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Yo y el yoga

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Arco de pie: mi postura favorita. Claro, me sale mucho mejor que a esta colega.

Cumplo seis años de practicar yoga. Y lo odio. Qué es eso de querer doblarme en todas direcciones, guardar equilibrio pero seguir respirando. Noventa por ciento de las posturas son muy incómodas,  me hacen sudar como caracol angustiado, me siento tan torpe como el mismo caracol.

Pero también lo disfruto. Cuando empecé a ir a clases me acordaba a diario de mis dos hernias lumbares: hablaban fuerte a cada rato, sobre todo si estornudaba o dormía hecha bola. Un año después, conforme mi cuerpo empezaba a entender vagamente las posturas, ya hablaban quedito y hoy, que quizá comprendo treinta por ciento de la secuencia, nunca me acuerdo de mis hernias. Quién sabe si sigan ahí. Y mi cabeza ha aprendido cómo aquietarse y dejar ir, buscar el centro, respirar como forma de relajación.

Es que no se trata de una moda, aunque esté de moda: el yoga es una disciplina antigua que une cuerpo y mente, es un sistema de salud con raíces firmes. En esta relación amor-odio va ganando el amor. Yo y el yoga estamos en buen momento.

Tengo suerte. Como para esta vida y otras dos.

Foto: Kim Burlingham
Foto: mi primita, Kim Burlingham

Hace algunos (un chingo) de años, esa niña-que-se-llamaba-igual-que-yo no sabía qué vida le iba a tocar. Hoy le puedo decir, me puedo decir: cuento conmigo y con personas que me prestan abrazos por los que vale la pena estar en esta galaxia, en este preciso minuto.

Está la adolescenta con los ojos más luz que conozco, que me ensancha cada día las entretelas.
Una mamá que a sus 86 todavía cree en mí.
Hermanos, cuñados, sobrinos y familia que son la mejor parte de mi nombre.
La ternura de un papá que 33 años después sigue cerca.
El hombre que me extravía de amores güeros. De admiración cabrona.
Amigos que son la familia que escogí.
Gente que me lee entre líneas, discute con lo que escribo y a veces se ríe de mis chistes.

Sigo corriendo riesgos. Me gusta trabajar con palabras.

Hoy es mi cumpleaños y llego barriéndome en home. Esa niña resultó una suertuda. Aunque en la foto le esté creciendo barba.

ACUTALIZACIÓN A LAS 11 P.M.:  Si el día de hoy marca el tono del año que arranca en mi calendario personal, entonces échenme otros tres 2017.

Gracias por cada una de sus felicitaciones. Lo mejor de pasar por este planeta es sentirme querida y hoy me sentí la no-va-más de los cariños. Cómo les explico que hoy podría matar muchos dragones. Gracias, again.

 

 

“Estamos rotos. Pero enteros”.

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Así dice una línea de Benedetti, de un poema que se me pierde en la memoria. No importa. El verso que se me quedó pegado es suficiente.

Y recuerdo aquella otra imagen de Leonard Cohen, en ese templo de canción que es “Anthem”:

“There is a crack in everything/ That’s how the light gets in”.

Veo ahí a la marioneta, con la temblorosa certeza de que no ha perdido ningún pedazo.

 

 

 

De pronto, escribir se parece tanto a la vida

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Dice el psicoanalista francés Boris Cyrulnik que la resiliencia radica en ser capaz de mirar hacia atrás en la propia vida y encontrar que cada situación, persona, alegría, dolor y circunstancia tiene un sentido, forma parte de un relato personal. El reto, claro, es encontrar ese sentido.

También aquí se trata de poner sobre la mesa las palabras disponibles y armar con ellas una narrativa. En eso estoy, literal y metafóricamente. Y siento que no tengo mucho tiempo.

