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ENAMORARSE DE QUIEN ES EL FUEGO

“¿En serio va a regresar con él?”, pienso. Por razones ahora irrelevantes platico con una cuarentona, golpeada por su marido tantas veces que ya no sabe. Los moretones revelan la intemperie emocional donde habita. Su espalda parece una cuchara, tan curva. Tengo veintipocos años y por azar no me ha tocado esa violencia. Se supone que estoy aquí para ayudarla, sin embargo el asunto me rebasa; oírla y validar su rabia parece lo menos malo que puedo hacer.

            Luego responde mi inquietud no formulada: “Ojalá no volviera con él tras esta paliza, aunque creo que sí lo haré”, palabrea a media voz, echando la sinceridad por delante. “Cuando regreso siempre es lindo, jura que me adora y ahora sí me va a cuidar. No es cierto, pero necesito sentir amor”. Cuánta urgencia, cuánta desesperación de afecto. Debe doler más que los verdugones.

            Nina Simone, suprema cantante y pianista de concierto, se casó en 1961 con Andrew Stroud, expolicía. Según el documental What happened, Miss Simone?, dirigido por Liz Garbus, la artista escribió en su diario: “Los golpes, Andy, de veras no puedo con eso. Destruyen todo dentro de mí”. Stroud era bestial; una vez, cuando Simone guardó la nota de un fan, de castigo él la fue tundiendo de camino a casa, en el elevador, la habitación. Ya ahí puso una pistola en su cabeza y, atada, la violó. ¿Por qué ella no lo dejaba? “Estaba enamorada del fuego”, explica su hija. Coincide con esto de Alaíde Ventura, en su novela Entre los rotos: “La mirada de papá era seductora, como son todos los incendios”.

            Al aguantar crueldades, una mujer o un hombre se vuelven versiones minusculizadas de sí mismos. El desprecio provoca que su dignidad doble las rodillas y se crean incapaces de otro destino. Sólo merecen quemarse. Vinculo tanto a Dolores como a Nina con el correo que me manda G., a raíz de una columna mía; me cuenta la violencia aparatosa de su exesposo. Ella no sólo veía imposible abandonarlo, por miedo a un daño peor; el maltrato la convenció de que era culpa suya. A escondidas buscó auxilio, yendo a terapia. Poco a poco vio el vapuleo emocional. Años después se fue de casa.

            Nadie supera un romance con la lumbre sin pedir ayuda, sin romper el silencio cómplice. Se requieren dos para una historia de puñetazos: un agresor y un agredido. Si uno decide no seguir, el bucle del abuso se resquebraja, aunque tarde en caer.

            Como escritora busco palabras para entender el estado de ánimo fracturado, tanto por una patada como por la voz interior que asegura “es lo normal, la vida no se puede disfrutar”. Entonces recuerdo a Mario Benedetti: “estamos rotos pero enteros”. Eso quiero creer. Por más que se haya pulverizado la autoestima, ahí andan los pedazos, es cosa de encontrarlos. Y de renunciar al fuego.

(Originalmente publicada en mi columna La Utora, en el periódico mexicano La Razón; foto: hoydia.com.ar).