Al son que me toquen bailo (si me lo tocan bien)

Foto: Guillermo, para Firefish Gallery
Foto: Guillermo, para Firefish Gallery

Este texto mío, sobre la delgadísima línea entre danza y sexo, acaba de salir publicado en el fanzín de danza El lago de los chismes, el mismo que presume: “plagiamos la tipografía de publicaciones importantes, plagiamos los derechos de licitud, plagiamos el copyright y la marca registrada”. Me invitó a participar José Eugenio Sánchez, poeta que sabe como nadie hacer de las palabras algo nuevo y antisolemne, es decir, chingón. 

Aquí va. Lo subtitulé “Historia en cinco alientos con ensayito intercambiable”.

Uno

Tenía 15 años. Era una intelectual que amaba la foto de Korda que amaba al Che Guevara y que tomaba clases de danza seis días de la semana en Jitanjáfora, poética y esdrújula escuela de técnica rusa. Estos tres apuntes basten para decir que, en un afán de congruencia, quería bailar revolucionariamente. Mi fervor me proyectaba como un ingrávido cuerpo despechado (nunca mejor dicho) que se movía rutilante por el escenario, comunicando un mensaje muy de izquierdas. Estaba decidida a resolver en mis extremidades vicarias, vibrantes de compromiso, la polaridad entre ideal estético y político. En mis mallas de marca Capezio compradas en Aurrerá sería la bailarina lumpen que proyectara a pie descalzo una arenga del tipo “Hasta siempre, comandante”.

Pero el imperativo guevarista no pasó de ser una broma, porque ni mi torso adolescente fue modelado tan sin rubicundeces ni la revolución Made in Cuba me hizo justicia. Para ser franca, tampoco bailaba gran cosa. Tal vez por eso, aunque me presenté en una veintena de funciones, mi nombre nunca salió en el Granma en el periódico. Y la causa me perdió pronto: a los 19 años dejé la danza porque me jodí las rodillas porque mis afanes agitadores querían trascender el escenario. Necesitaba cambiar el mundo, al menos, el mío. Así que colgué las zapatillas y decidí cobrar venganza. Y que me vengo.

Dos

A los 10 había empezado a hacer ballet. Claro, es un decir, porque pasaban los meses de chongo-bien-peinado-zapatillas-limpias y yo seguía en la barra, primera, segunda, pliés, relevés. Luego, tontas vueltas alrededor del salón simulando ser mariposa. ¿A qué hora iba a cruzar el proscenio en brazos de un hermoso Baryshnikov de la musa? ¿A qué hora meterme en las tripas de la música?

Entonces nos pusieron una pequeña coreografía y me g­ustó sentir que, poquiteada pero con ganas, que mi talento avasallante podía decir algo sin palabras. Subrayar. Poner puntos suspensivos. Así se despertó la adicción por hablar a cuerpo entero, que tres años después desembocó en clases tanto con el Taller Coreográfico de la UNAM como con Vera Larrosa, bailarina y escritora infrarrealista que entre arabesques nos recitaba poemas y nos enseñaba a res-pi-rar-los. Yo, que me tomaba muy en serio lo de ser adolescente la mayor parte del tiempo, mientras borroneaba versos y ensayaba pasos encontraba hermanadas dos disciplinas que amaba: danza + poesía. Y ambas partían de la inhalación.

Tres

Tenía 17 años. Seguía haciendo piruetas y escribiendo. Faltaban más de 15 años muchísimos para que se estrenara en México en 2001 Billy Elliot, película sobre el niño-irlandés-devenido-bailarín, y todavía más para que apareciera la obra de teatro, con canciones de Elton John y Lee Hall. Pero sin duda yo habría querido cantar como el protagonistito o, mejor, escribir: “¿Qué siento al bailar? No sé explicarlo. Es olvidarme de quién soy, pero sentirme completa. Es un fuego por dentro, electricidad en cada miembro”.

Lo cierto es que tanto para Billy Elliot como para mí la experiencia se parecía bastante a un orgasmo de cuerpo completo, uno muy largo, aspirado, rumor y estallido, capaz de dar volumen al aire. Mejor que mi tórrida relación con el cepillo de pelo. Cómo no hacerse junkie de la seducción aceptada.

Cuatro

Acabo de cumplir 44 años y lo mío sigue siendo el intenseo. Aunque el contexto merecería mejor pretexto estoy en poca ropa, frente a un espejo de piso a techo, sudando a cubetadas mientras las piernas me tiemblan y el corazón, algo más. Pero no, si bien soy cliente distinguida de hoteles decadentes, hoy no me estoy entrenando en la lujosa lujuria. Más bien estoy comenzando a aprender yoga con los mismos muslos con los que hace años intentaba grand jetés. Es decir, sigo intentando deletrear a boca cerrada.

