Archivo de la categoría: diccionario

Soy una loca de los diccionarios, lo admito.

Decir “fuego” en bonito

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Busco información para un libro en el que estoy trabajando y doy con una serie de expresiones o figuras poéticas del náhuatl clásico, en las que se concentra la posibilidad metafórica de esa lengua: para decir lo que nosotros nombramos con una palabra, los aztecas usaban una imagen.

La que sigue me fascina. Ofrezco tanto el original (por desgracia no tengo idea de la pronunciación), como una traducción al español. Pero lo más importante no es la traducción, sino el significado, casi una adivinanza: de esta forma llamaban al fuego. Ahí queda, como un instante de belleza para el día.

“Ayauhtli itzon, poctli itzon”.

Su cabellera es la niebla, su cabellera es el humo.

(Carlos Montemayor (coord.), Diccionario de náhuatl en el español de México, UNAM, p. 354).

 

Palabra del día: Hipocondríaco (y lo que dice Woody Allen al respecto)

Escena de Hannah y sus hermanas

El Diccionario de la Real Academia señala que la palabra viene de hipocondría: “Afección caracterizada por una gran sensibilidad del sistema nervioso con tristeza habitual y preocupación constante y angustiosa por la salud“. Viene del griego y se forma con hypo, debajo y khóndros, cartílago, dice el Breve diccionario etimológico de la lengua castellana, de Joan Corominas. Y es que antiguamente el hipocondrio era la “región del cuerpo situada debajo de las costillas falsas”, es decir, los costados del abdomen, donde según la creencia de la época se alojaba la tristeza, la angustia.

Es decir, el hipocondríaco es el sufre de hipocondria, la melancolía que reside en los costados del abdomen. Ya en el siglo XVII denominaba a quienes sufrían depresión y para el XIX la palabra designaba a quienes creían enfermarse por cualquier motivo.

La nota contemporánea la brinda Woody Allen, quien abordó el asunto en Hannah y sus hermanas (entre otras películas) y en 2013 escribió un artículo sobre hipondría para The New York Times, en el que más bien dice ser un alarmista porque sus enfermedades son reales y hace guiños como éste: “Cuando salgo a caminar a Central Park o voy a Starbucks por un latte quizá pase rápidamente a sacarme un electrocardiograma o una tomografía computarizada, como medida precautoria. Mi esposa dice que es un tontería y afirma que al final todo se reduce a la genética. Mis padres fueron longevos pero se rehusaron terminantemente a heredarme esos genes, porque creían que la herencia suele echar a perder a los hijos”.

Vualá.

 

 

De dónde viene “ser un aviador”

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Yo quiero en otra vida (si no se puede en ésta) ser un aviador. O una. Da igual. No de los que pilotan aviones y hacen piruetas en el aire, sino de los que cobran sin trabajar, sin aparecerse por la oficina de gobierno en la que dicen estar empleados. Me dedicaría a leer, eso sí, con una chamarra como la de la foto.

Ese uso mexicano del oficio lo consigna el Diccionario de la Real Academia: “Aviador. Honduras y México. Persona que tiene una sinecura” y, a la vez, define Sinecura como “empleo o cargo retribuido que ocasiona poco o ningún trabajo”. ¿De dónde viene, pues, nuestra actual acepción jodida?

En mi necia búsqueda de etimologías encuentro que dice Carmen Galindo en El lenguaje se divierte, publicado por el ISSSTE hace años: “Después de la Segunda Guerra Mundial, las dependencias gubernamentales recibían a nuestros veteranos de guerra (aviadores) y les daban un empleo. Cada oficina debía amparar a algunos (de ellos)”. No ofrece fuentes, pero suena verosímil.

Lo único que quiero en esta vida es aviar. Y vestirme de verde.

Da click aquí para ir al blog de Gerardo Mendive, con otra explicación del origen de la expresión.

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Ofrezco una disculpa (¿o la pido?)

