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EL ASOMBRO FURIOSO EN LA METÁFORA

La picadura de una abeja es “como si la cabeza de un cerillo encendido penetrara en tu piel”. La comparación resulta eficaz: el ataque del insecto se parece a una quemadura incisiva, que cala hondo. Escrita por el entomólogo Justin O. Schmidt, es citada por Pablo Boullosa en El corazón es un resorte —Taurus, 2017—, donde borda ricamente sobre por qué las metáforas no son cosa sólo de poetas. Todos necesitamos asociaciones libres de ese tipo para explicarnos el mundo y, por tanto, las creamos a cada rato (hace poco le dije a una amiga “traigo el ánimo chimuelo”, me gustó la imagen). Añade Boullosa: “Muchas veces comprendemos algo sólo cuando encontramos su semejanza con otra cosa que ya comprendíamos antes”.

Acaba de pasarme, en mi primera ida al cine en más de un año. El padre trata de un ídem viejo que va perdiendo contacto con la realidad. En un punto Anthony, es decir, el oscareado Anthony Hopkins, describe: “Siento como si estuviera perdiendo todas mis hojas… Las ramas y el viento y la lluvia. Ya no sé qué está pasando”. Para el director, guionista y dramaturgo Florian Zeller, la conexión entre elementos dispares (anciano-árbol) permite aprehender visual y corporadamente la emotividad del personaje. De hecho, esa frase resume la cinta: es la historia de un hombre decrépito y arbolado, para el cual vivir es perder sus hojas. Me recuerda estos versos del catalán Joan Margarit: “Ser viejo es que la guerra ha terminado. / Es saber / dónde están los refugios, ahora inútiles”. Otra vez veo cómo dos referentes lejanos (padre longevo-guerra) se acercan gracias a la intuición de la metáfora. Juegos de este tipo dan lustre a la realidad cotidiana, que en los tiempos que corren es poco agraciada. Desgraciada. Suelo buscar la poesía porque las metáforas me llevan a otro lugar emocional.

Los autores de canciones acuden con frecuencia a estas relaciones sensoriales. Me enfocaré en ellos. Hace días traigo pegada “Consejo de sabios”, escrita e interpretada por el grupo español Vetusta Morla. Es una historia de pareja que dice en un momento: “Tienes la forma precisa, / guardas la herencia del mármol. / Fuiste la Venus de Milo / y yo puse el mundo en tus brazos”. Cuatro líneas y esa gestualidad explican con potencia la frialdad de un truene, la atroz sensación de pérdida; en cambio, párrafos gastados del tipo “Creí en ti, qué decepción, estoy tan solo” no serían más que infumables lugares comunes.

Podría mencionar muchas metáforas de canciones que me emocionan por su asombro furioso, por cómo vinculan en los ojos de mi imaginación animales disímbolos y seres de distante código postal, pero me falta espacio. Por hoy elijo ésta, de José Alfredo: “Cuántas luces dejaste encendidas, / yo no sé cómo voy a apagarlas”. Carajo, por qué no se me ocurrió primero a mí.

(Originalmente publicada en mi columna La Utora, en el periódico mexicano La Razón; foto: inspireafire.com).

MI CORAZÓN, NIÑO GOLOSO

No tengo mesura para algunas cosas, entre ellas, el chocolate y el amor. ¿Atemperarme? No sé cómo se logra. La mujer divorciada que soy admira y compadece por partes iguales a las personas maduras que, si una vez deciden no enamorarse, logran su objetivo sin sudores, como un campeón mundial arrasaría en una competencia escolar. Es abstruso y difícil para mí: no soy atleta, hace décadas nadie me invita a una olimpiada adolescente.

            “El amor es una catástrofe espléndida: saber que te vas a estrellar contra una pared, y acelerar a pesar de todo: correr en pos de tu propio desastre con una sonrisa en los labios; esperar con curiosidad el momento en que todo se va a ir al carajo. El amor es la única decepción programada, la única desgracia previsible que deseamos repetir”, señala el protagonista de El amor dura tres años, novela de humor ácido y certero del galo Frédéric Beigbeder. Añado: conozco bien ese desastre elegido, lo he visitado con frecuencia, tanto que hace un tiempo decidí no enamorarme pero aquí estoy hecha una tonta, flotando entre baladas cursis y chistes privados, un sonoro fracaso. Vaya porcentaje de bateo.

            Roland Barthes disecciona en Fragmentos de un discurso amoroso un rasgo definitorio del amante: “[En el abrazo] estamos en la voluptuosidad infantil del adormecimiento: es el momento de las historias contadas, el momento de la voz, que viene a fijarme, a dejarme atónito… en medio de este abrazo infantil, lo genital llega infaltablemente a surgir… el adulto se sobreimprime al niño. Soy entonces dos sujetos a la vez: quiero la maternidad y la genitalidad. (El enamorado podría definirse como un niño que se tensa: tal era el joven Eros)”. El semiólogo francés da en el blanco: quien ama se mueve pendularmente entre la infantilización y la libido, es decir que tras un episodio de sexo feroz cuelgo en el baño el traje de adulta y luego, superheroína venida a menos, en vez de salvar al planeta busco cómo resolver mis necesidades de cuando jugaba con muñecas. Chale.

            No soy masoquista, así que debe haber algo más que me atrae en la “catástrofe espléndida”. Repensándolo descubro que la metáfora del amante como menor de edad implica también el juego, la sinvergüencería de los pocos años, gustar la transgresión. Es un golpe endorfínico descomunal. Así lo veo claro: a esta edad yo debería haber aprendido algo (se supone), pero mi corazón es un niño goloso que regresa al bote de caramelos cuando nadie lo ve, para llenarse la boca de colores y sorpresa; después, mientras sale corriendo, lleva la travesura hincada en la sonrisa. Desobedece, sí, aunque no por autodestructivo, no sabe ni qué es eso. Tampoco busca retar a nadie. Es de puro arriesgado que sigue su instinto. Su instinto de seis años, se entiende.

(Originalmente publicada en mi columna La Utora, en el periódico mexicano La Razón; foto: ru.freepik.com).

ENAMORARSE DE QUIEN ES EL FUEGO

“¿En serio va a regresar con él?”, pienso. Por razones ahora irrelevantes platico con una cuarentona, golpeada por su marido tantas veces que ya no sabe. Los moretones revelan la intemperie emocional donde habita. Su espalda parece una cuchara, tan curva. Tengo veintipocos años y por azar no me ha tocado esa violencia. Se supone que estoy aquí para ayudarla, sin embargo el asunto me rebasa; oírla y validar su rabia parece lo menos malo que puedo hacer.

