#CrónicaDesdeJapón En las entrañas del mercado de mariscos de Tokio

Así se corta un atún.
Así se corta un señor atún.

4:35 am. Mercado Tsukiji. Centro de Tokio, Japón. 

Luego de despertarnos a las cuatro de la mañana, mi adolescenta y yo acabamos de llegar al mercado. No es posible reservar lugares para la singular subasta de atún, así que hay que llegar temprano para ser de los 120 turistas que cada día pueden atestiguar el ritual en éste, el mayor mercado del mundo. Hasta ahí todo perfecto. El detalle es que hoy las 120 personas estaban formadas a las 3:40 am. Es decir, madrugamos de balde. Cosa bonita.

La actividad del lugar arranca alrededor de las 3 y termina a eso de las 9 a.m., de modo que la adolescenta y yo decidimos conocer de una vez la zona visitable porque, según todos los indicios, no nos la podemos perder, por lo impresionante de su tamaño y por ser parte medular de la vida de Tokio. Empezamos a caminar. El olor es poco amable y en la oscuridad decenas de bicicletas y vehículos de carga pasan volando en todas direcciones, sin orden alguno. Vale más estar atentas. No sabemos hacia dónde ir porque los letreros no tienen traducción, como la mayor parte de las cosas aquí. Con nuestro japonés elevado nos acercamos a un señor: “Buenos días, disculpe. ¿Dónde?” (suena algo así como “Koníchiwa, sumimasén. ¿Dokó?”) mientras señalamos en el mapa los puestos de comida. Apunta a la derecha. En eso se nos acerca un japonés sonriente, que nos pregunta en inglés qué buscamos. Ante nuestra respuesta se ofrece a guiarnos. “Free”, aclara. Aceptamos, aunque tengo cierto recelo de sus intenciones.

Su chamarra lleva bordado en la espalda Sushi Restaurant Miyako y viste botas de hule como todos los que trabajan aquí. Empieza a meterse por los pasillos, a enseñarnos los tipos de mariscos y a explicarnos que la mayor parte del producto llega por tierra o avión incluso desde sitios como Boston, EUA, que de aquí se distribuye a restaurantes y tiendas en todo el país. En otra sección del mercado también se vende carne, verduras, flores. Pasamos por donde están haciendo la subasta de atún. Ayer leí que un pescado grande puede costar unos 20,000 dólares (340,000 pesos mexicanos) y nuestro guía nos dice que los precios se establecen cada día a partir de la oferta y la demanda.

Con sus 230,000m2 de superficie, el mercado es un impresionante laberinto de puestos. Cada día se venden aquí unas dos mil toneladas cúbicas de camarón, pulpo, almeja, calamar, pescados varios, atunes de tamaño increíble, muchos mariscos cuyos nombres ni siquiera sé. Al pasar, el guía saluda a todos con familiaridad, es bien conocido. Nos dice que nació en este barrio. Le pregunto cómo se llama. Su nombre es Kazunari Akasu, pero podemos decirle Kaz. Me voy relajando poco a poco, nos lleva siempre por zonas transitadas y no tiene mala vibra. Es un hombre sencillo, divertido con la curiosidad de las extranjeras que se fascinan de su cultura. Él va delante y nosotras a veces nos rezagamos con algo, así que un par de veces policías nos detienen, señalando que no podemos pasar a equis zona. Kaz explica que venimos con él y entonces pasamos. Qué suerte, estamos literalmente visitando las entrañas del lugar y somos las únicas turistas. Estamos fascinadas. Kaz nos lleva incluso a la azotea del mercado, desde donde hay una vista privilegiada del mismo y también del río Sumida-gawa, a espaldas del complejo. También vamos al santuario Namiyoke Inari, dentro del mismo mercado, construido en el siglo XVII.

Ya son más de 7:30 y tenemos hambre, así que le preguntamos a Kaz dónde podemos desayunar. Dice que el restaurante donde él trabaja está lejos y además descansa hoy, así que propone uno de los locales del mercado, propiedad de un amigo suyo. Nos parece ideal. El restaurante es pequeño, caben unas 10 personas en torno a la plancha donde dos cocineros preparan el sushi, el arroz, la sopa miso. Está lleno así que debemos esperar unos 20 minutos. Por fin pasamos, pero de inmediato nos advierten que no podemos tomar fotos. Lo lamento muchísimo, porque los platos de verdad lucen fantásticos. Kaz nos enseña la auténtica manera de comer el sushi: con las manos, remojándolo un poco en la soya. Me resulta un poco brusca la experiencia de desayunar hueva de salmón, robalo, salmón, pulpo y atún crudo con un poco de arroz hervido, pero en general me gustan los sabores. Veo de reojo que la adolescenta no comparte mi opinión. Sufre para avanzar con su plato y al final le pregunta a Kaz si le ayuda con un poco. Él, por supuesto, se devora los pedazos de pescado. Luego, se limpia los dedos en un trapo que trae colgando de la cintura.

