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Por sus glúteos los conoceréis

Foto: Klaus Kampert www.kaluskampert.com
Foto: Klaus Kampert http://www.kaluskampert.com

Algunas nalgas provocan sofoco. Ahogo, pues. Poco puede hacerse ante ellas. Es decir, mucho, pero poco a nivel de resistirse, de encontrar motivos para no sucumbir. ¿A qué empujan (ejem)? A exprimir, acariciar, besar, sobar, mordisquear y, tras una mínima pausa, ceder de nuevo a la devoción que inspiran.

En general hablan un lenguaje contundente. Ese par de pedazos de carne que las manos no pueden contener (porque si los contienen, qué chiste), esos que uno mismo sólo puede verse por interpósito espejo, las nalgas, digo, bien pueden ser el rostro más inequívoco. Respingonas, tímidas, aplastadas o redonditas, en forma de manzana o de pera a punto, revelan el carácter de su poseedor. En realidad, no sé si lo revelan pero cómo se antojan. Si bien no recuerdo el rostro de varios seres que han pasado por mi vida, sus nalgas me quedaron como tatuadas.

Por cierto, odio decirles pompis y glúteos, la primera por ñoña y la segunda, por anatómica. Aunque “por sus glúteos los conoceréis” juega mejor, nada como decir: “Por sus nalgas los conoceréis”.

Que los calipigios reinen el mundo, cómo no.