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El dolce far niente es LoMíoLoMío.

Sentar en la misma mesa a Leonardo, Rafael y Caravaggio

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San Jerónimo escribiendo, de Caravaggio, una de las piezas exhibidas en el Cenart

Porque le traía ganas y además porque me la recomendó mi amigo Carlos Herrera, fui a ver la exposición Leonardo, Rafael y Caravaggio, una muestra imposible. Las obras de arte en la era de la reproducción digital, en el Centro Nacional de las Artes (Cenart) de la capital mexicana. La idea es, de por sí, interesantísima: reunir en un mismo punto del espacio y el tiempo obra de esos tres monstruos del arte italiano, de manera que puedes apreciar una junta a la otra La Mona Lisa de Leonardo (que está originalmente en París), La Escuela de Atenas de Rafael (en El Vaticano) y La cabeza de Medusa de Caravaggio (en Florencia).

Me acuerdo cuando fui a ver La última cena de Leonardo, en Milán. Primero, claro, tuve que viajar a esa ciudad del norte de Italia, luego conseguir la cita (se necesitan semanas de antelación), llegar exactamente a la hora. Una vez ahí sólo te dejan estar unos 10 minutos, a distancia considerable y, por supuesto, sin tomar fotos. Luego vas para afuera, que detrás vienen otros. Y lo mismo asomarse a La Mona Lisa en el Louvre de París: verla a la distancia, entre un tumulto de cabezas. Claro, es muy emocionante pero ¿por qué una obra debe ser sólo disfrutable para unos y no para muchos, para los más posibles? ¿Es posible quitarle al arte ese halo de inaccesibilidad sin poner en riesgo piezas irremplazables?

La premisa base de esta exposición de 57 piezas en el Cenart va, justo, en esa línea: si la reproducción digital garantiza no perder nada de una obra en términos de calidad, ¿por qué quedarnos con una sola Mona Lisa? ¿Por qué no hacer diez o 50, idénticas y fieles, y que gente en varios puntos del mundo pueda disfrutarla? Y no sólo de la Gioconda, de todas las obras posibles. Así, lo que hoy está desperdigado por Madrid, Roma, Florencia, Bolonia, Milán, Viena, París, Munich y Washington, aquí se aprecia todo junto, a tamaño natural, igualito al original, además de que te puedes tardar el tiempo que quieras frente a un cuadro y si llegas temprano (fue mi caso) encuentras poca gente. En esos sentidos es mejor disfrutar estas reproducciones perfectas. Además, en la mayor parte de los casos las piezas originales ya no están en su contexto primero sino fueron compradas, donadas o robadas y hoy se exhiben muy lejos de donde fueron creadas. Así, ¿por qué el prurito de que ver las meras originales? ¿No será esnobismo?

La idea de democratizar el arte se planteó de manera más formal a principios del siglo XX, la elaboraron Walter Benjamin y Theodor Adorno, entre otros, y se volvió una realidad imparable con el perfeccionamiento de los métodos de reproducción: se pueden sacar innumerables e intachables copias de una fotografía o una pintura. Me parece que esta muestra es un paso más en esa misma dirección, como sentar a la mesa a esos tres grandes y oírlos hablar (ojalá se replique con otros artistas, incluidos latinoamericanos). En resumen, además de disfrutar las obras me dio gusto que esta idea italiana, de Renato Parascandolo, permita que muchas personas de todos los estratos socioeconómicos puedan acercarse a estas 29 piezas de Caravaggio (incluyendo el soberbio San Jerónimo escribiendo que ilustra esta entrada), 20 de Rafael y 8 de Leonardo (incluyendo La última cena), que las paladeen, se pierdan en ellas, las hagan “suyas” a partir de tomarles una foto. Y también me llevó a releer el excelente ensayo Contra la originalidad, de Jonathan Lethem, publicado por Tumbona Ediciones, que defiende la idea de que todo artista plagia y reformula a otros. Me parece que vale la pena pensar y revisar la excesiva carga social que se le da al concepto original en un mundo que lo es cada vez menos, tanto por la posibilidad de reproducir idéntico un original, como porque se alzan voces que reividican la idea que toda obra de arte abreva de otros. Y qué bueno.