Yo pago el desayuno, 2,800 yenes por persona (unos 24 dólares), y Kaz agradece con grandes exclamaciones. Luego sugiero que me gustaría darle una propina pero se niega rotundamente. No quiero ofender, así que no insisto. Cuando llega la hora de despedirnos nos tomamos fotos con él y nos da su teléfono, para que le llamemos si necesitamos algo. Además, quiere invitarnos a comer a su restaurante. De verdad es encantador, no sabemos cómo agradecerle. Ya que vamos las dos solas, con los tenis empapados de agua que huele a pescado, la adolescenta resume el sentir de ambas: conocer a Kaz es sin duda uno de los puntos inolvidables de nuestro viaje.

Vista panorámica del mercado Tsukiji alrededor de las 5 am.
Vista panorámica del mercado Tsukiji alrededor de las 5 a.m.

 

Kaz nos presume un pulpo.
Kaz nos presume un pulpo.
Precios varios.
Así anuncian los precios en varios locales del laberinto.
Kaz insiste en que la adolescenta toque un pescado. Su cara lo dice todo.
Kaz insiste en que la adolescenta toque un pescado. La cara de ella lo dice todo.

 

Uno de los puntos inolvidables del viaje fue conocer a Kaz.
Las dos con Kaz, quien sin duda es uno de los puntos inolvidables de nuestro viaje por Japón.

19 pensamientos en “#CrónicaDesdeJapón En las entrañas del mercado de mariscos de Tokio”

  1. Hola güereja:
    No te lo había dicho antes pero, ¡qué amenos relatos nos traes desde Japón! En lo particular me regalas aspectos y situaciones que en la vida podría conocer. ¡Muchas gracias y sigan disfrutando! (Y dile a tu adolescenta que mucho gusto, la conocí cuando tenía como 3 años…)

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    1. Es muy fuerte el impacto de sentirte en un planeta distinto, donde prácticamente no tienes referencias culturales, donde el idioma es tan ajeno que ni siquiera entiendes las “letras” y muy poca gente habla inglés. La fortuna de conocer a Kaz implicó poder romper la barrera de la incomprensión y acercarnos de ser humano a ser humano, perdón por la cursilería.

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  2. ¿No es una bendición encontrar éste tipo de personas durante los viajes? He estado en sitos aborrecidos por los demás que para mí se han revelando fuente inagotable de experiencia y de saudade. El mercado, inefable. Abrazos ícticos.

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    1. Es una bendición total, de hecho, el intercambio con este hombre fue casi nuestro único contacto “prolongado” con algún japonés. Aparte de él, nos comunicábamos para cosas prácticas en los hoteles, transportes, templos pero nomás allá.
      Sí, creo que desde ahora pescados, mercado de Tokio y Kaz son conceptos asociados en mi mente de forma irrenunciable.
      Abrazos, querido

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  3. Los mercados siempre nos acercan a las entrañas de un pueblo, son mis sitios favoritos cuando visito algún lugar; creo que en verdad fue estupendo que pudieran tener a Kaz como guia, en la foto final la alegría de sus rostros enmarca de bella manera el fin de ese singular recorrido. Gracias por compartir ese trocito de Japón. Besos

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    1. Sí, me gustan mucho los mercados y siempre los procuro cuando voy de viaje. Esta vez fue una revelación mayor gracias a este hombre, que nos llevó de la mano por este laboratorio cultural japonés en vivo y en directo.
      Besos de regreso

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  4. Hermoso (vaya novedad). Yo sabía (lo dije un montón de veces) que lo mejor de tus viajes (para nosotros) son las deliciosas crónicas que nos compartes (a las pruebas me remito). Mejor dejo de hacer tonterías con los paréntesis y sigo. Como siempre, D.; tu manera de transmitir tus experiencias fascinantes, balanceas tan bien las descripciones con tus observaciones que uno se imagina allí, a tu lado, observando, palpando y oliendo lo mismo que ustedes en aquella madrugada. En un momento pensé que ibas a decir “Me resulta un poco brusca la experiencia de… comer con las manos” lo cual hubiese sido maravilloso para ser usado como herramienta en charlas posteriores; pero no, el asunto venía por otro lado.
    Feliz de tenerte nuevamente por aquí y feliz por tener nuevamente servicio de red, seguiré paseando por esta casa tuya.

    Abrazos.

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    1. Bueno, es verdad que es retadora la experiencia de agarrar un trozo de pescado a mano limpia (ok, no tan limpia), pero me resultó más fuerte todavía la de desayunar todos los días pescado crudo y arroz hervido. No sé, me hacía faltan falta unos buenos huevos a la mexicana acompañados de salsa y tortillas…
      Gracias por tener la paciencia de pasar retrospectivamente por acá.
      Abraziño.

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