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Hablar de arte y de su capacidad de despegarme los pies del piso… De eso se trata.

Mi cuerpo, esa mercancía obsoleta

Foto: Didac Martínez http://mambomag.com/fabrica-de-ilusiones/
Foto: Didac Martínez http://mambomag.com/fabrica-de-ilusiones/

Por casualidad (¿hay algo que no lo sea?) me encuentro en la red estas imágenes de Didac Martínez, fotógrafo español. Y me inquietan.

Llevo meses pensando el cuerpo, el mío, la lucha contra el tiempo, las obsesiones de belleza que lo abrazan. Los deberes que lo constriñen.

Lo que implican dietas, maquillajes, tintes, decoloración, depilación, botox, cirugías: afanes sinfín para “pulirlo”.

Mi cuerpo como materia prima, el inmediato medio de expresión.

La obsolescencia de la mercancía llamada mi cuerpo, hecha de piezas intercambiables.

La más marcada por expectativas culturales y, al mismo tiempo, la más personal.

Las fotos de Martínez me regresan a esos temas. ¿En qué momento el cuerpo, el mío, el tuyo, se volvió escenario de incontables luchas? ¿Adjetivo, en vez de sustantivo? ¿Cuándo dejó de ser fiesta para convertirse en deber ser? ¿Es distinto de estas imágenes, concebidas a partir de ideales? ¿Arcilla moldeable para complacer a qué dios inquisidor?

Aquí me quedo, pensando, nomás pensando.

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Cómo el artista enriquece la familia de las rosas

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Sábado a mediodía. Leo cosas inútiles y bellas, como ésta de Bachelard: “El pintor contemporáneo no considera ya la imagen como un simple sustituto de la realidad sensible. Proust decía de las rosas pintadas por Elstir que eran una ‘variedad nueva con la que el pintor, como horticultor, había enriquecido la familia de las Rosas'”. (Gaston Bachelard, La poética del espacio, FCE).

El artista plástico no copia los colores ni las texturas que ve. Más bien, a partir de lo que ve e imagina crea realidades nuevas, construye hechos que no existían y que, por tanto, tienen la posibilidad de enriquecer el mundo. Igualmente el escritor.

Aquí la razón de por qué amo las ventanas

Fotos: Gail Albert Halaban www.gailalberthalaban.com
Fotos: Gail Albert Halaban
http://www.gailalberthalaban.com

Qué privilegio, meterse en la intimidad de alguien a través de lo que un cristal transparenta. “Las ventanas horadan lo compacto del cemento y, tras ellas, asoma la fragilidad de alguna que otra vida repentinamente descubierta por la fotógrafa”, dice una nota de Diana Fernández Irusta para el periodico La Nación, sobre la artista de la foto Gail Albert Halaban.  Colaboradora de The Guardian, The New York Times y Le Monde, Gail Albert lleva años dedicada a captar ventanas, en especial de París y Nueva York. La acabo de descubrir y me tiene loca. En su sitio web, donde comparte fotos y videos, cita a Baudelaire: “Lo que podemos ver a la luz del sol es siempre menos interesante que lo que se percibe tras el vidrio de una ventana”. La cita me hace click: el arte encuadra un cacho de realidad y deja fuera todo el resto.

Suerte de ojo con luz interior (como quería Platón), cada hueco intencional en la pared subraya la tensión entre adentro y afuera. La potencia. Alrededor del siglo XV, el humanista Leon Battista Alberti dijo que la pintura debía ser una ventana abierta el mundo. Desde ahí el mundo echó mano de la curiosidad y el morbo para asomarse a la realidad a través de los cristales del arte. De forma literal, la fotógrafa de Washington penetra esos vidrios y muestra pedacitos de historias.

Me regalo estas imágenes para saborear el día.

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Al son que me toquen bailo (si me lo tocan bien)

Foto: Guillermo, para Firefish Gallery
Foto: Guillermo, para Firefish Gallery

Este texto mío, sobre la delgadísima línea entre danza y sexo, acaba de salir publicado en el fanzín de danza El lago de los chismes, el mismo que presume: “plagiamos la tipografía de publicaciones importantes, plagiamos los derechos de licitud, plagiamos el copyright y la marca registrada”. Me invitó a participar José Eugenio Sánchez, poeta que sabe como nadie hacer de las palabras algo nuevo y antisolemne, es decir, chingón. 

Aquí va. Lo subtitulé “Historia en cinco alientos con ensayito intercambiable”.