Da click aquí para ir al enlace de la exposición, con una bien montada galería de las piezas que incluye.

Aquí, algunas de mis piezas favoritas de la muestra. Para verlas ampliadas, da click en cada una.

El triunfo de Galatea, de Rafael
El triunfo de Galatea, de Rafael
La última cena, de Leonardo
La última cena, de Leonardo
El Amor victorioso, de Caravaggio
El Amor victorioso, de Caravaggio
La dama del armiño, de Leonardo
La dama del armiño, de Leonardo

 

Otra poeta suicida

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De apenas 26 años, frágil y rubia, en 1939 la poeta italiana Antonia Pozzi se quitó la vida. Nacida en Milán en 1912 y agobiada tanto por la sombra de la guerra como por la prohibición paterna de ver al hombre que amaba, se suicidó en el campo. Dejó un puñado de versos íntimos, que parecen tener alas.

Entre ellos escojo estos para el primer #MiércolesDePoesía oficial del año. El poema se titula “Pudor” y describe con delicadeza la emoción que siente quien escribe, cuando lo escrito gusta a alguien.

“Si alguna de mis palabras

te deleita

y tú me lo dices

aunque sea sólo con tus ojos

yo me abro

en una sonrisa santa

mas tiemblo

como una madre pequeña, joven

que empieza a sonrojarse

si un pasante le dice

que su hijo es bello”.

-Antonia Pozzi, “Pudor”

Da click aquí para leer más poemas de Pozzi

Da click aquí  o aquí para ir a otras entradas sobre escritores suicidas

 

Confieso mi necesidad de grietas

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A veces, leyendo sin mayor expectativa de pronto aparece un fragmento que me explica algo que sabía sin saber que lo sabía. Suele pasarme con poemas, menos con narrativa pero aún así. Es el caso de este concepto de Fabio Morábito, sobre construir a partir del vacío y no de la presencia:

“[…] En toda edificación humana hay lugar para una grieta. El Muro de Berlín no sólo no escapó a esa lógica sino que la llevó más lejos que ninguna otra construcción. Puede decirse que empezó a caer no desde que fue construido sino desde que fue concebido. Se puede afirmar incluso que nunca existió. Lo que existió fue la grieta de Berlín. Y como una grieta no puede existir sola se hizo un muro que la contuviera. Se proyectó pues la grieta y no el muro. Se proyectó el vacío y no la presencia. La llamada Arquitectura Negativa descansa en este simple principio […] Por eso se le conoce también como Arquitectura Evocativa”. -Fabio Morábito, “El Muro”, También Berlín se olvida (Tusquets)

Cuántas veces he levantado un muro, un entramado sólido de causas y efectos para vestir la grieta que necesitaba.

“Hay muertos que hacen temblar la tierra”: Tina Modotti

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En 1942 murió en México Assunta Adelaida Modotti, fotógrafa italiana y activista de izquierda. La obra de teatro María Tina Modotti, que se presenta en el Teatro Sergio Magaña de la capital mexicana bajo la dirección de Haydeé Boetto y Gabriel Figueroa Pacheco, aborda su vida estrujante a partir de tres actores y un bello juego escénico creado a partir de grandes maletas, que en coreografía van trazando distintos espacios. El texto de Zaida Rico (quien también encarna a Modotti) se centra en la Tina luchadora social y la enamorada del revolucionario cubano Julio Antonio Mella, asesinado en los propios brazos de ella y de cuya muerte fue absurdamente acusada. El personaje de Modotti asegura de él en una línea poderosa: “Hay muertos que hacen temblar la tierra”.

La obra me gustó pero a ratos el texto me pareció flojo y me hizo falta ver en escena a la Tina también fotógrafa, la artista vital, así como dar más peso al poema que Pablo Neruda le dedicó, que apenas se menciona. Compañeros de ideario político y ambos involucrados en la Guerra Civil Española, el chileno le escribió a su muerte:

“Tina Modotti, hermana, no duermes, no, no duermes:
tal vez tu corazón oye crecer la rosa
de ayer, la última rosa de ayer, la nueva rosa.
Descansa dulcemente, hermana.  