            Luego responde mi inquietud no formulada: “Ojalá no volviera con él tras esta paliza, aunque creo que sí lo haré”, palabrea a media voz, echando la sinceridad por delante. “Cuando regreso siempre es lindo, jura que me adora y ahora sí me va a cuidar. No es cierto, pero necesito sentir amor”. Cuánta urgencia, cuánta desesperación de afecto. Debe doler más que los verdugones.

            Nina Simone, suprema cantante y pianista de concierto, se casó en 1961 con Andrew Stroud, expolicía. Según el documental What happened, Miss Simone?, dirigido por Liz Garbus, la artista escribió en su diario: “Los golpes, Andy, de veras no puedo con eso. Destruyen todo dentro de mí”. Stroud era bestial; una vez, cuando Simone guardó la nota de un fan, de castigo él la fue tundiendo de camino a casa, en el elevador, la habitación. Ya ahí puso una pistola en su cabeza y, atada, la violó. ¿Por qué ella no lo dejaba? “Estaba enamorada del fuego”, explica su hija. Coincide con esto de Alaíde Ventura, en su novela Entre los rotos: “La mirada de papá era seductora, como son todos los incendios”.

            Al aguantar crueldades, una mujer o un hombre se vuelven versiones minusculizadas de sí mismos. El desprecio provoca que su dignidad doble las rodillas y se crean incapaces de otro destino. Sólo merecen quemarse. Vinculo tanto a Dolores como a Nina con el correo que me manda G., a raíz de una columna mía; me cuenta la violencia aparatosa de su exesposo. Ella no sólo veía imposible abandonarlo, por miedo a un daño peor; el maltrato la convenció de que era culpa suya. A escondidas buscó auxilio, yendo a terapia. Poco a poco vio el vapuleo emocional. Años después se fue de casa.

            Nadie supera un romance con la lumbre sin pedir ayuda, sin romper el silencio cómplice. Se requieren dos para una historia de puñetazos: un agresor y un agredido. Si uno decide no seguir, el bucle del abuso se resquebraja, aunque tarde en caer.

            Como escritora busco palabras para entender el estado de ánimo fracturado, tanto por una patada como por la voz interior que asegura “es lo normal, la vida no se puede disfrutar”. Entonces recuerdo a Mario Benedetti: “estamos rotos pero enteros”. Eso quiero creer. Por más que se haya pulverizado la autoestima, ahí andan los pedazos, es cosa de encontrarlos. Y de renunciar al fuego.

(Originalmente publicada en mi columna La Utora, en el periódico mexicano La Razón; foto: hoydia.com.ar).

POR QUÉ PREFIERO LEER EN PAPEL

Mi ejemplar lleva una dedicatoria garabateada: “Para Julia, por el espejismo de este día. Gabriela”. Sin fecha. No sé quién fue ella ni por qué definió ese día como “espejismo”. Incluso quién sabe si tengo el volumen por azar y debería pertenecer a una tocaya mía, una que sí tiene claro de qué iba el intríngulis del triángulo Gabriela-Julia-ese día. Es una edición de Alexis o el tratado del inútil combate, novela de Marguerite Yourcenar, donde aprendí: “Los fantasmas son invisibles porque los llevamos dentro”. Ah, bárbara. Esforzándome, creo recordar a una Gabriela, maestra en prepa, y entre brumas me parece haber conocido a Yourcenar por ella, pero tal vez en todo miento.

            Eso me lleva a pensar: las páginas repasadas a lo largo de los años explican en gran medida quién soy, aunque leer nunca es un acto pasivo. Mientras camino la mirada por palabras y les doy sentido, el libro me está leyendo a mí. Dialogamos. Lo sé cuando, años después, veo mis interrogaciones a lápiz junto a “Malcolm Lowry”, autor que desconocía y ahora me vuela la cabeza con frecuencia; encuentro un subrayado que nomás ya no comparto o un comentario mío me pinta chocantísima en esa época (sólo entonces, ay). Ni el texto ni yo somos los mismos. A cada uno lo marcó el aliento del otro.

            Hay más: a los ejemplares desperdigados por mi casa no sólo los habitan anotaciones junto a historias o versos. También cargan literalmente mi biografía dispersa. La condición material de un libro le permite guardar en hoja suelta un “te ciero mucho” ilustrado por la niña que hoy es mi adolescenta, el poema que su autor me dedicó sobre las rodillas de un domingo. Si bien otro título abraza dos entradas a un concierto de Buika al que fui con Rocío y la letra de una canción escrita a mano por el compositor, no todo es dulce: algunos coleccionan mis desamoramientos, los viajes erróneos, más la servilleta de una cafetería que amaba y cerraron. Dice Alberto Manguel, sin tanteo, como sabiéndome cosas: “¿Qué son las bibliotecas sino archivos de nuestros gustos, museos de nuestros caprichos?”.

            La cualidad física de un volumen cuenta mucho para mí. Quizá por eso no le he dado el golpe a la lectura digital. Aunque entiendo las ventajas de los ebooks y su contenido es igual al de un impreso, el continente no lo es: el cuerpo de un libro conserva migajas mías y de otros, como la flor del sepelio de mi hermano o la dedicatoria de una Gabriela, incluso si ya la olvidé.

            No quiero provocar un sangraje entre partidarios de ebooks y secuaces de la lectura en papel, pero sé que una pantalla no hubiera atesorado por décadas esta firma oronda de mi papá en la primera página de Cien años de soledad. Mátenme ésa.

(Originalmente publicada en mi columna La Utora, en el periódico mexicano La Razón).

VERDE DE TODOS LOS COLORES

En otra vida fui árbol. Un cedro que con frecuencia cambiaba de lugar, por desentumirse. 

Llego a los Viveros de Coyoacán. Traigo sobrecarga de kilos emocionales, no tanto por algún desencuentro, sino por lo que me digo sobre el desencuentro. Nada nuevo: no me afecta lo ocurrido, sino la historia que armo en torno a eso.

Luego de pasear largo rato entre árboles y de abrazar algún fresno despistado, voy a la zona de venta de plantas. Aquí veo unos alcatraces de vibración serena. Allá suculentas, álamos, gardenias, helechos y profusión de orquídeas, esas flores “de origen submarino” según dijo el tabasqueño Carlos Pellicer. Salgo cargando tres nuevas bellezas; dejé los fardos negativos entre la tierra de alguna flor. Mi pelo podría llenarse de pájaros.

Cuando el mundo se pone de pie encima de mis hombros tengo dos salidas que me alivian siempre: una es leer; la otra, acercarme al mundo vegetal. Natura tiene una potencia sanadora capaz de regresarme al centro. Es como volver a casa, su armonía pone todo en el lugar preciso. Entre las jardineras del frente de mi casa y el patio tengo un olivo, un limonero, un durazno y unas cincuenta macetas, sin contar las de interior. Les hablo, las riego, las podo, las abono, he salvado a más de una de plagas siniestras. Me ablanda ser parte de la misma red de vida.

