Un sismógrafo registra cada mínima vibración bajo lozas de tierra, callada, a metros o kilómetros de hondura. La detecta previo a ser obvia. Antes de que su elocuencia exija titulares. Los terremotos no crean. Sólo saben de vulgar mala intención: dar un golpe en la mesa, para aplanar colonias o ciudades en segundos. Por contraste,Sigue leyendo «LO ÍNFIMO: ENCANTO Y PELIGRO»