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MI CASA, UNA BESTIA

La tenía por conocida. Por muy familiar. Falso.

Llevo diez años aquí. En julio de 2010 la casa era un mamífero dotado de costillas bien plantadas y músculos inmóviles. Antes vivía en ella una anciana, quien al no poder subir escaleras acondicionó su cuarto y baño en la planta baja. Olvidó el resto.

Cuando llegamos, la bestia casi no respiraba de puro tedio. Al principio nos miramos con recelo, midiendo las fuerzas de la contraria. Yo llevaba las de perder porque estaba en sus vísceras, una Jonás (¿Pinocha?) recostada sobre el píloro de la ballena, pero fui más hábil que el héroe bíblico: no llegué sola, sino con hija y un camión de mudanza. No iba a atacarme a traición, le tenía invadidos los adentros.

Durante este tiempo nos hemos soportado, incluso nos tenemos cariño. Ninguna hiere a la otra más de lo decente en cualquier familia. Yo he aprovechado todo hueco disponible para libros o plantas, mi adolescenta hace retumbar de música cada juntura, entre las dos armamos rompecabezas en su panza. Mi hermano y mi mamá, muertos hoy, nos visitaron muchas veces. Amigos, novios de una y otra nos han acompañado en su interior. A mi vez le conocí la humedad en alguna membrana, el escándalo de una tormenta en la cabeza, el rechinido en una pata. Supe que el hocico se le inunda a veces.

Pensé que ya no teníamos secretos pero este año, tras pasar muchísimas 24 horas encerrada, le descubrí ángulos. Por ejemplo, la luz que recibe a lo largo del día: en la mañana se difumina, como tanteando. Es una claridad ambiental. Conforme avanza la tarde se presenta más concentrada, hasta que un rayo se arrastra sobre el espinazo del animal. No sabía de esos instantes de juego.

(Texto originalmente publicado en la revista mexicana Nexos, diciembre de 2020. Para terminar de leer da click aquí).