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Leer entre basura (y salir volando)

Foto: Micah Albert
Foto: Micah Albert

Esta foto fantástica recibió el primer lugar en la categoría “Temas contemporáneos”, del certamen de fotoperiodismo World Press Photo del año pasado. El fotógrafo es el estadounidense Micah Albert, radicado en California. En el basurero municipal afuera de Nairobi, Kenia, esta mujer que trata de rescatar algo de los restos urbanos se abstrae del mundo viendo libros (no sé si leyendo u hojeando, no lo especifica).

Me encanta. Quiero creer que la lectura le permite construirse un mundo alterno, mucho menos injusto y sórdido que el de su día a día. Si la literatura no sirve para nada más, sólo el hecho de brindarle a ella esa oportunidad da razón de ser a todos los libros que han sido publicados hasta hoy.

Sinrazón en el Museo Franz Mayer

Imagen 2Entiendo los museos como su etimología sugiere: lugares dedicados a las musas, donde se resguarda y comparte lo más granado de la sensibilidad humana. En general son sitios de inspiración y, quizá, en particular, el Museo Franz Mayer, con la mezcla acertada entre su colección impresionante de artes decorativas y su vanguardia en exposiciones temporales, como la muestra de cartel o la de la World Press Photo (WPP). Lo interesante es que ayer me brindó una epifanía no museística, sino del más obtuso dogma.

Como cada año, fui para ver la WPP, que premia “lo mejor del fotoperiodismo internacional”. Al llegar, la señorita que recibía los boletos me advirtió: “no puede tomar fotos ni hacer anotaciones”. Puedo entender las fotos, pero en ningún museo de ningún país me han prohibido tomar notas y en México, que yo sepa, no estamos en una dictadura. Así, en cuanto garabateo un dato en mi libreta aparece otra señorita: “no puede escribir”. “Disculpe, pero en este país nadie puede prohibirme escribir en un cuaderno”. Ay de mí, necia.

Sigo viendo la muestra, con fotos estupendas aunque otras predecibles. Entonces se me acerca otra señorita con prepotencia de supervisora y walkie talkie ídem: “me dicen que está tomando apuntes. Eso está prohibido”. Ningún argumento, sólo la frase estéril: “no se puede”. “¿Prohibido por qué?”, oso preguntar. La emisaria de los dioses responde: “Por el reglamento”. Como no vamos a entendernos pido hablar con el encargado de seguridad pero ella, delirante, explica: “no se puede, es el reglamento”. Esta emisaria celestial ignora que la libertad está consagrada en la constitución, así que me lo pueden decir cien veces: voy a ignorar algo tan contrario a la razón y la ley. Así suelta su razonamiento más poderoso, aplastante por lo rotundo: “Es injusto para los demás, que sí hacen caso”. Luego, burlona, da la estocada final: “Y sí se lo van a decir cien veces”. Qué retórica más alta, cuánta claridad de mente. Por supuesto, ávida de más luces, sigo tomando notas pero ya nadie se me acerca.

La señorita que buscaba sacarme de la ignorancia era movida por el celo profesional (desea un bono de desempeño), pero lo más sorprendente es la instrucción en sí misma: imponer lo irrelevante es entronizar el dogma, aplaudir la sinrazón. Me sorprende que el Franz Mayer deje en manos de burócratas un tema así. Hace años entrevisté a Héctor Rivero Borrell, director del museo: es finísimo, culto, sensible. Esta medida es incompatible con su inteligencia y con la lucidez con la que ha dirigido el recinto desde hace años. Quiero creer que no la avala, pero me encantaría que hiciera algo al respecto. Por mi parte, deseo seguir visitando el museo para encontrarme con las musas, no con los emisarios de la doctrina.