 

¿Día de la Niña? Aprovecho la excusa

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Que es el Día de la Niña, dicen. Abrazo desde el tuétano a esta preciosidad, mi niña (que ya no lo es cronológicamente hablando, pero igual) con esto que llevo dentro y que debe ser sangre, porque busca su corazón para sentirse en casa.

 

Si pudieras verte como te veo

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“Siempre es fácil mirar atrás y ver lo que fuimos ayer, hace diez años. Es muy difícil ver lo que somos”. -Harper Lee, Ve y pon un centinela (Harper Collins)

Añado: normalmente, eso que se nos esconde sobre nosotros mismos le resulta transparente a los demás. Por eso sé que si te vieras a través de mis ojos entenderías algunas cosas. Por ejemplo, cómo el mundo es mejor por ti.

 

Pequeña afirmación vital

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Un concepto que me impresionó hace años y me sigue rondando la cabeza es que la persona más valiente del mundo es aquella que, aunque se muere de miedo, de todas formas hace las cosas. Sólo añadiría: y pide ayuda si la necesita.

Yo conozco a esa persona. Una vez más admiro su enorme fuerza interior.

 

 

La tormenta no existe sin la calma

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“En lo más crudo del invierno entendí que dentro de mí había una primavera invencible”. Encuentro esta frase de Albert Camus, incluida en de El mito de Sísifo, mientras hojeo la edición francesa de la revista Psychologies, cuya edición mexicana dirigí un par de años con enorme, enorme gusto. Lo conecto con lo que pasó anoche, mientras llovía como de concurso, mientras los truenos y rayos no me dejaban dormir: pensé que en el fondo de esa tormenta estaba también la quietud, la noche apacible. Y a la inversa.

En general me gusta ver sólo el lado amable, pero no existe solo, comprende también su gemelo perverso. Yo podría ser tanto más feliz y tener tanto más bienestar si asumiera de origen el paquete completo, si pudiera reprogramar mi cabeza para no clavarme demasiado ni en buenas ni en malas noticias, es decir, mantener la paz independientemente de lo que pase afuera. Con lo fácil que suena.

Qué va a hacer el tiempo de mí

 

Qué suerte tener lo que tengo en este preciso ahora, las certezas que me hacen el día, los amores que me lo desbordan, las incertidumbres que lo equilibran. Mañana quién sabe. No sé quién voy a ser, qué voy a necesitar, querer, urgenciar. Quién sabe qué capas mías se habrán superpuesto, cuáles deslavado. Con toda seguridad me habrán nacido otras miradas.

No sé qué va a hacer el tiempo de ésta que soy, pero con todo y riesgo de tormenta y aves de mal agüero hoy estoy aquí. Y me gusta gran parte de lo que veo.

Cumplo cinco años de pelearme conmigo misma

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“La meta de la ciencia del yoga es aquietar la mente, para que pueda escuchar sin distorsión alguna el infalible consejo de la Voz Interior”, dice Paramahansa Yogananda en Autobiografía de un yogui.

En estos días cumplo mi primer lustro de practicar yoga. Mejor dicho, de intentarlo. De enfrentarme con rigideces físicas y mentales. De buscar equilibrios ídem. Recuerdo mis primeros meses en Bikram Yoga San Ángel. Muchas veces salía enojada del salón, preguntándome qué hacía ahí, por qué regresaba y además pagaba por sentirme incómoda, cansadísima, a punto de morir cada cinco minutos. Pero volvía porque pasaba algo en mi cuerpo y en mi cabeza. A cinco años de distancia, el yoga ha flexibilizado mi cuerpo y lo ha fortalecido, me ha resuelto cantidad de problemas médicos y además me curó por completo del dolor de espalda por dos hernias lumbares. Con todo, es todavía mayor el beneficio intangible que he obtenido, esa hora y media un par de veces por semana en la que me centro en trabajar mi respiración, mi bienestar, mi calma y temple.