La nueva rosa es tuya, la nueva tierra es tuya:
te has puesto un nuevo traje de semilla profunda
y tu suave silencio se llena de raíces.
No dormirás en vano, hermana.  […]

Son los tuyos, hermana: los que hoy dicen tu nombre,
los que de todas parte del agua, de la tierra,
con tu nombre otros nombres callamos y decimos.
Porque el fuego no muere”.  

Hay muertos que hacen temblar la tierra. Sí, como la propia Tina. Qué gusto que el buen teatro nos lo recuerde.

El maldito genio de Umberto Eco, al Nobel

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La próxima semana se anuncia al ganador del Nobel de Literatura. La empresa británica Ladbrokes congrega cada año las apuestas de los que la hacen de adivinos en esto y entre los máximos favoritos para llevárselo este año figuran el japonés Haruki Murakami y el nigeriano Ngugi Wa Thiong’O. Otros con posibilidades son la narradora bielorrusa Svetlana Aleksijevitj, el poeta sirio Adonis, el albanés Ismail Kadare, más los estadounidenses Philip Roth, Bob Dylan y ohsorpresa el hispano Javier Marías. Por ahí aparece también Umberto Eco, que en estos días acaba de recibir el Premio Gutenberg porque con sus novelas “introdujo a millones de lectores internacionales en la cultura del libro”. A sus 82 años, los 13 mil dólares seguro que no le vienen mal, aunque le vendría mejor el millón de dólares del Nobel.

No creo Eco que se lo lleve pero votaría porque sí, considerando su obra completísima y con muchos acentos y ángulos. Me parece genial El nombre de la rosa y me impresiona su trabajo como semiólogo: en su momento devoré Lector in fabula, La estructura ausente Apocalípticos e integrados. Además, La búsqueda de la lengua perfecta, Historia de la belleza e Historia de la fealdad son libros a los que vuelvo con frecuencia, y es una delicia el nuevo Historia de las tierras y los lugares legendarios. Y encima me gusta su humor un poco amargo, cero intelectual, según cuenta en Así hablan los que escriben (Atlántida) el periodista argentino Alfredo Serra, quien lo entrevistó hace años y se topó con pared. Ante la pregunta de qué quiso decir con El nombre de la rosa, especie de novela policiaca y crónica medieval, Eco respondió: “Nada. La escribí porque ese día tenía ganas de matar a un cura”. Luego dijo: “Detesto que me pregunten ‘¿Con qué personaje de sus novelas se identifica más?’. Es una pregunta banal. Tanto, que respondo: Con los adverbios”.

Al cuestionarle sobre su libro favorito salió con que: “El que tiene un solo libro toda su vida es un idiota. Yo tengo por lo menos cien” y cuando el periodista le preguntó: “¿Está escribiendo una nueva novela? ¿De qué trata?” vino la respuesta como un látigo: “Mire: si estuviera escribiendo una novela, el tema no lo conocería ni mi propia mujer. Y eso que duerme conmigo. Menos pienso decírselo a usted, que no tiene relaciones sexuales conmigo”. Para terminar, esta joya de respuesta sobre la trilladísima cuestión de si desaparecerán los libros de papel: “El libro no morirá por la misma razón que perduran la silla y el tenedor: porque son irremplazables”.

Por eso me gustaría que ganara, porque es brillante, plural y hondo. Un maldito genio en todas sus acepciones.

(Originalmente publicado en mi blog Deli(b)rios, dentro del sitio web de la revista SoHo)

“Todo amor vivido es una degradación del amor”: Duras

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Se están cumpliendo 100 años del nacimiento de Marguerite Duras, otra pluma soberbia nacida en 1914, como Cortázar, Paz, Bioy Casares, Thomas, Parra (habría que averiguar qué conjunción de astros se dio ese año, para saborear por anticipado cuando las estrellas se vuelvan a acomodar igual).

Rescato desde el título de esta entrada algunos pasajes de su novela no-tan-famosa Los caballitos de Tarquinia (Tusquets), en la que dos parejas pasan sus vacaciones en una playa italiana. La reflexión sobre el amor total, absoluto, permea los diálogos de los personajes, sumiéndolos en contradicciones e incongruencias, poniendo bajo la lupa su aburrimiento y su común deseo de tomar vacaciones del ser amado. Sobre todo, los lleva a concluir que es imposible que una relación sustituya la expectativa total del amor. Muy pocas plumas son capaces de iluminar así la profundidad del alma humana. Por eso la Duras es la Duras.

