntas tengan el coraje de gritar en el marco del #8M: hermano, lo que hiciste se llama violación. Te hablo a ti, Felipe Santibáñez Escobar.

(Originalmente publicado en mi columna La Utora, en el periódico mexicano La Razón; imagen: freepik.es)

UN NAUFRAGIO VIVIDO EN CARNE PROPIA

Entramos al oleaje, irresponsables. La barcaza de durmientes marchitos recibió el equipaje: los poemas, el viejo mapa, la garrafa de agua. Pronto la playa se perdió a lo lejos.

            Yo me vestía sólo con tus ojos. Mi pelo te halagaba el futuro. Nada más debía ser necesario para encarar tormentas y dragones, nos dijimos: es suficiente si ataca algún diluvio insospechado, un cetáceo, corsarios o gaviotas antes de vislumbrar aquella isla. Sobrados, pródigos, creímos en el auspicio del bamboleo leve: nos dimos a besarnos sin cautela, dejando el lanchón a su albedrío. Luego, entrelazando pies adormidos, ¿qué huracán vendría? ¿Qué furia alada? Al volver de la refriega de amor, escocida la piel, inauguramos más fiestas del abrazo. Qué soberbia: de cuatro sorbos apuré el agua, nunca entreabriste el libro de poemas, el mapa se perdió, no hubo isla. La tormenta vino tras el ocaso, cuando el frío calaba a la deriva. Quisimos huir juntos. No hubo tiempo. Las pleamares contrarias se impusieron y, en una confusión de asfixia negra, el mar nos escupió lejos de todo. Uno lejos de la orilla del otro.

            Son náufragos de espuma y de obsesión, un caos de vértigo, estos dos cuerpos. Ni siquiera se atreven a buscarse, bocas de sangre que aún recuerdan. De bruces, en compacta soledad, desbaratados entre la arena, qué decirse ahora. Cuánto pesar.

***

Escribo porque busco entender lo que me pasa: ante emociones gustosas, siempre el primer impulso es mirarlas. Volcarlas en palabras. Así se me han tatuado en la costilla, con mejor o con peor puntería, tirites de poesía, terneza, amores, aciertos. Me han dejado marcas en la hondura más encubierta. Por contraste, también me ha urgido el lápiz, el lápiz por delante, al drenar muerte, astillas, cemento, desconsuelo, culpa, dolor, puñal, ruina, dolor. A veces les adorno el aspecto, aquella catadura ruda, aunque prefiero convocarlos por su nombre, como la separación de pareja que atravieso en estos días. Agreste. Y sí, también digo la gratitud por los treinta y dos meses de la mano. Aunque nunca se terminó el deseo, nos fue claro que las necesidades de cada uno demandan su tiempo. Seguir juntos implicaba sumar cuentas pendientes, reclamos de bilis. Decidimos poner punto final.

            La ficción con que empiezo esta columna da cuenta de cómo a veces una historia de pareja, de dos locos que se meten al océano sólo con sus ganas, finaliza con ambos roídos por la sal, la sed, el sol, aunque se repiten: valió la pena cada minuto transcurrido antes del resquebrajamiento del naufragio.

            “Aquí están mis sentidos / de red afortunada, / mi corazón, lugar de las hogueras, / y mi cuerpo que siempre me acompaña”, bien subrayó Rosario Castellanos. Vuelvo a estos versos para recordar que no soy la primera en abismarme. Corrí el riesgo. Implica que estoy viva.

(Originalmente publicado en mi columna La Utora, en el periódico La Razón; imagen: diariocambio22.mx).

LE HUBIERA REGALADO DIGNIDAD

“Tu propio cuerpo […] es lo único con lo que puedes hacer lo que quieras. Pero ni eso te dejan”, dice la protagonista de La vegetariana, de la surcoreana Han Kang, Nobel de Literatura 2024. Estas frases traslucen una lucidez subversiva. Incómoda. Salvaje.

            Yeonghye es una mujer promedio. De hecho, su grisura es el rasgo más atractivo para el misógino novio y, luego, marido: ella no le exige ningún esfuerzo. Un día, Yeonghye decide no comer más carne. La postura irrita a su esposo, a la madre y hermana, al padre. Sobre todo al padre, quien pone en juego violencias cotidianas. Espeluznantes. El sistema entra en crisis porque su familia y la gente la miran con recelo o se enfurecen, tratan de forzarla a ser «normal». El ímpetu de esta chica léperamente flaca es una granada de mano en mitad de una comida. La novela se cuenta a tres voces (el marido, el cuñado, la hermana) aunque mantiene en el centro a la vegetariana, mientras la autora construye en espiral el tono de cuestionamiento social.