“La mente domina a los músculos. El cuerpo está literalmente construido y sostenido por la mente […] La fragilidad externa tiene un origen mental; en un círculo vicioso, el cuerpo esclavizado por el hábito entorpece la mente […] La mente es esclavizada cuando se somete a los dictados del cuerpo”, puntualiza Yogananda. Y de verdad lo he visto. Prácticamente cada clase vivo una lucha entre mi cuerpo, que cree que no puede, que no quiere, y mi mente, que dice que sí. Casi siempre gana ella. Trasladar esa fortaleza afuera del salón me ha costado pero ahí voy, poco a poco gano terreno.

Como dice Mónika Araujo, amiga y maestra de Bikram Yoga Santa Fe, donde suelo practicar: “Lo más importante de tu vida es tu vida”. Por eso sigo intentando hacer yoga.

Ésta que soy, terrible y frágil

Imagen: "She.D", de maestroWMR
Imagen: “She.D”, de maestroWMR

Me reconozco una especie de engendro dual, al mismo tiempo desvalida y feroz, con un macho por dentro que cuida a mi princesa, bestia furiosa que tiembla con un beso. Rabiosamente independiente y enamorada como imbécil, soy un general pero una loca. Mi escritura suele conciliar si las dos que soy entran en conflicto. Cuando están en paz, les da la palabra y trata de hacer sentido de lo que dicen, atropelladas.

Durante años me causó conflicto esa doble condición, tan antitética, acaso obra de mi mezcla de sangres, tehuana por un lado y sajona, por otro. Lo mejor y lo peor de dos mundos. Una bifurcación, una corriente alterna. Desde hace tiempo ya no tenebreo sobre quien soy, me declaro en tregua, en general a gusto con mi piel y mi cornamenta. Y doy gracias por ello. También agradezco el abrazo de la adolescenta que me aturde de amor, tener conmigo a mi madre, a la tribu de familia y amigos que son mi fuente inalterable de certezas, la adrenalina de querer y sentirme querida por aquél a quien admiro desde el tuétano, la osadía de ir escribiendo mi historia a contracorriente. Hoy que empiezo una nueva vuelta al sol lo hago con mucho brío, con el fervor de comerme el mundo. Cómo no.

Todo esto lo recuerdo porque dice mi mamá que hoy es mi cumpleaños.

No perder el impulso de andar

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“Siempre es fácil mirar atrás y ver lo que fuimos ayer, hace 10 años. Es muy difícil ver lo que somos”, dice la protagonista de Ve y pon un centinela (HarperCollins), novela de la estadounidense Harper Lee que continúa Matar a un ruiseñor.

Amanezco recordando vagamente la frase, así que voy a buscar el libro a los estantes. Asoma su lomo azul. Lo tomo y busco en las páginas finales. De pronto la frase aparece para mí, me la trago despacio, la leo un par de veces en voz alta. Me pienso hace 10 años, en 2005. Qué distinta entonces, cuántas cosas no sabía pero qué hermoso animal que jalaba una carreta. Ahora que 2015 está por cerrar me pregunto cómo lo veré en 10 años, qué será lo más destacado. Ojalá siga viendo un fuerte impulso por andar.

Empiezo un nuevo ciclo. Y me siento muy bien.

Cita tomada del libro de Matthieu Ricard, En defensa de la felicidad (Urano)
Cita tomada del libro de Ricard, En defensa de la felicidad (Urano)

Se cierra un capítulo laboral en mi vida y no puedo celebrarlo más. Me hace feliz saber que estoy dando pasos para disfrutar mi tiempo al máximo, siendo congruente con quien soy y con lo que quiero, con lo que me alimenta. En suma, sólo tengo la certeza de esta vida y la quiero exprimir lo más posible. Y me vienen a la mano estas palabras de mi gurú desde años. En eso estoy, querido señor Ricard.

No sé qué se me rompe por dentro

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Mi mamá, 84 flagrantes años, se va a vivir a una residencia de personas mayores (eufemismo para asilo de ancianos). Y yo no sé qué se me rompe por dentro.

