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Yo y el yoga

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Arco de pie: mi postura favorita. Claro, me sale mucho mejor que a esta colega.

Cumplo seis años de practicar yoga. Y lo odio. Qué es eso de querer doblarme en todas direcciones, guardar equilibrio pero seguir respirando. Noventa por ciento de las posturas son muy incómodas,  me hacen sudar como caracol angustiado, me siento tan torpe como el mismo caracol.

Pero también lo disfruto. Cuando empecé a ir a clases me acordaba a diario de mis dos hernias lumbares: hablaban fuerte a cada rato, sobre todo si estornudaba o dormía hecha bola. Un año después, conforme mi cuerpo empezaba a entender vagamente las posturas, ya hablaban quedito y hoy, que quizá comprendo treinta por ciento de la secuencia, nunca me acuerdo de mis hernias. Quién sabe si sigan ahí. Y mi cabeza ha aprendido cómo aquietarse y dejar ir, buscar el centro, respirar como forma de relajación.

Es que no se trata de una moda, aunque esté de moda: el yoga es una disciplina antigua que une cuerpo y mente, es un sistema de salud con raíces firmes. En esta relación amor-odio va ganando el amor. Yo y el yoga estamos en buen momento.

Hoy es día de hospital

Casi a la misma hora, hoy estarán en la sala de operaciones mi mamá y mi cuñado-que-es-más-bien-mi-hermano. En ambos casos se trata de ciurgías menores, pero igual.

Los pasillos largos como si no tuvieran nada más que hacer, la mirada incómoda de los familiares que esperan, el olor a medicina, el alegre carnaval de enfermeras y doctores. De todo eso tendré una probadita. De esa sutil propaganda que se hacen la muerte y su marido, el dolor, para recordarnos no solamente que somos mortales, sino que somos mortales de repente, sin mayor aviso. Que haya hospital de por medio o no, nadie puede estar seguro de qué va a hacer mañana.

Tengo suerte. Como para esta vida y otras dos.

Foto: Kim Burlingham
Foto: mi primita, Kim Burlingham

Hace algunos (un chingo) de años, esa niña-que-se-llamaba-igual-que-yo no sabía qué vida le iba a tocar. Hoy le puedo decir, me puedo decir: cuento conmigo y con personas que me prestan abrazos por los que vale la pena estar en esta galaxia, en este preciso minuto.

Está la adolescenta con los ojos más luz que conozco, que me ensancha cada día las entretelas.
Una mamá que a sus 86 todavía cree en mí.
Hermanos, cuñados, sobrinos y familia que son la mejor parte de mi nombre.
La ternura de un papá que 33 años después sigue cerca.
El hombre que me extravía de amores güeros. De admiración cabrona.
Amigos que son la familia que escogí.
Gente que me lee entre líneas, discute con lo que escribo y a veces se ríe de mis chistes.

Sigo corriendo riesgos. Me gusta trabajar con palabras.

Hoy es mi cumpleaños y llego barriéndome en home. Esa niña resultó una suertuda. Aunque en la foto le esté creciendo barba.

ACUTALIZACIÓN A LAS 11 P.M.:  Si el día de hoy marca el tono del año que arranca en mi calendario personal, entonces échenme otros tres 2017.

Gracias por cada una de sus felicitaciones. Lo mejor de pasar por este planeta es sentirme querida y hoy me sentí la no-va-más de los cariños. Cómo les explico que hoy podría matar muchos dragones. Gracias, again.

 

 

“Estamos rotos. Pero enteros”.

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Así dice una línea de Benedetti, de un poema que se me pierde en la memoria. No importa. El verso que se me quedó pegado es suficiente.

Y recuerdo aquella otra imagen de Leonard Cohen, en ese templo de canción que es “Anthem”:

“There is a crack in everything/ That’s how the light gets in”.

Veo ahí a la marioneta, con la temblorosa certeza de que no ha perdido ningún pedazo.

 

 

 

De pronto, escribir se parece tanto a la vida

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Dice el psicoanalista francés Boris Cyrulnik que la resiliencia radica en ser capaz de mirar hacia atrás en la propia vida y encontrar que cada situación, persona, alegría, dolor y circunstancia tiene un sentido, forma parte de un relato personal. El reto, claro, es encontrar ese sentido.

También aquí se trata de poner sobre la mesa las palabras disponibles y armar con ellas una narrativa. En eso estoy, literal y metafóricamente. Y siento que no tengo mucho tiempo.

 

¿Día de la Niña? Aprovecho la excusa

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Que es el Día de la Niña, dicen. Abrazo desde el tuétano a esta preciosidad, mi niña (que ya no lo es cronológicamente hablando, pero igual) con esto que llevo dentro y que debe ser sangre, porque busca su corazón para sentirse en casa.