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#CrónicaDesdeJapón Mi experiencia en el teatro Kabuki

Los tres protagonistas de la obra Otowagatake Danmari (foto: libro-programa de mano de Kabuki.za)
Los tres protagonistas de la obra Otowagatake Danmari. (Foto tomada del libro-programa de mano que compré en el teatro Kabuki-za).

Está a punto de empezar la función en el teatro Kabuki-za, en la moderna zona de Ginza, en Tokio, Japón. Estoy emocionadísima. Desde que supe que vendría a este país fue de las primeras cosas que anoté como pendiente.

Nacido alrededor de 1600, el Kabuki es una de las expresiones artísticas más fuertes de este suelo. Surgió como un teatro popular cuyas obras hablaban de guerreros samuráis, quienes estaban en la cima en la época, así como historias de la gente del campo, temas políticos y sociales. Fuertemente censurado por el shogunato en el poder, con frecuencia el Kabuki hacía una crítica velada al mismo, al abordar asuntos históricos pero cuyo contexto el público leía entre líneas. Maestros de la escena, señores de la moda y artistas geniales, los actores pronto se convirtieron en ídolos de las masas. A lo largo de los siglos y con los cambios políticos que ha vivido Japón, el Kabuki se ha mantenido como una herencia cultural importante, disfrutada tanto por japoneses como por extranjeros. Una de sus características más singulares es que en él no participan mujeres. Desde que el shogunato se los prohibió en 1692 con la excusa de cuidar la moral surgieron actores especializados en interpretar exclusivamente papeles femeninos.

Mientras espero que se levante el telón, voy a rentar por 500 yenes (unos 4 dólares), una especie de iPad que despliega los diálogos en inglés, además de las letras de las canciones y algo de información adicional sobre la obra. También me dedico a disfrutar el teatro, que es bellísimo e inmenso, con capacidad para casi dos mil personas. Trato de memorizar todo y además compro un libro-programa de mano, porque está estrictamente prohibido tomar fotos. El boleto de entrada a dos obras en un acto me costó 2,000 yenes (unos 17 dólares) pero las entradas a las obras largas y codiciadas pueden costar hasta 18,000 yenes (170 dólares) cada una.

Por fin empieza la obra. Se llama Otowagatake Danmari, que significa “El danmari en el parque Otowa”. Interpretada por primera vez en 1935, trata del discípulo de un famoso guerrero rebelde muerto en batalla, quien quiere robar del santuario de Otawa la espada y la bandera que fueron de su maestro. Para ello aprovecha el festival religioso y se disfraza de un actor que participa en la celebración. Cuando tiene los objetos huye, pero es perseguido por un guerrero y por la hija de otro guerrero, quienes tratan de recuperarlos. Entonces todos luchan, en un momento estelar del Kabuki llamado danmari. El danmari es una suerte de bellísima pelea coreografiada en cámara lenta, que supuestamente ocurre en la oscuridad, pero en escena está totalmente iluminada.

Lo primero que me fascina es la fuerza visual del Kabuki, expresada a través de maquillajes muy marcados y vestuarios fastuosos, de un total lucimiento. Además, los actores interpretan sus papeles con ademanes y gestos amplios, incluso llegando a congelarse por momentos en una pose que se llama mie, especie de foto viva que va acompañada del sonido de fuertes tambores de madera. Así se expresa de forma corporal una emoción importante en la trama. Es impresionante.

Las voces son agudas y hacen inflexiones similares a las de la ópera occidental. Además, el ritmo es muy marcado, me atrevería a llamarlo poético. Todo va acompañado de música en vivo, interpretada con instrumentos tradicionales y que tanto sube como baja, acompañando la acción en escena. De pronto oigo gritos entre el público. Por supuesto no entiendo lo que dicen, pero leí que es una costumbre animar así a los actores, como ocurriría en un concierto occidental. El conjunto es un espectáculo profundamente dramático, intenso. Además me cuesta trabajo creer que esa mujer delicadísima que veo sea un actor.

La segunda obra, Yanone, se interpretó por primera vez en 1729 pero ocurre a fines del siglo XII. Trata de un guerrero pobre que busca vengar la muerte de su padre pero al mismo se burla de sí mismo y de los dioses que lo tienen en esa situación. Recibe la visita de un amigo que le lleva regalos de buen augurio y luego se acuesta a dormir. En sueños, su hermano, que también busca justicia para su padre, le dice que fue tomado preso por su enemigo. Al despertar, el guerrero toma el caballo de un campesino y se lanza a rescatar a su hermano. Es interesantísimo el contraste entre la situación dramática del personaje en desgracia y que quiere justicia para los suyos, pero tiene un gran sentido del humor. El maquillaje aquí es aún más recargado e impactante que en la primera obra. Aunque no entiendo las palabras, me emociona igual.