            En la nueva película de Almodóvar, La habitación de al lado, Martha (Tilda Swinton) tiene cáncer terminal. Acepta un tratamiento alternativo, que no funciona. Los médicos proponen más quimioterapia, pero ella se niega a morir entre angustias. Opta por la eutanasia. Ante la negativa de sus mejores amigas a ayudarla acude a Ingrid (Julianne Moore). Sobre una paleta de rojos y amarillos vivísimos, Martha cita el final de «Los muertos», cuento de James Joyce: “La nieve caía débilmente a través del universo y débilmente caía sobre todos los vivos y los muertos» (traducción mía). Encuentro puntos de coincidencia: aunque Natura nos iguala a muertos y vivos, quienes te aman y también los médicos, incluso la policía, no aceptan que dictes sobre tu cuerpo. Vivir es obligatorio.

            Ahora mismo tengo cerca esa paradoja: una persona mayor y enferma busca morir con decoro, antes de perder más facultades. Parte de sus hijos la apoya, pero el resto tiene urgencia de aferrarse al clavo ardiendo de mantenerla viva. Hacia el final de «Los muertos», la voz narrativa señala: «Uno a uno, todos se convertían en sombras. Mejor entrar con audacia en ese otro mundo, viviendo el esplendor de una pasión, que disolverse y marchitarse con la edad» (de nuevo, traduzco yo). Creo que ésa será mi decisión, en caso de poder tomarla: elegir la hora y circunstancia de irme, cuando aún me apasione estar viva.

            Durante los últimos meses de mi madre, en 2020, necesitó cuidadoras, un cerro de pastillas diarias, oxígeno, pañal. Se afantasmaba paso a paso. Ella nunca expresó la voluntad explícita de poner punto final. Y yo la sugerí, pero no hablé de frente. En estos días pienso que me hubiera gustado darle a mi mamá la opción de irse con su dignidad por delante, si lo hubiera querido. No tuve el coraje.

(Originalmente publicado en mi columna La Utora, en el periódico La Razón; foto: mía).

PALABRAS QUE SON MATRIOSHKAS

«Me enloquecen las palabras lexicalizadas, es decir, las que en su origen eran dos, tres o más, incluso una frase». Eso escribí en X hace pocas semanas. Puse algunos ejemplos (correveidile, aguardiente, teporocho) y pregunté qué otras conocían. Se dejó venir un tsunami de propuestas: salsipuedes, abrelatas, cuentachiles, metomentodo, rompecabezas, valemadrismo, cejijunto…

            Me di a la escarbación, para ver cuáles aparecen en el Diccionario de mexicanismos. Propios y compartidos (Academia Mexicana de la Lengua / Planeta, 2022), cuyas voces han sido documentadas durante al menos cinco años y son de empleo frecuente, tanto oral como escrito. Van cinco matrioskas que tomo de ahí y me parecen lo máximo:

1. chingaquedito: adjetivo; también se usa como sustantivo. La forman el verbo chingar, el adverbio quedo + el sufijo ito, mexicanísimo. Alude a quien «insiste en algo hasta el hartazgo» o «hace soterradamente acciones en perjuicio de otro».

2. culipronto, -ta: adjetivo; también se usa como sustantivo. La forman el sustantivo culo + el adverbio pronto.Señala a una persona promiscua.

3. huelepedos: adjetivo; también se usa como sustantivo. La forman el verbo oler + el sustantivo pedo. Se refiere a quien «sigue servilmente las órdenes de un superior y lo adula […] lambiscón».

4. malcopear: verbo. La forman el adjetivo mal + el verbo copear. Significa «actuar de manera impropia» al beber alcohol.

5. quihubo: interjección. La forman el adjetivo interrogativo qué + el verbo hubo. (como en «qué [novedades] hubo»). Se usa «para saludar».

