JOSÉ ALFREDO, AL BILLETE DE CINCO MIL

Tengo once años. Fiesta familiar, mariachi incluido. Mis papás cumplen veinticinco de casados y la neta querían contratar a Frank Sinatra, pero tuvieron que conformarse con los tres miembros de un mariachi juvenil. Ahí registro por primera vez estas palabras iluminadas: “Con dinero y sin dinero / hago siempre lo que quiero / y mi palabra es la ley. / No tengo trono ni reina / ni nadie que me comprenda, / pero sigo siendo el rey”.

Desde mi pubertad incomprendida siento que floto al repetirlas. Acabo de descubrir al filósofo bohemio, al maestro, al poeta José Alfredo. Luego aprendo que en realidad ese himno no aplica a ninguna mujer ni adolescente como yo, sino a hombres, sólo hombres, personajes desaforados de la sufrición, que viven inmersos en las canciones del ídolo, sangrantes protagonistas del más aparatoso melodrama. Aunque vayan vestidos de ejecutivos o sean amantes progres, todos guardan en el clóset el traje de charro y cada noche lo acarician. Son dignos hijos del maestro.

¿Por qué ser uno de ellos convierte a un individuo gris en héroe de película mexicana, a-lo- Pedro-Infante? Primero, por prestigio masculino: como en el cine, también afuera de la pantalla es codiciado el papel del mujeriego que ellos envidian y ellas aguantan, del semental hecho y derecho (sobre todo lo segundo), capaz de hacer que todas se sientan mujeres. Pero no todo es sexual. En la película de cualquier clon de José Alfredo el romanticismo consagra aún más, a pesar del tufo a lugar común. Él es quien, enamorado, se entrega con desesperación, hace un altar para la damisela y le ofrenda sus botas, tequila y pistola, es decir, la esencia misma de su alma prístina. Él entiende que amar es jugarse la vida, que es el colmo del desengaño. Pero igual ama.

DUEÑO DE UNA ESTRELLA

El típico guion del asunto amoroso comienza así: un buen día, sin aviso, un tipo descubre a una mujer buena (de bondad) y santa, el astro más remoto del firmamento. “Quién me manda poner los ojos en una estrella que está tan alta”, dice la canción. Así, ya hay por quién sufrir. La película arranca.

Para conquistar a la amada, él baja el sol, la luna y las estrellas (todo de utilería, claro), mientras gorgoritea: “Ando volando bajo, / mi amor está por los suelos / y tú tan alto, tan alto / mirando mis desconsuelos, / sabiendo que soy un hombre / que está muy lejos del cielo”.

Corteja a la muchacha sorteando adversidades y desaires. Menosprecia a hordas que lo rondan por sus atributos físicos. Y de los otros. “Sobra quien me quiera [pero] sólo pienso en ti, morena”, apunta otra rola. Si por error del guionista ella está con otro hombre, con voz trémula él, clon de José Alfredo, se pasa un trago de tequila (o diez) y piensa lo mismo que el prototipo de Guanajuato: “Yo no sé matar, pero voy a aprender”. A pesar de todo, la damisela tarda en hacerle caso. Él no pierde ni un ápice de entereza porque, como sentencian las melodías: “No sé ni cómo ni cuándo, pero vendrás a buscarme” porque “yo he de ser tu dueño”. Cómo no, carajo.

De pronto, un día la muñeca (algo misógino, el término) sonríe coqueta. El bohemio, ya correspondido, resulta superior a todos los demás hombres. A pesar de su imagen ruda le dirá a su amada “cositas muy bonitas” (juro que así dice la canción).

MUJERES QUE PAGAN MAL

Sin embargo, llega el momento infausto en que la damisela se transforma en una mala mujer, porque abandona al amante. Amargura, golpes de pecho y estridencias son parte de la desgarradora escena. Sólo el alcohol puede domar el suplicio. “Cuando estaba en las cantinas no sentía ningún dolor”, canta el maestro, y es que en ese templo, entre botellas, el despechado es un campeón ya sin corona, pero aún legendario.