Cuando salgo del teatro voy pensando que el Kabuki me resulta una experiencia intensa de esa otredad que desde mi ser occidental no entiendo, pero con la que conecto a partir de las experiencias comunes de dolor, lealtad, traición, humor, miedo. Al final, eso es el verdadero arte.

De la obra Otowagatake Danmari (Foto tomada del libro-programa de mano que compré en el teatro Kabuki-za).
De la obra Otowagatake Danmari. (Foto tomada del libro-programa de mano que compré en el teatro Kabuki-za).
De la obra Otowagatake Danmari (Foto tomada del libro-programa de mano que compré en el teatro Kabuki-za).
De la obra Otowagatake Danmari. (Foto tomada del libro-programa de mano que compré en el teatro Kabuki-za).
Guerrero protagonista de la obra Yanone. (Foto tomada del libro-programa de mano que compré en el teatro Kabuki-za).
Guerrero protagonista de la obra Yanone. (Foto tomada del libro-programa de mano que compré en el teatro Kabuki-za).
Guerrero protagonista de la obra Yanone recibiendo la visita de su amigo, músico. (Foto tomada del libro-programa de mano que compré en el teatro Kabuki-za).
Guerrero protagonista de la obra Yanone recibiendo la visita de su amigo, músico. (Foto tomada del libro-programa de mano que compré en el teatro Kabuki-za).
Yo, a la entrada del teatro.
Yo, a la entrada del teatro.

 

Da click aquí para ver un video de 4 minutos de la Unesco que ofrece un panorama general sobre el tema.

 

#CrónicaDesdeJapón En las entrañas del mercado de mariscos de Tokio

Así se corta un atún.
Así se corta un señor atún.

4:35 am. Mercado Tsukiji. Centro de Tokio, Japón. 

Luego de despertarnos a las cuatro de la mañana, mi adolescenta y yo acabamos de llegar al mercado. No es posible reservar lugares para la singular subasta de atún, así que hay que llegar temprano para ser de los 120 turistas que cada día pueden atestiguar el ritual en éste, el mayor mercado del mundo. Hasta ahí todo perfecto. El detalle es que hoy las 120 personas estaban formadas a las 3:40 am. Es decir, madrugamos de balde. Cosa bonita.

La actividad del lugar arranca alrededor de las 3 y termina a eso de las 9 a.m., de modo que la adolescenta y yo decidimos conocer de una vez la zona visitable porque, según todos los indicios, no nos la podemos perder, por lo impresionante de su tamaño y por ser parte medular de la vida de Tokio. Empezamos a caminar. El olor es poco amable y en la oscuridad decenas de bicicletas y vehículos de carga pasan volando en todas direcciones, sin orden alguno. Vale más estar atentas. No sabemos hacia dónde ir porque los letreros no tienen traducción, como la mayor parte de las cosas aquí. Con nuestro japonés elevado nos acercamos a un señor: “Buenos días, disculpe. ¿Dónde?” (suena algo así como “Koníchiwa, sumimasén. ¿Dokó?”) mientras señalamos en el mapa los puestos de comida. Apunta a la derecha. En eso se nos acerca un japonés sonriente, que nos pregunta en inglés qué buscamos. Ante nuestra respuesta se ofrece a guiarnos. “Free”, aclara. Aceptamos, aunque tengo cierto recelo de sus intenciones.

Su chamarra lleva bordado en la espalda Sushi Restaurant Miyako y viste botas de hule como todos los que trabajan aquí. Empieza a meterse por los pasillos, a enseñarnos los tipos de mariscos y a explicarnos que la mayor parte del producto llega por tierra o avión incluso desde sitios como Boston, EUA, que de aquí se distribuye a restaurantes y tiendas en todo el país. En otra sección del mercado también se vende carne, verduras, flores. Pasamos por donde están haciendo la subasta de atún. Ayer leí que un pescado grande puede costar unos 20,000 dólares (340,000 pesos mexicanos) y nuestro guía nos dice que los precios se establecen cada día a partir de la oferta y la demanda.