Una de las revelaciones que se volvieron eje de mi escritura y que más celebré en mis veinte, mientras cogía desaforadamente mientras me curaba la cruda de no bailar, fue entender que mi cuerpo no perdía el papel central. Que el sexo y la danza se parecen porque en ambos se dice con el gesto. Porque soy yo misma vuelta vapor y, más que nunca, carne. Porque trascienden los límites. Porque en los dos bailo al son que me toquen, pero cómo agradezco que me lo toquen bien. Porque son cuestión de cadencia. Porque le dan sentido a los sentidos y goce a las junturas. Porque implican salir de mí para mirarme en otro. Porque ambos, sin duda, se aprenden.

Cinco

Si la adolescenta que dejó el baile hubiera sabido que unos 30 años después seguiría fascinada por hablar con los músculos, seguro habría pensado: “Qué viejita tan atascada” “Qué sublime fue su vocación”.

MINIENSAYO DE IDEAS INTERCAMBIABLES

  1. En la danza, el cuerpo es la obsesión. O, mejor, el foco de latensión (latención). Sin él, no hay yo ni tú ni (nos)otros ni magias ni h(n)adas. A partir de él construyo la relación de mí, conmigo, y la mía, contigo.
  2. En la danza, el cuerpo se mete en las entretelas de una música interior y (re)cobra su soplo antiguo, el que no pasa por la voz. O la trasciende. Porque si algo se puede expresar con tinta (tanta) palabra, para qué lo demás.
  3. En la danza, el cuerpo requiere una mínima técnica, porque sin ella sólo hay (tarta)mudez. Así genera una memoria de aciertos y descalabros, a partir de la cual articula frases en movimiento.
  4. En la danza, el cuerpo establece una narrativa a partir de (contr)acciones, relajaciones e insistencias. Estiramientos y (genu)flexiones. Signos e(x)ternos del alma desparramada por los miembros.
  5. En la danza, el cuerpo es (t)urgencia que entre tambores y temblores se busca en el (escalo)frío del otro, el que no es suyo, pero lo es. Se empeña en dar y tomar aliento porque sin ese intercambio de adentros, todo es nada.

Nota a(l) pie
Si le da la gana, el lector puede sustituir las palabras “En la danza” por “En el sexo”. Si no le da la gana, no.

img_9437

 

16 pensamientos en “Al son que me toquen bailo (si me lo tocan bien)”

  1. ¡Ay, señor, qué texto estupendo! Estupendo, estupendo estupendo. No recuerdo (aunque seguramente debe haber algo por allí) entradas tuyas en este formato de diario (al que podríamos llamar “diario de vida”, si quieres o algo así, pero diario al fin). Los juegos léxicos te han salido brillantemente bien (déjame pasar el adverbio; hoy, en este lugar, no me animo a escribir bien. Ni siquiera pienso intentarlo). Sobre todo el primero, el de la foto de Korda; por todo lo que ello implica. Otro genial es el del segundo párrafo de la cuarta entrada.
    Ándale, dinos con qué te enervaste hoy; vamos, compártenos tus secretos creativos…

    Abrazos.

    Le gusta a 1 persona

    1. No, en efecto no creo haber escrito antes en forma de diario autoparodiástico (dispense el neologismo). Vieras cómo me divertí al hacer el texto… Sí, sé que te lo imaginas. Por Fortuna lo escribí hace unos tres meses, en medio de una semana espléndida en más de un sentido, de ahí el tono festivo. Así que lo siento, no tengo secreto más creativo que compartir que ése.
      Abrazos.

      Le gusta a 1 persona

  2. Maravilloso texto, Julia. Qué gusto disfrutar una lectura ligera y llena de creatividad. Grandes felicitaciones y que nos sigas deleitando con estas exquisiteces por mucho mucho tiempo.

    Le gusta a 1 persona

    1. Gracias por la amabilidad que empapa tu comentario, José de Jesús, y sobre todo por tu lectura constante, por pasar una y otra vez por aquí. Qué rico que te gustara el texto, me llena de gusto de a de veras.
      Aquí seguimos, mientras nos dure la pila.
      Abrazos.

      Me gusta

  3. Me encantó! Lo he leido de carrerilla disfrutando cada palabra, cada travesura, cada imagen. Ya sabes que si leo “sexo” me lanzo cual posesa a bucear en los párrafos que contienen la palabra, y, aunque el sexo no es lo que hacemos sino lo que somos, te perdono la errata por lo que me hiciste disfrutar. Como siempre! Un gusto leerte -como siempre- y, por fin, poder volver a comentar. Un besado enorme preciosa!

    Le gusta a 1 persona

    1. Ahhhh, qué gozadera me produce que lo hayas disfrutado, Libelia de mi corazón. En efecto, es lo que somos, dispensa, pero era para mantener el juego.
      Besado recibido y saboreado. Va uno para ti, envuelto para regalo.

      Le gusta a 1 persona

Añade tus palabrasaflordepiel

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s