“[…] la verdad es que me gusta esa mujer, aun cuando la detesto. […] No deja nunca de gustarme, aun cuando sería capaz de estrangularla”.

“El sufrimiento es como la felicidad, de vez en cuando hay que cambiar de sufrimiento, si no se vuelve uno viejo y tonto”.

“Ningún amor del mundo puede ocupar el sitio del amor”.

“Para el amor no hay vacaciones, no existen. El amor hay que vivirlo totalmente, con su aburrimiento y todo; para eso no hay vacaciones posibles”.

 

“He extirpado el miedo de Caronte”

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Los amigos de Un Té con Draupadi me invitaron a publicar en su celebrado blog, lo que sin retórica es un verdadero honor. Escribí este texto que me resultó doblemente recreativo: busqué re-crear el pensamiento de Lucrecio, uno de mis autores favoritos, poeta y sabio del siglo I a.C. y, por otro lado, disfruté haciéndolo. Voilá.

(Sobre Tito Lucrecio Caro, filósofo y poeta de lo que hoy conocemos como Italia, sabemos poco: que nació en el año 94 a.C., que fue un patricio, que escribió el largo poema filosófico De rerum natura —llegado hasta nosotros y en el que cuestiona el temor a los dioses y a la muerte— y que se suicidó a los 44 años. Este breve texto narrativo da forma de relato a numerosos pasajes de su obra, asombrosamente contemporánea a más de 2000 años de distancia. En ningún punto añado al sentido de sus versos ni lo modifico. Los aciertos, si los hay, son suyos; los defectos, míos).

“No me nací, no me puse nombre ni me tracé un rostro. No me elegí familia ni sexo. No fui preguntado si la anarquía me era afín ni si la pompa militar me llenaba los ojos. Apenas algo he decidido, hace poco: retirarme de Roma, de las intrigas de Catilina y del fasto de los míos, patricios y nobles en pugna, locos de poder, exóticos marchitos. Sin embargo aquí, en estos montes retirados del Pierio, la paz me resulta esquiva. Me fastidia esta noche sola. Anuncia que en poco vendrá otra vez la Aurora, mientras trato en vano de entender el esfuerzo inútil de la lluvia y de las estrellas que gastan su camino en el cielo.

Aunque no me es dado saber cómo se gobierna el sistema de los astros, estoy cierto de que no obedece a la acción de los dioses ni responde a señal suya. En sus sedes tranquilas, ellos no se ocupan del mundo. Ni los vientos los sacuden ni los salpica la lluvia, apartados como están de los tumultos de la vida humana. Mientras tanto, veo multitudes clamar al numen de las deidades, temblar de miedo en los templos excelsos. Postrados en tierra, abrumados y esperando el castigo, no osan elevar los ojos. Locos, ignoran que ni el enojo ni la cólera mueven a los dioses y que, en cambio, el temor al castigo envenena los goces de la vida. Donde anida el error, el miedo alza fácilmente la cabeza.

Esta mañana encontré absurda a la hormiga que en su débil cuerpo cree acarrear el mundo en granos de arena. Igualmente necios son los míseros que se esmeran en rituales para Júpiter, cargando ofrendas y acudiendo en hordas a los sacrificios en días de fiesta. El dios es indiferente a unos y otros, pero el varón resulta más lamentable porque ¿acaso la hormiga rinde culto? ¿Por qué sí el siervo? Por temor a la vida y a la muerte, angustia de los tormentos que los dioses inflingen en una y otra: si el hombre abandonara la superstición y su amargo brebaje podría penetrar el misterio profundo de las cosas.

Por mi parte he abrazado el conocimiento y, asido de él, he extirpado de raíz el miedo de Caronte.* Hoy no temo a los dioses, que me ignoran, ni a la muerte, aunque me aguarda: quiero elegirla, determinar cuándo se posará en mi cabeza. Sé que nada seré entonces, no me echaré de menos a mí mismo ni guardaré memoria de este cuerpo, pero me irrita pensar que me sorprenda, condescendiente o irónica. Deseo más bien retirarme de la vida como se aparta de la mesa el convidado, sin llantos ni quejidos.

