Crónica de un viaje por Yucatán: lo más bonito que he visto

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Eithel, Brittany, Santiago

Hacienda Temozón, Península de Yucatán. 6 p.m.

Mis compañeros periodistas y yo tenemos una hora libre. Ellos van a nadar, a dormir, no sé qué más. Yo dejo la hacienda-hotel y salgo al pueblo, calles de tierra. Me acuerdo de mi amigo Borgeano. Disfruto como él caminar sin rumbo fijo, sin buscar nada, cediendo a la inercia. Las casas de Temozón son sencillas, los perros callejeros forman parte integral del paisaje, igual que los guajolotes que salen de un corral para picotear la hierba. Mientras me dejo llevar me agobia la presencia de propaganda política de cara a las elecciones del 7 de junio. Además de anuncios de los partidos hay expresiones espontáneas. Expresan el mismo desencanto de millones de mexicanos, aunque con estilo alternativo: “A la mierda kon la politika. Ni PRI ni PAN ni Verde”.

A mitad de una calle veo tres niños jugando arriba de un árbol. Cuando paso me miran, curiosos. Les digo “hola” y de inmediato responden con un “hola” y preguntas: ¿Por qué caminas sola? ¿Cómo te llamas? ¿Dónde vives? Nos ponemos a platicar. Son Eithel, de 11 años, Brittany, de siete (pregunté la correcta ortografía), y Santiago, de cuatro. Les doy curiosidad y me bombardean: ¿Dónde estás durmiendo? ¿Dónde están tus hijos? ¿Cómo es (la ciudad de) México? ¿Tu casa es grande? ¿Es bonita? Respondo como puedo y luego pregunto. Brita (como le llaman) me dice que es prima de Eithel y hermana de Santiago, y que los tres viven en esa casa. La entreveo por la puerta abierta: piso de cemento, hamacas, pintura viejísima en la fachada.

Brita es simpática, habla fuerte. Dice: “me gusta tu bulto”. Le agradezco, prevenida de que aquí “bulto” significa “bolso de mano”. Pregunta si se lo puede colgar. Me lo quito y se lo doy. Se lo pone, sonríe grande. Me lo regresa. Luego dice que es bonito mi reloj. Quiere agradarme pero en vez de hablar, quisiera oírlos. Cambio la conversación: les pregunto si hablan lengua maya. Los tres niegan, categóricos. Insisto: seguro saben muchas palabras, les pido que me enseñen un poco, que es un idioma precioso. Dicen que no, no saben nada. Los pongo a prueba: hoy en la mañana me enseñaron que “chel” es “güero” y “bosh” significa “moreno”. ¿Es verdad? Se ríen. “Sí, eso sí sé”, dice Brita, sonrisa desdentada. ¿Cómo se dice perro?, pregunto, aprovechando los tres que pasan a nuestro lado. “Se dice ‘pec'”. “Y gato es ‘mish'”, añade Eithel, pero no parecen interesados en seguir con el tema. Prefieren saber porqué ando sola, cuántos días voy a estar en Temozón. Contesto y entonces me presumen que conocen la hacienda: Brita fue con su escuela a nadar para el Día del Niño, Eithel ha ido a ver películas con su escuela y con Julio, su amigo e hijo del chef del hotel. Es la mejor prueba de la verdad del programa social de la Fundación Haciendas del Mundo Maya, del que ayer nos hablaron a los medios invitados a este viaje. La Fundación ha propiciado que la mayor parte del personal que trabaja en el hotel sea de la comunidad, además de que ha mejorado el nivel de vida del pueblo con programas de salud, vivienda y becas educativas, incluso al extranjero. Y las mujeres del pueblo han recibido apoyo para formar cooperativas y talleres de artesanas, comercializar sus productos y tener ingresos propios. Los niños del pueblo también ven la hacienda como parte de su realidad cotidiana. No esperaba una confirmación tan de primera mano.

Les pregunto si puedo tomarles una foto. “Sí, aquí arriba del árbol, como changos”. Tomo varias y se arrebatan el teléfono para verlas, para verse. Se ríen mucho. Atraída por el alboroto se acerca Karina, amiga de los tres, callada pero sonriente. Quieren que tome más fotos y que yo salga con ellos. Disparo, vuelven a verse y reírse. Está por anochecer y debo regresar al hotel. Mientras me despido, Brita vuelve a la carga: “Me gusta tu blusa, es bonita”. “Muchas gracias, pero ¿sabes qué es lo más bonito de todo todo?”. Me mira, inquieta. “Cómo te ríen los ojos”. Es lo más cierto que he dicho hoy.

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7 pensamientos en “Crónica de un viaje por Yucatán: lo más bonito que he visto”

  1. No hay como salir de los caminos trazados por el tiempo, para encontrarse esas dulzuras del tiempo nuevo, y que palabras para describirlo; el sendero de los laberintos que se bifurcan en el tiempo maya del presente. Bella reisiliencia de lo otro, siempre presente. Abrazos al campo maya que da esos frutos

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    1. Nada como encontrar gente que te regala minutos tan ricos, que te deja la piel emocionada, Iván. Estas conversaciones suelen contar entre lo más memorable de los viajes.
      Un abrazo

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  2. La felicidad, como bien sabemos, no es un estado general, sino una condición particular, momentánea, fugaz; de allí su riqueza y su valor. Me hiciste feliz con esta entrada, D. Feliz de tenerte nuevamente por aquí (sí, soy egoísta), feliz de saber que te acuerdas de mí en un momento como el que describes, feliz por leerte, feliz de saberte feliz. Como dije en aquella entrada de no hace mucho tiempo, todo viaje es rico en sí mismo, todo paisaje suma y enriquece, pero nada se iguala al contacto humano; no hay nada que pueda llegar a las alturas de un diálogo con otra persona; más, como fue este caso, donde todos y cada uno se encuentra abierto con naturalidad al otro.
    Feliz, sí, eso.

    Te abrazo y no te suelto (al menos por un ratito).

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