Uno

Tenía 15 años. Era una intelectual que amaba la foto de Korda que amaba al Che Guevara y que tomaba clases de danza seis días de la semana en Jitanjáfora, poética y esdrújula escuela de técnica rusa. Estos tres apuntes basten para decir que, en un afán de congruencia, quería bailar revolucionariamente. Mi fervor me proyectaba como un ingrávido cuerpo despechado (nunca mejor dicho) que se movía rutilante por el escenario, comunicando un mensaje muy de izquierdas. Estaba decidida a resolver en mis extremidades vicarias, vibrantes de compromiso, la polaridad entre ideal estético y político. En mis mallas de marca Capezio compradas en Aurrerá sería la bailarina lumpen que proyectara a pie descalzo una arenga del tipo “Hasta siempre, comandante”.

Pero el imperativo guevarista no pasó de ser una broma, porque ni mi torso adolescente fue modelado tan sin rubicundeces ni la revolución Made in Cuba me hizo justicia. Para ser franca, tampoco bailaba gran cosa. Tal vez por eso, aunque me presenté en una veintena de funciones, mi nombre nunca salió en el Granma en el periódico. Y la causa me perdió pronto: a los 19 años dejé la danza porque me jodí las rodillas porque mis afanes agitadores querían trascender el escenario. Necesitaba cambiar el mundo, al menos, el mío. Así que colgué las zapatillas y decidí cobrar venganza. Y que me vengo.

Dos

A los 10 había empezado a hacer ballet. Claro, es un decir, porque pasaban los meses de chongo-bien-peinado-zapatillas-limpias y yo seguía en la barra, primera, segunda, pliés, relevés. Luego, tontas vueltas alrededor del salón simulando ser mariposa. ¿A qué hora iba a cruzar el proscenio en brazos de un hermoso Baryshnikov de la musa? ¿A qué hora meterme en las tripas de la música?

Entonces nos pusieron una pequeña coreografía y me g­ustó sentir que, poquiteada pero con ganas, que mi talento avasallante podía decir algo sin palabras. Subrayar. Poner puntos suspensivos. Así se despertó la adicción por hablar a cuerpo entero, que tres años después desembocó en clases tanto con el Taller Coreográfico de la UNAM como con Vera Larrosa, bailarina y escritora infrarrealista que entre arabesques nos recitaba poemas y nos enseñaba a res-pi-rar-los. Yo, que me tomaba muy en serio lo de ser adolescente la mayor parte del tiempo, mientras borroneaba versos y ensayaba pasos encontraba hermanadas dos disciplinas que amaba: danza + poesía. Y ambas partían de la inhalación.

Tres

Tenía 17 años. Seguía haciendo piruetas y escribiendo. Faltaban más de 15 años muchísimos para que se estrenara en México en 2001 Billy Elliot, película sobre el niño-irlandés-devenido-bailarín, y todavía más para que apareciera la obra de teatro, con canciones de Elton John y Lee Hall. Pero sin duda yo habría querido cantar como el protagonistito o, mejor, escribir: “¿Qué siento al bailar? No sé explicarlo. Es olvidarme de quién soy, pero sentirme completa. Es un fuego por dentro, electricidad en cada miembro”.

Lo cierto es que tanto para Billy Elliot como para mí la experiencia se parecía bastante a un orgasmo de cuerpo completo, uno muy largo, aspirado, rumor y estallido, capaz de dar volumen al aire. Mejor que mi tórrida relación con el cepillo de pelo. Cómo no hacerse junkie de la seducción aceptada.

Cuatro

Acabo de cumplir 44 años y lo mío sigue siendo el intenseo. Aunque el contexto merecería mejor pretexto estoy en poca ropa, frente a un espejo de piso a techo, sudando a cubetadas mientras las piernas me tiemblan y el corazón, algo más. Pero no, si bien soy cliente distinguida de hoteles decadentes, hoy no me estoy entrenando en la lujosa lujuria. Más bien estoy comenzando a aprender yoga con los mismos muslos con los que hace años intentaba grand jetés. Es decir, sigo intentando deletrear a boca cerrada.

Una de las revelaciones que se volvieron eje de mi escritura y que más celebré en mis veinte, mientras cogía desaforadamente mientras me curaba la cruda de no bailar, fue entender que mi cuerpo no perdía el papel central. Que el sexo y la danza se parecen porque en ambos se dice con el gesto. Porque soy yo misma vuelta vapor y, más que nunca, carne. Porque trascienden los límites. Porque en los dos bailo al son que me toquen, pero cómo agradezco que me lo toquen bien. Porque son cuestión de cadencia. Porque le dan sentido a los sentidos y goce a las junturas. Porque implican salir de mí para mirarme en otro. Porque ambos, sin duda, se aprenden.

Cinco

Si la adolescenta que dejó el baile hubiera sabido que unos 30 años después seguiría fascinada por hablar con los músculos, seguro habría pensado: “Qué viejita tan atascada” “Qué sublime fue su vocación”.