Hace poco leí algo impresionante por recomendación de Gustavo, amigo que además de amar las plantas, las ha estudiado como pocos. Aunque imaginamos un bosque como un conjunto de seres, cada uno en competencia por luz y agua, bajo tierra todos se enlazan a través de la micorriza, es decir, la sociedad que forman raíces de árboles, plantas y hongos. En muchos kilómetros cuadrados, los cientos de seres que la integran comparten agua, fósforo, carbono, además de comunicarse peligros o perturbaciones, como plagas de insectos. De alguna forma hablan para ayudarse a sobrevivir.

La doctora en ecología forestal Suzanne Simard, de la Universidad de la Columbia Británica en Canadá, estudia la asociación simbiótica en el bosque. Ha puesto en claro cómo los árboles dan y reciben nutrientes entre individuos, pero también entre especies, como abedules y abetos. Lejos de robarse sol o alimento, cada miembro enriquece a otros. Cuánto hay por aprenderles.

“Crear una flor minúscula es un trabajo de siglos”, escribió el poeta británico William Blake. Es una imagen de tremendura que resume la sabiduría vegetal. Cuando estoy entre plantas me serena su estar callado, sin aspaviento, la belleza cotidiana que regalan a cambio de algo tan brutalmente sencillo como agua y tierra. El verde de todos los colores me oxigena. Me hace bien su paciencia limpia, nutricia.

Dije que en otra vida fui cedro. O que hubiera querido serlo. “Algo en mi sangre viaja con voz de clorofila”, escribió también Pellicer. Pues así.

(Originalmente publicada en mi columna La Utora, en el periódico mexicano La Razón; la foto es mía, de algunas de mis plantas más atesoradas y mi joven olivo, al fondo).

CARTA A MI CUERPO

Disculpa, es la primera vez que te escribo y llevamos décadas de relación. Te conozco poco, si bien solamente he corrido con tus piernas. A veces de noche me pareces ligerísimo. Otras te siento inmenso, como si hubieras cenado una montaña.

            Eres boquisucio. Vergonzante. Es de mal gusto hablar de ti, de las secreciones que te son propias: sudor, caca, sangre menstrual, pedos, humedad orgásmica, mocos. No existe una policía para regular lo que te está permitido. Tampoco hace falta. Te callo con jabón, desodorantes, ducha vaginal. Sólo cuando eres aséptico me animo a salir en sociedad, de otro modo me das pena. Vaya barbaridad, mejor empiezo de nuevo.

  • Ningún hueso roto, aunque te descalabraste en la niñez.
  • Cuatro muelas menos.
  • Un corazón que busca palabras.
  • Dos operaciones: cesárea y corrección de miopía.
  • Un tatuaje.

            Soy contradictoria contigo. No te duermas, disfruta el Zoom de compromiso. Duérmete, nadie más escribe a las dos de la mañana. No puede ser, ¿otra vez tienes hambre? Acábate el plato, ni modo de tirarlo. Disfruta. Haz como que disfrutas. Uy, ese camino tampoco me gusta. Va de vuelta.

            Eres un estupendo aliado, veloz de instinto, te enfermas rara vez. Salvo el juanete y lo cegatón, no tengo mayor reclamo. Devoras quesos y postres, aguantas poco el alcohol. Resuenas bien tanto con el placer propio como con el ajeno. Tal vez lo más definitivo que has logrado fue engendrar, con el privilegio de hacerlo voluntariamente. Qué viaje exponenciado. Por un lado, el asombro de estar habitada por un peso suave, recibir golpecitos desde adentro. Por otro, punzadas en la cintura, mal cálculo e ir chocando la panza en todos lados, más prohibiciones. No tomes aspirina. Come carne. No te estreses. Haz. No hagas.

            Te apanicaba no ser capaz y aun así pariste. El ginecólogo se reía: “todas las mujeres saben dar a luz”. “Yo nunca he estado ahí, ¿y si mi cuerpo no la expulsa o, al contrario, le hace daño?”. Pariste. Mucho dolor. Curiosidad. El centro mismo de la vida. Luego amamantaste, más dolor aunque te gustó que tus pechos regalaran alimento. Nuevas prohibiciones. Miedos desconocidos.

            Por años nuestra relación fue áspera, llena de machucones, pero poco a poco vamos mejorando. Te abrazo más, te regaño algo menos, ya no impongo dietas salvajes. Compré una mecedora porque te gusta el vaivén. Y sí. Te cuesta dormir de corrido, hacer yoga te ayuda a fluir. Lloras fácil y estoy en paz con eso. Miro tus manos. Me obsesionan tus manos. Eres sencillo, en palabras de Gioconda Belli, “lo más puro que poseo. La mente en cambio está llena de vericuetos. Ése es el laberinto. Y en la vida real no hay Ariadna ni hilo de plata. Es uno y el Minotauro jadeando”.

            Todo eso lo explico yo. ¿Cómo hago para escuchar lo que quieres decir? 

(Originalmente publicada en mi columna La Utora, en el periódico mexicano La Razón; imagen: istockphoto.com).

OLVIDAR LA HERIDA ES PEOR

La periodista bielorrusa lleva todo el día compilando historias de mujeres soviéticas que lucharon durante la Segunda Guerra Mundial en la infantería o como francotiradoras. Pilotaron aviones. Dispararon artillería. Casi un millón de ellas se ofreció a integrar el Ejército Rojo; muchas no cumplían veinte años. Le cuentan que sus botas a diario se empapaban de sangre de los muertos, que vieron a una madre colgada de un manzano para huir de sus cinco hijos pidiéndole comida y ella sin tener nada para darles. Al ganar la guerra, alguna combatiente había matado a un alemán; otra, a más de setenta. Si bien estaban cansadas de odiar, les amedrentaba volver a la paz después de tanto tiempo rozando la muerte. Era habitual para ellas saber de gente pudriéndose en vida; cómo iban a adaptarse a otra cosa. Unas dicen que se esforzaron por olvidar pero en ese instante, una exsargento puntualiza: “A ver si me explico: recordar asusta, pero no recordar es aún más terrible”. Lo narra Svetlana Alexiévich, ganadora del Nobel de Literatura 2015, en La guerra no tiene rostro de mujer.

            Me impresiona. Bajo el libro a mis piernas. Según yo, en circunstancias traumáticas el olvido es un privilegio; ahora me interesa buscarle matices a ese lugar común. ¿Por qué desenterrar un daño mayor? Guardando toda proporción con casos tan brutales voy a ensayar respuestas: porque si extravío la aflicción, entonces no tuvo sentido. Porque únicamente si reconozco la desgracia honro haberla soportado. Porque seguro me falta entenderle algunos ángulos.