En mi desesperanza incide, sí, el oculto aguijón que llevo en mi cuerpo desde que amé, desde que estreché mi cuerpo con otro, deseado. Por un breve tiempo uní mi saliva con la suya, respiré apretando sus labios con mis dientes, me adherí a su cuerpo en las junturas de Venus hasta que mis miembros se derritieron. Me inundó el frenesí, estuve inmerso en el delirio. No más. Ahora sólo llevo una secreta herida que me punza.

Tal vez esta noche, con espíritu sereno, busque el descanso libre de inquietudes. Mientras, en el Pierio llueve”.

*Caronte: en la mitología griega, barquero que conducía a las almas al Hades.

 

 

Erotismo con 2000 años de inspiración

En los muros de Pompeya...
En los muros de Pompeya…

Hace cerca de dos milenios hizo erupción el volcán Vesubio, que sepultó bajo gas y piedra la ciudad italiana de Pompeya. Plinio el Joven contó así lo ocurrido aquel 24 agosto del año 79: “Una nube negra y terrible, desgarrada por llamas serpenteantes de fuego, se abría en amplios destellos […] esa nube bajó hacia la tierra y cubrió el mar. Escuché los gemidos de las mujeres, los gritos de los jóvenes, el clamor de los hombres […]”.

Sepultados bajo ceniza, muchos cuerpos se conservaron por siglos: entre los restos encontrados estaba una pareja, sorprendida por la erupción durante el acto sexual. Cuando mi amigo tuitero Enrique Gil me habló de ello pensé que, tantos siglos después, los gemidos de esos amantes todavía hacen eco. Quizá ella susurraba algo como esto…

“En la luz floja de la tarde/

la firmeza de tu cuerpo/

es mi dominio/

por fin./

Me desquito del dolor sosegado/

de la espera./

Boca abierta/

soy un ronquido animal/

que te devora/

nocivo./

Embrutecida de placer/

siento que ardo contigo/

que me abraso en este coito feroz/

en este retumbar de la tierra/

en este apagarse del sol/

que ya no puede tanto./

Herida en lo más hondo/

me muero/

te muero/

nos morimos./

Este mundo seguirá sin nosotros./

¿Para qué?//”

Danioska y los ángeles I

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Danioska y los ángeles I.

La comunidad bloguera se va autodefiniendo por intereses en común, filias y fobias. En ella he encontrado amigos virtuales con los que a diario (o casi) dialogo sobre temas que nos apasionan: libros, poesía, artes plásticas, fotografía, lingüística, música… y ángeles. Aunque nunca nos hemos visto, el contacto nos enriquece y nos mueve a decir algo. Por ejemplo, la suculencia cuyo link aparece arriba la escribió Alfredo, alias Triste Sina, a partir de un post mío, lo que no puedo dejar de presumir (ustedes disculparán), en particular porque la entrada de verdad vale la pena y arranca con versos que son un portento…

Escapar de todo a través de un libro

Esta maravillita la vi en el blog porquenosemeocurrio.wordpress.com Me encantó y quise rebloguearla desde allá pero fue imposible, así que la posteo desde la fuente original, en Vimeo.

Se trata de la animación de un rico tema de John Mayer, realizada por Virgilio Villoresi con una antigua técnica, sencilla y limpia, filmada en vivo (nada de postproducción). La canción en sí misma es riquísima: trata de un hombre harto de todo, que encuentra cómo “escaparse” del mundo a través de la lectura, en un submarino. El conjunto de animación más música es magistral.

