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LA HERMANIDAD

Llega un mensaje al celular. Es Lucy. Que me hará llegar unos mangos, ojalá estén ricos.

            Es la misma que, cuando yo iba en primaria, algunas veces me llevó a la universidad y presumió a sus compañeros “le gusta mucho leer”; me sentí importante. Quien al verme llorando por haber olvidado el traje de baño en la academia, compró otro y evité el regaño. Aquella hermana cuyo coche viejo heredé el día que se fue a estudiar al extranjero, con la que he llegado a varios aeropuertos, la que metió el hombro cuando tuve miedo de bañar a mi hija recién nacida, quien la ama tres rayitas menos que yo, la que celebra cada nuevo libro mío de poesía como si implicara el Nobel.

            Al verla encuentro rasgos míos “en la forma de las rodillas. En el arco del empeine. En la caída de los hombros”, como dice El dios de las pequeñas cosas, de la autora india Arundhati Roy. Siempre generosa, ahora que no están mis papás ni Fernando, ella representa el solo vínculo con la niñez y es mi raíz, la hermanidad superlativa, la que hubiera elegido.

            Llegar a este punto no ha sido fácil. Somos distintas, hemos tomado decisiones que apuntalan caminos divergentes y eso ha generado rivalidad, desencuentros, celos, pero el proverbio “Blood is thicker than water” aplica aquí: unos chubascos no diluyen la espesura de nuestra amistad de sangre y años compartidos. La decisión de hacernos eco. Imposible explicarme sin mi hermana, una parte importante de ella habita en mí.

            Hace varios meses le pasó cerca una bala. Una que lleva escrito cáncer. Me aterré. Sentí que no podía ayudar ni tampoco perderla, no tenía fuerzas; he apechugado con varias muertes en un par de años y no doy más por un tiempo. Además, todo a mitad de una pandemia que la ponía, nos ponía vulnerables, como a todos. En catarsis me puse a escribir. Y a reiterarle lo muchísimo que me importa, aunque siempre me falten palabras.

            Ha sufrido físicamente en distintos niveles y tampoco por ese lado he podido ayudar, sólo dar cariños, porque en realidad (lo pienso por primera vez), no conozco el dolor. Así de categórico. Me ha molestado la extracción de una muela, una descalabrada en la niñez, la cesárea mal cosida. No sé lo que es padecer a fondo algo.

            Me atrevo a escribir esta columna porque por ahora mandamos la desgracia a la otra cuadra. Digo mandamos aunque yo no haya hecho nada, pero lo que le pasa me zarandea.

            Por décadas, siempre que he volteado ella ha estado conmigo. Así que apergollada de mi hermana repito esto de Neruda: “Salud por ayer y por hoy, / por anteayer y por mañana. // Salud por el pan y la piedra, / salud por el fuego y la lluvia”.

(Originalmente publicada en mi columna La Utora, en el periódico mexicano La Razón; foto: adobestock).