MINIENSAYO DE IDEAS INTERCAMBIABLES

  1. En la danza, el cuerpo es la obsesión. O, mejor, el foco de latensión (latención). Sin él, no hay yo ni tú ni (nos)otros ni magias ni h(n)adas. A partir de él construyo la relación de mí, conmigo, y la mía, contigo.
  2. En la danza, el cuerpo se mete en las entretelas de una música interior y (re)cobra su soplo antiguo, el que no pasa por la voz. O la trasciende. Porque si algo se puede expresar con tinta (tanta) palabra, para qué lo demás.
  3. En la danza, el cuerpo requiere una mínima técnica, porque sin ella sólo hay (tarta)mudez. Así genera una memoria de aciertos y descalabros, a partir de la cual articula frases en movimiento.
  4. En la danza, el cuerpo establece una narrativa a partir de (contr)acciones, relajaciones e insistencias. Estiramientos y (genu)flexiones. Signos e(x)ternos del alma desparramada por los miembros.
  5. En la danza, el cuerpo es (t)urgencia que entre tambores y temblores se busca en el (escalo)frío del otro, el que no es suyo, pero lo es. Se empeña en dar y tomar aliento porque sin ese intercambio de adentros, todo es nada.

Nota a(l) pie
Si le da la gana, el lector puede sustituir las palabras “En la danza” por “En el sexo”. Si no le da la gana, no.

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¿Sexo con 365 en 365 días? Why not.

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La lujuria no es buen negocio. Lo fue cuando conservaba un toque de transgresión. Ya no. Hoy resulta tan cotidiana como las galletas de animalitos y bastante menos versátil, porque no se le puede sopear en un café cargado. Para que llame la atención debe ofrecer algo retorcidito. Esa parece ser la tesis del artista ruso de performance Mischa Badasyan, quien se planteó un experimento sui géneris. Más bien, con sui géneris, con su género de cuerpito: tener relaciones con 365 hombres a lo largo de 365 días y registrar los encuentros en fotografías, grabaciones de audio y video, para luego crear piezas de performance.

El creador gay, quien lleva años de vivir en Berlín, tituló su proyecto Save The Date. Dijo que a sus 26 años nunca había tenido una relación seria de pareja ni se había enamorado y que su vida sexual consistía en ir de noche a los parques para tener encuentros con desconocidos, de los que regresaba sintiéndose fatal. Entonces se le ocurrió llevar al extremo esa realidad cotidiana de muchos homosexuales, apuntó. El objetivo era comprender la relación entre libertinaje y soledad: averiguar si el sexo indiscriminado (porque no le hizo el feo a ningún color, nacionalidad ni talla) mata la necesidad de afecto en los seres humanos (porque la propuesta no involucraba animales). ¿Masoquista? ¿Original? Habría que ver.

Muchos cuestionaron si su idea era arte o sólo se trataba de darle gusto al cuerpo y además ganar atención de los medios. Él respondió que buscaba explorar la dinámica del contacto humano e incluso dijo basarse en la estética relacional. Ese término, acuñado en los años noventa por el curador francés Nicholas Bourriaud, describe la tendencia de crear arte con base en las relaciones humanas. O sea, el ruso parecía informado, aunque al expresarse lo disimulara muy bien: “El sexo no es la penetración. El sexo es un estado emocional, un sentimiento, un contacto”, afirmó en entrevista con la revista Vice. Algunos se burlaron de él y lo llamaron “un narcisista obsesionado con el sexo”.

Lo cierto es que dio inicio a su obra. Para contactar parejas usó Apps populares entre la comunidad gay, como Grindr y Scruff. Así pactó citas en supermercados, centros comerciales, aeropuertos y demás sitios llamados no-lugares por el antropólogo francés Marc Augé, es decir, espacios impersonales donde no somos individuos, sino seres anónimos. Así metía en la ecuación el presupuesto de fondo (disculpen): a través del sexo indiscriminado, él mismo se convertía en una no-persona, en un número más. En ocasiones lo dejaron plantado. Otras, el prospecto llegó a la cita pero tras cinco minutos huyó, mientras otros rechazaron sus avances. Entonces optó por el método tradicional de conocer gente: caminar por las calles de la ciudad, incluida la zona roja de Berlín, donde se desempeñó como prostituto. Entre los hombres con los que estuvo vinculado (perdón) se contó un periodista de 76 años, un instructor de yoga, una estrella del porno y algunos hombres infectados con VIH. Además se sumó un estudiante de 20 años, heterosexual, que al enterarse del proyecto de Badasyan decidió participar. “Nunca había tenido ningún tipo de relación con un hombre y quise probar”, reconoció. Fueron a cenar, a bailar y durmieron juntos. Apasionado del arte, el chico.