Un amor, de Dino Buzzati

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Me gusta mi costumbre de, cuando viajo, leer a un autor del lugar al que voy. Siento que me acompaña, es mi guía particular, me permite entender mejor las vivencias. En esa tónica recién termino de releer Un amor, novela del italiano Dino Buzzati (Gadir) situada en Milán, donde acabo de pasar unos días. Las pinceladas sobre la ciudad son magistrales, como ésta: “Era uno de tantos días grises de Milán, pero sin lluvia, con ese cielo incomprensible que no se sabía si eran nubes o sólo niebla […]”. Pero el corazón de la trama gira en torno a algo mucho más universal, asible para cualquiera que lo haya vivido: la pasión desbordada que lastima, el celo incomprensible por alguien que no lo merece. Todo parece advertírselo a Antonio Dorigo, el protagonista: “Los álamos de la llanura, el desplazarse en procesión con las espaldas curvadas, parecían decirle: detente, hombre, da media vuelta, no pienses más en ella y síguenos, no corras a tu ruina. Nosotros te conduciremos al remoto paraíso de los árboles, donde sólo existe bienestar, canto de pájaros y paz del alma. No te obstines”. Previsiblemente, Dorigo sigue caminando a su perdición.

No revelo detalles para quien no haya leído este impresionante clavado en el alma humana que es la novela de Buzzati. Sólo dejo este fragmento representativo: “En aquella desvergonzada y tozuda chiquilla resplandecía una belleza que él no lograba definir, porque era diferente de todas las demás chicas como ella, listas para responder al teléfono. Las otras, en comparación, estaban muertas. En ella, Laide, vivía maravillosamente la ciudad, dura, decidida, presuntuosa, descarada, orgullosa, insolente, en la degradación de las almas y las cosas […] De vez en cuando Antonio se asombraba de sí mismo. ¿Cómo era posible que tolerara tanto? En tiempos le habría parecido inconcebible. Por suerte, hasta a las bofetadas se acostumbra uno. ¿Por fortuna o por desgracia? ¿No era señal de una degradación? Pero rebelarse era imposible. La idea de perderla le infundía el desaliento habitual”.

 

 

Mis dos yo

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Imagen: Claude Cahun

9:30 pm. Aeropuerto Charles De Gaulle, París. Llevo tres horas de espera y falta una para abordar el vuelo en conexión que me llevará de vuelta a México. Hoy es la décima noche que duermo fuera de casa (suponiendo que pueda dormir). Me pareció una estancia más larga, el tiempo es tan relativo. Y es que muero de ganas de ver a mi hija, estrecharla, besarla, platicar largo. Sin embargo, el balance del viaje es muy positivo. Los compromisos de trabajo que me trajeron a Europa fluyeron bien, se lograron los objetivos, aprendí. A nivel personal pude descansar mi mente, agradecí mucho la visita de mi novio unos días juntos, compensar el tiempo de no vernos, ir a Florencia juntos, saciar el amor. Pero también estuvo otro ángulo: el de mis dos yo que se encontraron aquí de nuevo.
Mi prioridad en el tiempo libre fue empaparme de moda y familiarizarme con revistas italianas de actualidad pero también ver arte en forma de ballet, pintura, escultura o fotografía, además de caminar a solas medio Milán para visitar iglesias (cuanto más antiguas, mejor). Lo poco de ello que comenté con mis compañeros de viaje les sonó raro y yo les parecí aburrida, además de incomprensible por no hacer shopping en tiendas de marca. No sé cómo afirmar mi diferencia sin ser snob. Es que quizá no he terminado de hacer las paces entre los yo que volvieron a saludarse en suelo italiano: el artístico, crítico, que podría vivir leyendo y escribiendo, y el complaciente, que ama la moda y el brillo, busca pertenecer. Llevo años viviendo a caballo entre ambos, como esta imagen, siempre con la sensación de no hallarme en ninguno sino en su combinación. En esta sala del Charles De Gaulle, otra vez me pregunto qué pasaría si me decantara por alguno de ellos.

10 Corso Como

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Este es un espacio donde hasta las paredes destilan diseño (lamento no postear fotos del interior, estaban demasiado atentos a que nadie tomara imágenes). Mezcla de tienda de moda, accesorios y joyería, integra también una librería y una galería de arte. Es “el” lugar en Milán. Actualmente exhibe una exposición de fotos del renombrado Alfa Castaldi, una maravilla de la cual comparto apenas una probadita.

