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EL (ÚNICO) FANATISMO QUE CELEBRO

“‘¡Muere, impío, o piensa como yo!’”, escribió Voltaire en el siglo XVIII, aludiendo a lo dicho por el buen católico que al salir de misa se arrojaba sobre su vecino, quien era creyente en otro dios. O en ninguno.

            En 2021, a nadie le basta lo que cree; ha de convertir a los demás y escucharlos reconocer su error, agradecer la luz cierta. Feministas de la segunda ola, feministas de la tercera y cuarta ola, antifeministas, protofeministas, gente de AMLO, gente antiAMLO, los que ni una ni otra, los que no cupieron: cada uno está segurísimo de poseer la verdaderísima (no hay bronca) y exige que los demás lo admitan (ahí se jodió la cosa). Hay fanáticos en todo grupo, gente tan inflamada en su dogma que es incapaz de escuchar otra alternativa: está obligada a persuadir por las buenas o las malas. Quien a pesar de todo disiente merece condena o lástima, posturas tan parecidas.

            Cuando llegué a estudiar Letras a la UNAM cargaba mi lonchera de ideas religiosas y políticas. Aunque eran ingenuas, las defendía solemne. Un día leí en La vuelta al día en ochenta mundos, de Julio Cortázar: “En su espasmódico Who’s Afraid of Virginia Woolf, Edward Albee hace decir a alguien: ‘La más profunda señal de la malevolencia social es la falta de sentido del humor. Ninguno de los monolitos ha sido capaz de aceptar jamás una broma. Lea la historia. Conozco bastante bien la historia’”. Qué bastante claridad, ante mis ojos de estudiante.  

            Como no discuto mis credos, algunos en redes me llaman tibia. Les platico: milité como creyente acérrima, me declaro agnóstica; fui de izquierda, me decepcioné; me decía no-feminista, hoy sí que lo soy. Mejor me río. Llevo años sin convencer a nadie de nada porque me es absurdo apostolar causas: sigo corrigiéndome y abrazando contradicciones. Quién sabe dónde esté mañana. O tal vez sí sé: mi único dogma inalterable desde niña es la literatura como bandera, ese abrir ventanas a otras realidades que me cuestionan y, así, me enriquecen.

              Además de regalar belleza y ayudar a vivir sabrosamente, quizá los amo porque no se imponen, no convocan a la yihad ni a las cruzadas. Perseguir no está en su definición. Si me río de la azotada Clarice Lispector, autora referencial en mi escritura, ningún cataclismo asoma. Si otro se pitorrea de don Quijote, indispensable en mi historia, y dice que era un imbécil, no me apuñala, tampoco si un tercero afirma leer es un desperdicio: ni yo ni ningún lector sentiremos el ímpetu de organizar un auto de fe para quemarlo.

            Amo la literatura que es arte y no panfleto, la que aplaude la diferencia y en lugar de asediar, mejor recibe, alimenta, duda, embellece. En un fanatismo así celebro creer. Me confirmo creer.

(Originalmente publicada en mi columna La Utora, en el periódico mexicano La Razón; ilustración tomada de etcetera.com.mx, sin nombre de autor).

Palabras como brotes de hierba

Screen shot 2013-07-25 at 11.08.38 AM“[…] ella inventó lo que debía decir. Con los ojos cerrados dijo en voz muy baja palabras nacidas en aquel instante, nunca antes oídas por nadie, todavía tiernas por su reciente creación -brotes nuevos y frágiles. Eran menos que palabras, sólo sílabas sueltas, sin sentido, tibias, que fluían y se entrecruzaban, fecundándose, renaciendo en un solo ser para desmembrarse en seguida, respirando, respirando…”

Clarice Lispector, Cerca del corazón salvaje (Siruela)

La pluma de Lispector otra vez me pone a temblar. Qué fuerza de imagen en apenas unos renglones.

Cosas indestructibles que acompañan el cuerpo

-John Malloy
-John Malloy

Placer de sábado: ir al librero, estirar la mano sin mirar dónde cae, tomar el volumen que eligieron los dedos, abrirlo donde sea y reencontrarme con palabras alguna vez leídas y disfrutadas, marcadas de alguna forma en la página como favoritas. Es como dejar que el destino sin rostro hable en voz de un autor. Aquí la delicia que tuvo a bien decir/recordar hoy:

“Hay cosas indestructibles que acompañan el cuerpo hasta la muerte como si hubieran nacido con él. Y una de ésas es la que surge entre un hombre y una mujer que viven juntos ciertos momentos”.

Clarece Lispector, Cerca del corazón salvaje (Siruela)