Tomó la decisión porque las rodillas le tiemblan de más y las escaleras de su casa tienen mirada traidora. Porque recientemente se ha caído varias veces. Porque hace poco, cuando se sintió muy mal y pensó que era un infarto, se sintió más sola que nunca. Y se asustó. Tomó la decisión porque la edad se le vino encima sin carnaval ni comparsa. Así decía aquella canción que estaba de moda cuando ella era fuerte, cuando yo no me imaginaba que la boca se curvaba por la edad. Hoy, guapa y valiente pero cada vez más chiquita, decide que lo mejor es renunciar a vivir sola. Y los hijos y los nietos nos sentimos más tranquilos, pero yo no sé qué se me rompe por dentro.

Hace días fui a visitarla con mi adolescenta-que-se-desborda-de-vida.  Al despedirse, se dieron un abrazo muy largo. Me pareció que cambiaban estafeta. Y no sé qué se me rompió por dentro.

El bosque que llevo dentro

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Hoy es un día raro. Recibo malas noticias, sin embargo, no estoy mal. Digamos que por hoy me paro con ambos pies en las palabras de Matthieu Ricard, mi gurú de vida: “La raíz básica de la felicidad está en la mente. Las circunstancias exteriores no la determinan, son sólo favorables o adversas”. Sí, no quiero que lo que pasa afuera determine cómo me siento por dentro. O, lo que es lo mismo, no quiero que la tormenta alrededor altere mi paisaje interno. Espero mantenerlo intocado, en el entendido de que depende de mí hacerlo.

Crónica de mi visita a un cenote maya en Yucatán

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Foto: Julia Santibáñez. Aspecto desde el exterior. Me imagino lo que habrán sentido los mayas hace miles de años al toparse con un hueco de estos bajo una tierra sequísima.

Cenote Sacamucuy. Predio de la Hacienda Temozón, Municipio Abalá, Península de Yucatán. 9 am.

Estoy metida en agua, queriendo beberme en silencio la belleza descomunal de este lugar y sintiéndome la más torpe al no poder ponerle palabras. Hace tiempo no estaba en un cenote, estas cuevas subterráneas inundadas que los mayas consideraban entradas al inframundo, el auténtico útero de la Tierra. Agradezco la frescura (a estas horas, afuera el calor ya rebasa los 28º centígrados), pero sobre todo estoy emocionada. El agua es transparente y como recién nacida, raíces y lianas de árboles se estiran para beberla, peces pequeños esquivan hojas para buscar comida, golondrinas revolotean en círculos cuidando sus nidos hechos sobre la pared de piedra. Mientras, el sol se cuela entre la vegetación. Ésta es sin duda casa de los dioses, como creían los mayas.

Vine a Sacamucuy como parte del viaje de prensa al que fui invitada, junto con compañeros de otros medios, por la Hacienda Temozón convertida en hotel boutique. El cenote (palabra que parece provenir del maya dzonot,  que significaría ‘cosa honda’) está dentro del predio del hotel y éste es un paseo que se ofrece de cotidiano a los huéspedes. Llegamos aquí luego de 20 minutos de camino en un carro jalado por un burro, tal como se transportaba la gente mientras funcionaba la hacienda henequenera. Al llegar, a orillas del cenote tuvimos una clase de Chi Kung, el arte marcial que más bien parece una danza y que se centra en equilibrar la energía corporal, y luego hicimos una meditación en silencio, rota sólo por el sonido de la caracola de Reto. La experiencia fue guiada por él, un suizo entrañable que llegó a México hace unos 20 años para estudiar chamanismo. Experto en masajes, meditación y terapias alternativas, hoy es el director de spa de las cinco haciendas del grupo. Espiritual, sensible, considera que el cenote es un ser vivo, de modo que al salir del agua le da las gracias por recibirnos.