El artista registró en un diario cada encuentro. A nadie debe haber sorprendido (tampoco a él) que en general se trató de relaciones fugaces, rutinarias. Lo que sí resultó revelador fue que para encontrar placer necesitaba ser agresivo. “Sólo disfrutaba si empleaba violencia, así que empecé a golpear a mis parejas”, señaló mientras abría grandes los ojos para subrayar su asombro. Previsiblemente, también fue víctima de brutalidad: un tipo estuvo a punto de arrollarlo con un auto, otro lo golpeó con una botella, un neonazi lo amenazó de muerte y alguien lo roció con gas pimienta. Heroico, meterse en aprietos (ejem) por el arte. Al menos encontró cómo garantizarse adrenalina.

En la página de Facebook de Badasyan se pueden leer artículos sobre él aparecidos en medios de Colombia, Brasil, Estados Unidos, Italia, Francia e Israel, entre otros países. Además, alguien escribió una tesis universitaria de su trabajo y un bailarín de Los Ángeles, Kevin Lopez, creó una pieza de danza tomándolo como inspiración. Luego, para cerrar con broche de oro (ay, albur involuntario), voló a Berlín para pasar la noche con el ruso y apoyar directamente su experimento.

¿A qué conclusiones llegó el artista con Save The Date? Dice que la falta de cercanía emocional le hizo daño, que se sintió una máquina y que ahora de verdad le gustaría estar con un alguien. Conmovedor, el pronombre indefinido. ¿Cómo se ve a un año de haber terminado? Señala que ya no sale con gays y sólo se excita como voyeurista en los baños públicos o cuando interactúa con heterosexuales o bisexuales. “Dormir con tanta gente, ¿no es una locura?”, se autopregunta, en un dechado de ventriloquia. Lo sorprendente es que no menciona para nada las piezas de performance que supuestamente iba a crear. Es decir, hizo todo por el arte pero luego se le olvidó el arte (es un decir).

Retomo las preguntas planteadas al inicio. ¿Mischa Badasyan es un masoquista abnegado? No hay duda. Si los encuentros en el parque lo dejaban sintiéndose vacío, ¿qué esperaba al jugarse el pellejo (dispensen) teniendo sexo volátil con tododios? Sus conclusiones son totalmente previsibles. ¿Es original? En absoluto. Se ha hablado hasta el hartazgo de la soledad contemporánea, de la paradoja de tener miles de amigos en Facebook y sentirse una isla en el universo. Novedoso hubiera sido descubrir, por ejemplo, que el desenfreno es la otra cara de la moralidad beata, que en los pliegues más internos del inmoral se alberga (ejem) un santo en potencia, quien hoy tiene que regodearse en el pecado, para aspirar mañana a los altares. Que con el fin de sentirse realmente solo, como un profeta que alza su voz en el desierto, nada mejor que haber conocido (en el sentido bíblico) a cientos de libertinos. Así, el proyecto de Badasyan resignificaría la incontinencia, le daría un tinte de novedad y, quizá, la volvería de nuevo un negocio. ¿Y eso sería arte? Lo demás es lo de menos.

(Originalmente publicado en el sitio Think Tank New Media).

De cuando este color te salva la vida

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Estoy escribiendo (y disfrutando estrepitosamente) un libro sobre artistas plásticos en México, entre los cuales se cuenta el británico Brian Nissen, desde 1963 avecindado en nuestro país.

Investigando sobre él encuentro que refiere esta pequeña anécdota sobre el escritor ruso Victor Serge, muchas veces preso por anarquista, bolchevique y, luego, opositor a Lenin. En suma, a lo largo de su vida pasó más de diez años en cautiverio el novelista y poeta muerto en México en 1947. Cuenta Nissen que, en alguna de sus estancias en la cárcel, Serge se salvó de enloquecer gracias a que llevaba en el bolsillo un papel rojo. En el mundo monocromático que le imponían a través de los cinco sentidos, ese reducto de rebeldía le mantuvo cuerdo.

Ese poder liberador del símbolo me parece de una belleza sin nombre.

#LunesDeHumor El amor, esa ficción de humor

Cartón: Jis
Cartón: Jis

Conviene asumirlo: todo amor tiene personajes protagónicos e incidentales, voces, escenario, una trama más o menos pensada a priori.

Como en un cuento o una novela (depende el aguante) comprende un planteamiento, un nudo, un desenlace. O varios. Y no lo digo desde el desencanto ni desde la amargura: estoy profundamente enamorada y derretirse por alguien me parece una de las maneras más dignas de vivir. Quiero y me siento querida. Admiro desde las tripas al hombre que amo. O sea, todo bien, nomás no se me olvida que en el fondo es una ficción que cada quien se cuenta según el humor del que ande, como dice este cartón del espléndido Jis. Y se vale.