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CARTA A MI CUERPO

Disculpa, es la primera vez que te escribo y llevamos décadas de relación. Te conozco poco, si bien solamente he corrido con tus piernas. A veces de noche me pareces ligerísimo. Otras te siento inmenso, como si hubieras cenado una montaña.

            Eres boquisucio. Vergonzante. Es de mal gusto hablar de ti, de las secreciones que te son propias: sudor, caca, sangre menstrual, pedos, humedad orgásmica, mocos. No existe una policía para regular lo que te está permitido. Tampoco hace falta. Te callo con jabón, desodorantes, ducha vaginal. Sólo cuando eres aséptico me animo a salir en sociedad, de otro modo me das pena. Vaya barbaridad, mejor empiezo de nuevo.

  • Ningún hueso roto, aunque te descalabraste en la niñez.
  • Cuatro muelas menos.
  • Un corazón que busca palabras.
  • Dos operaciones: cesárea y corrección de miopía.
  • Un tatuaje.

            Soy contradictoria contigo. No te duermas, disfruta el Zoom de compromiso. Duérmete, nadie más escribe a las dos de la mañana. No puede ser, ¿otra vez tienes hambre? Acábate el plato, ni modo de tirarlo. Disfruta. Haz como que disfrutas. Uy, ese camino tampoco me gusta. Va de vuelta.

            Eres un estupendo aliado, veloz de instinto, te enfermas rara vez. Salvo el juanete y lo cegatón, no tengo mayor reclamo. Devoras quesos y postres, aguantas poco el alcohol. Resuenas bien tanto con el placer propio como con el ajeno. Tal vez lo más definitivo que has logrado fue engendrar, con el privilegio de hacerlo voluntariamente. Qué viaje exponenciado. Por un lado, el asombro de estar habitada por un peso suave, recibir golpecitos desde adentro. Por otro, punzadas en la cintura, mal cálculo e ir chocando la panza en todos lados, más prohibiciones. No tomes aspirina. Come carne. No te estreses. Haz. No hagas.

            Te apanicaba no ser capaz y aun así pariste. El ginecólogo se reía: “todas las mujeres saben dar a luz”. “Yo nunca he estado ahí, ¿y si mi cuerpo no la expulsa o, al contrario, le hace daño?”. Pariste. Mucho dolor. Curiosidad. El centro mismo de la vida. Luego amamantaste, más dolor aunque te gustó que tus pechos regalaran alimento. Nuevas prohibiciones. Miedos desconocidos.

            Por años nuestra relación fue áspera, llena de machucones, pero poco a poco vamos mejorando. Te abrazo más, te regaño algo menos, ya no impongo dietas salvajes. Compré una mecedora porque te gusta el vaivén. Y sí. Te cuesta dormir de corrido, hacer yoga te ayuda a fluir. Lloras fácil y estoy en paz con eso. Miro tus manos. Me obsesionan tus manos. Eres sencillo, en palabras de Gioconda Belli, “lo más puro que poseo. La mente en cambio está llena de vericuetos. Ése es el laberinto. Y en la vida real no hay Ariadna ni hilo de plata. Es uno y el Minotauro jadeando”.

            Todo eso lo explico yo. ¿Cómo hago para escuchar lo que quieres decir? 

(Originalmente publicada en mi columna La Utora, en el periódico mexicano La Razón; imagen: istockphoto.com).