Además del magnífico paisaje que representan, antiguamente los cenotes eran lugares sagrados también porque en Yucatán no hay agua visible, es decir, no hay ríos ni lagos, sólo estos cuerpos líquidos subterráneos que significan, literalmente, la vida. Será la carga energética del sitio, la meditación que hicimos o el agradecimiento de poder disfrutar un lugar tan bello. No sé, pero siento el corazón a la intemperie.

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Foto: Marco Daniel Guzmán http://www.viajabonito.mx. El suizo-yucateco Reto hace sonar su caracola durante la meditación, junto al agua del cenote.
Fotos: Julia Santibáñez
Foto: Julia Santibáñez. Los árboles se las ingenian para alcanzar el agua y crean estos manojos de lianas y raíces.

Da click para ver el video de la vista general del cenote

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Foto: Julia Santibáñez. Durante siglos, las filtraciones de agua de lluvia a través de la roca han creado estalactitas.

Da click para ver el video de las golondrinas

 

 

Crónica de las primeras horas en el mundo maya

Foto: Julia Santibáñez El juego de luces y sombras entre el interior y la terraza.
Foto: Julia Santibáñez El juego de luces y sombras entre el interior y la terraza.
Hacienda Santa Rosa, Península de Yucatán. 3 p.m.
“Yo me quito de aquí” quiere decir “Me voy”, y “bulto” significa “bolso de mano”. Esto lo aprendo mientras como un soberbio panucho de cochinita pibil (carne de cerdo preparada con adobo) y un pescado con achiote (adobo tradicional), acompañado de arroz con chaya (especie de espinaca local). Para rematar, una crepa de papaya en dulce acompañada de queso suizo. Son platillos típicos de la cocina de Yucatán, este estado del sureste mexicano que parece otro país, por cierto bellísimo y riquísimo.
Estoy en la Hacienda Santa Rosa, a una hora de camino desde Mérida, capital del estado. Vine unos días invitada por el hotel junto con otros medios para conocer el destino y noto que los anfitriones se ven decididos a que me enamore del lugar. No creo que sea difícil: la hacienda es de 1901 y produjo henequén hasta 1950, cuando el nylon invadió el mercado. En la década de 1990 fue restaurada y acondicionada como hotel boutique. Está envidiablemente en medio de una nada deliciosa, mi cuarto tiene alberca privada y todas las comodidades que uno pueda desear. Además, hace años que yo no venía a Yucatán, tierra imantada de tradición maya desde antes de la Conquista. Pienso que voy a ser muy feliz aquí.
En un momento libre leo un par de páginas de El interior (Ediciones Malpaso), crónica de Martín Caparrós que traje al viaje. Me encuentro esto: “Siempre recuerdo lo que me dijo aquel viejo en Mandalay: que la diferencia entre un turista y un viajero es que el turista no sabe de dónde viene y el viajero no sabe adónde va”. Lástima que en general sé adónde voy. Me encantaría perderme por aquí.
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Una de las albercas del hotel.
Salbutes de pollo (izq.) y panuchos de cochinita pibil (der.)
Salbutes de pollo (izq.) y panuchos de cochinita pibil (der.)
Lectura en la hamaca de la terraza del cuarto.
Lectura en la hamaca de la terraza del cuarto.

La canción que me pone de buen humor

Foto: Luis Enrique
Foto: Luis Enrique

Da click aquí para oírla

Ayer, por razones de urgencia narrativa, usurpé el #ViernesDeMúsica. Ya varios miembros de esta comunidad me hicieron notar que extrañaron la recomendación semanal, así que por esta vez va un #SábadoDeMusiquita, así, en diminutivo, muy a la mexicana para demostrar cariño. Y como ando muy de buenas porque mi madre está bien, aquí conmigo y sintiéndose mejor, me parece natural poner una canción de esas que levantan el ánimo. De modo que aquí va “Yo no sé mañana”, del nicaragüense Luis Enrique, una salsa que en automático me pone a bailar y despreocuparme, y que además tiene una letra con sustancia, originalmente planteada para dos que recién se conocen, pero que también aplica para esa trivialidad que se llama seguir vivos y que es incierta por más que uno quiera garantizarla. Aquí un fragmento de la letra:

“Yo no se si tú, no sé si yo
seguiremos siendo como hoy.
No sé si después de amanecer
vamos a sentir la misma sed.
Para qué pensar y suponer,
no preguntes cosas que no sé.
Yo no sé.