Con sus 230,000m2 de superficie, el mercado es un impresionante laberinto de puestos. Cada día se venden aquí unas dos mil toneladas cúbicas de camarón, pulpo, almeja, calamar, pescados varios, atunes de tamaño increíble, muchos mariscos cuyos nombres ni siquiera sé. Al pasar, el guía saluda a todos con familiaridad, es bien conocido. Nos dice que nació en este barrio. Le pregunto cómo se llama. Su nombre es Kazunari Akasu, pero podemos decirle Kaz. Me voy relajando poco a poco, nos lleva siempre por zonas transitadas y no tiene mala vibra. Es un hombre sencillo, divertido con la curiosidad de las extranjeras que se fascinan de su cultura. Él va delante y nosotras a veces nos rezagamos con algo, así que un par de veces policías nos detienen, señalando que no podemos pasar a equis zona. Kaz explica que venimos con él y entonces pasamos. Qué suerte, estamos literalmente visitando las entrañas del lugar y somos las únicas turistas. Estamos fascinadas. Kaz nos lleva incluso a la azotea del mercado, desde donde hay una vista privilegiada del mismo y también del río Sumida-gawa, a espaldas del complejo. También vamos al santuario Namiyoke Inari, dentro del mismo mercado, construido en el siglo XVII.

Ya son más de 7:30 y tenemos hambre, así que le preguntamos a Kaz dónde podemos desayunar. Dice que el restaurante donde él trabaja está lejos y además descansa hoy, así que propone uno de los locales del mercado, propiedad de un amigo suyo. Nos parece ideal. El restaurante es pequeño, caben unas 10 personas en torno a la plancha donde dos cocineros preparan el sushi, el arroz, la sopa miso. Está lleno así que debemos esperar unos 20 minutos. Por fin pasamos, pero de inmediato nos advierten que no podemos tomar fotos. Lo lamento muchísimo, porque los platos de verdad lucen fantásticos. Kaz nos enseña la auténtica manera de comer el sushi: con las manos, remojándolo un poco en la soya. Me resulta un poco brusca la experiencia de desayunar hueva de salmón, robalo, salmón, pulpo y atún crudo con un poco de arroz hervido, pero en general me gustan los sabores. Veo de reojo que la adolescenta no comparte mi opinión. Sufre para avanzar con su plato y al final le pregunta a Kaz si le ayuda con un poco. Él, por supuesto, se devora los pedazos de pescado. Luego, se limpia los dedos en un trapo que trae colgando de la cintura.

Yo pago el desayuno, 2,800 yenes por persona (unos 24 dólares), y Kaz agradece con grandes exclamaciones. Luego sugiero que me gustaría darle una propina pero se niega rotundamente. No quiero ofender, así que no insisto. Cuando llega la hora de despedirnos nos tomamos fotos con él y nos da su teléfono, para que le llamemos si necesitamos algo. Además, quiere invitarnos a comer a su restaurante. De verdad es encantador, no sabemos cómo agradecerle. Ya que vamos las dos solas, con los tenis empapados de agua que huele a pescado, la adolescenta resume el sentir de ambas: conocer a Kaz es sin duda uno de los puntos inolvidables de nuestro viaje.

Vista panorámica del mercado Tsukiji alrededor de las 5 am.
Vista panorámica del mercado Tsukiji alrededor de las 5 a.m.

 

Kaz nos presume un pulpo.
Kaz nos presume un pulpo.
Precios varios.
Así anuncian los precios en varios locales del laberinto.
Kaz insiste en que la adolescenta toque un pescado. Su cara lo dice todo.
Kaz insiste en que la adolescenta toque un pescado. La cara de ella lo dice todo.

 

Uno de los puntos inolvidables del viaje fue conocer a Kaz.
Las dos con Kaz, quien sin duda es uno de los puntos inolvidables de nuestro viaje por Japón.

#CrónicaDesdeJapón A veces, hasta yo puedo creer 

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Bajo la influencia del budismo zen, la literatura japonesa del siglo IX desarrolló una honda observación del espectáculo de la naturaleza y de sus ciclos. Las estaciones incluso fueron vistas como una expresión divina, no en el sentido occidental de la creación de un Dios que se diferencia de su obra, sino como manifestación de una divinidad vital que aparece y desaparece en ciclos de vida y muerte, de verano e invierno, de primavera y otoño. “Y cualquiera que haya visto a un japonés detenerse silencioso durante una hora a ver los cerezos en flor en primavera, o contemplar la luna llena en el cielo de otoño sabe que no se trata de una mera apreciación estética, sino de un acto de adoración” (traducción mía).

Lo leo en Japanese Death Poems. Written By Zen Monks And Haiku Poets on the Verge of Death, compilado por Yoel Hoffmann (Tuttle Publishing), libro que compré en una librería de Tokio, Japón, y que me permite entender un poco más esta cultura. En este viaje, en efecto, tuve la suerte de disfrutar esa luna espectacular de otoño, quedarme callada e incluso sentir que yo también podría creer en ella. Yo, tan poco creyente.

