Archivo de la etiqueta: narrativa

El mosquito que se independizó de la historia (de nuevo, Tario)

“¡Con cuánta más agudeza, fe en sí mismo, con cuánta más resolución y bellos propósitos criminales persigue un mosquito a un hombre que un hombre a un mosquito!”. –Francisco Tario

Qué libro más inagotable es Equinoccio, incluido en la Antología de Francisco Tario compilada por Alejandro Toledo y publicada este año por Ediciones Cal y Arena. Está hecho de minúsculas ficciones, fragmentos, versos sueltos, imágenes que caminan independientes de una historia, como ésta: nada  más vulgar que un mosquito y, sin embargo, vaya templo le erige el escritor en apenas tres renglones.

Aunque muchos libros esconden un mecanismo minucioso y exacto, como un reloj finísimo, en lo que va del año ninguno me había asombrado tanto como esta antología.

De veras, por favor busquen leer a Francisco Tario. No se mueran sin conocerlo.

Sueño metáfora

Soñé con un antiguo él. Estábamos juntos, en una comida de amigos.  Todo parecía bien.

Yo salía a recoger a mi hija y en el camino chocaba, nada grave. Quería comunicarme con él pero me daba cuenta de que aunque en la bolsa traía muchos celulares, ninguno era el mío, por tanto no tenía grabado su número. Pasaban las horas, resolvía el asunto, recogía a mi hija y me iba a mi casa. Ni él ni yo hacíamos intentos por volver a hablarnos. Ni a vernos.

Precisa metáfora. Dicen que todos los sueños lo son.

Como quien guarda una hoja del Paraíso

Atesoro objetos como quien se aferra a lo que ve, para protegerse de lo invisible.

Como amuletos contra lo que viene.

Tengo notas garabateadas a mano por gente que me es una fiesta. Una pulsera que salva vidas. La campanita roja con el eco de aquella voz.

Me interesan por los nombres que llevan cosidos.

Los objetos no son lo que son. Son lo que representan.

Atesoro objetos como quien guarda una hoja del Paraíso en el que ha estado.

Traigo bronca de siglos y se la cobro al de junto

captura-de-pantalla-2016-12-06-a-las-9-47-37

“La luna acaba de asomar por encima de los árboles y Rudy Alatorre tiene la sensación de que no está corriendo en un óvalo de tartán, sino cruzando un bosque durante una incursión nocturna en territorio enemigo. Nunca ha corrido tan olvidado de sus vértebras lumbares y cuando escucha el impacto y la caída de otro corredor, exclama en voz baja y lleno de júbilo: ‘¡Para que aprendan, pendejos!'”.

Un tipo suele correr de tarde en la pista de atletismo cerca de su casa. Hoy se han olvidado de encender el alumbrado de la pista, de modo que se mueve en la penumbra, mezclando sus jadeos con los de los otros corredores cuyos nombres no conoce. Siente que algo atávico aflora entre todos, le parece que “no corre solo, sino en manada”. De pronto, uno se cae. Y el grupo lo celebra. Luego, otro. Él sigue avanzando, tratando de abrirse paso entre codazos, rasguños, gemidos. Como en lo más hondo del inconsciente. En el más más antiguo coraje que llevamos dentro.

Es el cuento “En la pista”, de Fabio Morábito, incluido en su reciente libro Madres y perros (Sexto Piso). La narración es ágil y, al mismo tiempo, está perfectamente apuntalada. Por alguna razón me recuerda el cuento “Las Ménades”, de Julio Cortázar. Acaso por lo ancestral que se nos cuela cuando nos sabemos anónimos en grupo. O sea, cuando nos ponemos a dar madrazos impunemente, porque traemos en el sustrato bronca de siglos. Y el de junto tiene que pagar.

Qué cuento más chingón.

Da click aquí para comprar el libro de Morábito.

captura-de-pantalla-2016-12-06-a-las-9-49-57

 

 

Dice Kawabata que el odio es una forma de amor

Captura de pantalla 2016-07-06 a las 22.31.42

Acabo de terminar de releer Lo bello y lo triste, novela del japonés Yasunari Kawabata. La había leído hace un par de años y me había gustado. Ahora que me reencuentro con la narrativa del nipón me doy cuenta de que me gusta muchísimo. Es de una sutileza desarma, pero al mismo tiempo tiene la fuerza de una estampida de bestias.

Narra el reencuentro de Oki y Otoko, quienes hace 20 años se amaron. Ella tenía entonces 16 años, él estaba casado y tenía un hijo. Los amantes se separaron y ahora, al volver a verse, las cosas son distintas, porque en el escenario está también Keiko, la joven alumna de pintura de Otoko, quien quiere vengar el agravio cometido hace décadas contra su maestra. Moviendo los hilos, astuta y controladora, seductora y niña, la chica controla la historia y la lleva hacia un desenlace tremendo que, sin embargo, Kawabata narra con una limpieza absoluta. La sensualidad que rodea al obi o ceñidor del quimono me fascina, lo mismo que las escenas eróticas donde la chica no quiere que el hombre bese su pezón derecho. Y lo impecable de su prosa, bueeeeno.

Me queda rondando esta frase, puesta en boca de Keiko: “Supongo que en una mujer hasta el odio es una forma de amor”. Creo que no lo he vivido así, pero no sé. ¿Será? En cualquier caso, recomiendo mucho la novela.