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EL YOGA, UN SÍNCOPE Y LA PLUMA

Me estoy doblando en dos (es un decir). La idea es plegarme en dos más y luego otra vez, pero soy un fallido origami de carne. La voz de la maestra en YouTube es el marco contextual de mi taquicardia.

            Soy masoquista. Llevo diez años de hacer yoga, de intentarlo, de sudar cada pestaña en la sexta postura y aventarme otras veinte, me salgan o no. Empecé con este numerito en 2011, cuando una punzada me paralizó por meses al toser o correr. Me diagnosticaron dos hernias lumbares. “Y son grandes”, dijo el ortopedista. “Haz yoga. Tal vez evitemos la cirugía”. Nunca había tenido un dolor de espalda tan fuerte. Ni tan leve. Nunca había tenido un dolor de espalda.

            Mi novio de entonces tomaba clase de Bikram Yoga, así que con shorts de lycra llegué al salón. Pensaba que iba a ser aburridísimo, no imaginaba lo retador de sostener una postura o ásana mientras ves venir un síncope. Varias veces sentí morirme pero continué yendo porque soy necia. Desjuiciada. Al principio salía furiosa, preguntándome por qué pagaba para sentirme fatal, pero a los pocos meses noté que se espaciaban los dolores, hasta desaparecer. En al menos nueve años de practicar Hatha Yoga toso, brinco y me despatarro sin acordarme de las hernias.

            La práctica se conoce en India desde hace cinco mil años. La palabra yoga puede traducirse “unión” de cuerpo y mente, porque cada postura se trata de que la cabeza y los miembros se pongan de acuerdo sin que nadie muera en el intento (hay otras opciones interesantes): aunque las piernas creen no aguantar más, la cabeza dice que sí. Que encima voy a respirar como si nada. Cuando vislumbro que coinciden siento algo parecido a la felicidad.

¿Por qué sigo practicando? Esquivé la cirugía de columna y mi cuerpo es algo fuerte e intentadamente flexible, pero además me serena (un poco), me hace bajarle al acelere (no siempre). Y el trabajo sobre el tapete aplica también en la vida diaria: si no me rajo de las duras demandas del Hatha, si poco a poco avanzo, entonces puedo con lo que el encierro implica. Durante la pandemia ha sido delicioso tener un video como guía para estirar los músculos y darle descanso a la mente. Es mi cable a tierra.

            Además, el yoga tiene puntos de contacto con la escritura. En ambos exploras tu propio terreno: a menos que te tires de cabeza a intentarlo por años, con rigor, no sabes qué puedes lograr. Y ambos te ubican en la realidad, porque si bien hay una distancia descomunal entre donde estás y adonde quieres llegar, te acercas un paso cada vez que te ejercitas. La disciplina es innegociable tanto en el Trikanasana como con las palabras.

            De modo que ahí sigo, a ver mañana hasta dónde me doblo (o no).

(Originalmente publicada en mi columna La Utora del periódico mexicano La Razón).

La palabra se hace líquida

“La palabra es una entidad soluble. Una sustancia que sufre varios estados. Sólida cuando se escribe en una hoja de papel […] La conversación, en cambio, es líquida: el diálogo es un manantial que se alimenta de sonido, fluye en tiempo y espacio,  de ida y vuelta, desde quien habla hasta el que escucha. La palabra es gaseosa cuando murmura […] El rumor y el chisme son gaseosos, volátiles”. -Verónica Gerber, Mudanza (Almadía)

Estoy leyendo este lujo de libro, que disecciona los espacios intermedios entre escritura y artes visuales, indaga en formas de escribir más allá de la página: en el cuerpo, en el espacio.

Cómo me da gusto encontrar libros así, que me reten a pensar más allá de lo habitual.

Escribir es hallarle forma a una mancha de sangre

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Ayer entrevisté a Luis Jorge Boone, autor nacido en Coahuila que anda estrenando su más reciente libro de cuentos, Figuras humanas, publicado por Alfaguara.

Hablamos de que prefiere escribir a mano y tiene cuadernos donde vuelca ideas, algún ritmo, sugerencias que se convierten en poemas o cuentos. Luego pasamos a la necesidad de construir paisajes interiores con palabras, crear mundos de consistencia similar a la de la realidad. Y me acordé de esto: “También la verdad se inventa”. No pude recordar al autor, después lo busqué y resulta que lo dijo Antonio Machado. La frase establece una suerte de diálogo con este fragmento del estupendo cuento “Prólogo a nada”: Es la trampa en la que cae quien escribe: acomodar lo que no tiene revés ni derecho, mentirse para entender lo que no le cabe en la cabeza ni en la vida, inventarle una trama, un diseño, una forma específica a lo que es un accidente, un incendio, una mancha de sangre”.

Pues sí, de eso y otras cosas platiqué con Luis Jorge. Disfruto conocer el proceso de escritura de libros cuyas páginas me atrapan. Y Figuras humanas sin duda lo hizo.

De pronto, escribir se parece tanto a la vida

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Dice el psicoanalista francés Boris Cyrulnik que la resiliencia radica en ser capaz de mirar hacia atrás en la propia vida y encontrar que cada situación, persona, alegría, dolor y circunstancia tiene un sentido, forma parte de un relato personal. El reto, claro, es encontrar ese sentido.

También aquí se trata de poner sobre la mesa las palabras disponibles y armar con ellas una narrativa. En eso estoy, literal y metafóricamente. Y siento que no tengo mucho tiempo.

 

Lo que me empuja a escribir

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Mentalmente releo la carta que he repasado tantas veces, la que escribí un 19 de enero de hace 30 años, cuando en el hospital mi papá empezaba la guerra contra lo inevitable.

Era una carta desesperada. Le pedía no morirse, aguantar por mí, no dejarme. Le recordaba lo central que era en mi historia, le suplicaba honrar nuestra complicidad, ofrecía mis fuerzas a cambio de sus heridas. Tres meses después fue derrotado, como todos, y me dejó la vocación de llevar su recuerdo conmigo a todas partes, inquieto habitante de mis días.

Esa carta inauguró mis afanes de escribir para realmente vencer a la muerte, cosa que cada día se anuncia más difícil. Pero no cedo en el intento.

Estoy a merced de las palabras

 

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En mi mente, selva profusa, crecen palabras que nadie poda. Primero tímidas, en un susurro aparecieron como hierbas, respetaron alguna jerarquía. Poco a poco fueron creciendo, desmesurando, se hicieron altaneras, pintaron de verde el espacio. Hoy en voz alta cubren el suelo, se multiplican, les crecen manos. Excesivas, un día desfallecen. Se fragmentan, se fagocitan, se secan. Creo que las vencí. Luego renacen, giran sobre sí, erguidas, asfixian la poca mesura que restaba. Estoy a su merced, incluso para contar lo sucedido.