            En la misma geografía, en 1938, tras el fusilamiento de su marido y el encarcelamiento de su hijo bajo el régimen de Stalin, durante diecisiete meses la poeta Anna Ajmátova fue a diario a la prisión. Hacía fila para preguntar sobre el muchacho. Era una escritora forjada y un día alguien la reconoció. Cuenta en el prólogo de Réquiem: “Detrás de mí se hallaba una mujer, con los labios azules de frío, que nunca antes me había oído llamar por mi nombre. Salió del entumecimiento y me preguntó:

—¿Puede describir esto?

Y le contesté:

—Puedo”.

Evocar también sirve para quienes vienen detrás, como referencia en el camino.

            Si ahora mismo alguien pudiera borrar de mi cerebro las escaras que guarda me negaría, porque si pierdo constancia de las marcas violentas a lo largo de mi historia, corro el riesgo de pasar una vez más por esa esquina. Si oculto el dolor en un rincón oscuro es como amputarme un brazo: la suma de memorias, todas, conforma mi identidad. Perderlas implica sepultar a la que soy. De ahí lo crudo de males como el Alzheimer. Desarticulan los recuerdos y la narrativa individual del enfermo; en ocasiones parecen incluso despojarlo de su condición humana.

            Apenas caigo en la cuenta: recordar las heridas duele, pero no hacerlo debe ser todavía más terrible.

(Originalmente publicada en mi columna La Utora, en el periódico mexicano La Razón; imagen: Samuel Ashfield/ Fine Art America).

POR QUÉ NO ME VOY A CALLAR

Yo tenía ocho años. Él, dieciocho. Me obligó a hacer cosas y forzó entre mis piernas. Luego dijo que era mi culpa. Le creí, no dije nada.

Las mujeres estamos hablando de abuso sexual, violación, incesto, desaparición, feminicidio. No es divertido, señores. Odiamos lo atroz de este paisaje cotidiano y justo le ponemos palabras porque llevamos historias jodidas sobre la piel y también porque se merecen otra cosa hijas, hermanas, sobrinas, madres, amigas, desconocidas. Desde la Grecia clásica y hasta hace muy poco era normal que los hombres nos violentaran. Durante siglos fue lo esperado.

Hace un año, el 9 de marzo, miles paramos en lo laboral, nos encerramos sin Internet, no compramos nada. Luego del estruendo armado en la manifestación del día 8, el mutismo hizo tremendo eco. Ambos días dijimos nuestra rabia por esta cultura rapaz en la que una niña o mujer violada es un número. Como generaciones de feministas desde hace décadas subrayamos estar hartas del solapamiento estructural hacia quienes nos agreden. Un año después las cosas no han cambiado. Cito tres libros que leí o releí en semanas recientes:

“Aguascalientes: ‘Violó a su sobrina porque se le hizo fácil’
Campeche: ‘Violó a la niña y a la madre de ésta; dejó embarazada a la menor’.
Chiapas: ‘Muere bebé de siete meses víctima de una violación’…
Ciudad de México: ‘Invita a beber a una joven, la mata y la corta en pedazos’”. (Y así, noticias de cada estado).

“—Yo quería también quedar embarazada. Tener una nena.
Me miró. Le esquivé los ojos.
—Yo ni loca. Desaparecen”.

“Lo vi levantar sobre su cabeza un hacha de doble filo, con la fuerza del cuerpo a punto de caer sobre su objetivo. El hacha estaba dirigida a mí. Cuando atacó, se resbaló. Salí corriendo… ¿Por qué no le conté a mi profesor sobre el terror del que había escapado?”.

Son fragmentos de la poeta mexicana Karen Villeda en Agua de Lourdes (Turner), la argentina Dolores Reyes en la novela Cometierra (Sigilo) yla ensayista estadounidense Terry Tempest Williams en Cuando las mujeres fueron pájaros (Antílope). No se trata de excepciones. Si tienes vagina sabes que en casa, en la escuela, el trabajo y la calle, en el amor y la cama es normal que un tipo te vulnere.   ¿Por qué una entre cada tres de nosotras ha sufrido algún tipo de brutalidad de género pero ningún hombre conoce a un agresor? Porque hay que guardar el secreto. Es de mal gusto contar estas cosas. Ahora queremos despedazar el silencio y gritar lo que sea necesario, vociferar muchísimamente hasta que nadie lo vuelva a ver normal. Hasta que nosotras y ustedes construyamos otra forma de vínculo.

Yo tenía ocho años. Él, dieciocho. Dice Terry Tempest: “cuando una mujer no habla, otras mujeres salen lastimadas”. Por eso no me voy a callar. No nos vamos a callar.

(Originalmente publicada en mi columna La Utora, en el periódico mexicano La Razón; imagen: projectwarriorqueen.wordpress.com).

EL YOGA, UN SÍNCOPE Y LA PLUMA

Me estoy doblando en dos (es un decir). La idea es plegarme en dos más y luego otra vez, pero soy un fallido origami de carne. La voz de la maestra en YouTube es el marco contextual de mi taquicardia.

            Soy masoquista. Llevo diez años de hacer yoga, de intentarlo, de sudar cada pestaña en la sexta postura y aventarme otras veinte, me salgan o no. Empecé con este numerito en 2011, cuando una punzada me paralizó por meses al toser o correr. Me diagnosticaron dos hernias lumbares. “Y son grandes”, dijo el ortopedista. “Haz yoga. Tal vez evitemos la cirugía”. Nunca había tenido un dolor de espalda tan fuerte. Ni tan leve. Nunca había tenido un dolor de espalda.

            Mi novio de entonces tomaba clase de Bikram Yoga, así que con shorts de lycra llegué al salón. Pensaba que iba a ser aburridísimo, no imaginaba lo retador de sostener una postura o ásana mientras ves venir un síncope. Varias veces sentí morirme pero continué yendo porque soy necia. Desjuiciada. Al principio salía furiosa, preguntándome por qué pagaba para sentirme fatal, pero a los pocos meses noté que se espaciaban los dolores, hasta desaparecer. En al menos nueve años de practicar Hatha Yoga toso, brinco y me despatarro sin acordarme de las hernias.

            La práctica se conoce en India desde hace cinco mil años. La palabra yoga puede traducirse “unión” de cuerpo y mente, porque cada postura se trata de que la cabeza y los miembros se pongan de acuerdo sin que nadie muera en el intento (hay otras opciones interesantes): aunque las piernas creen no aguantar más, la cabeza dice que sí. Que encima voy a respirar como si nada. Cuando vislumbro que coinciden siento algo parecido a la felicidad.