No sé dónde vamos a parar,
eso ya la piel nos lo dirá,
para qué jurar y prometer
algo que no está en nuestro poder.
Yo no sé lo que es eterno
no me pidas algo que es del tiempo.

Yo no sé mañana
yo no sé mañana
si estaremos juntos
si se acaba el mundo […]

Esta vida es igual a un libro,
cada página es un día vivido.

No tratemos de correr antes de andar.
Esta noche estamos vivos
sólo este momento es realidad”.

Y un regalo adicional: ayer pregunté en Twitter “¿qué canción te pone de buen humor?” y tuve varias respuestas, eclécticas como corresponde. Aquí las comparto con todo y enlaces a YouTube, por quien quiera curiosear. Gracias a todos:

@arr1910 El corrido de la toma de Zacatecas (en versión de Antonio Aguilar)

@doolcevita “Red Eyes”, de The War on Drugs

@Beath71 “Treasure”, de Bruno Mars

@ArturoMarquezMu Cualquiera de Paolo Nutini (elegí “These Streets”)

@miradadelaluna “Something I Need”, de Ben Haenow 

@cobixreyes Cualquiera de Barry White (elegí “My First, My Last, My Everything”)

@aliasRMiranda “Carol Brown”, de The Flight of The Concords 

@aliascane “Kooks”, de David Bowie

@jorgeluisborgia Book of Angels, de John Zorn

@EJCastroviejo “Bring the Light”, de Beady Eye

MayRovles “Love”, de Zoé

Gabo “La reina del keroseno”, de Miguel Ríos

Allidu “Le Moulin”, de Yann Tiersen

Darle “Restart” a la vida 

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Las nubes, el sabio Tepozteco, mi cuaderno de poesía sobre las piernas, mi hija dormida con cara de paz y la certeza de que necesito ser congruente conmigo misma me dan fuerza para recomenzar. Aunque no se vea fácil.

5 a.m. Suena el despertador.

Foto: Jasper Johal
Foto: Jasper Johal

Está oscuro y hace frío. Quisiera seguir durmiendo o, al menos, quedarme acostada, pero me levanto para ir a práctica de yoga. Es un tiempo que dedico a flexibilizar el cuerpo y la mente, hacer por mí lo que nadie más puede hacer por mí. Y aunque en clase sudo, me canso y hasta sufro, al salir siento que sonrío con piernas y brazos.

Abrazos que hacen eco

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A veces los astros se alinean y preparan un día de esos que se desbordan. Como ayer.

Dicen que dijo la poeta estadounidense Maya Angelou: “La gente olvida lo que dices, la gente olvida lo que haces, pero nunca olvida cómo le haces sentir”. Ayer pude paladear esta verdad como un templo: quien más me quiere orquestó para mí una comida sorpresa en su casa, para celebrar mi cumpleaños con mis amigos de sangre. No lo esperaba y me movió hasta el tuétano. Estuvieron casi todos mis infaltables, a otros pocos les fue imposible llegar, pero igual me acompañaron (como siempre).

En poco tiempo no me acordaré de qué hablamos, cuál fue el motivo de las risas, cuánta la intensidad de los abrazos que hacían eco entre el vino y la plática. Lo que no se me va a olvidar nunca es lo que él y ellos me hicieron sentir: querida muchísimo más allá de las palabras. No sé qué hice en otra vida para merecer tanto en ésta, a pesar de mí misma.

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