AQUÍ, LA PASMOSA COMPLEJIDAD DE ESTAR VIVA

¿Una sonata puede ser peligrosa? Sí, cuando un tipo atroz la vuelve encarnación de su desequilibrio, de alterarse ante la «belleza perturbadora» de su esposa y sentir por ella el rencor recíproco que es tan común entre casados. Él mismo cuenta la historia: su mujer, madre de cinco hijos y pianista de cenas familiares, un día se entusiasma ante la idea de interpretar piezas para violín y piano con un vecino, también aficionado. Por invitación del propio marido comienzan a ensayar en casa de la pareja. Mientras él cree descubrir coqueterías entre los intérpretes, una bestia de celos le respira al oído: desarrolla por su mujer un odiamiento «como no recordaba haber experimentado nunca». Y alimenta su furia. La exacerba. Por qué no.

            Al narrar la noche en que esposa y vecino tocan la Sonata a Kreutzer, de Beethoven, el encelado pregunta a su interlocutor: «¿Conoce usted el primer presto?¿Lo conoce? ¡Uh! ¡Qué cosa tan terrible esa sonata, precisamente este presto! ¡Y qué cosa tan terrible la música en general! ¿Qué es? No comprendo… La música me hace olvidar mi situación verdadera… me transporta al estado de ánimo en que se hallaba el que la escribió. Me confundo con su alma, y paso con él de un estado a otro».

            Hablo de la novela de León Tolstoi, Sonata a Kreutzer (1889), de título idéntico a la composición de Ludwig van Beethoven (1803). No espoileo nada, porque desde la página 24 el protagonista dijo «soy Posdnichev, el mismo que ha matado a su mujer», pero por favor regálate la escucha y la lectura. Si bien impresiona la tensión soberbia, el desgarro psicológico, la misoginia que ha cambiado poco en cien años, al releer la novela me deslumbra cómo el ruso interpreta en verbos y adjetivos el tsunami de emociones que provoca el compositor alemán. Qué fuerza expresiva, explosiva, implosiva. Claro, el personaje de Posdnichev justifica su brutalidad humana a partir del jugar de instrumentos, de ese perseguirse lúbrico de notas, pero es un hecho que a siglos de distancia, la música puede alojar y aloja, simultáneamente, una colina de sol y una caverna violentísima.

            Ante la cotidianeidad que desgasta, tanto la Sonata en novela como en pieza musical me instalan en el espesor de la realidad, sugieren lo que ni yo sé que me habita los flancos, «esa blasfemia / que todos escondemos / en el rincón más lóbrego del pecho», escribió Rosario Castellanos. Respirar es de una pasmosa complejidad: llevo dentro la infamia y el tumor, las fisuras por el rechazo, la belleza exacerbada, el asombro, el deseo que aniquila. No uno u otro. Todo. Al mismo tiempo. El arte de Beethoven y el de Tolstoi me son indispensables porque rozan la catástrofe vital y me recuerdan, como dice la poeta, que “mi corazón no es mi corazón, / es la casa del fuego».

(Originalmente publicado en mi columna La Utora en el periódico La Razón).

Publicado por Julia Santibáñez

Me da por leer y escribir. Con alta frecuencia.

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