¿Por qué sigo practicando? Esquivé la cirugía de columna y mi cuerpo es algo fuerte e intentadamente flexible, pero además me serena (un poco), me hace bajarle al acelere (no siempre). Y el trabajo sobre el tapete aplica también en la vida diaria: si no me rajo de las duras demandas del Hatha, si poco a poco avanzo, entonces puedo con lo que el encierro implica. Durante la pandemia ha sido delicioso tener un video como guía para estirar los músculos y darle descanso a la mente. Es mi cable a tierra.

            Además, el yoga tiene puntos de contacto con la escritura. En ambos exploras tu propio terreno: a menos que te tires de cabeza a intentarlo por años, con rigor, no sabes qué puedes lograr. Y ambos te ubican en la realidad, porque si bien hay una distancia descomunal entre donde estás y adonde quieres llegar, te acercas un paso cada vez que te ejercitas. La disciplina es innegociable tanto en el Trikanasana como con las palabras.

            De modo que ahí sigo, a ver mañana hasta dónde me doblo (o no).

(Originalmente publicada en mi columna La Utora del periódico mexicano La Razón).

¿QUÉ HACEMOS CON LOS MUERTOS?

Para Rosa, en especial

Es una crisis. Una devastación. Herida abierta en canal sobre el costillar, hecha “tan callando” que no entiendes cómo fue. Nadie te preparó. Si hubo indicios, los ignoraste. Carecías de lentes adecuados. Sabes que todos pasaremos por ahí, que la gente se va. Pero no tu hermano. No tu hijo, tu madre, tu amiga. Ellos no. Como sigues aquí, resulta inexplicable la desaparición de esa vida con la cual la tuya está hecha nudo. Aunque parece complicado, “es tan fácil morir, basta tan poco”, escribió Rosario Castellanos. Y viene el frío, el miedo de no verlos más. Luego otra vez no entiendes o más bien te niegas a ese bocado de pan duro. Se atora en la garganta. Y cómo duele que el amor, el muchísimo, no pueda nada contra el vacío.

Las cosas siguen como siempre y te asombra. Incluso te choca. La gente oye música, se pelea, hace el amor; el agua sale de la llave, el día se despereza. Todo es igual y nada es exactamente igual. Entre las mujeres dani, tribu de Nueva Guinea, es habitual amputar falanges de un dedo de la mano, como símbolo de duelo por un pariente. Así tú: te arrancaron, no sé, una pierna y ahora debes aprender de nuevo a andar. Además del hueco está el enojo contra quien se fue. La pérdida de palabras compartidas.

A todos nos ha tocado cerca. “Estoy repleto de ausencias / ya no me queda lugar donde no haga falta algo”, dice el poeta uruguayo, mi amigo, Gustavo Wojciechowski. En estos meses la muerte se ha crecido, orgullosa, y los difuntos duelen más de lo normal porque la pandemia impide abrazarnos. Cómo hace falta esa parte del ritual, la compañía de los nuestros al atravesar la aduana que nos vuelve en instantes viudos de padre, huérfanas de hermana, sobrevivientes de un entrañable. No me extraña que pueblos alrededor del mundo se hayan comido a quienes se fueron, para mantenerlos vivos. Toda la aldea de los yanomami, en el Amazonas, gime, grita, da fuertes golpes al suelo ante la partida de un miembro. Luego queman el cadáver y los parientes se comen las cenizas en una sopa.

Aunque tragar los restos parezca brutal, nuestra costumbre de enterrarlos o rendirlos al fuego no es menos salvaje. Desde el escritorio alcanzo a tocar la urna con las cenizas de mi madre. Murió en octubre. A veces le hablo con cierta culpa por haberla incinerado; mi hija le da golpecitos de cariño, como si la espalda sigilosa percibiera el contacto a través de la madera.

(Originalmente publicada en mi columna La Utora en el periódico mexicano La Razón; imagen de Héctor Bialostozky, local.mx)

MI CASA, UNA BESTIA

La tenía por conocida. Por muy familiar. Falso.

Llevo diez años aquí. En julio de 2010 la casa era un mamífero dotado de costillas bien plantadas y músculos inmóviles. Antes vivía en ella una anciana, quien al no poder subir escaleras acondicionó su cuarto y baño en la planta baja. Olvidó el resto.

Cuando llegamos, la bestia casi no respiraba de puro tedio. Al principio nos miramos con recelo, midiendo las fuerzas de la contraria. Yo llevaba las de perder porque estaba en sus vísceras, una Jonás (¿Pinocha?) recostada sobre el píloro de la ballena, pero fui más hábil que el héroe bíblico: no llegué sola, sino con hija y un camión de mudanza. No iba a atacarme a traición, le tenía invadidos los adentros.

Durante este tiempo nos hemos soportado, incluso nos tenemos cariño. Ninguna hiere a la otra más de lo decente en cualquier familia. Yo he aprovechado todo hueco disponible para libros o plantas, mi adolescenta hace retumbar de música cada juntura, entre las dos armamos rompecabezas en su panza. Mi hermano y mi mamá, muertos hoy, nos visitaron muchas veces. Amigos, novios de una y otra nos han acompañado en su interior. A mi vez le conocí la humedad en alguna membrana, el escándalo de una tormenta en la cabeza, el rechinido en una pata. Supe que el hocico se le inunda a veces.

Pensé que ya no teníamos secretos pero este año, tras pasar muchísimas 24 horas encerrada, le descubrí ángulos. Por ejemplo, la luz que recibe a lo largo del día: en la mañana se difumina, como tanteando. Es una claridad ambiental. Conforme avanza la tarde se presenta más concentrada, hasta que un rayo se arrastra sobre el espinazo del animal. No sabía de esos instantes de juego.

(Texto originalmente publicado en la revista mexicana Nexos, diciembre de 2020. Para terminar de leer da click aquí).

Lectura crítica de mis poemas desde Venezuela

Me gusta la poesía de la venezolana María Antonieta Flores. Aunque no la conozco en persona, hace meses trabé contacto con sus versos y me emocionaron. Es todo lo que sé de ella; recientemente me pidió por Facebook permiso para publicar algunos poemas míos. Ahora me encuentro con que los textos en efecto salieron en la revista venezolana El Cautivo, pero además ella consiguió prestado mi Eros una vez y escribió algo muy conmovedor sobre él.

Leer su texto me toca los adentros. Lo que uno busca, lo que yo busco cuando escribo, es entrar en diálogo con alguien, que se dé una comunicación a partir de algo tan etéreo como las palabras. Bueno, pues el texto de María Antonieta me dice que sí, que a veces ocurre eso.

