Cómo vacunar a otros contra la lectura

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Lo terminé hace semanas, pero sigue en mi mesa de lecturas. Es que este libro de Vivian Abenshushan publicado por Sur+ es extraordinario. He regresado muchas veces a él porque resulta asociador de ideas, tanteador de posibilidades, desgranador de matices. “El trabajo destruye el ser” es el tema central de los ensayos de Escritos para desocupados. Vivian (quien fue mi lúcida compañera en la licenciatura en Letras en la UNAM y es fundadora de Tumbona Ediciones) lo aborda desde varias perspectivas, le aplica lentes diversos, pero siempre hilvana de fondo la idea de recuperar el ocio creativo, el tiempo libre de bienestar. Entre la rica madeja de pasajes que subrayé cito éste, sobre la “obligación de leer” enarbolada por las campañas a favor de la lectura, perverso instrumento de la vacunación contra los libros. El hilo de pensamiento es impecable:

“[…] sobrevino entonces la era detestable de los predicadores del libro […] cientos de editores y maestros agradeciendo a toda esa buena gente de la tele que presta su imagen para ganar lectores, aunque en el fondo no les guste leer […] hemos elegido proteger los libros evitando que se lean. Nacido del miedo ante su desaparición, el deber leer es una respuesta histérica que sólo produce una fobia legítima en los lectores. En un prontuario contemporáneo sobre los peligros que acechan al libro, deberían figurar en primer lugar los programas oficiales de enseñanza de la literatura, junto con los resúmenes del Quijote y las lecturas obligatorias (¡y en una semana!) de Madame Bovary. Toda esa penosa esclavitud de la letra le hace más daño al futuro del libro que cinco horas de telenovelas. Cosa curiosa: la esclavitud de la letra promueve el mismo tipo de lectura ciega que alienta el mercado: una lectura veloz, superflua, que aleja al lector de su propio pensamiento (‘no podemos pensar —escribió Connolly— si no tenemos tiempo de leer’.) Los libros son una pasión electiva, no un imperativo. Del mismo modo que a nadie se le puede obligar a soñar o a amar, la intimidad con el libro, dice Daniel Pennac, no es algo que se pueda decretar ni promover a través del yugo”.

No puedo estar más de acuerdo: el amor por los libros no se impone, se contagia.

Aquí el link a la recomendable página web de Escritos para desocupados

 

8 comentarios en “Cómo vacunar a otros contra la lectura”

  1. Hola otra vez!
    Parece ser que hemos coincidido con temas similares en nuestros respectivos blogs esta semana.
    Ya puse en mi lista de libros por comprar este libro de tu compañera Vivian.
    No quiero hacer mucho hincapié en referencias personales, pero, una vez más, tu publicación me confirmó lo que siempre he dicho (pero no tan lúcidamente como Vivian o como tú): la lectura se contagia, no se impone. Yo leo por mímesis desde pequeño. Sin embargo, mi gusto por la literatura “seria” vino hasta mis tiempos en la preparatoria. Tuve un maestro que no daba clases de literatura, él nos proponía una tertulia. Además era la única persona que conozco que podía hablar en prosa. No exagero. En la escuela era tan ameno que si su clase, por mala planeación o por descuido, tocaba la última del viernes y él se extendía después del toque de salida, nosotros nos quedábamos embelesados por varios minutos más hasta que él decidiera dar fin a la clase. También para nuestra fortuna era una persona considerada. Nos dejaba leer un libro por mes (¡nunca por semana, menos si era La regenta!). Algunos de nosotros leíamos no sólo el libro de tarea, sino otros sobre los que había hablado maravillas en clase. Sólo así se puede enseñar a leer.
    Te mando mis saludos.

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    1. Qué rica anécdota la que cuentas sobre tu profesor de literatura. Quisiera poder platicar algo similar pero no recuerdo un solo maestro de literatura que me contagiara su pasión, más bien al contrario: eran taaan aburridas sus clases, de memorizar años de nacimiento y muerte de Amado Nervo, de leer sin entender, etc., que estoy segura de amar los libros no gracias a ellos, sino a pesar de ellos. Yo traía el virus de la lectura, lo adquirí muy niña con mi papá y ya nadie pudo quitármelo. Aunque parecen historias distintas, en el fondo son similares: se trata de contagiar una pasión. Contra eso no pueden los argumentos ni las obligaciones.
      Un abrazo

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  2. Coincido. No se puede imponer leer. La lectura es disfrute, búsqueda, intimidad entre uno y el libro. ¿Cómo imponer la intimidad? Pennac lo dice muy bien, es cierto. y es uno de los pocos escritores, al menos de los que he leído, que se atreve a decirlo sin pelos en la lengua.
    cariños

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  3. El mejor modo de crear nuevos lectores es siempre el modo indirecto. Pienso, más que nada, en los niños, ya que me parece bastante difícil (aunque no imposible) que un adulto que no ha leído en su vida vaya a hacerlo.
    En algún lado escuché, hace ya varios años, que un buen método es leerle cuentos a los nilos –leerles, no inventarles– ya que así se acostumbran a ver que es en los LIBROS donde se encuentran las historias. También leer en presencia de ellos y demostrar el disfrute que nos produce su lectura (los niños son curiosos por naturaleza; y si nos ven leer en silencio y reír en algún momento o tomar alguna nota sentirán la curiosidad por ver qué es lo que nos provoca tal reacción).
    Con respecto a la escuela, creo que es un error enorme el hacerles leer a los jóvenes el Quijote o sonetos de Shakespeare o de Quevedo o autores similares. Debería enseñárseles al revés: desde el hoy hacia el pasado. Es más fácil hacer que un joven se sienta atraído por un cuento o una novela breve actual (donde puede identificar mejor aquello de lo que se le está hablando) que por las aventuras de un caballero delirante del siglo XV. El Quijote es maravilloso, sin duda; pero requiere un caudal de lecturas previas que ningún joven tiene todavía.
    Aaaaaaaabrazos.

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    1. De acuerdo con tu propuesta: me parece infinitamente más lógico partir en las escuelas de autores contemporáneos, a pretender que un chico de secundaria disfrute La Celestina o el Mío Cid. Y con respecto a crear lectores, los niños hacen mucho (o casi todo) por imitación y así pueden aprender el deleite de los libros. Mi hija tuvo libros desde antes de nacer, le leí muchísimo de niña y siempre me ha visto leer, pasó algunos años alejada un poco de los libros pero ahora es una lectora entusiasta. En fin, no creo que haya fórmulas pero enseñar a los hijos la pasión de lo que uno ama es, creo, el mejor consejo.
      Abrazote multiplicado

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