Ver el mundo desde una tirolesa

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Ese punto que viene volando soy yo. Bueno, no exactamente vuelo: voy suspendida de un arnés, a no sé qué bendita velocidad, en una línea de 150 metros de largo y a unos 40 metros de altura según el guía del Hotel Rodavento, en Valle de Bravo, México. Este deporte extremo se llama tirolesa y no es la primera vez que nos vemos las caras. Debo tener un gen masoquistoide, porque aunque me dan miedo tanto las alturas como la velocidad, aquí estoy de nuevo: trepada en estricta solidaridad con la adolescenta, que ama estas cosas extremas (extremísimas). Y aunque voy sufriendo, como atestigua la foto de abajo, me gusta la complicidad que establezco con ella a partir de estos ridículos. Claro, ella se muere de risa de su mamá, mientras la mamá también se muere de risa de sí misma, sanísimo deporte. Y hay un plus: visto desde aquí, el mundo es una auténtica belleza.

Seguro llegará un día en el que no me atreveré más. Mientras tanto, por ver la cara de mi adolescenta e incluso en Navidad vengan todas las tirolesas del planeta. Aunque me muera de susto.

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