            La lexicalización suele unir dos palabras y darles un nuevo sentido. Las llamo matrioskas, como las muñecas rusas, porque contienen varias voces en su vientre. Éstas que siguen comprenden tres; además son originales. Las tomo del Diccionario de la lengua española, de la Real Academia Española:

1. nomeolvides: sustantivo. La forman el adverbio no, el pronombre personal me + el verbo olvidar. Así se llama una flor azul.

2. tentempié: sustantivo. La forman el verbo tener + la locución en pie. Nombra un refrigerio, sin el cual quizá desfallecerías.

3. vaivén: sustantivo. La forman el verbo va, la conjunción y +el verbo ven. Adivinaste: apunta al movimiento inestable.

            Añado dos mexicanismos, divertidos y útiles, que aún no veo en libros:

1. desquehacerado, -da: adjetivo; también se usa como sustantivo. La forman el prefijo des (indica negación) + el sustantivo quehacer. Apunta a alguien ocioso: «Voy a arreglar la casa, para no verme desquehacerado».

2. nadaqueveriento, -ta: adjetivo. La Academia Mexicana de la Lengua explica en su página que viene de la frase nada que ver + el sufijo –nte, -nta, referido a quien «ejecuta la acción». Alude a un sujeto «inoportuno, irrelevante, inadecuado […]: No invites a la fiesta al nadaqueveriento de Luis». Algunos medios sugieren que la influencer Karina Torres lo puso de moda.

            Sanseacabó por hoy: es apenas un ejemplo de nuestra creatividad como hispanohablan-tes. Enhorabuena, con nuestra chulada de lengua.

SOY MASOQUISTA (Y ) AMODIO EL YOGA

La estoy pasando fatal. De pie sobre la pierna derecha, levanto la izquierda tan alto como puedo atrás de mí, mientras sostengo el tobillo con esa mano. Al estirar el brazo derecho hacia el frente y hacia abajo procuro conservar el sereno equilibrio, pero un pálpito de angustia retumba en el oído, duele al aire, no quiero seguir. Sigo. Este empeño se llama Dandayamana-Dhanurasana o Arco de pie. Estoy por cumplir catorce años de practicar hatha yoga. Cada semana. Varias veces por semana. Cuando en 2011 me diagnosticó dos hernias lumbares, el ortopedista dijo que era factible evitar la operación de columna si practicaba esta «gimnasia» y no subía drásticamente de peso. Poco después, en mallas sobre un tapete, terminé la primera clase grupal. No tenía idea de lo que significaría enfrentar el tambache de rigideces corporales. Mentales. Amodio el yoga.

            Gracias a esta disciplina sigo lejos del quirófano. Ahora hago las posturas en casa, a solas, sobre el tapete de 185 por 65 centímetros. Ser constante ha mejorado mi flexibilidad, solidez muscular, digestión, resistencia a enfermedades. Ya siento mía la espalda. El hígado. Y al esfuerzo necio en estiraciones y contorsionamientos lo acompañan otros beneficios. Me consta que enfocarme en respirar destelaraña el cerebro. Las asanas aportan fuerza interior y calman mi paisaje mental. Perseverar en lo imposible también obliga a centrarme en el instante, soltar un rato la vorágine del futureo (donde merezco medalla de oro).

            Un tercer motivo para estar cosida a él es que me permite ver mejor mi oficio de escritora. Y a la inversa. La clave en ambos es afinar la conciencia. No perder el aire conforme modelo y moldeo la forma. Aunque a veces salen las risas o explota el infelizaje si un poema se desbarranca o me caigo durante una postura de equilibrio, pronto regreso a buscar el ritmo. Cuanto más me demandan ambas, más me gustan. Soy masoquista y avanzo de a poco, casi sin notarlo.

            En Yoga, Emmanuel Carrère abunda en este sistema de salud que él se apropió hace décadas, si bien su origen tiene unos 2500 años, en la India. Dice el autor francés: no consiste en ejecutar una forma sino en «que brote algo del interior de uno mismo […] erosionar el ego, la avidez, el espíritu de conquista y competición, educar la conciencia para darle acceso a la realidad sin filtro”. Su libro es doloroso. Además de las posturas y el taichí aborda el desmoronamiento, la ruptura de pareja, el autosabotaje, la bipolaridad, la pérdida en general. Pero en un punto cita al pianista Glenn Gould con esta frase gustosa: «El objetivo del arte no es la descarga momentánea de una secreción de adrenalina, sino la construcción paciente, a lo largo de toda una vida, de un estado de quietud y de fascinación». ¿No resume la búsqueda de quien lidia con palabras y posturas? La mía, sí.