No sé a qué dios agradecerlo y como no creo en ninguno estoy pensando en fabricarme uno a medida,  para este propósito. Aquí va, con mi agradecimiento, la mirada crítica de María Antonieta.

Da click aquí para ir directamente al sitio de El Cautivo.

“El tejido cultural del que emerge Eros como manifestación de las vivencias colectivas tanto en el plano histórico como en el mítico, da a luz una sensibilidad erótica correspondiente a un determinado momento o época. Esto queda evidenciado en este poemario que obtuvo el Premio Internacional de Poesía Mario Benedetti 2016.

Julia Santibáñez escribe un libro vinculado a la dinámica interactiva que incluye al espectador, lector o público en el entramado de la obra; despliega las estrategias para atrapar al lector en su telaraña, en su juego. En fin, la seducción es inevitable en los asuntos donde Eros se manifiesta. En este caso, se nos advierte que dos textos, “Drástica” y “Génesis”, cuentan con versión digital interactiva. En esta propuesta de la autora, lo lúdico es fundamental, siempre lo ha sido en la palabra poética.

La suma de significantes, símbolos, imágenes que a través de los siglos conforman el imaginario son aquí condensados abarcando desde lo más antiguo hasta lo más reciente, todo integrado en un discurso coherente, depurado.

En “Hotel Otelo”, la ironía finamente urdida remite a los celos, el clásico motivo de la tragedia. “Sommelear” es la resignificación del beso con coordenadas vitícolas: el procesamiento y añejamiento del vino ofrecieron las imágenes para recrear la emoción del beso. “El pequeño saltamontes” del poema “Fábula para niños” es una referencia a la mítica serie Kung fu, mientras que en “Eternidad de paso” el Paraíso existe en un motel destinado a encuentros fugaces. “Hoja de diario” constituye una muestra de la síntesis que la autora ha manejado en su breve libro y es, al mismo tiempo, un reflejo de lo instantáneo como característica de la conducta amorosa del siglo XXI. “Estado de tango” es una clara referencia a El día que me quieras, el más clásico y el menos tango dentro de la tradición arrabalera y el más en deuda con la poesía, gracias a Amado Nervo, la fuente primaria. “Piso de tierra” mueve el Eros hacia la zona rural bajo las coordenadas que rigen una hacienda cualquiera: asoma el deseo, la inminencia de un suceso, “la yegua se alebresta en el corral”, y es inevitable, al leer el poema, rememorar esa joya del cine de oro mexicano, El rebozo de soledad (1952), adaptación cinematográfica de la novela de Javier López Ferrer dirigida por Roberto Gavaldón.

Hay referencias muy obvias, casi fáciles, —un ejemplo de eso es “Amén”— pero engranan perfectamente con la estética que propone este trabajo en el que el lenguaje directo es protagonista, los misterios se esconden detrás de esa sencillez. Lo evidente es diciente y esconde la tensión erótica tal como ocurre en la vida cotidiana: un gesto o un roce puede ser un accidente o una provocación. Reelaboraciones del discurso del Cortázar de Rayuela y de los poemas de Girondo se manifiestan en un par de poemas. “Sarcasmo” se limita a un juego de palabras con dos famosos versos de Rubén Darío.

En este espectro de lo erótico que plantea Santibáñez, aparece el tema de la niñez y el abuso sexual en “Esas y no otras”: “A las niñas que viven dentro/ nada las defiende en sus camitas,”, casi un imperativo de época, tocar ese lado oscuro que también se muestra en “Historia de una herida”.

Momentos luminosos con la palabra los hay, como éste: “Bésame donde tengo el miedo,/ donde por dentro una oscura mariposa/ tiembla y observa/ con los lúgubres ojos de sus alas.” o en ese poema lento titulado “Oscure siendo”.

En cuanto al título, es una rotación de sentido obtenida gracias al juego de la sustitución: érase una vez migra a Eros una vez, entonces —sabemos— nos esperan varios cuentos, fábulas, historias reducidas a imágenes que, valga el lugar común, dicen más que mil palabras. Así, todo el universo cultural que gravita en las palabras de Santibáñez, con Caperucita roja incluida, nos ha sido entregado con la síntesis que caracteriza a su discurso para invitarnos a dialogar con nuestros propios referentes culturales imaginativos y emocionales, para hacer de Eros una vez un libro representativo de una sensibilidad erótica que se manifiesta a través de la ironía y la distancia con eficiente seducción”.

#MiércolesDePoesía Al cierre del año, el amor me tiene frágil

Soy de piel delgada, tremendamente impresionable.

Cuando era niña, a mi hermano le divertía escribir con la uña en mi espalda. Ambos sabíamos que, a los pocos segundos, aparecería la palabra enrojecida, como una suerte de pizarra en carne viva.

También es delicada mi otra piel, la de puertas adentro. Enrojece a la menor provocación. Se termina el año y retomo este poema que escribí hace tiempo para el hombre que está en el centro de mi querer, porque sigue siendo exacto: cuando él roza ambas epidermis con esa ternura que desarma, me provoca una fragilidad intolerable, porque no sé dónde esconderme del sol. Así me encuentra el cierre de 2017: vulnerable a morir. Y es un privilegio.

Celebro así este último #MiércolesDePoesía del año. Aprovecho para agradecerte de corazón tu compañía en este blog, tu lealtad a la poesía de cada semana, los comentarios, las visitas. Gracias por hacer que tengan sentido los seis años de mantener este espacio de letras.

Deseo que tu año cierre por todo lo alto y que 2018 arranque bien y de buenas, con proyectos que te emocionen, con besos que valgan por cien. Por aquí seguimos, hasta que decidas otra cosa. Va un abrazo fuerte, donde estés.

Apenas penumbra

“Si un día dijeras te quiero
me iría a la sombra,
me iría a sentar en la hierba
detrás de la casa,
para abrazar mis piernas
y que el rocío mojara mi falda”.

Julia Santibáñez, “Apenas penumbra”, Eros una vez (Seix Barral, 2017).

Noche de poesía y buen contento

Foto: Alma Delia Murillo

Anoche fue la presentación de mi libro Eros una vez (Seix Barral), que recibió el Premio Internacional de Poesía Mario Benedetti. El evento fue en la Librería Icaria, parte de la Escuela de Escritores y que es también mi casa (doy clases de Escritura Creativa).

Arturo Córdova Just, poeta, ensayista y director de la Escuela, fue el presentador. No sé si alguien había leído con tanto rigor mis versos, si los había exprimido hasta sacarles el jugo oculto, pero de verdad me emocionó en los adentros su lectura. Espero poder compartir por aquí el texto que Arturo escribió, se antoja estamparlo en billetes de cien mil pesos. Luego de leer su escrito platicamos, la gente hizo preguntas, nos reímos, leímos poemas. Hubo venta de Eros y rematamos la noche con un consistente mezcal Xicarú.

