Escritores suicidas: palabras póstumas (2)

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Hace un par de meses subí el post: “Escritores suicidas: palabras póstumas” (para leerlo da click aquí: http://wp.me/p1POGd-yh). Aquí van otros nombres/casos de autores que no sólo se quitaron la vida sino dejaron algo escrito sobre el tema. Es decir, sigo con mi curiosidad morbosa por quienes no sólo se asomaron al abismo por voluntad sino nos permiten asomarnos a esos últimos momentos.

MANUEL ACUÑA: el poeta mexicano fue un enamorado inconsolable de Rosario de la Peña (quien tenía sobrados encantos para los escritores, porque también Manuel M. Flores y José Martí bebieron los vientos por ella). Es suyo el largo poema “Nocturno a Rosario”, en el que canta su amor imposible y termina diciendo: “¡Adiós por la vez última,/ amor de mis amores,/ la luz de mis tinieblas,/ la esencia de mis flores,/ mi lira de poeta,/ mi juventud, adiós!”.

Sus últimos momentos fueron descritos por Juan de Dios Peza, su amigo cercano y quien lo encontró aún tibio pero ya sin vida: “Abandonamos la Alameda a la hora del crepúsculo, lo dejé en la puerta de una casa de la calle de Santa Isabel y me dijo al despedirnos:

—Mañana a la una en punto te espero sin falta.
—¿En punto?—le pregunté.
—Si tardas un minuto más…
—¿Qué sucederá?
—Que me iré sin verte.
—¿Te irás adónde?
—Estoy de viaje… sí… de viaje… lo sabrás después”.

Al llegar Peza unos minutos tarde, lo encontró tendido tras beber veneno junto a esta nota póstuma: “Lo de menos será entrar en detalles sobre la causa de mi muerte, pero no creo que le importe a ninguno; basta con saber que nadie más que yo mismo es el culpable. Diciembre 6 de 1873. Manuel Acuña”. Tenía 24 años.

GÉRARD DE NERVAL: quien habría de tener una influencia decisiva sobre Baudelaire, Mallarmé, el movimiento simbolista y hasta el surrealista sufrió fuertes problemas mentales en sus últimos años. Excéntrico hasta el punto de tener una langosta por mascota (con la cual salía de paseo), estuvo internado en varias ocasiones. En algunos de sus versos más famosos, uno de ellos reproducido por T. S. Eliot, el poeta francés se llama a sí mismo “el tenebroso, el viudo, el inconsolado,/ el príncipe de Aquitania cuya torre está en ruinas […] que arrastra el sol negro de la melancolía”. Pobre y solo, en 1855 se colgó con su cinturón. Dos días antes había dejado esta nota a su tía, en cuya casa estaba viviendo: “No me esperes esta tarde, la noche será blanca y negra”.

MARINA TSVETÁIEVA: nacida en Moscú y casada con un militar, sufrió tanto la revolución rusa de 1917 como la posterior hambruna. Tratando de salvar a sus hijas de la inanición las envió a un orfanato, donde una de ellas murió de hambre. Vivió en el exilio muchos años y escandalizó a la época por sus relaciones extramaritales, tanto con hombres como con mujeres. Tras regresar a la Unión Soviética, pobre y abandonada por sus amigos, enfrentó acusaciones de espionaje contra su esposo y su hija. El marido fue ejecutado mientras la hija cayó en prisión. Ella y su otro hijo huyeron, pero le fue imposible encontrar trabajo. Una tarde de 1941 se ahorcó, dejando esta nota para su hijo: “Perdóname, pero continuar hubiera sido peor. Estoy muy enferma, ya no soy yo. Te amo profundamente. Entiende que ya no podía seguir viviendo. Si los ves, dile a Papá y a Alya que los amé hasta el último minuto y explícales que me encontraba en una trampa”.

ALDOUS HUXLEY: autor de Un mundo feliz y declarado defensor de las drogas sicodélicas, fue congruente hasta el final. Aquejado por el cáncer desde tres años atrás, el 22 de noviembre de 1963 (mismo día del asesinato de Kennedy) se hallaba en cama e incapaz de hablar. Escribió una nota a su esposa pidiéndole que le inyectara LSD de forma intramuscular, para acabar con su vida. En un genuino acto de amor, Laura Archer Huxley le aplicó la droga y después le dio una segunda dosis. Luego lo acompañó a lo largo de varias horas hasta que el escritor se apagó “como una pieza de música que se vuelve inaudible”, según ella misma narra en un video (abajo, el link al mismo). Si bien Huxley no dejó nota póstuma, en Un mundo feliz habla del soma, fármaco que ofrece “todas las ventajas del cristianismo y el alcohol, pero ninguno de sus defectos”. De algún modo, él decidió el día y la hora de entrar en su paraíso particular.

PD La hermosa ilustración es de Daniel Iván, aquí el link a su blog: http://danielivan.com/category/ilustraciones/page/3/

Links relacionados:

ACUÑA: http://www.los-poetas.com/acuna/acbio.htm

NERVAL: http://www.biografiasyvidas.com/biografia/n/nerval.htm

TSVETÁIEVA: http://www.poetrymagazines.org.uk/magazine/record.asp?id=15049

http://en.wikipedia.org/wiki/Marina_Tsvetaeva

HUXLEY:

7 pensamientos en “Escritores suicidas: palabras póstumas (2)”

  1. Pues segundas partes sí son buenas, vaya esto como crespón para los lugares comunes.
    Me conmovió la historia de Tsvetáieva; me ha hecho recordar esas historias que suele contar Alejandro Dolina, que parecen fantásticas por la cantidad de hechos, situaciones, y decisiones que se aúnan en una sola vida.
    También me ha llamado la atención (creo que decir “me ha gustado” suena algo impropio), el estilo de las notas que suelen dejar los escritores, en especial los poetas; sin tan sintéticos y precisos como lo han sido en su obra.
    Lo de Huxley es envidiable.
    Espero que haya una tercera parte.

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    1. Tsvetáieva tuvo una vida fascinante y dolorosa a morir, y su poesía me gusta mucho. Su juego hetero/homosexual es interesantísimo, sugerentísimo. Y en cuanto a las palabras póstumas: por alguna razón me atrae mucho saber qué pensaron y sintieron en esos momentos finales y, sobre todo, cómo lo expresaron los poetas, con esa capacidad de acendrar las palabras. Sin duda habrá una tercera parte del post, faltan varios y, por supuesto, Mishima, al cual a propósito dejé al final.
      Gracias por pasar y comentar. Se te extraña mucho por aquí, querido.

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      1. Mil disculpas por la desaparición semi forzada. Es que ha veces me siento (o hago mías sus palabras, lo cual es lo mismo) como el Vallejo de Los heraldos negros.
        Esperaré por la tercera entraga, aunque no hay apuro alguno: la dilación en la entrega, en este caso, va a hacerla más disfrutable.

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  2. Releí con el placer de siempre ambas entradas y no hay nada que pueda sumar a lo ya dicho. Sólo quiero tomar nota del diálogo que manteníamos “en aquellos tiempos”. Me pareció encantadora esa conversación fragmentada. Ahora nos entendemos con menos palabras, como hacen los viejos amigos. Brindo por ello.
    Cariños como tú ya sabes.

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