(Originalmente publicado en mi columna La Utora, en el periódico La Razón).

RITA SEGATO EN DOS ESTAMPAS

No lo creo. Llevo hora y media con ella, en el restaurante de su hotel. También está Sara Uribe; Julieta García acaba de irse. Rita Segato desayunó pan y queso, pide más café. Generosa, desgrana para nosotras claves de la violencia de género. Cuenta que la invitaron a Ciudad Juárez en 2004, para estudiar lo indescifrable: más de diez años de crímenes contra Las muertas de Juárez. No eran asesinatos de hombres aislados, afirma. Se vinculaban a un sistema de poder y en consecuencia permanecerán impunes.

            Con los ojos en nuestros ojos, nada se le escapa. Ni Sara ni yo notamos a un mesero con pastel; con voz liviana ella pide una rebanada. Cuando la tiene enfrente hunde el tenedor goloso en el postre de moka. «Éste será mi único almuerzo», sonríe igual a una niña. No tiene poses. Ni prisas.

            Estamos en la FIL Guadalajara, tres de diciembre. Segato, argentina, es doctora en Antropología, referente superlativo sobre feminismo, raza y derechos humanos. El performance de Las Tesis, «El violador eres tú», se basa en su trabajo. Mañana ofrecerá una conferencia sobre cuerpo y género en tiempos del fin del mundo. Tenerla aquí es fruto de una colaboración entre Dulce María Zúñiga y Erandi Barbosa (Cátedra Latinoamericana Julio Cortázar, de la Universidad de Guadalajara) y nosotras (Cátedra Rosario Castellanos de Literatura y Géneros, de Literatura UNAM, parte de Cultura UNAM).

            Rita luce oronda un jorongo o quexquémetl anaranjado que le regalaron. Sara pregunta si la prenda es de San Luis Potosí. Ella asiente. Habla de sus hijos, de otros temas personales, regresa al análisis agudo. Opina que parte de la violencia contra las mujeres obedece a la envidia masculina por nuestra comunalidad: reímos juntas, tejemos redes de cercanía que ellos no tienen, disfrutamos más. En su libro La guerra contra las mujeres acuña el término femi-genocidio para describir la agresión letal contra nosotras sin distinguir en lo individual, así como el genocidio busca exterminar a un grupo por su raza, nacionalidad o religión.

            En una pausa le muestro la semblanza suya que leeré mañana. Añade unos datos. Le propongo abrir con tres apuntes de su reflexión teórica. Los acepta:

1. El patriarcado es la estructura política más arcaica y permanente. Se apropia del cuerpo de las mujeres a partir de la desigualdad. Éste es su primera colonia.

2. Desde el Génesis, los mitos de origen de muchos pueblos hablan de una mujer rebelde que es dominada. Así, el hombre con minúscula se convierte en Hombre, sinónimo de Humanidad.

3. La violación expresa una estructura simbólica profunda, que comunica en dos ejes: en el vertical, el violador disciplina a la víctima; en el plano horizontal habla a sus pares y renueva sus votos de masculinidad.

            Al despedirse tras dos horas, Rita desliza: «Qué importante, esto de platicar». Me dan ganas de abrazarla.

            Ya es cuatro de diciembre. Dulce María, Erandi, Julieta y Sara están en el Auditorio Juan Rulfo. Al entrar con Mara Robles y conmigo, Rita se detiene, encorvada. La aclaman unas 1500 personas. Murmura sentirse irresponsable por recibir tal muestra de cariño. En su conferencia articula las ideas nítidamente. Es incisiva. Combativa. Sus ojos pequeños se agrandan como una casa. Varias veces la interrumpen los aplausos, como cuando apunta que si bien las feministas desmontaron el determinismo biológico, ahora ciertos feminismos rechazan a las mujeres trans. «Qué absurdo, si ése fue nuestro primer paso».

            Hoy no usó el jorongo potosino, sino un vestido negro con bordados indígenas.

(Originalmente publicada en mi columna La Utora, del periódico La Razón; fotos: FIL Guadalajara).

