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Lo que Sophia Loren se dijo del pezón de Jayne Mansfield (según Lenny Bruce)

La Loren y la Mansfield (y lo que la primera pensaba).
La Loren y la Mansfield (y lo que la primera pensaba del escote de la segunda).

Estoy leyendo la Biblia de lo que ahora se conoce como standup, pero en los 50 era comedia escénica y, más aún, sátira social de primera: las memorias de Lenny Bruce, tituladas Cómo ser grosero e influir en los demás, recién publicadas en español por Malpaso Ediciones.

Apenas conozco a Bruce y me tiene hipnotizada. De tono ácido y punzante, fue un auténtico humorista sin autocensura y conste que eso no era poca cosa en el Estados Unidos de posguerra, macartista, asustado de la indecencia de su sombra. Bueno, pues en el libro cuenta su vida e intercala opiniones sobre la hipocresía norteamericana de entonces (¿de ahora?), que se asustaba de las malas palabras y ante los demás barría bajo la alfombra sus pecados, para al día siguiente volver a ellos gozosamente mientras señalaba, escandalizada, los ajenos. Extraigo este pasaje relativo a escotes y pezones, ligero en apariencia pero con doble filo, que da una idea del tono del libro. Sólo añado, para el récord del martirologio: Bruce escribió sus memorias entre 1963 y 1965 y fueron publicadas por entregas en Playboy. Luego de ser arrestado varias veces por gravísimas faltas a la moral (como decir públicamente mamada) y esperar una condena de ir a la cárcel, en 1966 fue encontrado muerto de una sobredosis de morfina. Iba a cumplir 41 años. Póstumamente fue declarado inocente. No añado moraleja. El chiste se cuenta solo. Aquí, su voz:

“Honey y yo nos casamos… ¡Me había casado con una stripper! Las strippers estaban sólo un nivel por encima de las putas, incluso en 1951. El primer paso (o traspiés) para arremeter contra la ‘culpa por asociación’ entre desnudo y lascivia fue el ya famoso calendario de Marilyn Monroe. La respetabilidad de Marilyn cuando murió se basaba principalmente en su posición económica, que es, en último término, lo único que goza de verdadero respeto en la sociedad. […] Otras damiselas bien dotadas comenzaron a desnudar sus pechos en busca de una franca y honesta evaluación de sus cualidades espirituales interiores. Tengo en mente esa foto de Sophia Loren sentada en un restaurante público, enseñando bastante con su delicado décolleté pero con la vista puesta en el pezón desnudo de Jayne Mansfield, que asoma de su escotado vestido de tubo, como diciendo: ‘¿Cómo no se me ocurrió a mí?'”.

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