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Oda a los pies (aunque tengan callos)

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Foto: rust2d

No se me hubiera ocurrido agradecer así a este par mío que padece callos y juanetes, pero una exbailarina a quien admiro lo hizo y se lo copio.

Ella, Solange, se refiere a su carrera. Yo lo comparto desde mi vida diaria: “[mis pies] fueron mi alfabeto, mi voz. Hablaron por mí y por todos los personajes que encarné con devoción. Soportaron mi rabia y mi coraje, pero también mi amor y mi ternura, las fatigas y los vuelos, las exaltaciones y las depresiones, al igual que los pisos de madera, de cemento o de linóleo, las astillas y los orificios, los declives y los temblores, la mugre”.
-Solange Lebourges, Lo bailado nadie me lo quita (Conaculta)

Lo que nadie me puede arrebatar

Imagen 1Fue mi ídolo, quise imitarla y un día la conocí en persona. Era bailarina de la compañía de danza contemporánea Ballet Teatro del Espacio (BTE). Yo, adolescente, amaba la danza y era aspirante a bailarina. Estudiaba dos horas diarias de ballet y danza; muchos sábados iba a funciones dancísticas y sí, muchas veces a ver al BTE. Solange era precisa, ligera, perfecta. Por una entrevista supe que, como yo, tenía pasión por la literatura: estudió Letras en Francia, su país de origen y cuyo idioma yo amaba y amo. La admiración estaba dada. En mi cuarto me veía como ella, haciendo trizas la gravedad y los mandatos del cuerpo.

Un día me enteré que el BTE abría una escuela. Fui por informes a su local, en la insegura Zona Rosa. Sí, ofrecían clases… por las noches. Imposible que mis papás me dejaran ir. Masticando la frustración, vi abrirse el salón de ensayos de la compañía: acababan de terminar. Era como asomarse al cielo, con cuerpos bellos, elásticos y fuertes, la estética misma respirando. Salía Solange. Me hice a un lado pero atiné a hablarle: “Hola, soy Julia y quiero ser bailarina. ¿Qué tengo que hacer para lograrlo?”. Sudorosa y de ojos fijos contestó: “No dejes de bailar ni un solo día”. Se fue. Esa tarde hice un letrero rojo: “Ni un solo día sin un paso”, lo puse en la pared de mi cuarto. Se volvió mi lema por años, hasta que un día decidí dejar la danza.

Ayer, en una librería encontré estas memorias, publicadas por Conaculta y con prólogo de mi querido maestro y amigo Eduardo Casar. No pude evitar comprarlas, porque son suyas y porque coincido: lo mucho que disfruté bailando, nadie me lo puede arrebatar.