APELLIDOS, ESE PRIMOR ACCESIBLE

Me encantan (me imantan) las palabras. Quiero hurgar en ellas, por asombrantes, reveladoras. Ahora ando loca por los apellidos, nombres hereditarios que establecen filiación familiar. Respiran pertenencia. Huelen a origen.

            Cada uno de ellos es cuestión de chiripa. Nos tocan por azar joyas como Ladrón, Cabeza de Vaca, Gordillo, Patán. Podría preguntarle su opinión a la poeta costarricense Eunice Odio, quien vivió años en México, pero tuvo un problema personal que me impide plantear el asunto. El problema personal es que se murió en 1974. Lo curioso es que fue amiga de Pita Amor, quien se cargaba otro nombre familiar único. La vida a veces derrocha ironía.

            Cuenta don Quijote de la Mancha: «Yo me acuerdo haber leído que un caballero español llamado Diego Pérez de Vargas, habiéndosele en una batalla roto la espada, desgajó de una encina un pesado ramo o tronco, y con él hizo tales cosas aquel día y machacó tantos moros, que le quedó por sobrenombre ‘Machuca’, y así él como sus descendientes se llamaron desde aquel día ‘Vargas y Machuca'» (Cap. VIII, 1a parte). Me interesan los apellidos que surgieron a partir de historias o hechos identificables.

            Conforme crecía la población y para distinguir homónimos («¿Cuál Pedro?»), en lo que hoy llamamos España añadieron el sufijo -ez, «hijo de». Pedro Sánchez era descendiente de Sancho, mientras Pedro Benítez designaba al sucesor de Benito. En Los 1001 años de la lengua española, el filólogo Antonio Alatorre apunta que esa terminación latina dominó la Península Ibérica; de ahí los Martínez, López, Hernández, Pérez y otros que llegan hasta hoy. También surgieron nombres de oficios que se heredaban por generaciones, como Leñero, Pescador, Molinero, Peón, Guerrero, Pastor o Zapatero. Genio y figura, dirían. Otros destacaban manchadamente un rasgo físico: Calvo, Malacara, Obeso, Bocanegra, Viejo, Cabezón. En cuarto lugar están los topónimos, de quienes vivían cerca Del Monte, Del Río, Del Pozo, en Cuevas, Torres, Llanos y (menos obvios) los aplicados a personas de regiones cuajadas de Romero, Espino, Cedro, Manzano. Se añaden los de quienes criaban animales: Cordero, Vaca, Cerdo. En estas cinco categorías se inscriben muchos apellidos actuales, a los que el uso ha desdibujado el referente original. En el siglo XIV su uso fue fijado por ley en España. Leerlos críticamente hoy transparenta la primacía masculina: por siglos, el linaje vino sólo de actividades paternas. Mucho más tarde se añadió el nombre de la madre.

            Me gusta tomar distancia para recuperar la literalidad: pienso que mi gente en efecto cría una Becerra, vive cerca Del Valle, a la orilla de una Rivera o cerca De la Borbolla, anda por la vida con un Clavel en la mano, se desliza por una Baranda para salir de casa o presume el cuellazo de una Garza. Son un primor accesible.

            Mi mayor deslumbre vino con el que leí hace tiempo en la cédula de un taxista: Joaquín Agonizante. Mátenme ésa.

(Originalmente publicado en mi columna La Utora, del periódico mexicano La Razón; imagen: educahistoria.com).

MI NÓMINA DE CÉLEBRES

Con el poeta chileno Raúl Zurita, en el XXIV Encuentro Internacional de Escritores,
Feria Internacional del Libro de Monterrey, 2019.

He platicado tendidamente con varias y varios, aunque nunca imaginé que una grabadora nos iba a convocar o que glosaríamos un platillo al sazón de mezcales. Me han hecho la semana. Varias semanas.

            Para sentirme escritora tuve que publicar varios libros. El primero salió en 97, pero me puse por primera vez el traje a partir del cuarto, Rabia de vida. En 2024 estrené el undécimo con mi nombre: Pulso ad_herido, bajo el sello Bonilla Artigas. En cualquier caso, como la poesía paga mal y no se me da pedir becas para lidiar con verbos y escucharlos rugir, desde los 19 hasta hoy he chambeado como editora, periodista, gestora cultural, a veces en contacto con autores y autoras extranjeras que aglomeran mi admiración (o mi fetichismo). Quienes me dictan mejor con sus palabras.