#LunesDeHumor Contar con los dedos en japonés está en ídem

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La comunicación no verbal es importantísima aquí en Japón y puede determinar el desenlace positivo o negativo de un intercambio. Los japoneses están siempre atentos al tono de voz y la postura, de modo que en incluso en las conversaciones telefónicas es posible ver a la gente haciendo la tradicional caravana hacia su interlocutor quien, obvio, no puede verlos. En general los japoneses consideran agresivo mirar directamente a los ojos, por lo que al hablar con ellos primero debe hacerse un fugaz contacto visual y luego dirigir la mirada a, por ejemplo, el cuello de la persona. Recibo esos tips los recibo de Kas, amigo japonés de quien comentaré más en otra entrada.

Con todo lo torpe que me siento en cada paso, una de las cosas que me ha resultado mayor motivo de confusión es la forma de contar con los dedos. En Occidente levantamos el número de dedos que corresponden al número que queremos decir. Así, un dedo corresponde al número uno. Aquí es justamente al contrario: para decir uno (Ichi) los japoneses levantan los cuatro dedos y doblan el pulgar sobre la palma de la mano. El dos (Ni) se indica con el índice y el pulgar doblados. El tres (San), con el medio, el índice y el pulgar doblados y así hasta el cinco (Go), que se indica con todo el puño cerrado. Del seis en adelante se van desdoblando los dedos de uno en uno, de manera similar a como lo hacemos los occidentales pero con una sola mano. En otras ocasiones, cuentan como en Occidente del uno al cinco y luego sobre la palma de la mano ponen los dedos adicionales, con la otra mano: un dedo sobre la palma para el seis, dos para el siete y así sucesivamente. Da click aquí para ver un video de un minuto, de mala calidad de imagen, pero que lo explica bien.

Bueno, pues en esto que parece tan sencillo ya se pueden reír de cómo me enredo y me siento en el kínder teniendo que pensar cuántos dedos mostrar. Ja. Qué bueno que no hay cámaras ocultas por aquí. 

 

Me les voy a Japón

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Estoy emocionada más allá de las palabras. Tras una serie de vuelos e infinidad de horas voy a aterrizar justo en Tokio.  Es un viaje acariciado por largo tiempo, nacido de tener abiertas todas las interrogantes y que hago con la mejor compañera del mundo mundial: mi adolescenta. Japón me atrae porque no lo conozco, no lo intuyo, no me lo imagino.

Como acostumbro antes de ir a un país desconocido, llevo semanas leyendo y empapándome de su cultura, para empezar a viajar antes de poner un pie en el avión. Entre los libros que he revisado está Japón en Octavio Paz, recopilación preparada por Aurelio Asiain y publicada por el Fondo de Cultura Económica. Ahí encuentro este fragmento, perteneciente al ensayo “Tres momentos de la literatura japonesa”: “[Japón] es un universo autosuficiente y cerrado sobre sí mismo. Organismo al que nada le falta, como esas plantas del desierto que secretan sus propios alimentos, el Japón vive de su propia substancia. Pocos pueblos han creado un estilo de vida tan inconfundible […]”.

Más adelante, Paz habla de que en el siglo V se introdujo oficialmente la escritura y que en el VIII la corte imperial se trasladó de Nara a la actual Kioto. Luego viene esta joya: “La corte constituía por sí misma un universo autónomo, en el que predominaban como supremos los valores estéticos y, sobre todo, los literarios […] la verdadera religión era la poesía y, aun, la caligrafía. Los señores se enamoraban de las damas por la elegancia de su escritura tanto como por su ingenio para versificar”.

No me la acabo con la sola idea de visitar ese país.

PD Ustedes, queridos amigos, disculparán mi ausencia de este blog por cerca de dos semanas. Espero poder subir algunas entradas desde allá, pero no puedo jurarlo. Lo que sí aseguro es que me llenaré los ojos y los sentidos de imágenes que luego compartiré desde acá. Arigato.

 

Cinco cosas que sólo entiendes si has ido a Colombia

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Estas cinco cosas te van a sonar solamente si has visitado ese país delicioso. 

Acabo de estar en Bogotá, la ciudad a cuya “llovizna inclemente ” se refirió García Márquez y que hoy es una urbe vital, intensa, llena de cultura, de arte y moda. Y de colombianos(as), claro, que son su mayor atractivo. Aquí, cinco cosas que únicamente puedes entender si has estado ahí.

  1. Necesitas replantearte las fórmulas de cortesía. El asunto es que mientras en México usamos el usted como un pronombre de distancia y respeto, allá es justo lo contrario: implica cercanía, afecto, complicidad, de modo que los mejores amigos y los novios se tratan de usted. Cosa más linda.

