
9:30 pm. Aeropuerto Charles De Gaulle, París. Llevo tres horas de espera y falta una para abordar el vuelo en conexión que me llevará de vuelta a México. Hoy es la décima noche que duermo fuera de casa (suponiendo que pueda dormir). Me pareció una estancia más larga, el tiempo es tan relativo. Y es que muero de ganas de ver a mi hija, estrecharla, besarla, platicar largo. Sin embargo, el balance del viaje es muy positivo. Los compromisos de trabajo que me trajeron a Europa fluyeron bien, se lograron los objetivos, aprendí. A nivel personal pude descansar mi mente, agradecí mucho la visita de mi novio unos días juntos, compensar el tiempo de no vernos, ir a Florencia juntos, saciar el amor. Pero también estuvo otro ángulo: el de mis dos yo que se encontraron aquí de nuevo.
Mi prioridad en el tiempo libre fue empaparme de moda y familiarizarme con revistas italianas de actualidad pero también ver arte en forma de ballet, pintura, escultura o fotografía, además de caminar a solas medio Milán para visitar iglesias (cuanto más antiguas, mejor). Lo poco de ello que comenté con mis compañeros de viaje les sonó raro y yo les parecí aburrida, además de incomprensible por no hacer shopping en tiendas de marca. No sé cómo afirmar mi diferencia sin ser snob. Es que quizá no he terminado de hacer las paces entre los yo que volvieron a saludarse en suelo italiano: el artístico, crítico, que podría vivir leyendo y escribiendo, y el complaciente, que ama la moda y el brillo, busca pertenecer. Llevo años viviendo a caballo entre ambos, como esta imagen, siempre con la sensación de no hallarme en ninguno sino en su combinación. En esta sala del Charles De Gaulle, otra vez me pregunto qué pasaría si me decantara por alguno de ellos.

Todos somos dos e, incluso, a veces debemos ser tres. Quienes son dueños de algún tipo de sensibilidad siempre son vistos como algo extraño; difíciles de entender. Sobre todo los que «padecen» de sensibilidad artística (las sensibilidades sociales o ecológicas son más sencilla de comprender por el común de la gente).
Supongo que no hay receta ni remedio para tal situación, simplemente hay que ir alternando ambas facetas según nos obligue el entorno y tratar siempre de convivir con la que más placer nos brinde.
(Si te digo que para escribir el comentario anterior demoré tres horas y lo escribí en tres o cuatro oportunidades ¿perdonarás la falta de concisión y claridad?
Sé que así será.
Cariños.
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No tengo nada que perdonar, querido, el mensaje llegó claro y además, coincido con él. Gracias por la paciencia de tomarte ese tiempo en escribir.
Abrazo
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Como decía el poeta Oliverio Girondo somos un cóctel de personalidades, y hay que vivir con ello, aunque sea, a veces, incómodo.
Un saludo. Menudo viaje , aunque haya sido de trabajo,
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Pues vaya razón tenía el argentino con lo del cóctel, mientras no sea molotov! Y sí, fue un gran viaje, ni duda cabe.
Un abrazo
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Si te decantases por alguno de los dos entrarías en el círculo vicioso de la melancolía ya que tu ser te recordaría eternamente lo que perdiste. Y la melancolía está bien, pero a dosis recomendables.
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Lo sé pero también reconozco que la tentación está siempre ahí, mordiendo.
Saludos
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Mordiendo. Visual manera de referirse a la tentación. Resulta satisfactoriamente carnal, y por ello, se realimenta, resulta tentador.
Feliz día o noche, según te resulte.
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Noche aquí, gracias por pasar y comentar. Saludos…
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