Aquí van algunas fotos. Gracias a todos los que sortearon el cuasi diluvio universal que cayó en la ciudad, a quienes lo intentaron pero no lograron sacar a tiempo el velero, a quienes desde otros países me abrazaron con palabras.

Muy pronto, Eros una vez va a estar a la venta en Gandhi y El Péndulo, Ciudad de México. Avisaré con tiempo en qué sucursales.

Las gracias no se me cansan en la voz.

 

#MIércolesDePoesía El amor es una oscura mariposa (creo)

El próximo miércoles, el clima va a ser espléndido, haya o no huracán en camino: se pronostica sol, cielo despejado, temperatura amable con la piel y los adentros (cada uno decida cuál).

Es que justo el miércoles 6 de septiembre presento mi libro de poesía Eros una vez, el que recientemente ganó el Premio Internacional Benedetti, en Uruguay. Lo presenta el poeta Arturo Córdova Just y el evento será en la Librería Icaria, dentro del edificio de la Escuela de Escritores (Pitágoras 446, Colonia Narvarte, Ciudad de México), a las 7 pm.

Dispensen, entonces, que hoy dedique el #MiércolesDePoesía a celebrar con ustedes la confluencia planetaria de este libro, en el que abordo el amor, el desamor y todos los estadios intermedios desde ópticas que lo comparan con una canción de Patxi Andión, una botella de vino añejo, un tumulto ancho y una mariposa negra sobre pared blanca.

Si deciden acompañarme esa noche, hordas sacrosantas de poéticos lectores, entonces el clima será como para el Récord Ginés. Ese día estará a la venta Eros una vez, que aún no se consigue en México, así que aprovecen para hacerse de él con todo y firma de la autora, para pasar a la posteridad con el pie derecho.

El libro es de veras buenísimo, aseguran mi hija y mi madre. Aquí va una probada.

AMÉN
En lo próspero y en lo adverso,
en la salud y en la enfermedad
prometo serte hiel
hasta que la muerte nos separe.

 

DRÁSTICA
Bésame donde tengo el miedo,
donde por dentro una oscura mariposa
tiembla y observa
con los lúgubres ojos de sus alas.

Besa donde mi costado transparenta
su mancha como una sombra espesa,
toda ella un pálpito que aguarda.

Bésame un beso suave,
un beso bálsamo que la apacigüe,
porque si empieza a aletear bajo mi piel
será inminente la catástrofe.

Mis poemas caminan hoy por Venezuela

Ando de plácemes. Y de gústame. Y de bríndemos.

La revista venezolana Letralia me publica una extensa selección de poemas, que viene acompañada de una presentación más que amable de Fernando Salazar Torres. Es de esas cosas que si pasaran seguido harían que mi planeta girara más deprisa, así que aunque no sea precisamente #MiércolesDePoesía dejo aquí un texto pequeño y la invitación a pasar por allá.

Celebro y agradezco. Mucho.

Da click aquí para ir a mis poemas en Letralia.

Inminencia

“Estoy sangrando.
Ellos me rondan,
tiburones hambrientos”.

 

Ese cuerpo mío, tan sin sombra, en Blanco Móvil

Cómo da gusto que el nombre de una de pronto se relacione con una publicación leída y admirada. Así estoy: la revista mexicana de literatura Blanco Móvil, bajo la atinada dirección del poeta Eduardo Mosches, incluye varios poemas míos en su sitio web. Me pone de veras muy de buenas.

Aquí van tres, como bocadillo:

Ubicua
Con frecuencia me acerco a esa niña tan fuera de lugar y le acomodo el mechón de pelo que le cae sobre la frente a esa niña frágil de asombro ante unos versos que no entiende.

A veces le digo que sigo siendo ella.

Sofoco
Adolorarse
el cuerpo de estar solo

de andar hecho una mueca
exprimido por dentro
harto de llevarse puesto

y sobrarse

tan poquito de alma

tan sin sombra.

Urbanita
La lombriz se arquea
en la grava de la avenida,
como que busca.
Le lastima la sombra
y mucho más en la entraña,
escalofrío tan nocláxon noamenaza,
uno como mareo del alma expuesta.
Ahí fingimenta, se casiarrastra
cual si no le inminenciara
que su suave toda pulpa
es la más despanzurrable alarma.
El suyo es un amor muy insensato.

Da click aquí para echarle ojo a todos.

BAzar de letras: ¿Para qué otra revista cultural?, con Moramay Kuri y Luis Torres

Juana de Asbaje, más conocida como Sor Juana Inés de la Cruz, vivió en la Nueva España durante el siglo XVII (1651-1695). Poeta, dramaturga y ensayista, logró en vida reconocimiento como una de las más altas plumas que jamás han escrito en español.

Ordenada monja jerónima, fungió como poeta de la corte novohispana y su fama llegó a España, donde en 1689 fue publicado su libro Inundación Castálida. De él toma su nombre la revista cultural que acaba de lanzar la Universidad del Claustro de Sor Juana, en la Ciudad de México.

En BAzar de letras platiqué con Moramay Kuri, directora de la revista, y con Luis Torres, editor de la misma, sobre las particularidades de Inundación Castálida, qué persigue y hasta si es posible publicar en ella. Hablamos brevemente de los dos primeros números, el primero de los cuales aborda los 100 años del nacimiento de Juan Rulfo: tiene textos notables de Jorge F. Hernández y Alí Chumacero, además de una entrevista de Daniel Rodríguez Barrón con Cristina Rivera Garza, quien acaba de publicar un libro sobre el Rulfo que, mientras escribía, era empleado de la llantera Goodrich. El segundo número celebra los 40 años del restablecimiento de relaciones entre México y España: por supuesto, el exilio español llegado a este país es protagonista, además incluir de un texto emocionante de Juan Villoro y otro, de Ana García Bergua.

Total, la conversa se puso rica y plural, bajo el amparo de Sor Juana. Y creemos haber respondido la pregunta que dio origen a este BAzar de letras: ¿para qué otra revista cultural?

Da click aquí para oír el programa completo (duración: 25 minutos).

(Listo: se resolvieron los problemas técnicos en la estación y aquí está el enlace, funcionando. Gracias por su paciencia).

Escribir sobre las grietas que llevamos dentro: Ana García Bergua

Foto sin crédito, tomada de http://www.literalmagazine.com

En cada uno de sus cuentos hay siempre historias, más de una. Está la evidente, la gritona, pero también una soterrada, que a veces se asoma pero otras tantas apenas se sugiere, aunque con frecuencia mueva los hilos de la trama.