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2. Pagar 100 mil pesos por una comida no es tan grave. El tipo de cambio del peso colombiano es muy desventajoso frente al dólar, de modo que si sacas tu teléfono iPhone y haces la conversión, resulta que esa cantidad estratosférica en realidad corresponde a 33 dólares, más o menos.

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3. “Llover todo el día” puede ser, sí, algo literal. Amanece gris y llueve. Sale el sol. A la una de la tarde llovizna. El sol ya no sale pero la calle se empieza a secar. A las seis llueve de nuevo, por qué no. Y, con suerte, en la noche vuelta a empezar. La primera vez que vine a Colombia le pregunté a un taxista por el clima y lo describió puntualmente: “No se me preocupe. Aquí llueve dos o tres veces… al día”.

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4. Sus modismos son geniales, pero a veces no entiendes nada. No cuesta ningún trabajo descifrar “ella tiene suin (swing)”,  “le traigo los fríjoles”  o “se me hizo tarde porque me embrollé“. Pero qué tal cuando alguien dice “¡qué vaina!”,eso es una verraquera/ me parece bacano” o “amanecí con un tremendo guayabo y tengo que trastear”. Respectivamente quieren decir: ¡qué lata!, eso es genial/ buenísimo, amanecí con cruda y tengo que hacer la mudanza.

Captura de pantalla 2015-08-17 a las 20.14.175. El emblemático Andrés Carne de Res, en Chía, es indefinible. Es un restaurante… bueno, pero tiene pista de baile… y además es bar. Ok, todo al mismo tiempo. Mezcla de Disneylandia para adultos y templo kitsch tremendamente disfrutable, es el sitio al que los bogotanos van a rumbear y donde también caen los turistas. Donde celebran las familias con niños, pero también el que escogen los amigotes para una despedida de soltero. Y todos son felices. Sí, es difícil de explicar y sólo si has estado ahí sabes a qué me refiero.

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Reitero lo que escribí hace un tiempo: el riesgo de visitar Colombia es que seguro te quieres quedar en ese suelo de gente entrañable, divertida, que va dejando huellas de sol por donde va.

Crónica de mi primer día en Bogotá. Los sabores

Foto: Kitchenconfidante.com (¡la mía salió muy mal!)
El ajíaco colombiano. Foto: Kitchenconfidante.com (¡la mía salió muy mal!)

3 p.m. Bogotá, Colombia.

Estoy en este suelo que me encanta. No quepo de felicidad.

Apenas aterricé en Bogotá empecé a salivar. Dicen que todo gusto es aprendido, que ninguno es genético. Debe ser así. Lo cierto es que se ve que mis clases de amor por la bandera amarilla han sido intensas e intensivas, porque los sabores de por acá me gustan cada vez más.

Aventé las maletas en mi cuarto del Hotel W Bogotá, el top de lo top y con una vista bellísima. Desde el piso 9 tengo la característica imagen de la ciudad, casi toda de color ladrillo y coronada por un cielo que sólo se ve aquí, cuajado de nubes. De inmediato bajé a comer con Raquel, periodista española y compañera de viaje, al restaurante Market Kitchen del hotel. Nos moríamos de hambre. Y yo, además, de antojo. Pedí de inmediato un mojito de lulo, esa fruta amarilla que solamente he probado aquí. Me encanta la mezcla del dulce lulo con la hierbabuena. Y mientras Raquel y yo vamos tejiendo una cálida conversación y una incipiente amistad, yo me regalo un ajíaco típico, especie de sopa espesa preparada con pollo, elote, distintas variedades de papa y hierbas, a la que se le añade aguacate y alcaparras, entre otras cosas. Es una maravilla.

De postre, el mesero-que-es-todo-sonrisas nos consigue un plato de frutas locales (foto abajo). Ambas celebramos el detalle. Aquí va la explicación, en el sentido de las manecillas del reloj: adentro de esas como flores está la uchuva (parece un tomate cherry, pero es muy dulce), luego la pitahaya (muy similar a las que he comido en México), lo que aquí llaman higos (amarillos y de sabor casi idéntico al de la tuna mexicana) y, al centro, la  granada (que en México conocemos como “granada china”). Riquísimas.

Para la inteligente Raquel, que por primera vez viene a este país, las frutas son toda una revelación. Para mí, esta primera comida del viaje es el bautismo que me confirma que sí: estoy en la bacana Colombia. Qué más.

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Mojito de lulo
Plato de frutas locales
Plato de frutas locales

 

Mi cuarto en el W Bogotá
Mi cuarto en el W Bogotá