Daniel Sada: la sobadera de voces en la orgía

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Acabo de terminar este portento de libro. Qué tenebra de tema, la violencia en México, contada con qué jugadera de palabras. El lenguaje del juego, de Daniel Sada (Anagrama) cuenta la historia de la familia Montaño, en el norte de Mágico (trasunto de México). Luego de cruzar de mojado a Estados Unidos exactamente 18 veces, el padre, Valente, ha juntado un dinerito y decide poner una pizzería en su pueblo, misma que atenderán él, su esposa, y sus hijos, Candelario y Martina. Pero los capos del narco acaban de llegar al pueblo y traen con ellos los carrotes, las armas, los muertos. Así, la sangre resultante.

Había leído poemas y cuentos de Sada, escritor mexicano nacido en Mexicali (1953-2011), pero es la primera novela suyo que conozco y qué cosa de libro. El tremendismo del asunto y el rumoreo del estilo. No tiene madre ni, creo, hijos. En la contraportada dice Francisco Goldman sobre él: “Sada es a Rulfo lo que Beckett a Joyce, sólo que al revés. El minimalismo de Beckett era su respuesta al insuperable maximalismo de Joyce. Y el maximalismo de Sada fue la respuesta de éste al insuperable minimalismo de Rulfo”. Híjole, sí.

Transcribo aquí dos fragmentos que muestran lo impresionante de la pluma de Sada: la violencia narrada desde el deslumbre y la sobadera de voces en la orgía del estilo. 

“También cierta vez llegaron a la pizzería cuatro hombres empistolados. Dos de ellos, los más gordos, lucían gafas oscuras y bigote tupido antiguo, en cambio los otros dos no estaban bien rasurados y eran flacos como varillas. Los cuatro traían sombrero y caminaban como pavos reales. Bueno, pues ellos se sentaron y ordenaron pizzas así y asá. […] Luego así nomás sobrevino el levantón repentino de los cuatro. Se estaban yendo y… ¡la cuenta! Valente quiso interponerse, pero delante de la clientela el más gordo de los sombrerudos proclamó con chisguetes de saliva: ¿A poco nos vas a cobrar, hijo de tu puta madre? Y agregó: ¿Qué es lo que quieres?, ¿que te meta dos plomazos? Valente se quedó mudo-atónito. Notoria inmovilidad de estatua. Estatuas también Yolanda y Martina. Estatuas los empleados. Estatuas los clientes. Mundo perplejo, sin aliento. Mundo: escoria”. p. 54

“Pues que se desangrara el tal por cual, que sintiera el efecto de una saña bien diabla, hasta que ya de plano lo creativo acabara en ensombrecimiento, entonces el balazo más adecuado ¡pronto!, ya para despachar a ese cretino. Y los litros de sangre derramada en medio del jardón. El césped embarrado de rojura, cual pinturreo que mana y brilla y arde y los gritos de Íñigo, invariables y nadie todavía que lo callara, hasta que el mero-mero, por enfado, accionó su pistola no sin antes decirle que abriera bien la boca y contra el paladar el fuego tremebundo, despedidor de cuánto: vencedor adecuado, resultón“. p. 173

 

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