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“Feliz Día de las damitas”

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Y de las dulces madrecitas, de las señoritas puras, todo en diminutivo. Pues no, esa fiesta de cumplidos huecos no es mía.

Lo que sí celebro es el Día de la Mujer con cinco letras, de la protagonista de su vida que se inventa mil roles cada día, la que ama de igual a igual y disfruta el sexo ídem, la que no tolera que nadie repita con José Alfredo que soy la estrella inalcanzable (si me corteja), la infame (cuando no le hago caso) o la puta sin perdón (si cogí con otro), porque entre la idealización y la condena sólo hay un paso.

Soy la que no quiere que ningún hombre le agradezca a Dios que existo, porque no salí de la costilla de nadie.

Soy quien este 8 de marzo subraya su facultad de hacer lo que se le antoje con su cuerpo, quien defiende el derecho de las niñas a ser traviesas y locas y tiernas y fuertes, todo al mismo tiempo, sin pedir perdón ni permiso.

Soy quien en nada se siente menos que un hombre, pero asume que este día es necesario para hablar de las mexicanas que no saben que pueden hablar, que el Día de la Mujer es imperativo mientras muchas mueran por el sólo hecho de tener ovarios.

Para qué sirve el Día Internacional de la Mujer

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Mujer-redentora, mujer-devoradora de vidas, mujer-abnegada hasta la muerte, mujer-egoísta de mierda, mujer-diosa, mujer-puta, mujer-virtud encarnada, mujer-infame. Qué manera de construir escenarios para personajes vacíos que son “el otro”: basta echar un ojo al imaginario colectivo (por ejemplo, vía canciones del radio) para encontrar este tipo de dicotomías huecas. No me reconozco en ninguna de ellas sino, acaso, en los resquicios entre todas ellas.

Con lo recorrido en siglos todavía falta mucho por avanzar hacia la equidad en México: miles de jóvenes explotadas “por calientes”, sumisas que aguantan los favores del marido, ancianas violadas, niñas que no van a la escuela para ayudar en el quehacer, mujeres condenadas si deciden sobre su cuerpo, bebés que decepcionan al no ser “el varoncito”.

No es el caso excepcional mío y de otras mujeres urbanas, con niveles educativos iguales a los de los hombres, exigidoras de su respeto, con salarios que en nada palidecen frente a los suyos, pero somos una grosera minoría.

Como mujer y madre de una mujer propongo que usemos este 8 de marzo no en felicitaciones huecas, sino para alzar la voz por las que no hablan o no son escuchadas, por las que ni siquiera saben que merecen ser oídas.