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Mañana, oh multitudinarios lectores, este cuerpecito mío estará en la Feria del Libro de Pachuca. Ahí hablará de poesía y otras minucias munificentes (linda palabra, ¿qué querrá decir?), por lo cual le será imposible dedicar su amanecer a subir la Playlist colectiva. Así, pide al respetable una disculpa, o más bien muchas, es decir, pide le den sus disculpas, o sea, le otorguen su perdón o, mejor dicho, siempre necia de las palabras y según cree leer en Moreno de Alba (ver más abajo), como ella es la ofensora ofrece las disculpas, que no las toma. En fin, para que todos queden contentos da y recibe las más amplias, más anchas, albures aparte.

Da click aquí para ir al artículo “Pedir y dar disculpas”, de José G. Moreno de Alba, en el libro Minucias del lenguaje, FCE

Y para compensar un poco el desencuentro musical que el viernes próximo reparará, hoy comparte esta canción que le zumba las ideas: “Simply falling”, de Iyeoka, cantante estadounidense de origen nigeriano que no tiene madre, la pobrecita. La conocí gracias a los buenos oficios de mi querida Inés López de Arriaga. Vaya, pues, con su voz, esa música y el “now I can’t break away from this fire that we started”. Ea.

Mi nueva palabra favorita: barahúnda

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Me tropiezo con ella y, como pasa en las películas, el accidente detona una inmediata historia de amor. Le veo todas las virtudes y ningún defecto, me sorprendo repitiendo su nombre por el deleite de saberlo mío, quiero contarle a todos lo que me pasa, como si fuera yo la primera enamorada que habita el mundo.

Barahúnda significa “desorden, confusión, griterío”, dice el Breve diccionario etimológico de la lengua castellana de Joan Corominas. Añade que su primer uso se registra en 1330 y es de origen incierto. “Sólo consta que es palabra oriunda de la Península”, similar al portugués barafunda, y que pasó al italiano: baraonda. Y el Diccionario de la Real Academia apunta que también puede escribirse sin “h”, es decir, baraúnda, y que significa“confusión grande, con estrépito y notable desorden”. Confieso que me gusta de todas formas, pero la prefiero con esa “h” que la adorna como una flor en el pelo. Es decir, no sólo suena bellísimo ba-ra-ún-da sino que también refiere a algo muy parecido el amor por el que vale la pena estar de paso: desordena, implica agitación y caos.

Lo dicho: estoy enamorada.

El escritor y poeta y querido tocayo Julio Trujillo me comparte este texto suyo publicado en Letras Libres, a propósito de los baraúndos. Háganse en favor de leerlo.

Da click aquí para ir a la entrada sobre la palabra Apocatástasis, que fue mi amor por un tiempo.

Da click aquí para ir a la entrada sobre Despampanante, otro de mis amores (yo, tan promiscua).

 

“Antología” es, en realidad, una palabra muy cursi

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Pues sí, qué remedio querer darle una pátina de rudeza.

Antología viene del griego anthos, flor y logeia, colectar. Es decir que una antología era, en principio, una colección de flores. Luego el sentido se amplió para abarcar una colección de poemas y, finalmente, una colección de obras literarias. Por cierto, la misma raíz se encuentra en la palabra krysanthemon, cristantemo, que se forma con anthemon khrysos, oro, es decir, crisantemo significa “flor de oro“.

Como adoro la etimología de las palabritas ahí van esas dos, cursis a morir, para alegrar el viernes.

 

Fuente: Krystyna M. Libura y Gabriel López Garza, Sorpresas en palabras, Ediciones Tecolote, 2006.

¿Cómo es un dolor lancinante?

Imagen: Kimded http://kimded.deviantart.com/art/Pain-from-within-168500190
Imagen: Kimded
http://kimded.deviantart.com/art/Pain-from-within-168500190

Estoy corriendo, tapada de trabajo, sin casi tiempo para subir alguna entrada, pero no puedo dejar de compartir esta belleza de adjetivo que descubrí mientras leía de madrugada (ay, mi querido insomnio) La velocidad de la luz, tremenda novela del español Javier Cercas publicada por DeBolsillo:

“lancinante: Dicho de un dolor muy agudo” (DRAE). El pasaje en cuestión en la novela dice: “… desplazada a un segundo plano por la lancinante ignominia…” (p. 109). Y sí, la conclusión a la que llega el personaje de Rodney es como la hoja de un cuchillo recién afilado.

*Se va dando saltitos, llevando entre las manos su nueva palabra, cursimente feliz por el hallazgo.