            En la FIL 2014 me cité con Rodrigo Fresán para conversar sobre La parte inventada, novela de factura avasallante, que cuestiona mis presupuestos. Cuando terminamos la entrevista me agradeció con tal generosidad que me quedé sin aire, como después de un balonazo. Otros días me he levantado con el pie derecho para entrevistar a Leila Guerriero en un cafecito de Coyoacán, a Martín Caparrós en Polanco, a Olvido García Valdés en la FIL y a Evelio Rosero en Gandhi. Paseé en mi coche por la UNAM a Claudia Piñeiro, me puse a platicar con Monika Zgustova y he entrevistado varias veces a Gilles Lipovetsky, tanto para TVUNAM como para prensa escrita, además de partir mariscos soberanos con él y Paola Tinoco. En 2019 me invitaron de la Feria del Libro de Monterrey a tener una charla pública con Raúl Zurita. Sus versos ya me conmovían los adentros; luego de conocerlo entiendo mejor por qué marcan mi costilla más frágil.

            En 2016, Farándula, de Marta Sanz, venía de ganar el Premio Herralde de Novela. Lo presenté con ella en el Centro Xavier Villaurrutia. En esta pasada FIL, juntas hablamos de Los íntimos, recuento (con oficio y humor autodirigido) sobre sus dos vidas que corren paralelas: la cotidiana, la literaria. En esas páginas habla de su «nómina de ilustres», de verse junto a Carmen Martín Gaite, Caitlin Moran, Annie Ernaux. Dice: «Qué, qué increíble que todo esto me haya sucedido a mí […] Puede que este cronicón apunte hacia el complejo, la incredulidad, la sensación de quedarme fuera o de poder ser defenestrada». De Marta, célebre mía, tomo la idea de hacer este recuento personal de asombros, que parten de sospechas similares a las suyas. Bueno, pues viene al caso porque acabo de sumar un privilegio más: ser vista a través de la cámara de Daniel Mordzinski. Que me prestara sus ojos para mirarme desde ese lugar. Fueron años de esperarlo.

            Otro día voy a contar mi suerte descomunal al toparme con Knut Hamsun, Rosario Castellanos, Clarice Lispector. Ok, este párrafo es mentira. Todo lo demás, por suerte, puritita verdad.

(Originalmente publicado en mi columna La Utora, en el periódico mexicano La Razón).

DESCONOCIDA DE MÍ MISMA

Estoy siempre en proceso, me voy siendo. Dejo atrás mi piel. Me convierto en otra. Al poco tiempo me aburre esa cara y busco en el baúl otro disfraz. Acaso éste me diga mejor, pienso.

            He vestido varias Julias. Las comparo. Algunas son tan muy contradictorias que quizá correspondan a otras vidas, pero todas están aquí. Conmigo. Miro a la niña de siete que gana competencias de natación (a veces), a los nueve es experta en Sherlock Holmes, a los más de cincuenta lee sin pausa, pero ya no visita las albercas. Soy la que se casó convencidísima, luego se divorció más convencida.  Esa joven de falda “hasta el huesito” metida en una iglesia protestante; la mujer agnóstica, segura de que sólo el arte nos repara y cura. Veo a la sola, la yogui volcánica, la boba, la iracunda, la culpígena, la poeta que cree domar el ritmo, la que le reverencia el carácter. Soy la ejecutiva de una editorial y la que abandonó ese buen empleo a fin de no traicionar su ideal. La que elige por droga la escritura, aunque cuando escribe no se contenta.

            El verbo inglés «to be» es ser y estar, simultáneamente. En español muestra su naturaleza compuesta, bífida: la condición estable («soy albina») y una fase temporal, pasajera («llevo tres días de estar agripada»). Pero no sólo cambia mi estar, también el ser aparece inconcluso. Antes era muy nocturna, ahora procuro desvelarme un poco menos. El cuerpo enfrenta cambios regulares: las células, el peso, las hormonas. Los gustos también saltan de carril. Ayer amaba lo que hoy malmiro. Ningún poema doy por concluido: pongo punto, cambio un verbo, muevo versos. Soy una etapa en curso, en desarrollo. Una desconocida de mí misma.

