Quiero reventar el termómetro

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“¡Al infierno, al infierno con el equilibrio! Rompo vasos; quiero arder, aunque me rompa. Vivo solo para el éxtasis. Ninguna otra cosa me afecta. Las dosis pequeñas, los amores moderados, todas las demi-teintes me dejan fría. Me gusta lo extravagante, el calor… ¡la sexualidad que revienta el termómetro! Soy neurótica, pervertida, destructiva, ardiente, peligrosa —lava inflamable y desenfrenada—. Me siento como un animal de la jungla que escapa de la cautividad”.

Hace frío. Estoy sentada en el sillón donde suelo leer, una manta sobre las piernas, un té de frutas al alcance de la mano. De nuevo me visita Anaïs Nin a través de sus Diarios amorosos (Siruela). Me mata su capacidad de reflejar lo trepidante de una vida que se mueve en registros de intensidad, que se consume buscando lo que la hace vibrar. Cuántas veces he sentido lo mismo, las ganas de romper vasos, de reventar el termómetro, aunque otras tantas me he sentado a la mesa de la moderación y comido mi plato en silencio.

Todo me sería mucho más fácil si optara siempre por lo segundo, pero no sé si entonces habría valido la pena pasar por aquí. Ganas de complicarme la vida, que les llaman.

16 pensamientos en “Quiero reventar el termómetro”

  1. Amo esa intensidad escandalosa de Anaïs Nin, esos tiempos suyo con memorias atravesadas al canon de los libros de piedra y sermón de los ministros. Ese hedonismo suyo que contraria el dolor y hace dulce el remordimiento. Frida Kahlo era otra, intensidad en su pasión por el dolor físico, no se si una herencia católica, un especial barroco hispánico y esa libertad que duele, pero; aun así aparente, era realidad de libertad emancipada en el amor y el erotismo con hombres fuera de serie. Anaïs presión del erotismo para su rebelión y libertad que enlaza hombres y los toca, los amarra y la llevan. y los lleva, son encadenamientos tan sutiles y tan fuertes como la telaraña.

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  2. Sentimientos encontrados (y una sonrisa mientras escribo esto). En un principio pensé “Julia se volvió loca” porque pensé que la que hablaba eras tú (las comillas las noté más tarde) y no es que eso tenga nada de malo, por el contrario, pero exponerse así, pensé… Luego, la imagen contrastante de esa Julia sentada con una manta sobre las piernas y una taza de té, tierna imagen más cercana a la abuelita de caperucita roja que a la mujer de fuego que todos conocemos (nuevo contraste) volvió a dar un giro a la imagen que iba formándose en mi mente. En síntesis, que muy a pesar tuyo, la entrada me llevó por un altibajo imaginario muy divertido. Por último, coincido con Verónica: no te veo como una mujer tibia; hace años que te leo y nunca, jamás, tuve esa sensación al leerte. Me alegro por ello.

    Cariños.

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    1. ¿Ahora entiendes un poco más el post que subí hace unos días, de la terrible y frágil que soy, al mismo tiempo abuelita de Caperucita y el lobo que espera devorarlas? Esto de vivir como centaura, claro, a veces mueve a risa.
      Besos.

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