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Por qué nos (me) urge la belleza

Su existencia está troceada. Lleva tiempo quebrándose por exceso de trabajo y cada vez las partes son más chicas. Irreconocibles. Es el típico burnout. De pronto, al bucear entre algas en la costa sudafricana, donde vive, descubre un pulpo. Se pregunta qué pasaría si lo visitara a diario, para conocer su entorno; así desarrolla una relación con el invertebrado. Es el argumento de Mi maestro, el pulpo, documental de Netflix que Craig Foster protagoniza, filma y produce.

            Las imágenes bajo el agua me conmueven más de cuanto deseo explicarme. La fotografía es de una delicadeza impresionante. Además de narrar la inteligencia del animal, el filme transmite la sobrecarga sensorial a la que Foster se expone: la rara estética del pulpo, los cardúmenes exquisitos, el compás del bosque de algas. Para mí, eso incide en la mejora emocional del protagonista, porque creo en el poder sanador de lo perfecto, tanto lo que Natura brinda en estado puro como lo que alumbran artistas de todo código postal. Sé de su capacidad restauradora, gracias a ella con frecuencia agradezco estar viva. Incluso ahora, que traigo desvencijada la sonrisa. “Lamentación de Dido”, poema soberbio de Rosario Castellanos, y una orquídea concebida a fuego lento satisfacen en mí el apremio de armonía que desde hace siglos tenemos como especie metido en la sangre.

            Lo vinculo con la novela El retrato de Dorian Gray, de Oscar Wilde. En un punto, Gray está enamorado de Sybil, actriz preciosa que tiembla “como un narciso” cuando él, intachable, la besa. Se prenda de ella al verla interpretando a Rosalinda, en Como gustéis, de Shakespeare. Para Dorian, lo más valioso de Sybil es su genio actoral. Basil, pintor y amigo, dice de la chica: “Si ella puede dar un alma a quienes no la tienen, si puede crear sentido de la belleza en gente cuyas vidas son feas y sórdidas, merece la adoración del mundo”. Eso. Nunca son iguales la voz de Philippe Jaroussky, un amanecer lluvioso, el teatro de Shakespeare y un pulpo de textura imposible, pero causan un impacto. Ese choque de ríos caudalosos me da un alma. O me recuerda que tengo una.

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