La imposibilidad de que una hembra deje al clon de José Alfredo ni se cuestiona. Por tanto, el coraje ante el abandono es apenas razonable. Menospreciados su insuperable amor y entrega, lo único que le queda es perderse entre tragos y atragantos y, ocasionalmente, en medio de la zozobra etílica, llevar mil serenatas. Si en el intento muere o lo matan, “me harían un favor”, apunta el poeta. Tiempo después, mucho quizá, cuando su corazón haya sanado a punta de caballitos de tequila, se burlará finamente de la ingrata, quien seguro, seguro, se arrepintió y tiene ahora que soportar su culpa.

Sobra decir que el bagaje emocional josealfrediano es binario: ama hasta la exageración o desprecia con idéntico ardor. Ese puñado de sentimientos le basta para transitar por la vida. No es que sea primitivo, no. Es excesivo, como un Dios, pero nunca concede su perdón.

AL BILLETE MÁS ALTO

Aunque desde mis once años hasta hoy algo he avanzado en mi entendimiento del protohombre llamado José Alfredo y de sus clones o aprendices, hace días tuve una visión y comprendí la pasmosa metafísica de este drama nacional.

El propio charro (el mero mero José Alfredo) se me apersonó en una nube de luz. Tambaleante y aún con el hedor que deja el alcohol rancio me hizo entender: si cayera en el olvido, junto con él se perderían también los mariachis, el cine mexicano, las puras mujeres puras que sólo viven para ser conquistadas porque nada más vale la pena, las parrandas, el tequila, vaya, hasta Chavela. ¿Dónde quedaría la identidad nacional? ¿Qué cantaríamos los mexicanos cada noche de juerga? ¿Con qué aliviaríamos las abolladuras sobre el corazón?

Ante tal amenaza de orfandad, él, un sufrido literal, abnegado de la farsa, sacrificado del cliché, sigue cumpliendo su papel inspirador: lo mueve el puro celo patrio. Por eso a 95 años de su nacimiento tiene un altar en cada cantina y en el corazón de todo mexicano que se precie. En especial, si es hombre. Y macho. Por eso, José Alfredo debería estar en el billete de cinco mil pesos que se creara a propósito suyo.  

Al fin y al cabo sigue siendo el rey.

(Publicado en el suplemento El Cultural del periódico mexicano La Razón, 16 de enero, 2021).

9 comentarios en “JOSÉ ALFREDO, AL BILLETE DE CINCO MIL”

  1. Como canta Sabina, las amarguras no son tan amargas cuando las canta Chavela Vargas y las escribe un tal José Alfredo. Es bueno entender que tanto lo bueno como lo malo (y lo demás) conforman nuestra esencia y nuestra forma de ver el mundo.

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  2. EXCELENTE JULIA… Ahora te toca hacer la película… cómo si fueras una “muñequita”… carácter misógino….desde las películas de H. Bogard, ó la literatura de Hemingway. Con toda la resaca de los años cuarenta y/o cincuentas…Haz tú película….haría un parteAguas…en la indiosicracia de México y el Mundo…va. FELICIDADES….lo voy a inscribir en piedra!!!!

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  3. Me encuentro inmersa en un curso sobre Teoría del feminismo, y justo el lunes una compañera mejicana nos exponía los logros y calamidades de las mujeres de vuestra patria, haciendo casi una clase ella sola, excepcional. Te leo ahora y me debato. Tantas canciones que, en todos lados, han ayudado a apuntalar la dominación masculina… ¿se merecen un billete? Pero leo tu texto y entro en conflicto. No soy mejicana, pero hasta aquí se cantan sus canciones para celebrar las alegrías. Hoy me has dado pie para debatir conmigo misma. Un abrazo enorme.

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    1. Es un asunto muy complejo, querida, justo por eso decidí abordarlo con ironía, para poner un poco de distancia. Creo que no hay una sola respuesta ni, por supuesto, una respuesta “correcta”, se trata de preguntarnos. Gracias por hacerko a partir de mi texto. Abrazote.

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  4. Quien no haya escuchado a José Alfredo Jiménez en una reunión de copas, no asistió a ésta ni hubo reunión.Recuerdo que por allá cuando tenía escasos 7-8 años en casa escuché junto con mi madre QEPD “El Jinete” y la ví llorar (ni tardo ni perezoso la acompañé en ese extraño “coro”)… Tiempo después nos daba mucha risa esa anécdota… S@LU2… 🙂

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