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Quiénes son los ángeles…

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Italia es tierra de ángeles. Debe haber más por kilómetro cuadrado que en ninguna otra ciudad del mundo, o al menos así me lo parece. En cada calle uno se topa con una iglesia, una escultura, un monumento o un museo: ahí los seres alados asoman por cualquier parte. A veces adultos claramente andróginos y bellísimos, en otras niños gorditos de enormes cachetes, siempre mantienen ese misterio tejido en la sombra de sus alas. En cualquier caso me hacen recordar los versos de Rilke, en Las elegías de Duino:
“Todo ángel es terrible. Y sin embargo, ay, los invoco/ a ustedes, casi mortíferos pájaros del alma/ sé quiénes son ustedes…”. Dichoso poeta: yo lo ignoro, pero me encantaría saber en realidad quiénes son esos seres ingrávidos, portadores de noticias y protectores, que todos menos yo parecen encontrar en cada esquina.

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El taxista que lee Premios Pulitzer

 

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Un taxista amable resulta el mejor don que los dioses pueden otorgar. Sobre todo cuando no deja de llover, la temperatura es de 0 grados y se trata de turistas venidos de climas más benignos tratando de no congelarse y que, si es posible, quieren conocer un poco. Justo así aparece Sergio. Sonriente, nos lleva adonde le pedimos, nos espera y hasta nos dice dónde podemos tener una vista privilegiada de Florencia. Pero guarda una sorpresa: lleva en el asiento junto a él no uno, sino tres libros. Al preguntarle qué lee responde entusiasta: una novela sobre vampiros, otra (no especificó el tema) y “éste, que no es una novela sino un ensayo sobre el nacimiento de la democracia en Estados Unidos. El autor ganó el Pulitzer con él, es fantástico”. No quiero sonar condescendiente felicitándolo, así que sólo sonrío y me despido con mi mejor “grazie tante, buona giornata”, mientras me pregunto cuántos en el mundo podrían rivalizar con él.
Es una bocanada de esperanza que exista gente como Sergio. Tuve que viajar hasta Italia y por poco morir de frío para conocerlo. Y aunque lamento no tener una foto suya, vaya esta vista imperdible de Florencia como homenaje a él que, mientras yo tiritaba captando esta imagen, devoraba un sesudo ensayo en su auto. Claro que ahora me quedo con la duda de qué leerá después.

Las ventajas de tomar distancia

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9:10 am. Asiento 10a, vagón 3, tren Frecciarosa, trayecto Milán-Florencia. Esa es mi ubicación física pero como muchas veces cada día, mi mente vuela a México. Con la mirada fija en el paisaje helado que llena la ventana del tren repaso los últimos acontecimientos ocurridos allá y puedo verlos bajo una nueva luz, analizarlos y descomponerlos otro poco. Me siento más tranquila.

Estos últimos días en el Duomo, el Castello Sforzesco, la Pinacoteca de Brera y las calles milanesas he batallado para captar en foto texturas diversas (mi eterna obsesión), como las que ilustran este post. Si me acerco demasiado, la cámara no logra enfocarlas bien, su lente confunde los contornos. En cambio, cuando la alejo un poco define la imagen. Veo que me sucede igual: tomar distancia me permite ver las cosas más claras. Y lo agradezco.

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Definición de privilegio

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8:00 pm. Ballet Nôtre-Dame de París, Teatro Alla Scala, Milán. Se abre el telón y la magia comienza. El vestuario de Yves Saint-Laurent es una explosión de color sobre los cuerpos de ligereza imposible. La coreografía basada en Victor Hugo, mezcla de ballet clásico con acentos contemporáneos, es impresionantemente estética. Hace mucho no disfrutaba una función de danza así que estoy feliz de venir. Además ésta, vista desde un palco central, es regalo de quien mucho me quiere y está conmigo para unos días de cargar pilas. Mientras Quasimodo y Esmeralda empiezan a tejer su historia de amor me doy cuenta del absoluto privilegio de estar aquí sentada, con las manos y el alma calientitas, mientras Milán se cubre de nieve. No se puede pedir más.

Vivir en italiano

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En esta lengua la vida es bella. Llenan la vista sus iglesias, su arte, incluso el pasto con restos de nieve, alegran el oído palabras sonoras como bollicine (burbujas pequeñas, como las de la champaña), cacciatore (cazador) y basilico (albahaca). Y hoy, encima, hace sonreír el alma un abrazo apretado, necesitado. Mañana, tras un día de trabajo, a La Scala a ver Nôtre-Dame en ballet. Grazie tante…

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