En la más reciente emisión de BAzar de letras, programa de radio que conduzco en la estación en línea Código CDMX, platiqué con la escritora mexicana Ana García Bergua, a propósito de su libro de cuentos La tormenta hindú y otras historias, publicado por Editorial Textofilia. Habló sobre por qué le gusta escoger personajes corrientes y comunes: porque esconden los desequilibrios más inesperados, las grietas más perversas. También conversamos sobre cómo sus cuentos son de una sencillez muy trabajada.

Da click aquí para oír el programa completo.

 

 

Por qué necesitas este Taller de Escritura Creativa


Porque hace algunos años, tanto Alma Delia como yo renunciamos a la seguridad de un cheque quincenal y abrazamos la adrenalina (Ok, la afortunada inconsciencia) que implica vivir de la escritura. Algo hemos aprendido. Y lo vamos a compartir.

Porque a las dos se nos revuelven de gusto los ojos ante un texto íntegro, entero, al que no le sobra nada. Creemos que quien escribe necesita, además de entusiasmos como código postal, aprender las estrategias que vuelven poderoso un párrafo. Y el taller es el espacio perfecto para revisarlas.

Porque estamos convencidas de que leer es la actividad que define a un escritor, así que ofreceremos tanto bibliografía de apoyo como lecturas recomendadas.

Porque a partir de los varios libros que hemos publicado (Alma, una novela y un libro de cuentos; yo, dos libros de poesía + otros dos) sabemos cómo invocar al duende que a veces salta entre renglones, ese a cuya sombra una página se vuelve literatura.

Porque, encima, a las dos nos gusta remojar conversaciones en vino tinto, del cual habrá bastante en las sesiones.

Con este bagaje de coincidencias, Alma Delia Murillo y yo armamos el Taller de Escritura Creativa, que estaremos impartiendo los jueves a las 7:30 pm en la Delegación Cuauhtémoc de la Ciudad de México. Hablaremos de cómo dar fuerza a las emociones a través de palabras, de qué modo amistarse con las herramientas de estilo, además de tallerear textos de los participantes.

Si suena como algo que te hace falta en la vida, por favor escribe a textosconalma@gmail.com para que te mandemos información.

Si no, difunde este post para que caiga en buenas manos y el mundo siga girando en la dirección correcta.

 

 

 

 

Estreno este librito de poesía: Versos de a pie

Me acaban de publicar en España esta plaquette digital de poesía bilingüe. Todos son poemas en prosa, algunos inéditos y otros aparecidos en mis libros Rabia de vida y Ser azar. Estoy muy agradecida tanto con el sello editorial OfiPress, a cargo de Jack Little, como con Don Cellini, por la traducción y con Cecilia Suárez, por la foto de contraportada.

Da click aquí para leer gratuitamente el pequeño libro.

Para picarte la curiosidad, este es uno de los inéditos Versos de a pie:

En paro
No te moriste. Tomaste un descanso, como los empleados del metro hacen huelga un día para demostrar que sin ellos nada funciona y convencen a todo el mundo.
Ya puedes volver.

 

Unemployed
You didn’t die. You took a break, like the metro workers who strike one day to show how nothing works without them and the convince everyone.
You can return now.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Estoy por las Californias

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Ando oronda.

Resulta que un poema mío aparece en Frontera / Border In Vivo, la antología bilingüe del San Diego Poetry Annual 2016-17. La obra consta de dos tomos: uno de poetas estadounidenses y otro de escritores hispanoamericanos (nuestros textos aparecen en español con traducción al inglés). Gracias a los buenos oficios de Olga García, entre otros colegas con los que me da especial gusto compartir espacio están Maricela Guerrero y Lauri García-Dueñas (ambas en traducción de Robin Myers), Ingrid Bringas, Álvaro Luquín, Julieta González, Diego Espíritu, Daniela Camacho, José Luis Bobadilla.

Los dos tomos del San Diego Poetry Annual se distribuyen en bibliotecas y universidades del sur de California y son usados como libros de texto en las clases de creación literaria del Southwestern College, en Chula Vista, California. Si a alguien le interesa comprar la antología está disponible en Amazon.com, tanto el volumen en inglés como el tomo bilingüe.

Escena del crimen es el poema mío que fue seleccionado. Aborda la quietud vulnerable de los amantes que son víctimas de una misma arma. Aquí abajo está.

Así, con el desdoblamiento que ofrece la escritura, además de México ando ahora mismo por las Californias.

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PD Si este blog te ha salvado la vida a golpe de palabras y tienes una deuda eterna con él, por favor vota en el Premio20Blogs. Da click aquí. Si el blog resulta ganador juro que organizo una fiesta interminable.

BAzar de letras: escucha la entrevista con Luis Jorge Boone

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El martes en la tarde se transmitió otra emisión de BAzar de letras, el programa de radio que conduzco por Código CDMX, estación de radio de la Secretaría de Cultura de la Ciudad de México.

Mi invitado fue el escritor Luis Jorge Boone y platicamos sobre Figuras humanas, su reciente libro de cuentos publicado por Alfaguara. Entre otras cosas, habló de cómo al sentarse a escribir busca tener tanto la emoción que quiere transmitir como la forma como la va a envolver en palabras. Es decir, forma y fondo son una sola masa indisoluble. También comentó que sus personajes reflejan la contradicción que todos vivimos, de querer estar al mismo tiempo tranquilos y exaltados, relaciones con cercanía e independencia. Si estás en la Ciudad de México, date una vuelta el sábado a las 5 pm por la Feria Internacional del Libro: Luis Jorge presenta su libro.

Aquí puedes escuchar el podcast completo del programa, desde cualquier país (me consta, lo han oído en Estados Unidos, Argentina, España e Italia).

 

Hoy estreno programa de radio

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Así, tal cual. Y soy feliz.

Hoy a las 6:30 pm (hora de la Ciudad de México) se transmitirá la primera emisión de mi nuevo programa de radio BAzar de letras, por la estación en línea Código CDMX. Trata de libros, autores y, sobre todo, del gusto por leer. La estación se puede oír en todo el mundo así que anden, no tienen excusa: acompáñenme y opinen a través del TW @BAzardeletras. De veras me va a dar mucho gusto saber si les gusta, qué sugerencias tienen, qué autores quisieran escuchar.

Hoy tendré como invitado (y padrino) a Eduardo Casar, poeta y narrador, además de coconductor del programa de TV La dichosa palabra, con quien platico de su nuevo libro de poemas Grandes maniobras en miniatura.

Porque los libros siguen siendo una de las formas más perfectas de darnos felicidad, los invito a dar un paseo por este BAzar de letras.