Rulfo: los reglazos que lo empujaron a escribir

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“[…] De los seis a los doce años sólo vi muertos en mi casa. Asesinaron a mi padre, a los hermanos de mi padre, a los abuelos: era una casa enlutada”, dijo Juan Rulfo en una entrevista para la revista mexicana Proceso (29/ septiembre/1980). Añadió, explicativo: “Después de la Revolución quedaron muchas gavillas, bandas, que entraban al pueblo a matar, a robar”.

Hoy, cuando se cumplen 100 años de su nacimiento, recupero esta entrada de hace tiempo. Inmenso autor de Pedro Páramo, que García Márquez llamó “la novela más bella que se ha escrito desde el nacimiento de la literatura en español” y del libro de cuentos El llano en llamas, poesía narrativa que bucea como nunca se había hecho en el lenguaje mexicano, su talento se alimentó de lecturas de infancia.

“Leía mucho, me tocó la época de los cristeros. La abuela no nos dejaba salir de casa, que estaba frente a un cuartel. El cura dejó su biblioteca guardada en mi casa. Me habitué a la lectura: si me pagaran por leer estaría del otro lado. Pero ya en la escuela, en la primaria, nos dejaban composiciones. Me daba mucha flojera escribir. Yo me hacía tonto. Improvisaba, no escribía. Hasta que me dieron unos reglazos”.

Los lectores hispanoamericanos deberíamos hacer un monumento a esa regla que sirvió de acicate.

 

23 pensamientos en “Rulfo: los reglazos que lo empujaron a escribir”

  1. Rulfo es un caso curiosísimo, sin duda. Genera más interrogantes que otra cosa: ¿Cómo con tan poco consiguió tanto? ¿Por qué no siguió escribiendo y publicando? Sé que anda dando vueltas por allí otro texto suyo –creo que incluye la palabra “montaña” en su título o creo recordarlo– pero no sé si es un texto incompleto o qué.
    Los lugares comunes, querida, son a veces tan exactos (como en éste caso) que no podemos menos que usarlos como lo que son: verdades reveladas.
    Gracias por traer a Rulfo otra vez aquí. Te juro que si tuviese mi ejemplar a mano lo leería de inmediato otra vez (cosa que vengo prometiéndome desde hace rato).
    Cariños.

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    1. Escribió también El gallo de oro, creo que es todo, no conozco nada que incluya “montaña”. Ay, con la falta que hace Rulfo, ojalá puedas recuperarlo pronto, querido mío.
      Abrazote que hoy está de luto

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      1. Bueno, sin duda, la memoria de este viejito ya no es lo que era… no sé de dónde habrá salido lo de la montaña. Vaya uno a saber. Y en cualquier momento abandono la cama y me voy a comprar un ejemplar nuevo.
        Abrazo enorme y el resto va por otra vía.

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  2. ¡Caray! Nunca voy a olvidar la sensación que tuve al leer Pedro Páramo, cuando una muerta platica con otro difunto el momento en que ella decide morir, y le dice a su alma: “Ya no puedo más. Y se fue. Sentí cuando cayó en mis manos el hilito de sangre con que estaba amarrada a mi corazón”.

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  3. Tanto como hacerle un monumento a un reglazo, no sé. Quizá hubiese sido mejor que fueran otros los motivos ¿no? Pero lo cierto es que Rulfo es ejemplo no sólo en sus resultado sino en el camino literario de un hombre comprometido con sus verdades, la búsqueda de perfección narrrativa en detrimento de la cantidad (algo que considero fundamental), la voluntad inquebrantable. Adoro a este hombre y me hubiese fascinado conocerlo.
    Un abrazo.

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    1. Por supuesto que hubiera sido mejor que comenzara a escribir por otros motivos pero no deja de parecerme curioso: justo un objeto que o bien pasa desapercibido (regla para medir) o bien es condenado porque implica castigo físico, justo ése resultó ser su acicate. Me gustaría un monumento porque no creo que en el mundo exista otra excusa para ensalzarlo!
      Y si, Rulfo merece todo el aplauso tanto por su obra como por su congruencia. De los que valen su peso en oro.
      Abrazo

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  4. Releo la entrada y los comentarios y te cuento que justo ahora, ahorita mismo; desde hace tres días, que estoy con Rulfo otra vez. Conseguí un volumen que tiene todo, todito (y sí no hay nada que tenga un montaña por ningún lado) y me estoy empachando de tanta muerte y tanta belleza. Hasta eso consigue el tipo, que uno no pueda despegarse de esas páginas a pesar de tanta crudeza.

    A sus pies (de los dos, por hoy).

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    1. Qué maravilla, querido, fíjate que yo no he leído El gallo de oro y se me antoja hacerlo. Un día le hincaré el diente.
      Yo me releí ahora varios cuentos de El llano y es una gozadera impresionante la cualidad casi material que da a las palabras.
      Celebro tu romance con el querido señor.
      Abrazos a ambos.

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      1. Ayer a la noche me quedé hasta las dos terminando El llano… claro, ahora, conociendo más el lenguaje y entendiendo las referencias como la de los cristeros, las directas o indirectas a la revolución, o a algunos nombres de políticos o caudillos, el disfrute es mayor, mucho mayor.
        Este volumen del que te hablo contiene a El gallo de oro, pero al final, después de Pedro Páramo y de Otros escritos. Cuando llegue allí te cuento.

        Besos miles pa ti sola.

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