            Este pensar lo alienta Inacabada, de Ariel Florencia Richards, autora trans, frentera, intuitiva, fuerte, ágil. Narra la historia de un chico que trata de articular ante la madre su definición personal: «Soy mujer». Esa verdad es incanjeable, pero sabe que le hará daño a quien más ama. La protagonista, que estudió historia del arte, refiere un óleo de Cézanne, en el que líneas y manchas delinean una figura sentada a la mesa. Se llama «Retrato de una mujer». Las áreas blancas en torno a ese cuerpo son mayores al área dibujada. La forma inconclusa, plena en sí, vive «en un tiempo que no contempla final». Da fe de un cambio tenaz en la forma de habitar el mundo. Nos pasa a todos: «Sabemos lo que somos», dice el Hamlet de Shakespeare, «pero no lo que seremos».

            Hace unos días hablé con Ariel, de visita en México, sobre cómo la identidad no es fija, permanente. Me encanta su firmeza al plantear que cada persona trans determina, a través de las palabras, quién es. 

            Como historias parciales nos abrimos a lo venidero. Gracias, Ariel. Aprendo tu glotonería vital.

(Originalmente publicado en mi columna La Utora del periódico mexicano La Razón; imagen: freepik.com).

EL DIOS DE LO VERTICAL

Se reta cada hora en tres planos: raíces, tronco y ramas jerarquizan los niveles de ese viaje acinturado. Se verdaderamente tensa el árbol, eje del planeta, sostén de su movimiento giratorio.

            Nace como apenas un vapor. Pronto, la criatura enclenque chupa sustento del barro y combate soldados de microscopio. Reptiles atestiguan que el resto se le va en protuberar. En madurar. Luego llega la sequía: bajo tierra estira uñas a punto de caer, de puro débiles. Mitiga las ganas. En cuanto vuelve el agua saca hijuelos y guarda, recóndita, memoria de riesgo en los anillos. Nadie intuye que la muerte le anduvo la médula. «Olmo, quiero anotar en mi cartera / la gracia de tu rama verdecida», escribió el sevillano Antonio Machado.

            Por años, a ras del suelo el tallo se anchura. Se altura. Bajo el traje adusto borbotea de savia, absorbe sales y soles, se esfuerza en cada flor hasta aromar el ambiente. Hace lo mejor que puede. Es bastante. Ya ocupa una porción más grande de mundo: las nervaduras abrazan vista y olfato, en su follaje gorjean acentos no de mármol, el tronco presume hormigas como alhajas. Sólo le falta seducir el gusto. Para ello apuesta por lasemilla, «que lleva todo el espectáculo del árbol dentro de una cabeza en diminuto», dice la poeta malagueña María Eloy García.

            Sus ramas siguen trepando el cielo. Escalan, escarban hasta mirar de frente las nubes. El día en que rompe la tormenta, el árbol se juega la elegancia: sacude el cuerpo y el envés de cada hoja para resistir de pie. Cuando al fin escampa, puños de hojas cubren el piso y él vive, aunque en contractura. Si con el tiempo logra esquivar el incendio, la plaga, el rayo, el bofetón de granizo, entonces con acento de triunfo una flor se trasmuta en el colmo que inaugura el mango, la naranja. Es el dulzor que hacía falta. La inteligencia distribuida por el cuerpo vegetal se concentra en frutos que doblan las muñecas con el peso de su jugo: vincula en redondura tangible la tierra que lo gesta, el agua que deviene savia, el fuego de fotosíntesis, el oxígeno nutricio.

            Este «dios de lo vertical» (así lo llama la poeta Linda Pastan) es suficiente para desbordar el pasmo, pero además en el bosque él y todos se comunican bajo tierra, en código de regusto químico: raíces y hongos forman un circuito de vida interdependiente. Cada célula que detecta agua en el entorno también percibe a los árboles vecinos, recuerda el pasado, intercambia recursos, advierte sobre peligros y toma decisiones a futuro, señala Suzanne Simard, doctora en ecología forestal.

            Ahora mismo, en Los Viveros de Coyoacán imagino el mundo vibrante bajo mis tenis, la conversación a varias bandas que soy incapaz de interceptar. Entonces oigo al muchacho que pasea con su novia: asegura que ser árbol no tiene ningún chiste.     

(Originalmente publicado en mi columna La Utora, en el periódico mexicano La Razón; imagen: reelpaper.com).